¿Es el Papa el sucesor de Pedro? – 8: ¿Una sola doctrina bajo el episcopado de Roma?

Visita de Dante al Sexto Círculo del Infierno
Visita de Dante al Sexto Círculo del Infierno. Grabado de Gustave Doré (1861). El sexto círculo se encuentran los herejes epicureístas, Dante habla con el noble Farinata degli Uberti.

Partes de la serie: 123456, 7

El problema de la Tradición Apostólica y las herejías

Una de las perspectivas que se ha diseminado desde tiempos de Ireneo de Lyon, pasando por Eusebio de Cesarea, es la idea de una tradición eclesiástica que ha permanecido relativamente inalterada a través de los años. Para los conocedores de la Iglesia Católica, es muy conocido que la Biblia católica es Palabra de Dios para sus miembros, pero que no es la única autoridad. Citando al Concilio Vaticano II, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

Cristo nuestro Señor, en quien alcanza su plenitud toda la Revelación de Dios, mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los profetas, que Él mismo cumplió y promulgó con su voz.

Catecismo I.1ra. pte. cap.2. art. 2: 75. Cita a Dei Verbum (DV) 7

En otras palabras, la Tradición Apostólica consiste en la totalidad de la Revelación de Dios transmitida de Jesucristo a sus apóstoles. Hay dos manifestaciones de esta enseñanza:

  • Tradición escrita: Esta consiste en las Sagradas Escrituras, el canon de libros afirmados por la Iglesia como autoridades de fe desde el 382 e.c. bajo el papado de Dámaso y reafirmado de manera decisiva en el Concilio de Trento en el siglo XVI. En palabras del Catecismo y de Vaticano II – “los mismos Apóstoles y los varones apostólicos pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo” (Catecismo I.1ra. pte. cap.2. art. 2: 76. Cita a Dei Verbum (DV) 7).
  • Tradición oral: En palabras del catecismo y del Concilio Vaticano II – “los Apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó” (Catecismo I.1ra. pte. cap.2. art. 2: 76. Cita a Dei Verbum (DV) 7).

Ambas han sido guardadas por el Magisterio de la Iglesia, que ha conservado en esencia las enseñanzas de Jesús a través de los siglos gracias a la sucesión apostólica y la guía del Espíritu Santo. Dice el Catecismo, citando a Vaticano II:

«Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, “dejándoles su cargo en el magisterio”» (DV 7). En efecto, «la predicación apostólica, expresada de un modo especial en los libros sagrados, se ha de conservar por transmisión continua hasta el fin de los tiempos» (DV 8).

Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo, es llamada la Tradición en cuanto distinta de la sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, “la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree” (DV 8). “Las palabras de los santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora” (DV 8).

Así, la comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo por su Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia: “Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo” (DV 8).

Catecismo I.1ra. pte. cap.2. art. 2: 77-79.

Si hay algo que hemos visto desde el mismo comienzo de esta serie es que nada de esto es correcto, históricamente hablando. Fuera de las siete cartas auténticas paulinas (1 Tesalonicenses, Gálatas, 1 y 2 Corintios, Filipenses, Filemón, Romanos), nosotros no conservamos un solo escrito proveniente de los apóstoles. Irónicamente, las cartas de Pablo son de una persona que jamás conoció a Jesús y, con mucha probabilidad distorsionó su mensaje para adaptarla a los gentiles (no digo si eso fue bueno o malo, eso es un asunto distinto). Los evangelios no fueron escritos por los testigos presenciales de los eventos que reportan y bastante de los demás documentos (con excepción de Hebreos, Apocalipsis, 2 y 3 Juan) son falsificaciones. Y no solamente eso, sino que todos estos documentos tienen unas discrepancias doctrinales muy importantes (como abundaremos más adelante).

A esto se añade que no tenemos ninguna seguridad de que los supervisores (epíscopos u obispos) fueron ordenados o seleccionados por los mismos apóstoles, sino que fueron posteriores a ellos. Todo parece indicar que el supervisado y los colegios de ancianos en el jesuanismo emergieron de la forma en que se agrupaban tradicionalmente asociaciones gentiles y judías correspondientemente. Gradualmente, hubo una jerarquización de estas asociaciones y congregaciones cristianas, originalmente autónomas entre sí.

Pues, de la convicción históricamente injustificada del catolicismo, su doctrina oficial da la impresión a muchos católicos de que hubo un núcleo doctrinal que se mantuvo relativamente intacto a través de los años; que luego, aparecieron personas que les dio por contradecir la doctrina apostólica, a las que denominó “herejes”. Hay dos posiciones importantes en relación con este asunto:

  1. Posición conservadora: Que la doctrina de la Iglesia ha transmitido este núcleo doctrinal desde los apóstoles hasta hoy casi intacto. Los “herejes” eran personas que se negaban a ver lo que era evidentemente verdadero, y arrogantemente quisieron crear escuelas o iglesias aparte.
  2. Posición moderada: Hubo un núcleo doctrinal que es verdadero, pero que desde el punto de vista de conocimiento, no fue revelado todo de una vez, sino que paulatinamente el Espíritu Santo fue guiando a la Iglesia vía los acontecimientos y conflictos con “herejes” que surgieron dentro del cristianismo para ir definiendo cada vez mejor dichas verdades.

Personalmente, me acuerdo del Padre Benedict Groeschel quien se sujetaba con pasión a la primera perspectiva y rechazaba la categoría del “Jesús histórico” y muchas de las conclusiones de la crítica neotestamentaria. Insistía de corazón la Verdad (con V mayúscula) de la doctrina católica. Claramente, desde un punto de vista científico e histórico, no se puede sostener. Teólogos católicos más liberales endosan la segunda opción ante las evidentes dificultades históricas de defender la primera. Algunos sostienen que ante los herejes, se fue formando una Gran Iglesia alrededor de Pedro, que se fue organizando paulatinamente en la Iglesia Católica actual.

Aunque es mucho más respetable, el problema con esta última postura es que, aun con esos matices, es bien difícil sostenerla. Para muestra, daré un ejemplo. Podemos admitir que hay tradiciones (en minúscula) o relatos que podrían provenir de los apóstoles. Por ejemplo, Pablo parece citar una confesión sobre la adopción de Jesús como Cristo e Hijo de Dios en el momento de la resurrección (Romanos 1:3-4), o una confesión en torno a la resurrección (1 Corintios 15:3-7): Jesús fue …

nacido
de la semilla [linaje] de David
según la carne
designado [constituido]
hijo de Dios con poder
según el Espíritu de santidad
a partir de la resurrección de entre los muertos.

Romanos 1:3-4 (mi énfasis, mi modificación de la traducción de Piñero)

La confesión tiene una expresión semítica “Espíritu de santidad”, que puede sugerir un trasfondo semítico, al menos parcial. La estructura tiene una correspondencia poética que ha llamado la atención a los eruditos: “nacido” con “constituido”, “de la semilla de David” con “hijo de Dios con poder” y “según la carne” con “según el Espíritu de santidad”, concluyendo con “a partir de la resurrección de entre los muertos”. Muchos de los términos que se usan aquí no son usuales en Pablo: “semilla de David”, “designado” y “Espíritu de santidad”. Estas y otras características nos dan a entender que Pablo se refiere a algo que circulaba entre las congregaciones, no una composición suya (Longenecker 2016, “I. Salutation”, “Exegetical Comments”, 1:3b-4). Aquí tenemos, pues, una de las confesiones más antiguas aparentemente compartidas por el movimiento de Jesús de la época y tenía un origen en círculos jesuanos en el Levante.

Sin embargo, no podemos decir en términos doctrinales que esta confesión interseque perfectamente bien con la doctrina católica actual. Por ejemplo, el catolicismo no reconoce el adopcionismo como doctrina oficial, pero que sí parece haber sido sostenida por los apóstoles. Esta posición adopcionista fue posteriormente declarada “herejía” por el obispado romano. Esto ha llevado al catolicismo a una irónica situación: reclamar que sus enseñanzas representan la Tradición Apostólica conservada por el Magisterio, mientras que declaró “herejía” la posición de los apóstoles.

¿Quién condenó el adopcionismo como herejía? Pues, para comenzar, el primero en condenarlo fue el obispo de Roma Víctor I, el primer supervisor del que tenemos atestación histórica (189-199 e.c.). En el 198 e.c., Víctor I excomulgó a Teodoto el Curtidor por diseminar el adopcionismo en Roma. Si este es el caso del primer obispo de Roma atestiguado en la historia, ¿cómo podemos alegar que el papado, desde sus comienzos, conservó la Tradición Apostólica? El caso no mejora mucho con los concilios. El Sínodo de Antioquía del 264 al 269 y el Concilio de Nicea en el 325 cimentaron una postura antiadopcionista, claramente contraria a la posición original apostólica. Así que los concilios tampoco conservaron la Tradición Apostólica, sino que la sustituyeron por otras doctrinas.

La situación no mejora en el ámbito protestante en general (fuera de denominaciones unitarias). Por ejemplo, la mayoría de los protestantes adopta el credo niceno constantinopolitano, algo que contradice por completo la doctrina adopcionista original de las asociaciones jesuanas primitivas. En tal caso, no basta haber rechazado el Magisterio católico o su Tradición.

El eminente ateo convertido en cristiano Alister McGrath ha hecho una formidable labor en tratar de presentar el combate de las “herejías” en los términos más razonables posibles para la mentalidad contemporánea. Sin embargo, para los no creyentes, no es aceptable esta defensa de una “verdad” que solo se “decreta” por concilios tras conflictos bastante intensos, pero no viene acompañada de evidencia válida. McGrath afirma que el mundo contemporáneo ha revivido muchas herejías que el cristianismo ya había dejado en el pasado. No es el único que se siente así. Los autores católicos Bob y Penny Lord, en su libro y serie televisiva en EWTN expresan cómo en estas últimas décadas, todas las “herejías” atacadas en el pasado parecen proclamarse a diestra y siniestra en la modernidad. Esta no es nada más una actitud actual, el intelectual G. K. Chesterton también decía lo mismo en cuanto a las “herejías” de su época (1905).

Esa es la perspectiva de los cristianos, pero ya hemos visto una instancia que nos conducen a colocar estas premisas entre signos de interrogación. Con esto en mente, vamos a mirar con un saludable escepticismo la situación doctrinal de la Iglesia en los primeros cuatro siglos y cómo eso nos ayuda a entender si hubo un rol unificador del obispo de Roma durante ese periodo. Pero antes de eso, necesitamos proveer un contexto histórico muy importante.

Todo comienza por el judaísmo: “dos judíos, tres opiniones”

Nota: Si lo que desean es tener una idea de la diversidad del cristianismo, pero sin este trasfondo histórico, pueden saltar esta sección.

Vista de Qumrán
Vista de Qumrán. Foto cortesía de “Abraham” de Wikimedia Commons. Licencia: CC-BY-SA 3.0 No portada

Es raro comenzar un tema sobre diversidad cristiana hablando del judaísmo. Me hago eco de las brillantes palabras de José Montserrat Torrents en cuanto a esta cuestión.

Las historias del cristianismo antiguo suelen dedicar un capítulo previo al tratamiento de lo que denominan “entorno” o “trasfondo” judaico de la naciente iglesia. Tal denominación es metodológicamente equívoca. El concepto de “entorno” (trasfondo, contexto) remite una distinción entre un elemento considerado “actor” y un conjunto de elementos considerados “escenario” de los acontecimientos. Según este modo de aproximación, el judaísmo del siglo I, con sus instituciones y sus tendencias religiosas, fue el “escenario” en el que se produjo y se movió el hecho cristiano. Ahora bien, lo que el juicio histórico ha puesto de relieve en los últimos decenios es que el judaísmo del siglo I no fue el escenario, sino el actor del suceso del surgimiento del cristianismo. Contradistinguir lo cristiano y lo judío en este período equivale a introducir solapadamente un a priori que en último término depende de la teología. La relación histórica del cristianismo y el judaísmo debe conformarse a los esquemas categoriales de relación entre la parte y el todo. Una historia del cristianismo del siglo I es una historia del judaísmo que presta atención a unos aspectos particulares.

Montserrat Torrents 2005, 33.

Por ende, la discusión de lo que era ortodoxia y herejía debe tener un punto de partida en el judaísmo.

Una de las cosas que menos se ha apreciado del judaísmo del Segundo Templo es lo increíblemente diverso que era. No existía tal cosa como una “ortodoxia” del judaísmo. En este aspecto, Josefo es una fuente imprescindible. Él identifica al menos lo que él llama cuatro “escuelas” dominantes en el judaísmo:

  1. Los saduceos: Tenemos muy poca información sobre este sector y la que nos ha llegado, debemos tomarla con pinzas: toda la información que nos dicen de ellos proviene de sus adversarios. Para el siglo I, ellos eran los que tenían en sus manos la autoridad máxima de los quehaceres del Templo, eran más amigables a la influencia helenística y se les veía como aliados del poder romano y la aristocracia de Judea. Este último punto es importante. Aunque también tenían laicos en sus filas, gozaban de prestigio sacerdotal. El Sumo Sacerdocio estaba a cargo de parte de lo concerniente a Jerusalén y su poder político estaba limitado por Roma. Por los evangelios y las obras de Josefo, sabemos que ellos no esperaban la resurrección de los muertos, negaban la inmortalidad del alma, y no tenían la actitud apocalíptica como otros sectores del judaísmo. No parecían ser tan populares como los fariseos, tenían un número reducido de personas y se concentraban mayormente en las ciudades. Este hecho hizo que este sector judío desapareciera durante la Primera Guerra Judía. Contrario a los fariseos, que buscaban formas noveles de interpretar la Torah según tradiciones ancestrales, los saduceos se destacan por un conservadurismo en cuanto al sentido y la práctica de la normativa mosaica (Bermejo Rubio 2020, cap. 6, subs. 6.1.2; Meier 2015, III:399-423; Oppenheimer 2017, 124-127; Piñero 2008, 96-99, 253-255).
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  2. Los fariseos: Josefo nunca nos dice cómo fue que surgieron, así que su punto de origen no es certero. En la literatura más reciente, se acepta que su origen pudo haber sido entre los mismos escribas, en calidad de intérpretes de las escrituras sagradas. No se centraban solamente en la Torah, sino también en tradiciones ancestrales que definieran su interpretación. Para la época de la dinastía asmonea, parece que tuvieron un poder político significativo que les permitió retar a los monarcas (Babota 2021; Oppenheimer 2017, 123-124). Contrario a los saduceos, para el siglo I e.c. eran bastante populares y aparentemente muchos sostenían perspectivas apocalípticas. Además, esperaban la resurrección de los muertos al final de la era. Por las fuentes rabínicas, también tenemos constancia de una diversidad de escuelas de pensamiento entre ellos, algunas que debatían acaloradamente con los otras. Las dos escuelas mejor conocidas son las de Hillel y Shammai. Al igual que los sacerdotes saduceos, el fariseo llegaba a ser rabino no solo como escriba, sino como docto intérprete de la Torah después de una instrucción muy prolongada (Bermejo Rubio 2020, cap. 6, subs. 6.1.1; Meier 2015, III:303-357; Oppenheimer 2017, 123-127; Piñero 2008, 100-102, 255-264).
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  3. Los esenios: Un grupo de judíos que a la mitad del siglo II a.e.c. había huido de Jerusalén. Un grupo de ellos se estableció en Qumrán, donde decidieron crear un centro religioso separado del sistema del Templo de Jerusalén. Ellos se consideraban fieles o leales al verdadero sacerdocio aarónida o sadoquita que, a su entender, debía ocupar el puesto de sumo sacerdocio en Templo. Fueron los que mantuvieron y reprodujeron los ahora conocidos Manuscritos del Mar Muerto. Dichos textos nos revelan una sociedad predominantemente apocalíptica y marcadamente opuesta al sacerdocio y observancia de la Ley en el Templo de Jerusalén. Para el siglo I e.c., ellos vivían parcialmente en una especie de adelanto del Reino celeste en la tierra durante los momentos litúrgicos. Creían que celebraban sus rituales en compañía de los ángeles, pero a su vez esperaban una batalla final entre las fuerzas de la luz y las de las tinieblas (los poderes de los Kittim, los romanos). Tenían también a la expectativa una figura mesiánica. En unos textos era representada por el profeta Elías. En otros escritos parece que esperaban dos mesías, uno rey y otro sacerdote. En la comunidad, se practicaba el celibato probablemente por razones escatológicas y de pureza. A algunos eruditos les llama la atención su oposición a la esclavitud por considerarla una injusticia (Bermejo Rubio 2020, cap. 6, subs. 6.1.3 y 6.1.4; García Martínez 1993, 43-44; Meier 2015, III:500-542; Piñero 2008, 265-276).
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  4. La “cuarta escuela”, los celotes: Para Josefo, los celotes fueron fundados por Judas de Galilea cuando desató una guerra de guerrillas a propósito del censo llevado a cabo bajo la gobernación de Quirino en el 6 e.c. Tuvieron un rol protagónico durante la Primera Guerra Judía (66-73 e.c.). Se caracterizaban por la defensa acérrima de la Torah ante la constante amenaza de fuerzas foráneas. Creían que no debía pagársele el tributo al emperador, y que las tierras de lo que en otra época era Israel debía estar en manos de los israelitas (Piñero 2008, 276-277). En cuanto a su teología y cosmovisión, el mismo Josefo nos dice que el fariseísmo y los celotes tenían bastante en común (Antigüedades judías 18.3; Bermejo Rubio 2020, cap. 6, subs. 6.1.1). Muchos estudiosos suponen que después de la actividad de Judas, hubo un hiato de revueltas hasta que se desató la Primera Guerra Judía. Sin embargo, Fernando Bermejo ha cuestionado esta perspectiva, ya que existe en la literatura del siglo I indicios de que los celotes continuaron sus actividades durante el periodo del 6 al 66 e.c. Por ejemplo, varios de los hijos de Judas aparecen crucificados por actividades de las que Josefo ni ningún otro historiador abunda. Y las declaraciones del celote Eleazar Ben Arí muestran una continuidad con el mismo pensamiento de Judas (Bermejo Rubio 2020, cap. 6, subs. 6.2.1; Oppenheimer 2017, 129-130).

Nótese que ninguna de estas “escuelas” representaba al “verdadero judaísmo”. Al contrario, dentro de los grupos de los que nos constan bastante información, tenemos una diversidad de opiniones. Por ejemplo, tenemos los testimonios de los debates entre el pensar de los maestros Hillel y Shammai. Tradicionalmente, se han tenido como pertenecientes al sector fariseo, aunque este dato no sea del todo seguro. Partiendo de la premisa de que lo fueran, ambas escuelas debatían en torno a qué consistía “trabajar” para efectos de las actividades a efectuarse el sábado, si el divorcio debía permitirse, si la Torah debía enseñarse solo a estudiantes o a todos, o si la normativa de lavarse las manos procedía de la Torah (Meier 2015, IV:106, 121-123, 266-270, 416-417).

En el caso de los escritos del Mar Muerto también tenemos ciertas discrepancias. No todos los textos reflejaban la opinión de los qumranitas, pero son de valiosa importancia porque se puede ver un retrato de la diversidad de opiniones en relación con el Mesías. Como afirmé en otro artículo:

En algunos casos, el Mesías no pasaba de ser una figura profética que no participa en la guerra entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas. Otras, le presentan como una figura guerrera que enfrentaría a los Kittim, es decir, a los romanos… (e.g. 4QFlorilegio y 4Q485; García Martínez 1993, 174-175, 183-185). En otros de sus escritos (y en otros textos judíos fuera de Qumrán), se habla no de un mesías, sino de dos: uno sacerdote y otro rey (Testamento de los Doce Patriarcas – Testamento de Simeón 7:1-2; Testamento de Judá 21:2-4a; CD A Col. XIV 18-19; CD B Col. XIX 10-11; CD B Col. XX 1; 1QS Col. IX 10-11; 4Q174; ver los textos en García Martínez 1993). En otros, es el príncipe de la comunidad esenia.

El asunto del monoteísmo era otro tema donde aparentemente hubo discrepancia. Es claro que algunos judíos afirmaban el monoteísmo estricto. Esto se puede ver claramente en Deutero-Isaías cuando nos dice:

Yo soy Yahveh, no hay ningún otro; fuera de mí ningún dios existe.

Isaías 45:5a

Sin embargo, en otras escrituras judías, como los Oráculos Sibilinos, encontramos una perspectiva megateísta, una forma de henoteísmo: se afirma la inmortalidad y omnipotencia de Yahveh, pero se hablaba de la existencia de dioses menores. He aquí un ejemplo del sincretismo que mezcla la mitología hebrea con la griega:

Mas cuando del gran Dios se cumplan las amenazas que una vez profirió contra los mortales, cuando una torre levantaron en la tierra de Asiria: todos hablaban la misma lengua y querían subir hasta el cielo estrellado; mas al punto, el Inmortal [Yahveh] les envió una gran calamidad con sus soplos y a su vez luego los vientos derribaron la gran torre y entre sí los mortales levantaron mutua disputa; por esto los hombres pusieron a la ciudad el nombre de Babilón; y después que la torre cayó y las lenguas de los hombres con toda clase de sonidos se distorsionaron y a su vez toda la tierra se pobló de mortales que se repartían los reinos, entonces es cuando existió la décima generación de seres humanos, desde que el diluvio cayó sobre los primeros hombres. Y se hicieron con el poder Crono, Titán y Jápeto, hijos excelentes de Gea y Urano (a los que los hombres habían llamado tierra y cielo, al ponerles nombre, porque ellos fueron los más destacados de los seres humanos)

Oráculos Sibilinos 3:97-113; Díez Macho 1982, 3:290-291, mi énfasis.

Peor todavía, hubo judíos que creían en una segunda deidad o una segunda potencia que se encontraba entre el dios supremo Yahveh y el resto de la creación. Lo sabemos gracias a que bastante de estos cultos fueron denunciados por rabinos de los siglos posteriores. Algunos veían al Ángel de Yahveh como esta divinidad, otros al Hijo de Hombre del que habla Daniel, otros el patriarca Enoc, o un ángel llamado Metatrón, otros la Sabiduría o la Palabra divina, el Logos (Barker 1992; Segal 2002; Orlov 2019).

Cuando vamos a la diáspora, el asunto era mucho más complejo. Como vimos, algunos judíos helenísticos integraron la mitología hebrea y la griega. Hubo otros como el filósofo platónico Filón de Alejandría, que intentaron proveer un fundamento platónico y estoico a las escrituras sagradas judías.

Asimismo, Filón de Alejandría nos revela en De vita contemplativa la existencia de un grupo conocido como los “terapeutas” (therapeutaí). No podemos depender mucho de la información tan idealizada que nos da el filósofo alejandrino. Sin embargo, nos dice que ellos, establecidos cerca de Alejandría, llevaban a cabo una vida contemplativa, ascética y de servicio. Decían que tenían el poder de sanación de las almas mediante una terapia espiritual (Bermejo Rubio 2020, cap. 6. subs. 6.3.1).

Los hallazgos arqueológicos nos revelan constantemente la manera en que los judíos tenían que “negociar” culturalmente con su entorno pagano. ¿Qué tenían que hacer para persistir entre los paganos? Pues, se llegó a redactar la Septuaginta (la versión de los LXX), una versión griega de las escrituras hebreas. Allí muchos de los términos griegos se adoptaron para acomodar a los judíos en un ámbito donde permeaba un pensamiento platónico y estoico vulgarizado, además de caracterizar a los dioses como “daimon”, usualmente traducido por “demonio”, pero en realmente se refiere a una deidad menor. Vimos el resultado de esta estrategia cuando citamos los Oráculos Sibilinos. Se han encontrado también inscripciones de individuos judíos en lugares dedicados a los dioses locales, a veces en agradecimiento o como deber cívico. Existen también inscripciones de judíos donde aparecen fórmulas o calendarios paganos, o dedicaciones a Hades, Zeus, Helios, Gaia, entre otras deidades. A veces observamos que hubo un sincretismo judío y grecorromano cuando en restos de sinagogas o en casas judías aparecen en mosaicos alusiones a deidades paganas aparentemente reinterpretadas por el pensamiento judío. Hubo dedicatorias o reconocimientos a paganos en relación con su contribución económica en las sinagogas o asociaciones judías (Fredriksen 2017, 45-60).

La actitud en relación con la inclusión de los gentiles en estas asociaciones judías variaba ampliamente. Fuentes nos revelan que muchos de los no judíos veían que el ademán de los que sí lo eran rayaba en la xenofobia y la “impiedad” (no rendirle culto a los dioses). Sin embargo, tenemos evidencia de que hubo paganos que se convirtieron al judaísmo (prosélitos) o que al menos simpatizaban con este. En esta época, la fe (pistis en griego o fides en latín) no tenía el sentido de “creencia” (como usualmente se entiende hoy) sino más bien de lealtad o confianza. Esto se entiende dentro de una matriz socioreligiosa en la que los dioses participaban en todas las esferas de los habitantes del Imperio Romanos (Morgan 2015). En algunos casos, para ingresar a la sinagoga y formar un lazo con las asociaciones judías, muchos paganos tenían que renunciar a su fe (lealtad) a los dioses de su familia para adoptar a Yahveh como su dios exclusivo. No es que dejaran de “creer” en la existencia de otros dioses, sino que entendido en el contexto megateísta, solo debía confiarse en el dios supremo, el dios hebreo. En el caso de convertirse, esto implicaba circuncidarse, observar el Sábado como día de descanso, cumplir con la dieta impuesta por el kashrut (kosher), guardar días de fiestas y el resto de las normas mosaicas. Con la conversión al judaísmo, los expaganos cambiaban su etnicidad, renunciaban a un legado ancestral antiguo para adoptar uno nuevo; sus ancestros ahora eran Abraham, Isaac y Jacob. Aun con todo, no se sabe a ciencia cierta si los judíos en general continuaban tratando a los expaganos como judíos con derecho propio, porque sospechaban bastante de los recién conversos (Bermejo Rubio 2020, cap. 1, subs. 1.2.1). Sorprendentemente, la posición de los judíos para el ingreso de gentiles a sus filas no fue del todo uniforme. No a todo el mundo se les exigió la circuncisión, sino que a veces se limitaba a un compromiso de fe en Dios, observar el decálogo y la normativa noáquica, que se veía como un requisito universal, no únicamente para los judíos. Sin embargo, esto de por sí no era una conversión al judaísmo; el gentil continuaba siendo gentil, es decir, no judío (Bermejo Rubio 2020, cap. 1., subs. 1.2.2). Otros gentiles que nunca adoptaron ninguna de estas costumbres, pero que de alguna manera simpatizaban y contribuían a la asociación judía desde fuera, se les conocía como los “temerosos de Dios”, que le rendían sacrificios a Yahveh además de adoptar ciertas costumbres judías (Bermejo Rubio 2020, cap. 1, subs. 1.3; Fredriksen 2017, 49-60; Montserrat Torrents 2005, 46-57).

Como si no fuera poco, también en esta esfera había discrepancia en torno a lo que definía a alguien como justificado ante los ojos de Yahveh. Para todo el mundo era claro que el judío tenía que cumplir con la normativa de Moisés, pero ¿era eso lo que justificaba? La respuesta de muchos judíos es que los requisitos mosaicos formaban parte de esta justificación: cumplir con lo estipulado en la alianza mostraba lealtad o fe del individuo y del pueblo judío con su padre supremo, con el dios Yahveh. Desde esta perspectiva, el judío debía obrar para llevar una vida pura de acuerdo a las exigencias de Dios, eso les justificaba. Sin embargo, lean lo que dicen dos textos de los Rollos del Mar Muerto (Piñero 2016, 73):

Por lo que a mí respecta de Dios (viene) mi justicia
en su mano (está) la perfección de mi camino
junto con la rectitud de mi corazón;
y por su justicia son borrados mis pecados …
Pero yo pertenezco a una humanidad impía
a la multitud de la carne pervertida
mis iniquidades, mis transgresiones, mis faltas,
con la perdición de mi corazón,
pertenecen a la masa de los gusanos
y los que andan en tinieblas.
Pues [ningún] hombre (determina) su camino
y el hombre no puede guiar sus pasos.
Porque de Dios (viene) la justicia
y de su mano procede la conducta perfecta …

1 QS (Regla) 11:2-3,9-11

Y yo supe que ningún hombre es justo
y que en el ser humano no hay perfecto camino.
Al Altísimo pertenecen todas las obras de justicia
mientras que el camino del hombre no es consistente…
Porque Tú perdonas el pecado
y pu[rificas al hom]bre de la falta por tu justicia.

1 QH (Himnos) 4:30-31.37

Es como si estos textos dijeran que no hay obra en sí misma que justifique al ser humano, sino solamente Yahveh para beneficio de aquel que ha establecido una relación filial y de confianza en él. Parece que Pablo el Apóstol no inventó la rueda.

Con todo lo anterior, todavía no hemos terminado. La documentación del siglo II y posterior fuertemente sugieren que antes hubo algún movimiento de lo que usualmente se conoce como la “gnosis” judía desde los acuerdos de Mesina de 1966. ¿A qué se refiere con la gnosis (no confundir con el gnosticismo, característico del siglo II en adelante)? Para el distinguido experto, Montserrat Torrents, la gnosis tiene dos aspectos esenciales, una sociológica y otra doctrinal. Las dos no se limitan al judaísmo o al cristianismo sino también a otras religiones:

  • Gnosis desde la sociología: En religiones desarrolladas en ámbitos urbanos avanzados, se da dentro de ellas un grupo élite que afirma tener un conocimiento de grado superior al de los demás. Usualmente, se da en aquellos grupos religiosos que tienen una obra sagrada escrita cuya élite (minoritaria) afirma un conocimiento (gnosis) superior al de los demás (Montserrat Torrents 2005, 178-179; Piñero 2015, 285; Piñero y Montserrat Torrents 2011, 35).
  • Gnosis desde la doctrina religiosa: En este sentido, la gnosis consiste en aquella doctrina que se considere revelación especial para unos cuantos (la élite) dentro del grupo religioso (Piñero y Montserrat Torrents 2011, 35-36).

Esto ocurre generalmente tras una jerarquización dentro del grupo: el miembro del grupo religioso es “conocedor” en contraposición a los que están fuera (ignorantes), pero el gnóstico (gnosis) se contrapone al menos conocedor (Montserrat Torrents 2005, 178-179; Piñero 2016, 287).

La gnosis se presenta de diversas maneras en múltiples religiones como el judaísmo, el hinduismo o el islam. Bajo ciertas circunstancias, estos gnósticos forjan cuerpos religiosos independientes del grupo original. A propósito de nuestra discusión, nos interesa la gnosis judía, que eventualmente evolucionó en el gnosticismo del siglo II. Montserrat Torrents la define de la siguiente manera:

Entiendo por gnosis judaica una exégesis del Antiguo Testamento que adapta los dogmas bíblicos a las categorías del pensamiento helenístico, principalmente platónico. El ámbito principal de esta reinterpretación es la cosmología, con apertura hacia la teodicea y la antropología. La exégesis versa fundamentalmente sobre los primeros capítulos del Génesis. Por su misma naturaleza se dirige a una minoría, por lo que responde a la definición convencional de “gnosis”.

Montserrat Torrents 1983, I:24, mi énfasis.

La existencia de esta gnosis judía se infiere de varias maneras. Por ejemplo, en las cartas paulinas, dirigidas a asociaciones jesuanas de ciudades cosmopolitas y urbanas, vemos unos aparentes incidentes polémicos con gnósticos (gnosis). Voy a dar un ejemplo teniendo en mente que las asociaciones jesuanas eran fundamentalmente judías:

Doy gracias a mi Dios en todo momento por vosotros, a causa de la gracia de Dios otorgada a vosotros en Cristo Jesús, porque en él habéis sido enriquecidos plenamente en toda palabra y en todo conocimiento [gnosis], tal como se ha consolidado el testimonio de Cristo entre vosotros. De modo que no carecéis de ningún carisma, vosotros lo que esperáis la revelación de Jesús el Mesías, Señor nuestro.

1 Corintios 1:4-7

Aunque en apariencia todo esto suene bien sencillo, lo que Pablo está indicando en el contexto de Corinto es que hay grupos que parecen lucirse de tener conocimiento (gnosis). Pablo le dice a su comunidad que con su confianza en Dios vía Jesucristo, Dios le otorgaría a cada uno el don de la gnosis, del verdadero conocimiento (Piñero 2015, 215).

Más adelante, en 1 Timoteo, carta atribuida pero no escrita por Pablo, probablemente fechada para comienzos del siglo II, dice:

¡Oh Timoteo!, custodia el depósito, guárdate de palabrerías profanas y de las contradicciones del mal llamado conocimiento [gnosis] más de uno al invocarlo se ha apartado de la fe.

1 Timoteo 6:20-21

Asimismo, según la patrística que combate el gnosticismo cristiano, suelen atribuir todos ellos la autoría de las doctrinas gnósticas (gnosticismo): Simón Mago, Dositeo, Cleobio, Menandro y Cerinto. Con excepción del último, todos los demás son nombres judíos. No podemos aseverar la historicidad de todos ellos (e.g. Simón Mago), pero el que los nombres sean judíos revela algo sobre el trasfondo que hizo posible el gnosticismo del siglo II. Hubo también un Libro de Baruc (no el que tenemos en la Septuaginta) que también parece original de la gnosis judía. Además, el que los gnósticos (gnosticismo) se haya concentrado en especulaciones sobre el Génesis abona a esta convicción de que los gnósticos (gnosis) judíos hayan sido sus precursores en esa actividad. Finalmente, se han observado algunos libros descubiertos en Nag Hammadi que no son cristianos, sino plenamente judíos (Montserrat Torrents 2005, 180-184; Piñero 2016, 291-292).

No hemos discutido el caso de los targumim, que son escritos que parafrasean o en ocasiones cambian completamente las escrituras hebreas. Tampoco hemos tocado el tema de movimientos de predicadores como Juan el Bautista, o taumaturgos, o predicadores apocalípticos nombrados por el mismo Josefo … o el cristianismo. El judaísmo del siglo I era muy, MUY, diverso doctrinalmente. Ante este panorama, no podemos decir cuál doctrina era la “ortodoxa”. Todo lo que podemos decir son unos rasgos de este colectivo religioso del siglo I:

  • El judaísmo del siglo I no tenía ortodoxia, sino ortopraxia; les unía una práctica en común dictaminada por sus escrituras (Piñero 2009, 105-106).
  • Estaba definida por su relación de fe/confianza/lealtad con un solo dios, Yahveh. Esta relación de lealtad estaba plasmada en la Alianza entre él y su pueblo, estableciendo una relación paternofilial con este.
  • El judaísmo también se definía por unos ancestros comunes, especialmente el patriarca Abraham, Isaac y Jacob.
  • La vida religiosa judía en general era nomocentrista: centrada en la Ley de Moisés, la Torah.

En cuanto a la doctrina se refiere, repetimos un “chiste” que, ante lo que hemos visto, debemos tomarlo en serio: “dos judíos, tres opiniones“.

El caso de los cristianismos de los siglos I al IV: “dos cristianos, tres opiniones”

Walter Bauer
Walter Bauer. Foto cortesía de la University of Chicago Press.

A comienzos del siglo XX, un teólogo protestante llamado Walter Bauer estuvo examinando los documentos primitivos disponibles del cristianismo, además de los testimonios patrísticos más tempranos. Examinó la evidencia que tenía a su disposición en esa época de varios los centros más importantes del cristianismo primitivo: Edesa, Egipto, Antioquía, Asia Menor y Roma. Lo sorprendente es que en cada uno de estos casos, las formas de cristianismo que predominaban desde bien temprano eran las que décadas o siglos después se conocerían como “herejías” o escuelas que se desviaban de la ortodoxia. Dependiendo del lugar, la forma más primitiva del cristianismo era el marcionismo, gnosticismo, valentinianismo, ebionismo, el docetismo, montanismo, nicolaísmo y algunas doctrinas que fueron bases del maniqueísmo.

Hoy día, ese es un hecho ampliamente aceptado por los historiadores, aunque admitidamente de manera mucho más compleja de lo que pensó Bauer (Brakke 2010, 92-96). Dado que el cristianismo procedió del judaísmo, lo que diremos a continuación no debería sorprender a nadie: el movimiento de Jesús, después de la muerte del maestro, se fue diversificando muy rápidamente en términos doctrinales aun dentro de las filas de los autores de textos y tradición oral hoy considerados canónicos.

La predicación de San Pedro
La predicación de San Pedro por Masolino da Panicale (1427).

Las cartas paulinas, los evangelios, algunas de las epístolas pseudopaulinas y universales revelan la enorme diversidad que hubo entre los cristianos a finales del siglo I. Hechos de Apóstoles nos dice que ya desde sus comienzos, cuando los estudiantes de Jesús decidieron establecer su centro de operaciones en Jerusalén, se enfrentaron a una realidad cosmopolita. Este fue el primer paso que convirtió al jesuanismo de un movimiento en la ruralía a uno urbano, con todo lo que eso conllevaba, incluyendo la influencia de diversos elementos culturales. Eso significa que desde el mismo comienzo, hubo divisiones significativas, especialmente entre los que el autor de Hechos llama “hebreos” y “helenistas” (Hechos 6:1). No existe claridad en torno a lo que quería decir con estos términos, pero intuitivamente esa división sí parece tener base histórica, no solo por indicio de incomodidad, sino porque vemos en las mismas cartas paulinas una tensión significativa entre los sectores más judaizantes y los sectores más helenizados: el caso más notable es Gálatas 1-2.

También las cartas paulinas nos permiten fechar aproximadamente el comienzo de la vocación jesuana paulina. Los eruditos piensan provisionalmente que Jesús debió haber muerto aproximadamente para el año 30 e.c. Pablo nos da el dato de que tuvo que salir huyendo de Damasco por la persecución que sufrió bajo un gobernador del rey Aretas IV (2 Corintios 11:32). Con base en Flavio Josefo, sabemos que esto debió haber ocurrido cuando el rey Aretas aprovechó la muerte del emperador Tiberio para invadir entre otros, el territorio dominado por Herodes Antipas. Probablemente, para ese entonces alcanzó territorios de Siria, incluyendo a Damasco (Antigüedades judías XVI.9:4). La muerte de Tiberio ocurrió probablemente en el 37 e.c., por lo que la invasión a Siria pudo haber tenido lugar este año o un poco después, digamos, el 38 e.c. Nos dice Pablo en su carta a los gálatas que recibió su primera revelación de la “buena noticia a los gentiles” cuando vivía en Damasco —donde él vivía y al comienzo perseguía a los cristianos—, fue a Arabia (donde gobernaba Aretas IV) y regresó al lugar, donde estuvo presumiblemente por tres años (Gálatas 1:15-17). Esto coloca la vuelta a Damasco virtualmente para el 35 o el 36 e.c. No debió haber pasado demasiado tiempo del viaje de Pablo de Damasco a Arabia y de regreso. Para efectos del argumento, propongamos que todo ello ocurrió en un periodo de un año. Eso nos brinda el dato de que el comienzo de la vocación paulina sucedió aproximadamente para el 34 o el 35 e.c.

¿Por qué les hago pasar por toda esta travesía? Porque esto significa que en el cortísimo periodo de los años 30 al 35 e.c. (¡en cinco años!) el movimiento de Jesús ya se había diversificado significativamente. Pablo nos dice que su persecución a los jesuanos en Damasco se debió a su celo extremo por las “tradiciones de los padres” (Gálatas 1:14). Esta expresión llama mucho la atención, debido a que cuando se enfrentó a ciertos jesuanos palestinenses (a los que Pablo llamaba “falsos hermanos”), hubo un celo de parte de ellos contra la buena noticia paulina (Gálatas 2:1-14). Por tanto, esa aceptación de los gentiles como iguales en las filas a los judíos no era originalmente la postura de Pablo antes de su vocación. Inferimos que su parecer “anterior” a su vocación se parecía bastante a la de los jesuanos celosos. Sin embargo, antes del llamado evangélico paulino, existía al menos un grupo al que Pablo veía como una amenaza a las tradiciones de los ancestros judíos. Hechos nos narra el caso de Esteban, un aparente judeohelenista, como representante de una posición sobre la Torah sospechosamente muy parecida a la de Pablo, algo que le llevó a su eventualmente. Por supuesto, hay que tomar con pinzas este relato (y cualquier otro que nos narre Hechos), pero dado el trasfondo histórico, no deja de ser un dato muy importante. Todo esto sugiere que desde el mismo comienzo, en la diáspora, el movimiento de Jesús comenzaba desviarse de su cepa, especialmente en cuanto esfuerzos de cambio doctrinal para acomodar a los gentiles dentro de las comunidades jesuanas. Esto se confirma con el hecho de que Bernabé, aparentemente también apóstol que recibió algún tipo de revelación de Jesús resucitado, estableció una asociación jesuana en Antioquía cuya mano derecha era el mismo Pablo.

Sin embargo, lo que nos revela el Nuevo Testamento es una plétora de señales de opiniones contradictorias en relación con diferentes asuntos para finales del siglo I y comienzos del II. Doy la siguiente lista aunque no sea exhaustiva:

  • Hubo varios “buenos anuncios” (evangelios): El mismo Pablo nos dice que hubo una multiplicidad de “buenos anuncios”, de los cuales él veía el suyo como el único legítimo (Gálatas 1:6-10).
  • En relación con la filiación divina de Jesús:
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    • Adopcionismo en la resurrección: Jesús fue adoptado como Hijo de Dios y se volvió Señor del universo en el momento mismo de la resurrección, aparentemente la creencia más primitiva de los líderes del movimiento de Jesús en el Levante (Romanos 1:3-4; Hechos 5:30-31; 13:32-33).
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    • Adopcionismo en el bautismo: Jesús fue adoptado como Hijo de Dios en el momento de su inmersión por parte de Juan el Bautista. En Marcos, Yahveh adoptó a Jesús como su Hijo y su Espíritu invadió su ser en el momento del bautismo (Marcos 1:10-11). En el caso de Lucas, se cambió el texto marcano precisamente para enfatizar este punto, citando al Salmo 2:7: “Hijo mío eres tú; hoy te he engendrado” (Lucas 3:21-22; Ehrman 1993, 62-72).
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    • Jesús como semidiós: Jesús fue el resultado de la intervención de Yahveh para la concepción de Jesús en el vientre de su madre, María (Mateo 1:18-25; Lucas 1:30-35).
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    • Preexistencia y exaltación de Jesús: Jesús preexistía a su forma humana como una deidad de menor grado o un ángel. Se volvió un ser humano, murió, resucitó, fue adoptado por Yahveh como el Hijo suyo y se volvió Señor del cosmos (Gálatas 4:14; Filipenses 2:6-11).
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    • Preexistencia como hipóstasis divina: Existieron dos variantes. Jesús era la Sabiduría divina, imagen de Dios, que participó en la creación del universo. Se considera el Primogénito de toda la creación (Colosenses 1:15-20; ver Proverbios 8:22-31). También otros habían elaborado una cristología más exaltada: era el Verbo o la Palabra divina, que existía junto al Padre y una con él, que se volvió Jesús en el momento de su encarnación como ser humano. Se le considera el Hijo Unigénito de Dios desde “el Principio” (Juan 1:1-18). Estas perspectivas sobre Jesús tuvieron una fuerte influencia sapiencial de la Septuaginta, que se refiere a la Palabra o a Sabiduría divina como una personificación de atributos divinos (hipóstasis), que participó en el proceso de la creación y que acampó con la humanidad (Génesis 1; Proverbios 8:22-31; Eclesiástico 1:1-4; 24:3-22; Sabiduría 7:25-27).
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    • Jesús era divino, no humano (docéticos): Hubo algunos grupos cristianos que bajo la influencia de la gnosis judía llegaron a pensar que un ente tan divino como Jesús no pudo haberse contaminado con la materia. Por ende, durante su estadía terrenal, tuvo la apariencia de tener un cuerpo material, pero que nunca lo tuvo. A este sector cristiano se le conoce como los docéticos (del griego “δοκέω” (dokéo) que significa “aparecer” o “parecer”; “δόκησις”, (dókesis), que significa “apariencia”, “fantasma”). Donde se ve más clara la presencia de estos docéticos es tal vez en los evangelios de Lucas y Juan. Recordemos que las doctrinas que se exponen en ambos se dan dentro de un ambiente polémico entre individuos líderes y asociaciones cristianas. El Evangelio de Lucas, escrito para finales del siglo I o comienzos del II, quiere afirmar que el Jesús resucitado no era “fantasma” sino carne humana, con todo y heridas de la crucifixión, que llegó a comer con sus discípulos (Lucas 24:13-44). En el material juánico terminado para comienzos del siglo II, vemos cómo el narrador o autor del texto insiste una y otra vez que la “Palabra se hizo carne” y que fue alguien que los estudiantes vieron, escucharon y palparon (Juan 1:14; 1 Juan 1:1). La existencia de los docéticos es mucho más explícita en las cartas de Ignacio de Antioquía que se escribieron en el periodo de las primeras dos décadas del siglo II (Carta a los esmirneanos 7:1).
  • Hubo varios tipos de cristianismos que celebraban la eucaristía de maneras distintas que podemos agrupar en dos:
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    • Acción de gracias con forma judía: La primera forma de eucaristía o acción de dar gracias que vemos tiene las características de una cena ceremonial judía de kiddush, de la forma vino-pan. En este caso, se presentaba el vino primero y luego el alimento —genéricamente llamado “pan”—, que iba acompañada de una teología no vicaria de la muerte de Jesús. Esta acción de gracias no menciona para nada la equivalencia entre el pan (alimento) y el vino como cuerpo y sangre de Cristo correspondientemente. El documento conocido como la Didajé o la Doctrina de los Doce Apóstoles, añade una oración que se parece mucho al Birkat-HaMazon (Lucas 22:17-19a; Hechos 2:42; Didajé 9-10; para detalles, ver Crossan 2010, cap. 14, “Do This in Memory of Me”; Ehrman 1993, 187-211; Maccoby 1991, 90-128; Piñero 2015, 300).
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    • Acción de gracias paulina: La segunda forma de eucaristía es la que cronológicamente ocurre primero en los textos neotestamentarios, ya que aparece en las cartas de Pablo. Según él, esta es la forma eucarística que parece haber recibido directamente de una experiencia revelatoria de Jesús y adoptó la forma grecorromana, pan-vino (1 Corintios 11:23-25). Esta manera de concebir la cena del Señor parece muy afín a los ideales estoicos de Pablo, puesto que cita a Jesús diciendo: “Este es mi cuerpo por vosotros; haced esto en recuerdo mío … Esta copa es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío” (1 Corintios 11:24-25). Estas palabras no sugieren una identidad entre el pan y el cuerpo o entre el vino y la sangre. La discusión en torno al “cuerpo” es de concepción helenística (estoicista) que concebía una asociación o congregación como un cuerpo cuyas partes cumplen distintas funciones. La cena en sí era una realización de la unidad de esas partes en el cuerpo de Cristo, razón por la que todos los participantes debían tener confianza y lealtad a Yahveh vía el Mesías; el que no la tuviera, comía y bebía su propia condena (1 Corintios 11-12). En el caso de la sangre, se refiere a la derramada vicariamente que establecía entre Jesucristo y todos los creyentes una “nueva alianza”. Dentro del pensar paulino, esta “nueva alianza” por la sangre de Cristo incorporaba a los gentiles: Jesús fue hecho maldito ante la Ley de Moisés para pagar los pecados de la humanidad con su sangre, y de esa manera le abre la puerta a la salvación de los gentiles, también considerados malditos por la Torah. Es por esta fe (confianza/lealtad) que se salvaban tanto judíos como gentiles (Gálatas 3:10-14). Por tanto, al pasar la copa, judíos y gentiles compartían la nueva alianza, no que literalmente se bebiera sangre.

      Por lo que hemos visto del Evangelio de Marcos, es muy probable que su autor conocía 1 Corintios y de ahí tomó el relato que, posteriormente, reprodujo y adaptó para su texto. El Evangelio de Mateo reprodujo y cambió ligeramente el de Marcos. En el de Lucas, se altera para que pareciera más a un kiddush según la costumbre judía de su asociación. Finalmente, aparece en el Evangelio de Juan una glosa de uno de sus editores en la que Jesús literalmente afirma que daría de comer su carne (pan) y beber su sangre (Juan 6:51c-59). El glosador parece aprovechar el relato de cómo unos estudiantes de Jesús se desligaron de este y añade: “A raíz de eso muchos de sus estudiantes se echaron atrás y ya no andaban con él” (Juan 6:66). Probablemente, “Juan” guardó un recuerdo importante de que un sector judío de algunas asociaciones se desligó de ellas debido a la adopción de esta práctica y lenguaje más afín a las cenas grecorromanas, incluyendo las mistéricas (Brown 1999, 556-573; Cahill 2002; Kloppenborg 2019, cap. 7; Maccoby 1991, 90-128; Lee 2006, intro. y cap. 5; Nelligan 2015, 113-147; Piñero 2015, 300-308; Piñero 2021, “Evangelio de Juan”, 6:61-62; Vearncombe, Scott, y Taussig 2021, cap. 12; Vidal 2013, 210-211, 216).
  • Hubo un sector judaizante o ebionita opuesto al evangelio paulino: Gracias a la epístola paulina a los gálatas, nos consta que hubo un sector jerusalemita alarmado por los avances del “buen anuncio” paulino y que era mucho más afín a Jacob, el hermano de Jesús. Justino nos da a saber que hubo dos tipos de asociaciones judías: aquellas que no les exigían a los gentiles la observancia de la Torah (más afines a Pablo) y las que sí. Probablemente, de aquí provino un grupo de cristianos del siglo II conocido como los ebionitas. Puede ser que consistan genealógicamente de estudiantes de los llamados “falsos hermanos” por parte de Pablo. Según las fuentes patrísticas, los ebionitas afirmaban la plena humanidad de Jesús y sostenían una posición adopcionista de él como Hijo de Dios. En un escrito atribuido a ellos conocido como Ascensiones de Jacob, acusaban a Pablo de haber sido un gentil que se hizo circuncidar para casarse con la hija del Sumo Sacerdote. Según ellos, la negativa del padre llevó a Pablo a que predicara una “buena noticia” contra la Ley de Moisés (Vidal 2007, 34). Además de esta obra, es posible que los ebionitas hayan sido los autores de otros tres evangelios que hemos perdido: el Evangelio de los Nazarenos, el Evangelio de los Ebionitas y el Evangelio de los Hebreos. Otras obras acusaban a Pablo de haber intentado matar a Jacob al empujarle para que cayera por las escaleras (Reconocimientos pseudoclementinos 1:70-71). Otros disimulaban las acusaciones representándole como Simón Mago, el famoso adversario de Simón Pedro (Homilías pseudoclementinas 2:15-18; 17:13-19). En ambos escritos, probablemente en su forma final en el siglo IV tienen elementos polémicos entre los cristianos más judaizantes y Pablo. (Ehrman 2004, 145-156; Ehrman 2013, 312-321; PIñero 2007, 74-76; Tabor 2006, cap. 18, “The Jesus Dynasty Lost and Forgotten”; Voorst 2000, cap. 5, “The New Testament Apocrypha: Traditions and Legends about Jesus”, “Ascent of James”).
  • Marcionismo: Marción de Sinope (85-160 e.c.) fue uno de los pensadores cristianos más influyentes del siglo II. De hecho, a él le debemos la idea de un canon en el cristianismo, ya que aceptaba la colección de diez cartas paulinas (las siete auténticas mas 2 Tesalonicenses, Colosenses, Efesios y una carta a los Laodiceanos) y una versión modificada del Evangelio de Lucas como su referente sagrado. Marción se familiarizó con la teología paulina, e hizo una lectura muy divergente de la del Pablo genuino en la que, de acuerdo con Marción, el apóstol de los gentiles supuestamente rechazaba tajantemente la Ley de Moisés. Llevó este tipo de visión a un extremo: el dios de la Torah y el dios de Jesucristo no eran el mismo dios, sino dos totalmente distintos. El dios de la Torah era creador de un mundo de la materia, de la carne, de sufrimiento. Yahveh era un dios vengativo, cruel, propenso a la ira y la arbitrariedad. Un dios genuinamente bueno y perfecto no crearía un mundo como este, y no sometería a todo un pueblo a la normativa arbitraria de la Ley de Moisés. El dios de Jesucristo era el verdadero Dios. Según los Padres de la Iglesia, especialmente los heresiólogos, Marción adoptó una posición docética de Jesús, ya que su verdadera naturaleza era espíritu, no carne. Esta visión del mundo y de Cristo le tuvo mucho sentido a un gran número de cristianos. Fue bastante influyente en Siria y Armenia (Ehrman 2004, 156-165; Litwa 2021; McDonald 2007, 369-379; Piñero 2007, 85-91).

Nota importante: En el siguiente punto estaré discutiendo el tema del gnosticismo. Solo quiero señalar que muchos puntos en torno a la cuestión se hallan actualmente en controversia. No todo el mundo está de acuerdo qué se quiere decir con el término “gnóstico” (en el sentido del gnosticismo o de la gnosis). Esta categoría surgió de los heresiólogos de los siglos II al V. El problema es que gran parte de lo que sabemos de ellos nos llegan vía sus adversarios y no tenemos constancia en sus escritos de que se hayan referido a ellos mismos grupalmente como “gnósticos”. Además, la manera en que caracterizaban a los gnósticos parece indicar que era un término despectivo para designar una multiplicidad de formas de pensar que apenas tienen aspectos comunes. Tampoco podemos alegar que los escritos de Nag Hammadi son todos “gnósticos” porque, una vez más, muestran una gran variedad entre sí. Algunos eruditos como Piñero, Montserrat Torrents o Bart Ehrman continúan utilizando la palabra de la manera usual. Sin embargo, hay otros como David Brakke que reserva el término exclusivamente para los setianos. Otros como Michael Williams, Karen L. King y varios eruditos del Westar Institute proponen abandonar la categoría por completo por varias razones, entre ellas porque lleva a falsas generalizaciones. Para propósitos de la discusión, acogeremos la sugerencia de Brakke. Ahora bien, en mi opinión, muchas de las denominaciones que usualmente se catalogan como “gnósticas” y otras que no, de una u otra forma se nutren de la gnosis judía. Sin embargo, enfatizo que no todo el mundo está de acuerdo con Brakke y que continúa el acalorado debate al respecto.

Apócrifo de Juan
Un fragmento del Apócrifo de Juan.
  • Gnosticismo: El gnosticismo era una corriente que parece haber emergido de la gnosis judía, pero que se consolidó para el siglo II en el sector judeohelenístico de la diáspora. El cristianismo, como parte integrante de este tipo de judaísmo, tuvo asociaciones y grupos que elaboraron muchas especulaciones hasta formar varios clubes gnósticos. El estándar para determinar si un texto es gnóstico o no es su afinidad a lo que se conoce como “el mito gnóstico” que es relatado por uno de los adversarios, Ireneo de Lyon en su publicación Detección y refutación de la gnosis, llamados así falsamente, también conocido como Contra las herejías (ca. 180 e.c.). La manera que lo presenta es muy cercana a uno de los textos encontrados en Nag Hammadi en 1945, el Apócrifo de Juan, también conocido como el Libro Secreto de Juan, escrito aproximadamente para el 150 e.c. Según se nos narra, después de la crucifixión, Jesús se le aparece al hijo de Zebedeo para dejarle saber un conocimiento (gnosis) secreto. El verdadero Dios era una Inteligencia mucho más allá de lo que el ser humano puede comprender, un Espíritu Invisible, el Espíritu Virginal. De esa Inteligencia que se encontraba en perfecto reposo, fueron emanados entes espirituales a los que Jesús llamaba “eones”. El primer ente en emanarse fue Barbeló, un principio femenino al que se le conoce como “Presciencia” (más exactamente “primer pensamiento”). De la interacción entre el Espíritu Invisible y Barbeló fue emanado el Autoengendrado (el Unigénito) al que el texto llama el “Ungido” o “Cristo”. La tríada Dios-Barbeló-Autoengendrado equivale a la relación Padre-Madre-Hijo. Otros eones que emanaron de la inteligencia divina como hipóstasis —atributos divinos que actúan autónomamente— se organizaron en pares de masculino y femenino para la conservación de la armonía espiritual. El Apócrifo de Juan llama “Plenitud” (pleroma) a toda esta existencia divina de pensamiento con sus eones. Sin embargo, uno de los eones inferiores se llamaba Sabiduría y decidió que iba a actuar en contra del Espíritu Invisible y de su consorte masculino, llevando a enturbiar la armonía existente. Como resultado, llegó a existir una entidad horrible llamada Ialdabaoth, a la que Sabiduría expulsó de la Plenitud. Esta entidad creó deidades inferiores que son los regentes (arcontes) de este mundo, y quiso tomar la materia informe que se encontraba fuera de la Plenitud para formar un universo material análogo al proceso creador del Intelecto divino en el mundo espiritual. Este es el Yahveh de la Biblia Hebrea, del que nos narra el Génesis. Se sentía muy orgulloso de lo que hizo diciendo: “Yo soy Dios, no hay ningún otro”. Estas acciones inquietaron a Sabiduría cuya conmoción perturbó a la Plenitud. Ialdabaoth y sus regentes iniciaron todo el drama que conocemos del libro del Génesis. Aun con todo, gracias a la intervención de Barbelo y Sabiduría, tras el diluvio universal, la descendencia del patriarca Set mantuvo un elemento divino e inteligente que perduró en la humanidad, pero los seres humanos se confundían por la ignorancia fomentada por Ialdabaoth y sus regentes. Eventualmente, llegaría el Salvador, Cristo, al mundo, no para “morir por los pecados”, sino para divulgarle a aquellos seres humanos espirituales la gnosis, que por ignorancia no conocen su verdadero ser (Brakke 2010, 52-58, 62-70; Ehrman 2003, 185-186; Piñero y Montserrat 2011, 38-46, 51-55).
  • El Evangelio de Tomás: El texto que parece haberse escrito originalmente en griego para el 150 e.c. Se trata de un logión o una colección de dichos crípticos, que comienza diciendo: “Estos son los dichos secretos que Jesús el Viviente ha dicho y ha descrito Dídimo Judas Tomás”. Las palabras “dídimo” y “tomás” significan ambas “gemelo”. El texto parece insinuar que Jesús fue escrito por el hermano de Jesús llamado Judas, y que este era su hermano gemelo. Este escrito parece invaluable para muchos eruditos, ya que parece contener algunos dichos que parcialmente parecen remitirse históricamente a Jesús. Otros expertos (y un servidor) tienen serias dudas sobre ello, por el hecho de que parece depender bastante de los evangelios sinópticos (John Meier 2015, I:143-153). Para el autor de este evangelio, los seres humanos contenemos un elemento espiritual que descubre su verdadera naturaleza a partir del descubrimiento del significado de los dichos crípticos de Jesús. El Reino de Dios no era nada externo que debía venir del mundo en un futuro, sino que se encontraba en nosotros y disperso en el mundo, es la experiencia que tenemos cuando conocemos nuestro verdadero ser. Para salvarse, hace falta un esfuerzo del creyente por descubrir estas verdades sobre uno mismo. Se debe valorar el verdadero conocimiento (gnosis), la verdadera Sabiduría (Cristo), por encima de todo lo demás (Piñero, Montserrat Torrents y García Bazán 2011, II:55-97).
  • Valentinianos: Ireneo también ataca a otro “hereje” llamado Valentín. Él le acusa de haber tomado parte de las doctrinas gnósticas para elaborar un sistema de pensamiento suyo. Algunos (no todos) eruditos sostienen que escribió un libro que hemos recuperado en Nag Hammadi llamado el “Evangelio de la Verdad”. También se le atribuye autoría de un hermoso poema llamado “Cosecha del verano“. Él también describe la existencia de una Plenitud y que un eón, Sabiduría, comete un error. Sin embargo, contrario a los gnósticos, no es Ialdabaoth, sino más bien Sabiduría la que en un acto de ignorancia abandona la Plenitud. Este acto de abandono crea en ella alguna culpa que, como una neblina, se condensa en la materia. Ella también genera una serie de criaturas. La primera es Cristo, quien adquiere de ella el espíritu divino y regresa a la Plenitud. La otra es el Arquitecto (el Todopoderoso), el dios del Génesis, que forja el cosmos a partir de la materia. Sin embargo, contrario al dios gnóstico, el Arquitecto no era perverso o malvado, sino que es una divinidad de menor grado que estaba más lejos de la Plenitud. Por ende, el mundo en el que estamos no es el verdadero cosmos, sino que es sencillamente ignorancia, que desaparecerá eventualmente cuando se remueva la ignorancia mediante el conocimiento (la gnosis). Cristo (el Logos = Nombre de Dios, encarnado) ilumina a los seres humanos con la luz del conocimiento, razón de por qué Error le persiguió y trató de matarlo en un árbol (la cruz), que se vuelve el “árbol de la vida” para que los seres humanos vivieran eternamente (alusión al “árbol del conocimiento” en el Génesis). Contrario a los gnósticos, que rechazaban la eucaristía, Valentín ve la cena del Señor como un encuentro con Jesús que les provee el conocimiento. Aun cuando el cosmos material es en cierta medida apartado del Padre, todo existe dentro de él. Por tanto, el elemento divino se encuentra precisamente en nosotros mismos; somos emanaciones del Padre. Nuestra separación es una ilusión, producto de la ignorancia. El cosmos se convierte, pues, en una especie de lugar de aprendizaje y eventualmente todos se salvarían al final (Brakke 2010, 31-32, 95, 99-105, 115-119; Ehrman 2003, 191-194; Piñero y Montserrat 2011, 55-62; Piñero, Montserrat Torrents y García Bazán 2011, II:139-161).
  • Basílides: Al igual que los gnósticos y Valentín, el pensador Basílides proclamaba una doctrina de emanaciones. Sin embargo, argumentaba que hubo 365 emanaciones de parte del Padre, siendo los primeros: Intelecto (Cristo), de este procede la Palabra (Logos); de esta, Prudencia; de ella, Sabiduría; y de esta, Potestad, y así sucesivamente. Los seres divinos, cuyo príncipe era Abraxas, se repartieron los cielos y las naciones entre ellos. El dios hebreo era uno de estos entes y que pretendía que las demás naciones le obedecieran a él. El Padre envía a Intelecto en forma de humano precisamente para salvar a la humanidad de la ignorancia de parte de Yahveh. Sin embargo, el Dios verdadero no salva a la humanidad mediante la crucifixión de Cristo, porque el que fue realmente crucificado fue Simón de Cirene. Es solo el conocimiento, la gnosis, por la que la humanidad se salvaría (Brakke 2010, 62; Montserrat Torrents 1983, 50-56, 209-213).
  • Justino “el gnóstico”: El título “gnóstico” no debe crear la falsa impresión de que pertenecía al gnosticismo. Justino sostenía toda una visión radicalmente distinta de ellos, sino que se cimenta en un libro de la gnosis judía llamado Libro de Baruc, que es para todos los efectos un tipo de “evangelio”. En el comienzo hubo tres entidades, lo Bueno (o el Bueno), Elohim y Edén. El Bueno es la figura masculina trascendente y de preciencia, creador de todo, bajo el cual existían Elohim (masculino) y Edén (femenino). Ellos dos últimos se vuelven consortes y dieron a luz veinticuatro ángeles. También tomaron la iniciativa de crear la humanidad. En un momento dado, Elohim descubre la existencia de lo Bueno y abandona a Edén para contemplar el Bueno. Como acto de venganza, Edén introduce el pecado de la humanidad. Contrario a los gnósticos, no hay aquí un relato de la caída de Sabiduría o la caracterización del cosmos como algo negativo. La salvación se alcanza mediante la contemplación del Bien, tal como hizo Elohim en un momento dado (Montserrat Torrents 1983, I:27, II:14, 95-112).
  • Arrianismo: Propuesto por el pensador presbítero que propuso que Cristo era una entidad divina. Sin embargo, no sostenía que fuera en igualdad de divinidad que el Padre: si el Padre es Todopoderoso y el Hijo también lo fuera, entonces serían dos “todopoderosos”, algo que es lógicamente imposible. Por ende, el Hijo es una divinidad de segundo grado, creado, pero semejante en naturaleza al Padre (Piñero 2007, 219-226).
  • Modalismo (Sabelianismo): Algunos pensadores, inquietos por la postura de la divinidad en torno al Padre y al Hijo (y, en ciertos momentos, también al Espíritu Santo), llegaron a pensar que para afirmar un monoteísmo estricto, había que ver estos tres “entes” más bien como tres modos de presentación de la misma divinidad. Como Padre, Dios se revelaba a sí mismo como el creador de todo lo que existe. Como el Hijo, se volvió en el salvador de ese mismo universo. Como el Espíritu Santo, Dios se manifiesta como la potencia santificadora. En el contexto trinitario, esta convicción se le atribuyó un sacerdote llamado Sabelio, que vivió en el siglo III (Piñero 2007, 72-71, 228).
  • Binitarismo igualitario: La postura expresada por el Concilio de Nicea (325 e.c.), en donde se vio a Cristo como una hipóstasis procedente (no creada) de la sustancia del Padre, pero de igual posición y dignidad que el Padre. El Concilio caracterizó la procedencia como cuando dos velas comparten una misma llama: cada una tiene su luz propia, pero son simultáneamente una. De esa manera: Dios (Hijo) es la luz que procede de Dios (Padre), que también es luz, pero no son dos dioses, sino uno solo (Piñero 2007, 226-227).
  • Trinitarismo igualitario: Extiende la doctrina binitaria divina al Espíritu Santo, quien es contemplado como procedente del Padre vía el Hijo (en Occidente sería procedente del Padre y del Hijo) (Piñero, 2007, 227-230).

Dejémoslo hasta aquí por ahora. Solo vale indicar que esta lista no es exhaustiva, faltan más. No hemos hablado de pensadores como Orígenes, Monoimo el Árabe, Carpócrates, Secundo, Noeto, Axiónico, Taciano, Marcos (no el evangelista), Práxeas, Pelagio, entre otros. No hemos hablado de los nicolaítas, simonianos, cainitas, peratas, maniqueos, fibionistas, montanistas, subordinacionistas, donatistas, elcasaítas, milenaristas, etc. Sin embargo, todo esto les da una idea la extrema diversidad del cristianismo durante los primeros cuatro siglos.

¿Qué sucedió en Roma y en el cristianismo en general?

Filón de Alejandría
Ilustración de Filón de Alejandría en la obra de André Thévet, Les vrais pourtraits et vies des hommes illustres grecz, latins et payens (1584).

Muchas de estas corrientes judeocristianas parecen haber tenido su origen en el centro intelectual de Alejandría. Como se puede ver, casi todas ellas son de inspiración platónica o neoplatónica. Fue precisamente en ese lugar cosmopolita donde Filón de Alejandría desarrolló su doctrina platónica media, que utilizaba la Septuaginta como un lugar donde el platonismo del Timeo y el estoicismo se podían reconciliar con las enseñanzas de Moisés. Su labor especulativa produjo la idea de un logos (Palabra o Razón Divina) donde se encontraban las formas arquetípicas que emplearía Dios para que se creara el mundo. Existe un debate en torno a si este Logos debe entenderse como literalmente una segunda divinidad, o si Filón hablaba de esta “segunda divinidad” solo en sentido metafórico. Sin embargo, no es difícil ver cómo de este tipo de pensamiento especulativo procedieron muchas de las corrientes que acabamos de discutir, incluyendo aquellas que llegaron a ser ortodoxas.

Algunas de estas corrientes, como la marcionista, la valentiniana o la modalista, tuvieron una fuerte influencia en Roma. Para la década de 140 e.c., la presencia de Marción en la ciudad hizo que se convocara el primer concilio conocido de los líderes de las congregaciones romanas, en el que, según los alegatos patrísticos, el colegio de ancianos terminó excomulgándolo y condenando su doctrina (Ehrman 2003, 164; Piñero 2007, 85-86). Valentín tuvo en Roma su centro de operaciones en Roma, y su mensaje con lenguaje típicamente cristiano hizo que muchos de sus adversarios, como Ireneo, le vieran como un lobo vestido de oveja.

Hay muchos que prefieren separar a estos grupos de aquellos que usualmente denominan “ortodoxos” o “protoortodoxos”. El problema con esta caracterización es que no tiene una comprensión adecuada de estas dinámicas que se dio en el cristianismo primitivo. Los denominados “protoortodoxos” eran literalmente un espectro de sectores cristianos que sostenían posiciones contrarias a muchas de las que hemos mencionado, pero esto no quiere decir que estas posiciones contrarias estaban de acuerdo entre sí. A lo mejor, en el siglo II alguien que se opusiera a Marción podía sostener una perspectiva muy parecida a la de Arrio. Una persona que atacara a Valentín, podía sostener posiciones afines al ebionismo. Por lo tanto, no puede decirse que hubo una unidad cristiana alrededor de supervisor (obispo) o doctrina alguna. En este sentido, también me parece errado de hablar de una “Gran Iglesia”, como si las demás fueran pequeñas. En realidad, no tenemos manera alguna de cuantificar la popularidad de cada sector cristiano durante cada siglo.

M. David Litwa ha sugerido que este ambiente debe verse esta época como una evolución en el sentido ecosistémico (Litwa 2022). Hay elementos de competencia entre algunos sectores y vínculos entre otros. Estas no necesariamente deben entenderse en sentido exclusivamente doctrinales, sino también políticos, socioeconómicos o culturales. Los accidentes históricos pudieron haber tenido un rol importante, no sabremos nunca si el judeocristianismo de Jerusalén bajo los parientes de Jesús hubiera sobrevivido si no fuera por las dos guerras judías de los siglos I y II. De toda esta matriz cambiante social del siglo I al IV se puede ver un entre juego en el que fueron forjándose paulatinamente posiciones de lo que ya en el siglo IV podía verse como una agrupación de líderes cristianos con mayor sintonía doctrinal. Una vez el cristianismo fue legalizado, las congregaciones más aliadas a Constantino tenían entre sí unas bases doctrinales relativamente uniformes y los demás sectores fueron marginados. Este proceso se solidifica cuando el Emperador Teodosio hizo del cristianismo la religión oficial del Imperio. Asimismo, los concilios ecuménicos (Nicea, Constantinopla, Éfeso, Calcedonia, etc.) fueron contribuyendo cada vez más a ese proceso de marginación de otras perspectivas que se volvieron cada vez más minoritarias.

Implicaciones para la historia del papado

Papado cuestionado

No hay duda de que este historial ya pone en tela de juicio la presunta unidad de la Iglesia bajo la guía doctrinal del obispo de Roma no pasa de ser una falsedad. Sencillamente, el cristianismo de los primeros tres siglos y medio era un conjunto de asociaciones organizadas en su mayoría internamente bajo un episcopado tipo monárquico. Sin embargo, cada una de ellas era autónoma de la otra y ninguna se consideraba bajo la jurisdicción de otra. Como vimos en nuestro artículo anterior, la Carta a Clemente no ordena una restitución inmediata so pena de excomunión, sino que es toda una exhortación a valorar la autoridad interna de esa comunidad. Vemos también a Marción buscando algún tipo de “visto bueno” a su propuesta en las congregaciones más importantes del centro del mundo antiguo, Roma. Sin embargo, la excomunión que recibió solo se limitaba a las asociaciones romanas. En otros lugares, Marción pudo prosperar a tal nivel que todavía tenemos noticias del marcionismo en el siglo V en Oriente. Valentín tuvo un lugar muy apreciado entre asociaciones romanas, aunque fuera visto con desprecio por parte de Ireneo (Montserrat Torrents 1983, 57-58).

A lo mejor se puede apreciar el entramado ecosistémico como una manera de ver cómo el cristianismo llegó a definir la “verdadera doctrina”. Sin embargo, téngase en mente que ni las enseñanzas actuales del catolicismo ni las de la inmensa mayoría de los llamados “herejes” de los siglos I al IV proceden de los apóstoles. Todos estos movimientos reclamaban sucesión apostólica o transmisión tradicional de parte de personas que conocieron a Jesús. Los gnósticos reclamaban su enseñanza como transmitida por Juan o Judas Iscariote. Los valentinianos reclamaban que Valentín tenía como maestro a un tal Teudas, que a su vez lo fue de Pablo (Montserrat Torrents 1983, 57-58). Los estudiantes de Basílides reclamaban que su línea de autoridad se remitía a Pedro (Brakke 2010, 118). Otros grupos valentinianos parecen indicar que recibieron la gnosis de María Magdalena (ver el Evangelio de Felipe o el Evangelio de María).

En ese sentido, el catolicismo no es nada especial en relación con los demás. ¿Cuál es entonces la diferencia entre el catolicismo o el cristianismo occidental y oriental con los demás sectores cristianos de los primeros siglos? Sencillo, que fue el resultado de un proceso progresivo de cada vez mayor armonización doctrinal y de estructuración sociopolítica que se fue consolidando hasta llegar a una madurez significativa en los siglos IV y V. No obstante eso, el resultado obtenido al final de todo este proceso, dista muchísimo de las estructuras de grupos internos, de las enseñanzas y posturas doctrinales de Jesús y los apóstoles del siglo I.

Digo más, el sector que más se pareció a esta enseñanza original (los ebionitas) fue uno de los cristianismos derrotados a nivel histórico.

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Muchas gracias.

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