Comprendiendo a Marx: su teoría del valor

karl_marxEn mayor o menor medida, Karl Marx es una de las figuras más amadas y simultáneamente más odiadas de la faz de la tierra, con o sin razón. No importa si uno es políticamente de izquierda, derecha, centro o ninguna de las anteriores, usted no puede ignorarlo. Es tal vez el pensador subversivo de mayor impacto del mundo y que contribuyó a definir políticamente los órdenes económico y político del siglo XX. En América Latina, algunos gobiernos se remiten a su propuesta como alternativa al capitalismo neoliberal que procura eliminar las restricciones estatales para andar, como diríamos los boricuas, “por la libre”.

Sin embargo, podríamos argumentar también que él ha sido uno de los pensadores menos entendidos por sus opositores y partidarios. Esto se debe a un sinnúmero de factores: Marx nunca terminó su magnum opus, El capital, sino que publicó en vida solo el primer tomo, mientras que los otros dos fueron hechuras de su amigo Friedrich Engels a partir de las notas del ilustre pensador;  malas traducciones al inglés y al castellano; influencias ideológicas por parte de los soviéticos y varios ideólogos durante el siglo XX; una comprensión deficiente de las dialécticas hegelianas y marxianas; las oscuridades de los mismos escritos marxianos, la falta de contextualización de su obra, cegueras ideológicas, la distorsión llevada a cabo por Engels de la filosofía marxiana sobre la dialéctica (aplicada solo a la economía y a la historia) y convertirla en el llamado “materialismo dialéctico” (que no debe confundirse con la “dialéctica materialista”), entre muchos otros factores.

Por estas y otras razones, no sorprende que su teoría de valor sea tan poco comprendida, muy especialmente por sus detractores. Aquí le vamos a echar una mirada a la visión filosófica marxiana en torno al valor, para entonces ver más claramente los aciertos y desaciertos de este sociólogo y economista.

Por cierto, nosotros no sostenemos que su concepción materialista de la historia sea científica. Desde el punto de vista filosófico, ya en esta etapa puede servir en el mejor de los casos como una perspectiva con la que podemos mirar cierto acontecimiento histórico con potencial explicativo. Sin embargo, en líneas generales, sus predicciones han fracasado estrepitosamente y (desde tiempos del mismo Marx) sus favorecedores no han hecho otra cosa que anexar hipótesis ad hoc que expliquen su fracaso predictivo y cómo “pronto” desembocará en una sociedad socialista como él predijo. Este comportamiento es señal de que el materialismo histórico es una seudociencia. Sin embargo, lo que  podemos decir, es que en El capital  podemos encontrar joyas científicas y filosóficas que no se deben despreciar, independientemente de la invalidez del materialismo histórico.

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La dimensión espiritual de Marx

Ya escucho exclamar: “¿La dimensión `espiritual’?  ¡¿En serio?! Pero Marx era materialista.” Él era materialista, pero no un materialista grosero. Por “materialismo grosero” quiero decir, un tipo de materialismo que excluya cualquier tipo de existencia espiritual, en el sentido cultural del término. Al contrario, Marx sostenía un materialismo moderado. Acordémonos que para Marx, la ideología dominante de una época, sus estructuras políticas, las estructuras sociales, etc. están determinadas en última instancia por las relaciones de producción. Sin embargo, hay fuerzas claramente espirituales (culturales) que influyen sobre las relaciones de producción, sobre el modo de producción capitalista, sobre las relaciones políticas, etc. Este es un punto que se puede ver claramente en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (15-27) y en la carta de Engels a Bloch del 21 de septiembre de 1890.

Para el Marx autor de El capital, el valor pertenece a este ámbito espiritual. ¿Cómo es esto posible si la economía es material?  Para Marx, el individuo está inserto en un enjambre de relaciones de diversos tipos: familiares, económicos, culturales, políticos, entre otros. Marx reconoce esto cuando examina al capitalista (al burgués) cuando nos dice:

No pinto de color de rosa, por cierto, las figuras del capitalista y el terrateniente. Pero aquí sólo se trata de personas en la medida en que son la personificación de categorías econó­micas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la forma­ción económico-social, menos que ningún otro podría res­ponsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una creatura por más que subje­tivamente pueda elevarse sobre las mismas (El capital 8)

A Marx no le interesa el examen de las relaciones del burgués en cuanto a padre de familia, hermano, amigo, jugador de briscas,  lector de novelas de Stephen King o admirador de Amy Adams en Arrival o despreciador de Man of Steel (¡como debería ser!) A lo único que Marx le importa es aquellos tipos de relaciones que implica el ser dueño de los medios de algún producción social (sea como accionista o como dueño de cualquier empresa de producción social externo al mercado de acciones).

Aquí yace el asunto. ¿Han visto ustedes relaciones en algún sitio? ¿A qué saben? ¿De qué color son? ¿Son ásperos o lisos? Obviamente todas estas preguntas son absurdas, ya que todas las relaciones son abstractas. Sin embargo, para Marx ninguna relación de este tipo es una ficción. Todas las relaciones sociales son reales y se fundan en una realidad material. Lo que significa que para él, como para Hegel, existe una vida espiritual a nivel social. Desde su punto de vista materialista, toda esta vida espiritual emerge de una realidad material, es decir, una realidad de economía. Marx ve a la economía en términos físicos: es distribución de materia y energía en forma de mercancía entre seres humanos. Sin embargo, esto no se da por pura inercia física, sino que la economía surge de dos tipos de relaciones:

  • La relación entre el colectivo humano y la naturaleza
  • La relación entre los seres humanos entre sí

hegel_portrait_by_schlesinger_1831Gran parte de esto se inspira del pensador G. W. F. Hegel y su propuesta dialéctica. Marx y Hegel son bien cercanos en este aspecto, ya que con excepción de un solo factor, Marx sigue metodológicamente a Hegel al dedillo. Donde Marx difiere de Hegel es que para este, los opuestos se armonizan, mientras que para aquel los opuestos mantienen tensiones sistémicas. Aun así, para ambos, se parte de la totalidad de la dinámica universal (en el caso de Marx específicamente es la vida sistémica capitalista), en la que la humanidad sostiene una relación metabólica con la naturaleza. Así que los seres humanos forjan un tipo de relación de producción (la capitalista), que es resultado de un proceso histórico y que se distingue de extraer de la naturaleza toda aquella materia prima que necesita para la producción de mercancías. Para ello, la sociedad debe incluir una estructura en que haya burguesía y proletariado, aun cuando mantengan una tensión entre estas clases sociales resultado de la apropiación del plusvalor generado por la última para beneficio de la primera.

En otras palabras, todo análisis económico tiene que incluir un examen del elemento espiritual de la dinámica procesual económica. Así que toda mercancía implica opuestos: su valor de uso (material) y su valor de cambio (espiritual), que implica a su vez el trabajo concreto (material) y el trabajo abstracto (espiritual) y así sucesivamente.
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El valor como algo objetivo

Ahora bien, una vez establecemos que el valor pertenece al ámbito espiritual, de las relaciones entre seres humanos y estos con la naturaleza, la pregunta es, ¿de qué tipo de valor está hablando Marx? Para él, el valor económico de una mercancía lo determina el trabajo socialmente necesario que se ha acumulado en el proceso de producción (El capital 48-49). En el fondo, el problema de valor tiene que ver con aquello que este concepto denota: la riqueza. ¿Qué es la riqueza? Para Marx, esta no es otra cosa que la totalidad de cosas útiles, necesarias y agradables para la vida (como diría Adam Smith). En cierto sentido, podríamos traducir esto último como la totalidad de bienes y servicios distribuidos económicamente, o (en términos físicos) la totalidad de materia y energía en forma de mercancía distribuida por la actividad humana en una población.

¿Qué es el dinero? El dinero en los tiempos de Marx eran los metales preciosos (oro, plata, cobre, entre otros) utilizados solamente como equivalente de todas las demás mercancías. Esto era posible porque la obtención de dichos metales se daba gracias al trabajo socialmente necesario. Por otro lado, la moneda (el dólar, el euro, etc.) es un signo de dinero, mientras que el dinero es signo de valor equivalente al de otras mercancías con la misma cantidad de trabajo social acumulado.

Si seguimos con cuidado la discusión en El capital, vemos que para que haya una relación de producción capitalista, tiene que haber en la vida espiritual colectiva un complejo semiótico que facilite la circulación de la mercancía. Hoy día sabemos que la situación es más compleja, dado que desde los años setenta,  el dólar ha dejado de basarse en el oro y otros metales y su valor lo determinan variables relacionadas con la oferta y la demanda efectiva en Estados Unidos.

Si este es el caso, aunque el valor sea abstracto, tiene un carácter objetivo determinado por las relaciones humanas. Acordémonos también que la objetivación (concepto hegeliano) del valor en la mercancía se da gracias al trabajo colectivo proletario. Es decir, el valor es objetivo y su circulación se debe en gran medida gracias a lo que llamaba Marx “fetichismo de la mercancía”. Nuestras relaciones humanas son tales que cuando un objeto (el que sea, real o imaginario) pasa a ser mercancía, esta parece adquirir una vida propia de relaciones de valor entre ellas y que escapa de nuestra voluntad (El capital 87-102).

El capitalismo es una relación de producción en la que el dinero llama al dinero y que de la riqueza se produce más riqueza. Obviamente me refiero a la relación:

D-M-D’

(D=Dinero inicial, M=Mercancía (incluye la compra de fuerza de trabajo), D’=Dinero final)

En la que el plusvalor se define como:

ΔD = D’-D

Es decir, en la que gracias a la actividad de trabajo social del proletariado, se genera más valor expresado en dinero. De la actividad colectiva proletaria surge todo bien y servicio que circula en calidad de mercancía en el organismo colectivo humano. Sin este factor, ¿cómo se podría asignar valor a la mercancía? ¿Cómo podría el dinero ser signo, en última instancia, de riqueza?
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Objeciones a la teoría marxiana de valor

De ahí que se escuchen varias objeciones:

  • ¿Y qué hay del rol de la oferta y la demanda efectiva?

Esta es una objeción válida. En muchas ocasiones toma la forma de “… Pero ¿cómo Marx explica la variación de valor de cambio de las mercancías?” o “¡¿Está loco?! ¿Cómo Marx no va a tener en cuenta el precio de mercado?”

Estas objeciones se desvanecerían si se tienen en consideración dos cosas:

  1. Lo que Marx está haciendo en el primer tomo de El capital (noten que es específicamente en ese tomo) es una exposición del proceso de producción de riqueza y cómo el dinero representa el valor de una cierta cantidad de riqueza disponible como mercancía.
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  2. Marx tiene en cuenta la oferta y demanda efectiva en su obra pero no tanto en ESA en particular.

Estos dos elementos tienen una explicación. Si se lee el Prólogo a la primera edición, veremos que Marx intenta adoptar una metodología para abstraer los elementos esenciales del proceso de producción y las relaciones económicas determinadas por el intercambio de valores de las mercancías en un contexto capitalista. Por lo tanto, al igual que Galileo abstraía la resistencia aérea para explicar por qué una bola de boliche tenía la misma aceleración gravitacional que una pluma, Marx abstraía de este proceso las fluctuaciones de precios en el mercado. Para ello él supone que la demanda efectiva y la oferta están perfectamente equilibrados, por lo que el precio natural y del mercado se hallan perfectamente a la par. En tales circunstancias, en que el mercado fluye perfectamente bien, se resaltan las variables pertinentes: valor de uso vs. valor de cambio, trabajo concreto vs. trabajo abstracto, etc., hasta llegar a descubrir dialécticamente la producción de plusvalor.

Tampoco se nos puede escapar que el argumento general de El capital es que es una respuesta a los economistas clásicos. Acordémonos que Marx vive en una época en la que el capitalismo colapsaba cada 15 a 20 años.  Muchos de ellos achacaban ese colapso a la intervención indebida del estado, a factores demográficos o a otras variables. Algunos de estos solían argumentar que en una competencia “perfecta” haría del mercado uno perfectamente estable. Por otro lado, el objetivo de Marx es mostrar que esto era equivocado. Si algo puede resumir el primer tomo de El capital es lo siguiente: “OK. Vamos a suponer para efectos del argumento que puede existir un mundo perfectamente estable, con una competencia perfecta, con un valor de terreno constante y con el precio de mercado correspondiente, con una oferta y demanda efectiva perfectamente equilibrada, etc. ¿Saben qué? Aún con todo y eso, el sistema seguirá colapsando.” La adopción de la dialéctica como mecanismo para de exposición es el instrumento para mostrar este punto, ya que demuestra (o así piensa él) que el capitalismo no es otra cosa que una cadena de oposiciones de tensiones que se intentan resolver dentro del sistema, pero que se acumulan procesualmente y se expresan, entre otras cosas, en una lucha de clases: la oposición entre la burguesía y el proletariado. Es decir, la concatenación de contradicciones es tal que lleva al inevitable colapso económico, en cuya situación la oposición entre ambas clases sociales inevitablemente acentúan su antagonismo.

Ahora bien, Marx no ignoraba en lo absoluto la oferta y la demanda efectiva, como bien se puede observar en su obra Salario, precio y ganancia. Por ejemplo, nos dice en cuanto a las fluctuaciones del salario del proletariado:

Las relaciones entre la oferta y la demanda de trabajo se hallan sujetas a constantes fluctuaciones, y con ellas fluctúan los precios del trabajo en el mercado. Si la demanda excede a la oferta, subjen los salarios; si la oferta rebasa a la demanda, los salarios bajan, aunque en tales circunstancias pueda ser necesario comprobar el  verdadero estado de la demana y la oferta, por ejemplo, por medio de una huelga o por otro procedimiento cualquiera …

Pero enfoquemos la cosa desde un punto de vista más amplio: se equivocarían en toda la línea, si creyeran que el valor del trabajo o de cualquier otra mercancía lo determina en último término, por la oferta y la demanda. La oferta y la demanda no regulan más que las oscilaciones pasajeras de los precios de mercado. Les explicarán por qué el precio de un artículo en el mercado sube por encima de su valor o cae por debajo de él, pero no les explicarán jamás este valor en sí. … En el mismo instante en que estas dos fuerzas contrarias se nivelan, se paralizan mutuamente y dejan de actuar en uno u otro sentido. En el instante mismo en que la oferta y la demanda se equilibran y dejan, por tanto, de actuar, el precio de una mercancía en el mercado coincide con su valor real, con el precio normal [Adam Smith le llamaría precio nominal] en torno al cual oscilan los precios de mercado (46).

  • Marx ignora por completo el rol de la renta de la tierra en cuanto a la distribución de riqueza.

Un problema muy serio con Marx es que nunca trató de manera efectiva el tema de los precios de terreno en calidad de mercancía. Nadie “fabrica” un terreno, no es resultado de la actividad productiva proletaria, sino que este es el lugar que ha de usarse para la producción. Sin embargo, entra como mercancía en la dinámica capitalista y se le asigna un precio de acuerdo a la demanda efectiva y la oferta sin que este tenga valor (en el sentido marxiano del término). Aun esta deficiencia de El capital, nos dice Marx en Salario, precio y ganancia:

He aquí por qué todos los escritores anticuados de economía política que sentaban la tesis de que los salarios regulan los precios, intentaban probarla presentando la ganancia y la renta del suelo como simples porcentajes adicionales sobre los salarios (48).

El plusvalor … es lo que yo llamo ganancia. Esta ganancia no se la embolsa en su totalidad el empresario capitalista. El monopolio del suelo permite al terrateniente embolsarse una parte de este plusvalor bajo el nombre de renta de la tierra, lo mismo si la tierra se utiliza para fines agrícolas que si se destina a construir edificios, ferrocarriles o al otro fin productivo cualquiera.

Acabamos de ver que el plusvalor que se encierra en la mercancia o aquella parte del valor de ésta en que se materializa el trabajo no retribuido, se descompone, a su vez, en varias partes, que llevan tres nombres distintos [a saber, la renta de la tierra, el salario y el interés]. … La renta del suelo, el interés y la ganancia industrial no son más que otros tantos nombres diversos para expresar las diversas partes del plusvalor de una mercancía…. No provienen de la tierra como tal, ni del capital de por sí; mas la tierra y el capital permiten a sus poseedores obtener su parte correspondiente en el plusvalor que el empresario capitalista extrae del obrero (64, mis cambios a la traducción).

Si alguien fanático de Adam Smith quiere objetar esta caracterización de Marx, le aconsejo que lea bien a Adam Smith. Para este padre de la economía moderna, el precio real del trabajo (la energía gastada por el trabajador en la fabricación de bienes) nunca coincide con su precio nominal (el salario), ya que aquel se reparte en la renta de la tierra, el salario y el beneficio (lo que Marx llama “interés”; Smith 37-38, 51-57).
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Comentarios adicionales

Contrario a la impresión que a lo mejor tendrán algunos aquí, no estamos alegando que Marx tiene una teoría de valor completa o plenamente satisfactoria. Sí sostenemos que este proceso constituye una parte esencial del capitalismo, aunque disputamos un poco la caracterización de muchos conceptos capitalistas como “opuestos” y en tensión, aunque no por eso dejemos de reconocer que sí existe una tensión inherente y esencial en el sistema capitalista que es el de la burguesía y el proletariado. Eso tiene que ser así dado al hecho de que dado un valor producido limitado (un recurso escaso) que a su vez representa una riqueza escasa, el obrero siempre querrá mayor salario que necesariamente implica menor ganancia (o interés) para el capitalista y, a su vez, el capitalista querrá mayor ganancia, lo que implica menor salario para el proletariado que trabaje para él. Esto es parte de lo que está ocurriendo en Puerto Rico ante la mal llamada “reforma laboral” del Gobernador Ricardo Rosselló. Si la gente no quiere creer en la lucha de clases, que me expliquen estas medidas que tocan al sector privado.

Aunque en algunos aspectos es iluminador, tampoco coincidimos con el uso de la dialéctica para descubrir el colapso económico del capitalismo, debido a que en muchos lugares parecen más un artificio marxiano que otra cosa, ,aunque esto no invalida en absoluto la correcta caracterización de otros aspectos de algunas genuinas tensiones y otras relaciones entre categorías capitalistas. La dialéctica marxiana no tiene el mismo valor explicativo que, por ejemplo, el estudio de dinámicas competitivas en las que los factores posicionales primordiales no involucran variables en las que el bien empresarial y el bien público coinciden.

Sin embargo, a pesar de lo dicho, si queremos criticar la teoría del valor marxiano, debemos primero comprenderlo bien y en los términos del mismo Marx, no de sus seguidores y menos sus opositores
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Referencias

Marx, Karl. El capital: crítica de la economía política – El proceso de producción de capital I. Traducido por Pedro Scaron, Siglo Veintiuno, 2008.

—. El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Anteo, 1972.

—. Salario, precio y ganancia. IPS, 2010.

Smith, Adam. The Wealth of Nations. Tantor Media, 2010.

4ta. Asamblea de HUSE

Humanistas Seculares de Puerto RicoEl día sábado 12 de noviembre del 2016, la organización Humanistas Seculares de Puerto Rico (HUSE) celebrará su próxima asamblea. De acuerdo con el portal de Facebook de esta actividad, se discutirán los siguientes temas:

Humanistas Seculares de Puerto Rico celebrará su 4ta asamblea anual el sábado 12 de noviembre de 2016 en el Coliseo Pedrín Zorrilla de San Juan a las 9:00am. Se presentará el informe anual sobre las actividades y logros de la organización y contaremos con conferencias sobre humanismo, educación secular y separación de iglesia y estado.Por segundo año consecutivo estará con nosotros y nosotras el Prof. Daniel Altschuler. El Prof. Altschuler estará dando una charla de Epistemologia en nuestra Asamblea. ¡No faltes! ¡Asiste a nuestra asamblea y participa!

Este servidor planifica estar ahí, aunque no forme parte de la organización.  HUSE se autodefine como  una organización educativa sin fines de lucro que propicia y fomenta un sentido de comunidad entre la población no creyente de Puerto Rico.

Divulgación reciente: La aportación de los inmigrantes a la economía

People Are Not Illegal

Protesta “People Are Not Illegal” en la Universidad de North Park. Foto por Bradley Siefert. CC-BY-NC-ND 2.0.

En medio de la contienda política presidencial en los Estados Unidos, se ha desatado un acalorado debate en cuanto al tema de los inmigrantes. De acuerdo con el candidato republicano, Donald Trump, se puede construir una muralla entre Estados Unidos y México y hacer que este último sea el que lo financie … algo que ha caído muy mal en todos los sectores de la sociedad mexicana en ambos lados de la frontera. Trump ha sido bastante enfático en que sin la inmigración ilegal no habría tanta criminalidad, no habría tantos violadores (no que todos los mexicanos eran violadores) ni podrían quitarle a tanto trabajo a los nativos estadounidenses. Además, para él, debería impedirse la entrada de musulmanes con una retórica que hasta el mismo Benjamin Natanyahu (of all people) le saca el cuerpo. No en balde, ha recibido la gran mayoría del sector hispano es hostil a su mensaje, mientras que los racistas, nacionalistas blancos y xenofóbicos le han recibido con los brazos abiertos. Esta simpatía por este tipo de extremistas ha desembocado en una hemorragia de líderes conservadores del Partido Republicano dispuestos a votar por su rival, Hillary Clinton.

Sin embargo, a raíz de este “debate” (si es que se le puede llamar así), cabe preguntar: ¿Están perjudicando la economía los inmigrantes? ¿Le roban los inmigrantes a los nativos sus oportunidades de empleo? Recientemente, la prestigiosa agrupación Academias Nacionales de las Ciencias, Ingeniería y Medicina en Estados Unidos aportó su grano de arena a la discusión cuando publicó un informe titulado “The Economic and Fiscal Consequences of Immigration“. Sus catorce autores incluyen a reconocidos sociólogos, demógrafos, economistas, entre otros expertos.

Señalan que, a pesar de que una cuarta parte de la población estadounidense es inmigrante o hijos de inmigrantes, no encontraron ninguna evidencia de que la inmigración haya creado un impacto negativo sobre la disponibilidad de empleos para los nativos estadounidenses. Sí hay evidencia de que la llegada de oleadas de inmigrantes puede afectar la estructura salarial en Estados Unidos, especialmente en relación con otros inmigrantes y nativos con poca o ninguna educación. Sin embargo, esta es una etapa transitoria (p. 204), ya que usualmente la tecnología ayuda a mejorar las condiciones de vida y los nativos suelen moverse a empleos más competitivos. No solo eso, sino que también ayudan a los nativos al incrementar sus salarios (p. 148). La evidencia muestra que la situación de los inmigrantes mejora a la larga (p. 205).

Todo esto varía, depende cuándo y dónde esté disponible el capital para ello. Además, muchos factores económicos relacionados con los inmigrantes no pueden medirse debido a la complejidad de la dinámica de la economía. Aun así, los modelos apuntan a que el impacto negativo de los inmigrantes sobre los nativos es muy pequeña (pp. 203-204). El peso mayor contra los nativos no educados o desertores escolares y las minorías es mayor que contra aquellos que son educados (p. 204).

Tampoco se puede perder de perspectiva el hecho de que los inmigrantes formados, educados, adiestrados y expertos aportan sustancialmente a la economía (pp. 205-206, p. 243). Los inmigrantes adiestrados en cuido de niños, construcción, jardinería, entre otras labores reducen los costos de bienes y servicios, por lo que benefician a los consumidores y les facilita la vida de los nativos en muchos aspectos (p. 243). Los que son educados, aportan capital  intelectual al utilizar sus talentos para la innovación y el mercado de patentes. El informe reconoce que sin esa aportación, Estados Unidos no estaría bien posicionado en el mercado actualmente (p. 243). De acuerdo con el informe, a los gobiernos estatales y federales les cuesta los inmigrantes de primera generación. Aun así, los de segunda y tercera generación parece aportar significativamente más al ingreso de las arcas gubernamentales (pp. 404-405). Esto desmitifica la impresión errada de que este tipo de inversión del estado en inmigrantes es dinero perdido y no aporta nada a la economía.

Nunca podemos dejar a un lado el factor humano y es imperativo reconocer que hay un deber ético de hacer lo posible por ayudar a aquellos que huyen de una realidad mucho más grave que la que se vive en Estados Unidos. Con todo y eso, visto desde un punto de vista puramente económico, este informe desmitifica muchas de las convicciones que sostiene mucha gente en torno a cuan dañinos son supuestamente los inmigrantes (legales o ilegales) a la economía en general.

¿Son este blog y su autor “cientificistas”?

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El término “cientificismo” se ha vuelto uno muy popular en décadas recientes, especialmente cuando hablamos de los famosos “debates” entre religiosos y científicos. Es una etiqueta que se lanza libremente para acusar a cualquier persona que apoye a las ciencias sobre las convicciones religiosas o cosmovisiones sostenidas por diversos grupos, pertenezcan o no a una religión formalizada.

Ya este servidor está encontrándose con esa palabra como una acusación porque, por razones científicas, no le doy la razón a ciertos alegatos. Como se sabe, rechazamos (por el momento) la convicción de que el glifosato es cancerígeno, de que el creacionismo o el designio inteligente provean conocimiento genuino del pasado, de que la teoría cientológica de la mente es viable o de que hay una conspiración global que cumple con un propósito malévolo hacia la humanidad. Todo esto lo rechazo porque privilegio la evidencia científicamente evaluada y comprendida de acuerdo a las teorías mejor corroboradas y validadas. ¿Cuándo debemos cambiar nuestro parecer? Cuando aparezca evidencia buena y contundente de que estas creencias son correctas. Si esto es lo que significa la acusación de “cientificismo”, entonces me declaro culpable. Pero no se me podrá acusar de soberbia o arrogancia, ya que siempre estoy dispuesto a cambiar de parecer. Al contrario, le corresponde a mis acusadores que cualquier otra aproximación al mundo en estas materias es mejor que la científica … algo que ninguno de ellos ha podido argumentar con mucho éxito.

Esto no va a ser suficiente para persuadir a nuestros acusadores. ¿Qué es exactamente el “cientificismo”? ¿Cuál es la teoría filosófica sostenida por este servidor? Aquí responderé a esas interrogantes.

¿Qué es el “cientificismo?

Hoy día los términos “cientificismo” y “cientificista” se han convertido en lo que Iván Illich y Uwe Pörksen llamaban “palabras amebas” o “palabras plásticas”, pero con el objetivo de acusar a alguien por alguna posición afín a las ciencias. Las palabras plásticas tienen la característica de que, pero que por razones sociales se utiliza el mismo término para adoptar cada vez más significados diversos. Desde esta perspectiva es bien difícil definir lo que es el “cientificismo”.

En Wikipedia encontramos la siguiente descripción del “cientificismo” (scientism):

Scientism is a belief in the universal applicability of the scientific method and approach, and the view that empirical science constitutes the most “authoritative” worldview or the most valuable part of human learning—to the exclusion of other viewpoints.

En el mismo artículo, cita al filósofo Tom Sorell al respecto, quien lo define de esta manera:

Scientism is a matter of putting too high a value on natural science in comparison with other branches of learning or culture.

Otras definiciones mencionadas en ese artículo pueden ser equívocas, como la que postula la inducción como el único método de conocimiento. Aquellos que somos falsacionistas afirmamos las ciencias, pero rechazamos la visión clásica de la inducción. Otros hablan del rechazo a la metafísica como una forma de cientificismo, tal como sostenía el positivismo lógico. Como bien fue señalado por sus críticos, los supuestos antimetafísicos de dicho movimiento eran en sí metafísicos y no legitimados por la ciencia empírica.

Con el propósito de llegar a una definición funcional del término “cientificismo” vemos los siguientes factores comunes:

  • Las definiciones que sostienen diversos autores parecen establecer el centro de la controversia en las ciencias naturales.
  • Se habla de un establecimiento de las ciencias naturales como fundamento de todas las demás disciplinas.
  • Hay una especie de intromisión no deseada de las ciencias naturales en áreas en las que parece no tener autoridad.
  • Se establece a las ciencias naturales como fundamento de las actitudes existenciales de los seres humanos.

A partir de estos factores, definiremos el cientificismo funcionalmente de la siguiente manera:

El cientificismo es una postura metafísica y epistémica que estipula que las ciencias naturales son las únicas proveedoras de conocimiento, premisa que le permite transgredir su frontera de competencia a otros campos de conocimiento y de otra índole (en filosofía la llamamos “metábasis” por la frase en griego “μετάβασις εἰς ἄλλο γένος”, una transgresión a un género ajeno).

Con base en esta definición, ¿soy cientificista? ¿Es esa la postura de este blog?

Áreas de no competencia de las ciencias naturales

En la exposición siguiente, establezco la relación entre las ciencias en general de la siguiente manera:

ciencias

Admito que es un diagrama que sobresimplifica un poco la relación entre estos campos de investigación, pero es lo suficientemente detallado para nuestra discusión.

Ciencias formales y otras ciencias eidéticas

Leibniz_y_Hume

A la izquierda, G. W. Leibniz; a la derecha, David Hume.

Creo que en esta sección es suficiente para refutar las acusaciones de cientificismo. Aquí hablamos de áreas de conocimiento que son externas a las ciencias naturales. No puedo presentar todos los argumentos al respecto, pero esto han sido debidamente atendidos en varias obras filosóficas bien importantes, algunas que se han pasado por alto por muchos pensadores. Recomiendo la lectura de las siguientes obras al respecto:

El factor común de estas obras es que se basan en una distinción hecha por G. W. Leibniz entre verdades de razón y verdades de hecho, o la hecha por David Hume relations of ideasmatters of fact. Para ambos filósofos, las verdades de razón (o relations of ideas) se fundamentan solamente con la razón sin apelación alguna a la experiencia. Es decir, estas verdades son a priori y solo pueden justificarse de esa manera.

Las ciencias formales en general (la lógica formal y las matemáticas formales) son todas a priori. El teorema que nos dice que la raíz cuadrada de dos es un número irracional solo apela a principios (axiomas) matemáticos, sin ser corroborado o verificado por la experiencia. El Metateorema Henkin-Hasenjaeger solo utiliza como fundamento los axiomas lógicos, matemáticos y de teoría de modelos. No hay rastro alguno de nada empírico en él, todo es derivado a priori. Igual la geometría euclidiana o no euclidiana formalizada, teoría de conjuntos, etc.

Estas materias formales son genuinamente ciencias –en el sentido auténtico de la palabra alemana “Wissenschaft“–, es decir, proveedoras de conocimiento. Los teoremas de incompletud de Kurt Gödel proveyeron conocimiento decisivo y certero en torno al hecho de que si tomamos a las matemáticas como un todo, un sistema axiomático matemático consistente no puede derivar todas las verdades matemáticas posibles ni tampoco puede probarse que es consistente dentro del sistema. Ese conocimiento estableció de una vez y por todas (tal como confirmó George Boolos) lo que puede o no esperarse del ámbito matemático.

Lo mismo puede ocurrir en casos de materias no formalizadas, pero que son eidéticas, como en el caso de la geometría clásica. Estas parten de conceptos materiales de espacio que se tratan de manera abstracta a nivel matemático y que en sí parten de axiomas. Los demás teoremas y corolarios se desprenden de ellos.

Otra ciencia que puede considerarse eidética (aunque hay debate en cuanto a este punto) es la filosofía, ya que trabaja a nivel abstracto conceptual a la hora de interrogar racional y rigurosamente en torno a los conceptos usados en las demás ciencias, el significado del lenguaje utilizado en la cotidianidad, la adopción de principios lógicos para el encuentro de falacias, entre muchos otros. Ningunos de estos principios metafísicos y lógicos es reducible o fundamentables en las ciencias naturales.

En este sentido, una modalidad de cientificismo es la intromisión indebida (metábasis) de las ciencias naturales (que son ciencias a posteriori) a las ciencias eidéticas formales y materiales (ciencias a priori). Es más, como se ha podido demostrar en la filosofía una y otra vez, las ciencias a priori proveen la infraestructura formal y material de las ciencias naturales. Es al revés de lo que propone esta modalidad cientificista: Las ciencias eidéticas jamás apelan a las leyes cientificas o a los hechos del mundo, pero las ciencias fácticas si apelan a las ciencias formales y eidéticas para poder forjar sus teorías científicas sobre el mundo.

La ética y las ciencias naturales

Entre estas ciencias eidéticas de la filosofía se encuentra la ética. En este blog, hemos adoptado una posición deontológica moderada. La deontología fue sistematizada por primera vez por Immanuel Kant quien correctamente pudo notar el hecho de que la normativa ética no se puede derivar de manera alguna de los hechos.

G. E. Moore

George Edward Moore, el primer eticista en tratar rigurosamente el tema de la falacia naturalista.

El mismo David Hume, antes de Kant, pudo notar correctamente que los valores no pueden derivarse de los matters of facts –es decir, de los hechos–. A este reconocimiento se le conoce como la guillotina de Hume: hay una separación esencial entre valores y hechos, que no se puede derivar el “deber ser” a partir del “ser” (de los hechos). Contrario a los minerales o a las flores, los valores éticos no son acumulables, ni medibles, ni percibidos sensiblemente por experiencia. No es algo perteneciente a “allá fuera” en el mundo externo, sino que es captable por el entendimiento y la razón. A la falacia –una falla de razonamiento– en la que se cae al querer derivar los valores a partir de los hechos, o el “deber ser” a partir del “ser”, se conoce como falacia naturalista y que fue muy bien elaborada y tratada por el filósofo G. E. Moore en su Principia Ethica.

Esta falacia no es meramente una elucubración abstracta de unos filósofos sin nada más qué hacer, sentados bajo un árbol, mirando al cielo para preguntarse si el vaso está medio lleno o medio vacío. La falacia naturalista impacta la historia, muchas veces de manera catastrófica y es promovida en diferentes momentos y para distintos fines por todo el espectro de ideologías políticas. El darwinismo social y las formas más inhumanas de la eugenesia tuvieron como base una forma de falacia naturalista que conocemos como la “falacia de la apelación a la naturaleza“. El darwinismo social, según propuesto por Herbert Spencer y otros, postula que los avances de la sociedad son posibles gracias a la competencia, algo que “se puede constatar en la naturaleza”. En el caso de las formas más cuestionables de eugenesia, se utiliza indebidamente la genética para hablar de herencias fenotípicas “puras” o “impuras”, lo que lleva a la cuestionable catalogación de ciertas propiedades fenotípicas y sicológicas como “deseables” o “indeseables”. Ciertas modalidades del darwinismo social eran favorecidas por muchos en la derecha política a principios del siglo XX, mientras que la eugenesia fue respaldada por muchos en la izquierda como manera de rechazar el darwinismo social.

Hoy día, la falacia de la apelación a la naturaleza es lo que mueve a la industria orgánica cuando alega que su tipo de agricultura es “natural”, que solo utiliza fertilizantes “naturales” y que no emplea el uso de pesticidas (al menos esa es la impresión que tiene demasiadas personas). En primer lugar, la agricultura no es una actividad natural –por más que la gente sienta que lo es–. Al contrario, toda actividad agrícola, sea convencional u orgánica, supone a nivel práctico la destrucción del ecosistema existente del terreno donde se quiera sembrar para que el agricultor imponga el suyo. Gran parte de la destrucción de los hábitats en la naturaleza se debe a la agricultura y al ganado. Es más, debido a muchas de las serias deficiencias e ineficiencias de la producción orgánica —algo que reconoce la Organización de Alimentos y Agricultura de las Naciones Unidas (FAO)–, si se generalizara la agricultura orgánica al nivel que esta industria desea para alimentar el mundo, tendríamos que arrasar con áreas muy significativas que reducirían dramáticamente la biodiversidad a nivel mundial. Si los agricultores de trigo de la India no hubieran adoptado la tecnología de la Revolución verde de 1960 a 1966, durante ese periodo hubieran necesitado 44 millones de hectáreas adicionales (casi el área de California) para proveer la misma cantidad de ese cereal que produjo durante ese mismo periodo. En parte, ha habido una reforestación de casi el 72% de las tierras estadounidenses en parte gracias a las tecnologías de la Revolución verde. La industria orgánica no puede garantizar este grado de eficiencia. Además, como ya saben los científicos a saciedad, las mejores revisiones y metaanálisis científicas han demostrado más allá de toda duda que los alimentos orgánicos no son significativamente más nutritivos que los convencionales (ver esta revisión esta). Contrario a lo que muchos creen, la industria orgánica produce y usa pesticidas y ese factor usted lo puede comprobar yendo a su tienda preferida de mejoramiento del hogar y que encontrará con su debida rotulación de que son tóxicos. Estas sustancias son en su mayoría naturales, aunque bajo algunas circunstancias pueden ser artificiales y, en muchos casos, puede ser más dañina al ambiente y a la salud humana que muchos de los pesticidas sintéticos. Aunque se intenta demonizar a los alimentos transgénicos porque es “dañino a los seres humanos” aunque tenga una tasa de incidencia de perjuicio a nuestra especie que es exactamente 0%, podemos ver que en el año 2011 la disponibilidad de un producto orgánico llevó a la llamada “crisis del pepino“, en la que murieron 50 personas y se enfermaron cerca de 4,000 personas por E. coli., una estadística muy cercana a la de las cifras oficiales de las víctimas de Chernobyl. Esto significa que esta falacia de la apelación a la naturaleza  le cuesta muchísimo al bolsillo de los consumidores, que a su vez representa unas ventas que sumaban $43.3 mil millones en el 2015. Todo se basa en definiciones arbitrarias de lo que es “natural” y “artificial”, todo basado en un tipo de falacia naturalista.

Muy a pesar de Sam Harris y otros, es simplemente imposible derivar la ética de las ciencias. Lo que sí le corresponde a la ética es fundar y descubrir los valores y normativas éticas a priori. Pertenece al ámbito de las verdades de razón. Contrario al ámbito de los hechos, dichos valores o normativas no se encuentran en el mundo físico, sino en la evaluación crítica y racional de las propuestas filosóficas de acción y de las normativas sociales.  La ética responde a la pregunta de “¿Por qué actuar de esta manera?”, mientras que las ciencias naturales nos dicen “¿Cómo se puede hacer?”. En ese sentido, las ciencias naturales no sostienen los valores y normativas éticas (eso sería cientificismo), pero sí instruye en cuanto a la vía para cumplir con dichos valores y normativas.

Por eso, todo eticista responsable tiene en cuenta valores y la normativa ética como principios de acción y utiliza a las ciencias naturales (y sociales) como bases fácticas para la acción individual o colectiva.

Las ciencias naturales y las ciencias sociales

Las ciencias naturales son ciencias fácticas, cuyo conocimiento es a posteriori, es decir, cuyos referentes y fundamentos son los hechos según son experimentados y evaluados por científicos individuales o, muy especialmente, una colectividad de científicos. Las ciencias naturales pertenecen a una de dos ciencias fácticas, la otra siendo las ciencias sociales –sicología, historia, sociología, economía, política, la antropología, entre otras ciencias–.

Todo lo dicho para las ciencias naturales también vale para las ciencias sociales. Cualquier reducción de las ciencias eidéticas formales o materiales, incluyendo la ética, a las ciencias sociales sería otra forma de cientificismo. Sin embargo, ¿qué ocurriría si se intenta reducir las ciencias sociales a las ciencias naturales? Es nuestro parecer que ocurriría también el mismo problema cientificista.

Por ejemplo, la pertinencia de una ciencia específica depende de su objeto de estudio. Todo lo que es el ser humano tiene como fundamento los procesos creativos físicos, de los que emergen todos lo demás. La conciencia es un acto emergente de la mente y esta a su vez de los procesos computacionales del cerebro. De la interacción de mentes vía las conciencias, emergen las sociedades con todas sus expresiones culturales (“cultura” en sentido amplio). En estos niveles culturales, surgen problemas que les son propios y que no se resuelven a un más bajo nivel. El problema del estatus de subordinación de Puerto Rico a Estados Unidos es resultado de este proceso de emergencia natural a partir de las moléculas físicas que nos componen. Sin embargo, sería totalmente absurdo intentar resolver ese problema a nivel atómico. El puertorriqueño promedio sonreiría ante la sugerencia de que el estatus es producido por el cambio climático o por el grado de conversión de hidrógeno y oxígeno en agua. La política es posible debido a diferentes grados de relaciones sociales (económicos, culturales, jurídicos, etc.) y que no son reducibles a asuntos puramente físicos o  naturales. Esto no excluye en lo absoluto la pertinencia del entendimiento de procesos naturales que frecuentemente intervienen en asuntos políticos (e.g. la Pequeña Edad de Hielo o la libido del Presidente Bill Clinton). Sin embargo, tampoco se pueden reducir ciertas complejidades culturales a procesos físicos o biológicos. Estos últimos son base física y orgánica de aquellos, pero aquellos no son reducibles a estos. De otra manera, implicaría la reducción de las ciencias políticas (que estudia relaciones políticas) a las ciencias naturales, una sugerencia claramente ridícula.

Las ciencias fácticas o de los matters of fact

¿Cuál es entonces el lugar de las ciencias naturales? Edmund Husserl solía decir que las ciencias fácticas en general formulan ficciones (hipótesis, leyes, teorías) cum fundamento in re, es decir, las ciencias fácticas en general se dedican a formular cuerpos teoréticos que procuran explicar los hechos. Toda teoría científica fáctica intenta fundarse y a la vez explicar los matters of fact (como diría Hume).

En el caso de las ciencias naturales en particular, su intento es el de formular las mejores teorías que expliquen los fenómenos materiales y constituyentes de los seres vivos (biología) y no vivos (química, física, etc.) de acuerdo a unos criterios racionales (la lógica, las matemáticas, el naturalismo metodológico, la navaja de Ockam, etc.). Las ciencias naturales en general son las únicas que cuentan con las herramientas para el conocimiento del universo. Fuera de esto no hay otra manera de hacerlo.

Los grupos, sean religiosos o seculares, que sostengan una cosmovisión reñida con esta elemental convicción necesitan demostrar que su punto de vista es correcto. En esto, ellos han fallado enormemente. Desde los creacionistas hasta los grupos políticos verdes quieren ignorar las teorías científicas más sólidas y fructíferas para aferrarse a una cosmovisión que les conviene, sea por razones estéticas, por autoridad o por coerción social. De otra manera, se sienten compelidos a lanzar etiquetas por doquier cuando el consenso científico les reta a cambiar su parecer.

Deep-Thought-300pxLa adopción del escepticismo como actitud y filosofía de vida es un reconocimiento explícito de los mecanismos de engaño y autoengaño que existen en todo individuo y sociedad. Las ciencias en general proveen los mecanismos para atemperar nuestras actitudes y liberarnos de falsos prejuicios. Ese fue mi caso en el caso de los transgénicos. Creía todo lo que la maquinaria propagandística de la izquierda verde y orgánica afirmaba. Me familiaricé con lo que los estudios científicos tenían que decir al respecto y lentamente me di cuenta de que prácticamente nada de lo que sostenía era correcto. No puedo describir el dolor y el esfuerzo enorme que conlleva el cambio de parecer, desde perder valiosas amistades hasta chocar frecuentemente con muchos queridos amigos que siguen pensando de la misma manera que lo solía hacer. Sin embargo, vivir en integridad significa vivir de acuerdo a un compromiso de humildad intelectual ante la evidencia y una interacción espiritual con otros seres humanos y con el planeta Tierra con base en valores racionales éticos y en la información científica. Lo único que podría cambiar mi parecer es la evidencia misma científicamente evaluada. Como ser humano, siempre puedo estar equivocado. Como religioso naturalista así lo sostengo.

Hay cosas que usted no va a ver en este blog (al menos no por el futuro previsible):

  • Intentos de derivar las ciencias eidéticas de las ciencias naturales
  • Intentos de derivar la ética de las ciencias naturales
  • Intentos de derivar las ciencias sociales de las naturales

Ahora le pregunto a usted, ¿es este blog “cientificista”?