¿Es el Papa el sucesor de Pedro? – 1

Jesús entrega las llaves del Reino por Pietro Vannucci (1482)
Jesús entrega las llaves del Reino por Pietro Vannucci (1482). Mi modificación con los signos de interrogación.

Introducción

Aquel que haya nacido en la Iglesia Católica y dedicado a conocer sus enseñanzas lo sabe: Jesucristo escogió al Apóstol Pedro para delegarle “las llaves del Reino de Dios”, para que todo lo que ate en la tierra, sea atado en el cielo; y todo lo que desate en la tierra, sea desatado en el cielo. Cuando Cristo ascendió a los cielos, Pedro se convirtió en el líder indiscutible del cristianismo primitivo en calidad de “vicario de Cristo”. Una vez viajó a Roma, murió crucificado bajo la persecución cruel del Emperador Nerón. Desde entonces continue una sucesión larga de personas que ocuparon su puesto, el obispado de Roma, cuyo incumbents obtiene actualmente el título de “Papa”. Es decir, para los católicos romanos a nivel mundial, el papa Francisco I es el que lleva en la actualidad el cargo delegado por Cristo.

Esto es parte de uno de los pilares del catolicismo: la sucesión apostólica y lo que, según este, le da la autoridad suprema, hasta el punto de que puede definir como dogma de fe para todo católico cuando hable ex cathedra en cuanto a cualquier asunto de fe y moral. El magisterio de la Iglesia, la tradición y las Sagradas Escrituras son, para la Iglesia Católica, las tres fuentes del conocimiento sobre las verdaderas enseñanzas de Cristo. Sin sucesión apostólica, se rompe esta presunta cadena de autoridad apostólica del clero sobre la vida espiritual de muchos fieles alrededor del mundo.

Contrario a lo que mucha gente piensa, la enseñanza de la sucesión apostólica no es única del catolicismo. También las iglesias coptas, ortodoxas, moravas, anglicanas, entre otras, aunque concebida de maneras distintas. Esta noción ha sido en gran medida un instrumento importante en todas ellas sostener una alegada transmisión de autoridad exclusiva de un clero mediante una cadena de líderes que se remiten de una u otra forma al mismo Cristo.

El propósito de esta serie del blog es poner todo esto entre signos de interrogación. El esfuerzo será el de desmitificar bastante de estas aserciones y nos concentraremos específicamente en el caso del papado en la Iglesia Católica.

La mentalidad apocalíptica de Jesús

Jesús enseña al público
Jesús enseña al público por James Tissot (1894).

Para entender el problema histórico del papado, tenemos que volver al tema del Jesús histórico. Recuerdo una vez más que el Jesús histórico es una construcción de los historiadores cuando evalúan críticamente las fuentes disponibles según criterios historiográficos. El propósito de este postulado obedece a dos cosas:

  1. Por más fantástico que aparezca Jesús en los evangelios, lo más probable es que él existió. Esto nos lleva naturalmente a la pregunta de qué fue lo que genuinamente dijo e hizo.
  2. No tenemos una máquina del tiempo para ir a constatar este misterio de sus palabras y obras, por ende, los historiadores necesitan utilizar varios instrumentos historiográficos para

Para aquellos interesados, pueden utilizar como referencia la serie de artículos de este blog en relación con él (partes 1, 2, 3, 4, 5 y 6) o la conferencia dada por un servidor, titulada “¿Quién fue Jesús de Galilea?” Estos instrumentos historiográficos se forjan a partir de dos paradigmas que ahora coexisten en el mundo de la erudición del Nuevo Testamento:

  • El paradigma criteriológico: Este es el que todavía es favorecido por la mayoría de los eruditos. Consiste en el conjunto de los llamados “criterios de autenticidad” de los dichos y hechos de Jesús. El número de estos criterios varía, pero sostienen algunos en común: el criterio de desemejanza (o discontinuidad), el de testimonio múltiple, el de verosimilitud contextual y el de dificultad (o incomodidad) (Bond 2012, 21-35; Ehrman 1999, 89-101; Meier 1998-2015, 1:183-109; Piñero 2018b, 73-81, 171-232). Explico cada uno de estos tanto en los artículos del blog como en la conferencia.
  • El paradigma indiciario: Este es un paradigma que está surgiendo en la que los eruditos no procuran “autenticar” dichos y hechos de Jesús, sino más bien indicios que apunten a la dirección de cuál probablemente fue su conducta y su doctrina. El partidario de este paradigma es Fernando Bermejo-Rubio, quien recoge la crítica al paradigma criteriológico, y adopta algunos de los instrumentos formulados por eruditos tales como Morna Hooker, Dale Allison, Rafael Rodríguez, Chris Keith, Mark Goodacre, Dagmar Winter y otros (Allison 2010; Bermejo-Rubio 2018, 50-55; Keith y Le Dome 2012; Theissen y Winter 2002). El corazón del paradigma es el establecimiento de un paralelo entre lo que las ciencias cognitivas y la neurología han descubierto en torno a la memoria aplicándolo a la manera en que nuestras fuentes recogen información sobre Jesús. El paradigma indiciario propuesto por Bermejo utiliza los patrones de recurrencia y el indicio de dificultad o incomodidad, una variante más humilde del criterio de dificultad, pero dentro de su continuidad con el judaísmo del Segundo Templo y los comienzos del cristianismo primitivo (Bermejo-Rubio 2018, 55-62; ver también Allison 2010, cap. 1; Keith 2011, 41-70).

Para efectos de la discusión, la mención de estos paradigmas es para traer a colación las cajas de herramientas historiográficas que cuentan los expertos en el tema del Jesús histórico. Bien aplicadas, se pueden descubrir aspectos importantes del Jesús histórico. Dado lo anterior, lo que nos importa es var más o menos los resultados de esta investigación crítica. Veamos.

Jesús de Galilea nació y creció muy probablemente en un pueblo rural relativamente pequeño de Galilea que se llamaba Nazaret. De ahí, lo próximo que sabemos es que muy probablemente comenzó siendo discípulo de Juan el Bautista, pero que posteriormente se desprendió de su grupo para establecer una corriente con un mensaje de contenido apocalíptico. El Evangelio de Marcos alega que el mensaje primordial de Jesús era este:

El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ha llegado.

Marcos 1:14a

Uno de los aspectos cruciales y recurrentes de las fuentes más tempranas es la idea de que el Reino de Dios (de Yahveh) estaba pronto a llegar. Vía sus parábolas, Jesús deja claro que este iba a ser un nuevo statu quo que se llevaría a cabo en la tierra muy pronto. Según el Evangelio de Mateo, Jesús le dijo a sus discípulos lo siguiente:

De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todo esto, sabed que [Dios] está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda.

Mateo 24:32-34

Por lo tanto, en nuestros dos evangelios más tempranos, la pronta llegada del Reino de Yahveh estaba a un paso de darse. No podemos garantizar la historicidad de este dicho en particular el Evangelio de Mateo porque según la criteriología, no pasa el criterio de disimilitud. Según el paradigma indiciario, solo recoge un dato en cuanto a la inminencia de la llegada del Reino por patrón recurrente de nuestras fuentes más tempranas. Una de estas fuentes son las cartas auténticas paulinas que continuamente se refieren a lo pronto que estaba por llegar el nuevo Reino con Jesús como el Mesías, como rey de un Israel restaurado (e.g. Filipenses 4:4; 1 Corintios 7:29a; 15:23-28). Esta actitud recurrente de las fuentes más tempranas, que menguaría en los evangelios subsiguientes y en las cartas pseudopaulinas, tienen su probable explicación en que se originaban en el mismo Jesús y sus discípulos.

Otra cosa que confirma esta convicción es el hecho de que el mensaje del maestro de Jesús, Juan el Bautista, era también apocalíptico. Según el Evangelio de Marcos, este era el mensaje del Inmersor:

Detrás de mí viene uno que es más fuerte que yo; y no soy digno de inclinarme y desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con espíritu santo.

Marcos 1:7-8

El Evangelio de Mateo abunda más:

¡Raza de víboras!, ¿quién os ha ensesñado a huir de la ira inminente? Dad, más bien, fruto digno de conversión, y no creáis que basta con decir en vuestro interior: ‘Tenemos por padre a Abrahán’, pues os digo que Dios puede de estas piedras suscitar hijos de Abrahán. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.

Mateo 3:7-10

Este tipo de mensaje llamando a un cambio de vida es corroborado por Flavio Josefo cuando habla del Bautista. Sin embargo, añade que Juan representaba una amenaza para el rey cliente Herodes Antipas, quien le arrestó y ejecutó (Antigüedades judías 18.5.2 116-119).

Por otro lado, como podemos ver en el caso de Pablo, la proclamación de la inminente llegada del Reino era también un mensaje que abrazaban muy fuertemente los primeros cristianos, tanto judíos como gentiles. Por ende, lo más probable es que Jesús proclamó la inminente llegada del Reino dentro de una cosmovisión apocalíptica judía como su mensaje principal, algo que muy probablemente tenía implicaciones sociopolíticas (Ehrman 1999, 127-131, 137-139).

Las pretensiones regiomesiánicas de Jesús

La crucifixión y el títulus crucis

Jesús crucificado en una cruz immissa
Jesús crucificado en una crux immissa — Imagen cortesía de Roberto Betanzo S.

Uno de los datos que hoy día casi nadie cuestiona históricamente de Jesús y que constituye un fuerte consenso entre los historiadores es el hecho de que Jesús fue crucificado. Por el criterio de atestiguación múltiple o por patrón de recurrencia, Jesús crucificado es un motif que permea en todas nuestras fuentes cristianas, no importan los sesgos de los autores en particular, además de ser mencionado en otras fuentes tales como Josefo o Tácito. La crucifixión era una práctica romana bien conocida y se aplicaban a dos grupos de personas: a esclavos insurrectos y a provinciales que llevaran a cabo algún tipo de acto de sedición. Enfatizamos en que se trata de una pena romana, no una pena judía (Juan 19:16 quiere dar otra impresión). Si fue condenado a la crucifixión por el prefecto romano Poncio Pilato, no debe caber duda de que él encontró a Jesús culpable de cargos de sedición.

Este hecho nada más, que es el más sólido que tenemos en la historiografía de Jesús, tiene unas implicaciones muy importantes: Jesús no era un maestro que solo enseñaba a cómo vivir bien virtuosamente, sino que enseñó algún mensaje subversivo o llevó a cabo actos sediciosos. ¿Cuáles fueron? Un indicio de ello es el letrero que presuntamente se le colocó en su cruz: “El rey de los judíos” o “Jesús el Nazareno, el rey de los judíos” (Marcos 15:26; Juan 19:19). Ambos títulos son históricamente verosímiles, ya que las crucifixiones eran ejecuciones a la vista de todos y el letrero revelaba la causa de su ejecución. Según la criteriología, pasa el criterio de disimilitud o discontinuidad, porque ninguno de los evangelistas sinópticos elabora una razón desde su perspectiva de por qué se le acusó a Jesús de esta autodesignación.

Al contrario, hoy día la mayoría de los críticos del Nuevo Testamento coinciden que muy probablemente el juicio judío no se llevó a cabo o hubo algún otro proceso muy distinto al descrito en los evangelios. Supuestamente, fue en ese juicio que salió a relucir esa autodesignación de Jesús. También se inventó por completo el inverosímil proceso de presentación de dos condenados (Jesús y Barrabás) para que el pueblo seleccionara a cuál insurrecto soltar —algo que sería impensable en el proceder romano y que no goza de testimonio independiente alguno aparte de los evangelios—.

En el caso en particular del Evangelio de Juan, el dato del letrero se “explica” cuando pone en boca de Jesús la frase: “mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). Esta frase ha sido universalmente reconocida por los estudiosos como una posición pospaulina de uno de los editores de dicho escrito y no un dicho procedente de Jesús, quien parecía insistir que el Reino de Yahveh se iba a dar en la tierra con un Israel restaurado con sus doce tribus, no en el cielo (e.g. Mateo 6:10 / Lucas 11:2; Mateo 19:28 / Lucas 22:30). Según el paradigma criteriológico, no pasa por el criterio de discontinuidad y de acuerdo al paradigma indiciario, esto señala una incomodidad del autor en relación con el dato que quería “suavizar” literariamente. La razón de por qué se presenta a un Jesús con un reinado celeste es probablemente por que el editor en cuestión conocía las implicaciones políticas del mensaje original para el dominio romano. Ninguna de nuestras fuentes evangélicas niega de manera alguna que Jesús aceptara el cargo de esta autodesignación, aunque hacen su respuesta ambigua, y solo una (la de Juan) le da un giro notoriamente apologético. Así que por criterio o indicio de incomodidad, debemos aceptar esta autodesignación de Jesús como rey de los judíos como un dato probablemente histórico.

El tributo al César

Denario
Denario en el que aparece el Emperador Tiberio (César). Cara: TI[berivs] CAESAR DIVI AVG[vsti] F[ilivs] AVGVSTS (Tiberio César Divino Augusto, Hijo del Divino Augusto; Reverso: PONTIF[ex] MAXIM[us] (Máximo Pontífice o Máximo Puente). Imagen cortesía de DrusMAX de Wikimedia Commons (CC-BY-SA 3.0 Unported).

Otros dato que, por múltiple testimonio o por patrón recurrente, se puede aceptar como probablemente histórico es que de alguna manera Jesús se expresó en contra de pagarle tributo a Roma. Esto no es un punto insignificante. Cuando se estableció el régimen de Judea bajo la provincia de Siria (6 e.c.), se llevó a cabo un censo con el propósito de establecer una política tributaria romana (Antigüedades judías 17.329 / Josefo 1999, 1061; 18:6 / 1079; La guerra de los judíos 2.17.9/Josefo 1997, II: 1219). Como reacción a estas medidas, de Galilea —justo procedente de la región donde nació y creció Jesús—, un subversivo llamado Judas de Gamala o Judas de Galilea llevó a cabo una guerra de guerrillas para subvertir el pago de dichos impuestos al gobierno romano (Josefo, Antigüedades judías 18.1). Los hijos de Judas —Jacob, Simón y Menahem —, continuaron con las revueltas hasta el punto de que dos de ellos terminaron crucificados y el tercero, muerto en combate por fuerzas opositoras (Antigüedades judías 20.5 / Josefo 1997, II:1218-1219; La guerra de los judíos 2.17.8-9 / Josefo 1999, II:349-352).

Tenemos indicios que Jesús estaba bajo seria sospecha de continuar esta corriente antiimperial. Por ejemplo, tenemos el famoso caso en el que los fariseos y “herodianos” quisieron entramparle a Jesús para ver si estaba a favor o en contra de pagarle tributo a Roma. Nos narra el Evangelio de Marcos:

Enviaron entonces donde él a algunos fariseos y herodianos, para cazarle en alguna palabra. Al llegar, le dijeron: “Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa de nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?” Mas él, dándose cuenta de su hipocresía, les dijo: “¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea.” Cuando se lo trajeron, les preguntó: “¿De quién son esta imagen y la inscripción?” Ellos respondieron: “Del César.” Jesús les dijo entonces: “Lo del César; devolvédselo al César; y lo de Dios, a Dios.”

Marcos 12:13-17

Este relato dice mucho en tan poco. Dentro del contexto antirromano en la antigua Palestina, se desprende que la pregunta formulada estaba muy lejos de ser inofensiva. Si Jesús respondía que no debía pagarse el tributo, entonces esto denunciaba para el público unas falsas pretensiones mesiánicas de Jesús y esto desanimaría a sus seguidores. Si contestaba que sí, entonces en público podía ser denunciado por sedición. ¿Cómo ver, pues, este texto?

Algunos eruditos piensan que esto nos revela que, dentro de la concepción apocalíptica judía, a Jesús no le importaba el pago tributario a Roma en lo que llegaba el Reino de Dios, ya que el régimen romano estaba pronto a terminar. La palabra griega “apódote” (apodídomi), que aquí se traduce por “devolver”, es un término técnico para el pago tributario. Algunos padres de la Iglesia solían apelar a este pasaje para abogar por el pago del tributo a César, ya que la imagen era de César, pero que el corazón debía estar en Dios porque somos hechos a imagen de Dios (Collins 2007, 557; Ehrman 1999, 167-168, 202-203; Gnilka 2001, 2:175-180; Marcus 2010, 2:947-950). Este parece ser el juicio general de los expertos en el tema.

Con este mismo análisis, pero dándole más peso al dato de la crucifixión como pena para ciertos subversivos, una minoría de expertos no está convencida de que Jesús hubiera sido indiferente al pago tributario al César. Bajo ese juicio, consideran todo el pasaje ficticio (Monserrat Torrents 2007, 122-124).

Sin embargo, hay otros aspectos que me inclinan a pensar otra cosa y a estar de acuerdo con otra minoría de eruditos, especialmente de mayoría independiente (Gómez Segura 2021, 155). El dato de que los fariseos participaran en esta trampa es históricamente cuestionable, ya que los evangelios se escribieron presumiblemente durante una de intensa disputa entre cristianos y fariseos después de la destrucción de Jerusalén, así que no pasa el criterio de discontinuidad. Sin embargo, estos “herodianos”, personajes misteriosos que los evangelios nunca aclaran, pudieron haber sido espías u oficiales de Antipas (Bermejo-Rubio 2018, 108; Meier 1998-2015, 3:572-577). Debemos recordar que Antipas tuvo tensiones contra Juan el Bautista, a quien condenó a muerte, factor que no solo aparece en los evangelios, sino que también es atestiguado por Josefo en Antigüedades judías. Si Jesús fue exdiscípulo de este maestro y andaba por sus dominios en Galilea predicando un mensaje apocalíptico subversivo, esto podía representar una amenaza a sus intereses. Los evangelios y otra literatura registran esporádicamente, pero recurrentemente, tensiones entre Herodes Antipas y otros herodianos por un lado, y Jesús y sus discípulos por el otro (Marcos 6:14-16; Lucas 13:31-32; Hechos 13:1). En mi opinión, esta recurrencia indica un núcleo histórico en el que agentes o partidarios herodianos querían tenderle una trampa a Jesús para que fuera arrestado por sedición.

La respuesta de Jesús a la pregunta formulada es un sutil cambio de tema, en el que Jesús dejó de hablar del tributo y se refiere a la moneda y su imagen. Una vez determinado que lo que es de César le pertenece a César, afirma él que a Dios debe dársele lo que es suyo también. La respuesta fue lo suficientemente ambigua para escapar de las trampa tendida contra él. Algunos van más allá y postulan que Marcos pudo haber adoptado en griego la palabra “apódote” convenientemente para esconder el sentido original no tributario arameo de “devolver”: que originalmente el denario había que “devolvérsele” a César, dejando en la ambigüedad de si era en sentido tributario o no. De esa manera, Jesús escondía su convicción de que el pago tributario debía dársele solo a Yahveh y dársele a él la tierra de Israel (Piñero 2008b, 178-181; Puente Ojea 1998, 114-118).

Ahora bien, lo que hace de el problema del cuestionamiento del tributo como un patrón recurrente en el Nuevo Testamento es que vuelve a aparecer este problema en el Evangelio de Lucas (en el conjunto de fuentes L) como parte de una serie de “falsas” acusaciones contra Jesús.

[Los sumos sacerdotes comenzaron a acusar a Jesús ante Pilato], diciendo: “Hemos encontrado a este alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo rey.”

Lucas 23:2, mi énfasis.

A esto le acompaña una muy inverosímil decisión de Pilato en torno a la inocencia de Jesús cuando este admitía, aunque fuera ambiguamente, su autodesignación como rey de los judíos. La admisión del predicador apocalíptico era suficiente para ser acusado de sedición. El dato de la crucifixión y el títulus crucis indican que fue esta admisión la que le llevó a la cruz. Además, todos los evangelios, incluyendo el mismo de Lucas, corroboran que Jesús “alborotaba” y “confundía” el público tal como muestra, por poner un ejemplo, la acción de Jesús en el Templo (Mateo 21:12-16; Marcos 11:11.15-17; Lucas 19:45-46; Juan 2:14-16). Otro ejemplo ocurre cuando los discípulos parecían crear suficientes problemas como para que los fariseos le dijeran a Jesús que reprendiera a sus discípulos (Lucas 19:39-40). Y, como hemos visto, también se autoproclamó “rey de los judíos”. Es decir, dos de las tres acusaciones presentadas por el Evangelio de Lucas como “falsas” se sostienen aun en el mismo evangelio de Lucas; por ende, la tercera (la prohibición de pagar tributos al César) adquiere mayor importancia, a pesar de los esfuerzos del autor. Por indicio de incomodidad y el criterio de verosimilitud, este dato adquiere validez histórica. Su presencia en dicho evangelio parece haber tenido una sola función: la de intentar “refutar” alegatos que circulaban en la época de su autor de que Jesús incitaba a no pagar el debido tributo a César. Es harto conocido que “Lucas” (quien sea que haya sido) siempre deseaba presentar a Jesús y a Pablo como ciudadanos estoicos respetables ante la sociedad civil, y que Jesús fue un inocente que murió injustamente. El cristianismo no es un movimiento rebelde o subversivo para “Lucas”, sino un sector de la población virtuosa y cónsona con las costumbres de la civilización romana (Bovon 2010, 440).

Tras la crítica al pasaje marcano del asunto tributario en asociación con el pasaje lucano, podemos estipular un patrón. Jesús llamaba a sus seguidores a no pagar impuestos al César (Gómez Segura 2021, 154-155).

Jesús, hijo de David

Tal vez uno de los datos que, desde la criteriología cuenta con múltiple testimonio y desde el paradigma indiciario, un patrón recurrente es el alegato de que Jesús era “hijo de David”, es decir, descendiente de David. Esto es significativo porque algunas posturas mesiánicas del siglo I veían al Mesías rey como heredero de la promesa de Yahveh al antiguo monarca israelita David, de que su reino perduraría. El texto más antiguo que encontramos al respecto en relación con Jesús se encuentra en una carta paulina escrita entre el 55 y el 61 e.c.

La promesa relativa a su hijo [de Dios], Jesucristo Señor nuestro,
nacido
de la simiente de David
según la carne
pero constituido
Hijo de Dios [con poder]
según el espíritu de santidad,
por la resurrección de entre los muertos.

Romanos 1:3-4, mi modificación de la traducción de la Biblia de Jerusalén.

La frase entre corchetes puede indicar un añadido de Pablo a la confesión original, aunque esto no sea del todo cierto (Ehrman 2014, cap. 6, “The Exaltation of Jesus”; Jewett 2007, 107-108; Longenecker 2016, “I. Salutation (1:1-7)”). Hoy día, este fragmento del saludo de Pablo es reconocida como una tradición probablemente de origen semita, ya que hay expresiones con rasgos de arameo, por ejemplo, “espíritu de santidad” en vez de la expresión usual paulina “espíritu santo”. Tampoco es usual en la literatura paulina referirse a Jesús como “simiente” o “descendiente de David”, o hablar de Cristo haber sido “constituido”. Hay también una correspondencia y contraste literario entre “nacido” / “constituido”, “simiente de David” / “Hijo de Dios” y “según la carne” / “según el espíritu de santidad”. La apelación a la realeza davídica también añaden a su probable origen palestinense (Longenecker 2016, “I. Salutation (1:1-7)”).

Además de la epístola paulina, como se sabe, el Evangelio de Marcos recogió un buen número de tradiciones que su autor moldeó y formó en un relato extenso. Tenemos en él un par de perícopas en los que se habla de Jesús como “hijo de David”. un título que aparece despolitizado, aunque cumple un rol importante en ese texto (Marcos 10:47-48; 12:35-37) (Botner 2019; Smith 2009).

Este dato en nuestras fuentes más tempranas nos indica que originalmente o Jesús se autoproclamó descendiente de David para alegar su puesto en el trono como futuro rey de Israel o sus discípulos y su familia así lo creyeron. No podemos tener certeza alguna de si Jesús realmente era descendiente de David, pero sí parece que tenemos testimonios de que los primeros cristianos así lo creyeron.

La entrada “triunfal”

La entrada de Jesús a Jerusalén - por Giotto de Bondone (1305)
La entrada de Jesús a Jerusalén por Giotto de Bondone (1305)

Nos narra el Evangelio de Marcos cómo los discípulos encontraron un asna o un pollino sobre el cual Jesús llegó a entrar a Jerusalén en la semana anterior a la Pascua (Marcos 11:1-7). Nos dice:

Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, follaje cortado de los campos. Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!” Jesús entró en Jerusalén, en el Templo, y, después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para Betania.

Marcos 11:8-11

Algunos eruditos han señalado que este episodio es históricamente inverosímil y no pasa el crierio de discontinuidad. Esto se debe a que las fuerzas romanas se solían ubicar y el prefecto establecerse temporeramente en Jerusalén durante el periodo cercano a la Pascua, ya que era un festejo que despertaba sentimientos nacionales. Se solían desatar tumultos en momentos como ese. Si Jesús hubiera entrado en Jerusalén para ese periodo de la manera descrita por los evangelios, lo más probable es que hubiera sido arrestado inmediatamente (Ehrman 1999, 209-211).

Otros estudiosos han señalado que la descripción del pasaje parece sugerir que el acontecimiento no se dio durante previo a la Pascua, sino durante la Fiesta de los Tabernáculos, muchos meses antes de la Pascua (Gómez Segura 2021, 167-171; Piñero 2008a, 156-157). Durante esos festejos, la gente llevaba toda serie de ramas y palmas, además de transportar un tabernáculo hecho de ramas o palmas. Tanto la profecía que Jesús pretendía cumplir con el episodio como los gritos de la gente están fuertemente asociados al profeta Zacarías, a la alabanza a un rey y al monte de los Olivos, donde se predecía que Yahveh se manifestaría al final de los tiempos (Zacarías 9:9; 14:4,16; Salmos 118:25-26). Tampoco debemos perder de perspectiva que cuando Pompeyo y Herodes tomaron a Jerusalén (por supuesto, no juntos, sino en distintos momentos) justo en ese día. Esto podría indicar que Jesús escogió el festejo deliberadamente para anunciar simbólicamente su futuro reinado liberador de las fuerzas romanas (Gómez Segura 2021, 169).

No podemos estar totalmente seguros de si este acontecimiento en particular debe tomarse como histórico. Sin embargo, abona al patrón recurrente de que se vio a Jesús como futuro rey, una convicción que se nutría del nacionalismo judío y chocaba con el interés romano. En caso de que este episodio no ocurriera, pudiera ser que la leyenda se forjó alrededor de esta creencia primitiva al teologizarlo y colocar la muerte de Jesús en un momento cercano a la Pascua.

El final

Al final de su vida, Jesús celebró un kiddush con sus discípulos (Maccoby 1991, 90-128; Piñero 2008b, 182-193). Allí expresó una expectativa que parece haber sido histórica:

Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba, nuevo en el Reino de Dios.

Marcos 14:25

Luego de la cena, todos los evangelios coinciden que se llevó a cabo un arresto en el Huerto de los Olivos. De acuerdo al profeta Zacarías, Yahveh se manifestaría y dividiría el lugar por el medio. Una de las mitades se trasladaría al norte y la otra al sur. Eso marcaría el inicio del Reinado de Yahveh en la tierra (Zacarías 14:4-11). Además, los evangelios aportan unos detalles incómodos sobre la compra y uso de espadas por parte de sus discípulos (Marcos 14:47; Lucas 22:35-38). Los pasajes en cuestión parecen intentar aminorar el problema serio que implicaba esta información: ¿Se preparaban Jesús y sus discípulos para una guerra armada?

Empeorando las cosas, Juan nos provee también una información única en cuanto al prendimiento de Jesús:

… pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le iba a entregar; conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, se presentó allí con la cohorte y los guardias enviados de los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas.

Juan 18:1-4

El dato sobre los fariseos es inverosímil e históricamente descartable. Sin embargo, en cuanto al resto del pasaje, sorprende el número de personas que fue a arrestarle. El pasaje habla de una cohorte, es decir, de 100 a 160 soldados. Fernando Bermejo Rubio nos dice que si esta información es fiable, significa que tanto Jesús como sus apóstoles no sostenían ideales cercanos a los de Gandhi, sino que los oficiales romanos y del sanedrín esperaban una posible confrontación armada (2018, 115-116). El incidente en el que un discípulo —no sabemos quién— le cortó la oreja a un esclavo del Sumo Sacerdote parece indicarlo.

Aun con todo, creo que en este caso hay que tener mucha cautela. No sabemos si la información sobre el uso de una cohorte es auténtica, porque se pudo haber arreglado para propósitos de los versos subsiguientes, en los que Jesús hizo que los soldados cayeran tras identificarse con el divino “Yo soy” (Juan 18:5-9), algo que contrasta con los relatos paralelos que encontramos en los Evangelios Sinópticos. Este dato de la cohorte, único en un solo evangelio sin corroboración de fuentes independientes, puede ser una estrategia literaria para engrandecer a Jesús como superior a un colectivo armado romano.

Sabemos que Jesús fue arrestado, tuvo una audiencia con PIlato y murió crucificado. Los discípulos salieron huyendo del lugar y, si nos dejamos guiar por nuestras fuentes más tempranas, habían regresado a Galilea (Marcos 16:7).

Tanto las palabras de la cena, como la ubicación de Jesús en el Monte de los Olivos y el hecho que sus discípulos estuvieran armados podría implicar que para él era ya inminente la llegada del Reino de Dios y la manifestación de Yahveh en ese lugar.

Implicaciones en cuanto al papado actual

Papado cuestionado

Sin lugar a dudas, el Jesús histórico aquí presentado es uno bastante extraño para católicos, protestantes y otras denominaciones. Desde un punto de vista puramente aconfesional, Jesús se vio a sí mismo como Mesías, como futuro rey de Israel y que retaba el statu quo del dominio romano. Que sostenía una cosmovisión apocalíptica en la que Yahveh eventualmente restauraría las doce tribus de Israel con sus doce discípulos como sus jueces y él mismo como rey. Para todos los efectos, tenía la convicción de que era el rey de los judíos. Esto no significa que Jesús era un revolucionario tipo Che Guevara, sino más bien un profeta apocalíptico que sostenía lo que denomino una “convicción adventicia” de la realización del Reino de Dios. Debía llegar “uno como Hijo de Hombre”, un ser celeste que juzgaría a las naciones, para que se diera el fin del régimen, restaurar las doce tribus de Israel, someter las demás naciones bajo el mando de esta nación con Jesús como rey.

Por eso, por “alborotar al público” y por llamar a no pagar impuestos a César, fue crucificado bajo la prefectura de Pilato.

Ya de entrada, por todo lo visto, empezamos a ver aspectos que chocan con el papado como institución. He aquí algunos:

  • Es inverosímil que Jesús hubiera establecido una línea de sucesión apostólica para las futuras generaciones cuando aparentemente su actividad en Jerusalén parecía ser cada vez más dramática con unas expectativas de confrontación, tal vez armada y el eventual, pero pronto, establecimiento del Reino de Dios.
  • No hay rastro alguno de una expectativa cristiana de que en el Reino de Dios gobernaría otra persona que no fuera Jesús. Esto es válido aun después de la muerte de Jesús, ya que Pablo, sin referencia alguna a Pedro —¡ni tan siquiera en su carta a la congregación romana!—, afirma categóricamente el gobierno de Jesús el Cristo como señor del cosmos, que aparecería para establecer su reino en los cielos. Toda referencia a algún tipo de vicario de Cristo brilla por su ausencia.
  • Desde un punto de vista aconfesional, excluyendo metodológicamente los pasajes bíblicos en los que Jesús hizo profecías de “lo que sucedería” (vaticinium ex eventu por parte de los evangelistas), todo parece señalar el hecho de que Jesús esperaba un eventual establecimiento del Reino de Dios durante su vida.
  • La actitud de Jesús contrasta con la de la actual Iglesia Católica como heredera de algunas estructuras, usos y costumbres del Imperio Romano (asunto del que hablaremos en una futura ocasión). De hecho, en contraste con los emperadores, de los cuales Jesús estaba en contra, este hecho es llamativo. Desde tiempos de Augusto César, el emperador gozaba del título “pontifex maximus“, es decir, la suma autoridad religiosa o el sumo puente entre los dioses y la humanidad en el Imperio. Aunque oficialmente el papa no tiene ese título, sí tiene uno semejante “Summus Pontifex” (Sumo Pontífice) por ser el vicario de Cristo. Después del Renacimiento, también aparecen monumentos en los que aplican al papa el título “pontifex maximus” recordando al régimen romano.
  • Durante los primeros siglos del cristianismo, hubo señales de molestia y alboroto por parte de los cristianos en la antigua Roma, pero otros se fueron adaptando a los deberes civiles exigidos por el Imperio. No sería sino hasta Constantino, cuando el cristianismo fue legalizado bajo su mando, que muchos funcionarios se volvieron fieles aliados del dominio romano. Esta alianza culminó con la oficialización del cristianismo como la religión oficial bajo el Emperador Teodosio (380 e.c.) y el papado se convertiría en cierta medida en una extensión religiosa imperial. Repetimos, esto es marcadamente distante de la visión jesuana y de los primeros discípulos del pretendiente mesiánico.
  • Por lo que se puede captar de los estudios del Jesús histórico, hay una notable discontinuidad —yo diría rompimiento radical— entre Jesús de Nazaret y las enseñanzas de la Iglesia Católica en Occidente.

Si esto es así, entonces, ¿de dónde vino esta idea del papa como sucesor de Pedro y este como el primer vicario de Cristo? Eso lo responderemos en nuestros artículos subsiguientes de esta serie.

En el siguiente artículo de esta serie, nos concentraremos en tres figuras importantes de las primeras congregaciones: Pedro, Jacob, el hermano de Jesús y Pablo de Tarso.

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Muchas gracias.

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