¿Es el Papa el sucesor de Pedro? – 5: La evolución de la estructura de autoridad desde el siglo I al II

San Pedro como Papa
San Pedro como Papa, del pintor portugués Grão Vasco.

Partes de la serie: 123, 4

Uno de los problemas que existe por la afirmación de que la estructura eclesial actual es una de alguna manera (aunque fuera rudimentaria) establecida por Jesús mismo y que (dependiendo del caso) o se sofisticó a medida que pasó el tiempo o se conservó en la historia de la Iglesia … por supuesto, con Roma como centro de autoridad. Como pueden ver, hay dos posiciones una conservadora y otra moderada. Las definiré de las siguiente manera:

  • Posición conservadora: Jesús estableció una jerarquía primigenia con sus apóstoles a la cabeza, y Pedro como líder supremo, que asumiría la representación (vicario) de Cristo en la Tierra.
  • Posición moderada: Existió cierta estructura de liderato en Jerusalén, pero no necesariamente correlaciona perfectamente a la estructura jerárquica actual. Sin embargo, Pedro estaba a la cabeza y, después de su muerte y la de Pablo, la “Gran Iglesia” en sentido macro se volvió petrina.

La posición conservadora tiene evidentes problemas a partir de lo que hemos visto en esta serie, por ejemplo, que al Jesús histórico no le pasó por la cabeza la idea de una sucesión apostólica, que Pedro cedió su liderato a Jacob el hermano de Jesús, que en las cartas de Pablo no hubo indicios de la superioridad de Pedro o la de Roma como cabeza del cristianismo, etc.

La posición moderada es mucho más vaga y más difícil de socavar. Es un intento de reconciliar lo que proclama la fe católicoromana con la crítica histórica y neotestamentaria. Esta posición no está exenta de problemas. Algunos de ellos serán objeto de nuestra crítica aquí.

Por ahora, discutamos lo que parece haber sido la evolución del cristianismo en sus comienzos.

La Iglesia Cristiana según Hechos de los Apóstoles

Pentecostés
Pentecostés, pintura de Jean II Restout (1732).

Hoy día, la mayoría de los eruditos se inclina a tomar las aserciones de Hechos de los Apóstoles con pinzas debido a que, aparentemente, la inmensa mayoría de lo que dice es en el mejor de los casos dudoso o en el peor, una reescritura de la historia marcadamente engañosa. Por evidencia interna y su relación con el Evangelio de Lucas, muchos sospechan que fue redactado por un mismo autor como una suerte de segundo volumen de dicho texto. Sin embargo, no hay dudas de que es un escrito muy tardío, probablemente no más temprano del 90 e.c. Otros eruditos tales como Steve Mason y Richard I. Pervo afirman que quien sea que lo haya creado, lo hizo utilizando como referencia a las Antigüedades judías y La guerra de los judíos del historiador Flavio Josefo, por lo que tal vez sea un libro más tardío, probablemente del 115 e.c. (Pervo 2009, 5). Aunque todavía no es una posición consensuada, cada vez más eruditos se están convenciendo de la viabilidad de esa fecha. Ante la carencia de mención de Hechos por parte de Marción y otros, se dice que probablemente sea todavía más tardío, como el 130 o 150 e.c., aunque la posición que defiende esto sea una minoría ínfima de especialistas.

Resalto este asunto porque eso significa que el retrato de las primeras congregaciones cristianas que obtenemos de Hechos podría ser en varios sentidos una retroproyección de una realidad del tiempo en que se compuso esta obra. Por tanto, lo que vamos a exponer aquí tendremos que contrastarlo con lo que nos informan las cartas paulinas.

Según los evangelios, Jesús tuvo un número de discípulos. Algunos de ellos, los llamado “Doce”, eran seguidores que Jesús preveía que serían los futuros jueces de las doce tribus del Israel reconstituido en la tierra (Mateo 19:28; Lucas 22:30). Además de los Doce, “Lucas” reporta que Jesús tenía 70 discípulos a los que enviaba en pares a predicar (Lucas 10:3), pero estos seguidores no son atestiguados por otros textos. Esto se debe a que tal vez el número 70 es simbólico, designando a las naciones gentiles. “Lucas” tenía una preferencia por la eventual predicación y conversión de los gentiles al cristianismo, razón por la que el dato no pasa el criterio de discontinuidad o disimilitud.

Hechos nos dice que después de la muerte de Jesús, los Doce y los familiares de Jesús se reunieron en algún lugar en Jerusalén y recibieron el fuego del Espíritu Santo. Esto es dudoso a nivel histórico. Tenemos información de que una vez muerto Jesús, los Doce y otros salieron huyendo a Galilea (Marcos 16:7-8; Mateo 28:7; Juan 20:19-21:23). Lo que sí podemos inferir tanto de Hechos como de las cartas de Pablo es que los Doce, o al menos algunos de ellos como Pedro y Juan, junto a familiares de Jesús como Jacob, convinieron en establecer un centro de operaciones en Jerusalén (e.g. Gál. 1:18-19). He aquí la manera que Hechos describe la vida de la congregación:

Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones…. Todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el importe de las ventas entre todos, según la necesidad de cada uno.

Acudían diariamente al Templo con perseverancia y con un mismo espíritu; partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando de la simpatía de todo el pueblo. Por lo demás, el Señor agregaba al grupo a los que cada día se iban salvando.

Hechos 2:42,44-47

Esta es a todas luces una situación idealizada por el autor y, como veremos más adelante en la serie, estaba muy lejos de ser la realidad (Fitzmyer 2003, 363-365; Pervo 2009, 89-95). Durante todo el texto de Hechos aparecen, además de los apóstoles, otros oficiales de la congregación jerusalemita. Podríamos describir la estructura de autoridad de la siguiente manera.

Estructura de la congregación de Jerusalén
Estructura de la congregación de Jerusalén según sugerida por Hechos de los Apóstoles y Pablo para el 49 e.c. Ilustración modificada de la original en: Küng 2006, 133.

Según nos sugiere Hechos, al menos para el 49 e.c., Jacob ya era la autoridad suprema de Jerusalén (Hechos 15; Gálatas 2:10-14). Poco antes, Pedro y Juan compartían ese parecer. Ahora bien, hay que hacer algunas distinciones:

  • Los hermanos de Jesús (Hechos 1:14; Gálatas 1:18-19; 1 Corintios 9:5).
  • Los Doce: se refiere a los once de los discípulos originales del círculo cercano a Jesús y un tal Matías que fue electo como sustituto de Judas (Hechos 1:12-13,15-26).
  • Los apóstoles. Para el autor de Hechos, los “apóstoles” (emisarios) son casi (no totalmente) sinónimo de los Doce. Sin embargo, es claro a partir de las cartas paulinas que se trata de un círculo mucho más amplio que experimentó las apariciones de Jesús resucitado enviándoles a predicar (1 Corintios 9:1-2; 15:5-7; Romanos 16:7)
  • Los siete diáconos (servidores) grecoparlantes (Hechos 6:1-6). Al igual que las asociaciones grecorromanas de la época, aparentemente comenzaron sirviendo en las mesas, pero Hechos y las cartas paulinas nos revelan que probablemente empezaron a asumir una posición de liderato, mensajería y servicio. La selección de siete diáconos (en contraposición a los Doce, alude a la totalidad de las naciones. Parece que estos siete eran líderes del diaconado que se dedicó a predicar en Judea y otros lugares (Vidal 2015, cap. 1).
  • Profetas, predicadores y auxiliares (Hechos 11:27-28).
  • Presbíteros (ancianos). Es mencionado por Hechos (11:30; 15:4), pero su existencia no es atestiguada por las cartas auténticas paulinas. Podría tratarse de una retroproyección del autor de Hechos, en cuyo tiempo sí existen presbíteros. Por ende, lo más probable es que es un elemento anacrónico en el texto. Aun con todo, no se puede excluir que en Jerusalén se hubiera adoptado algún tipo de colegio de ancianos (presbíteros) como análogo a las figuras de autoridad del Templo.
  • La congregación, como ya hemos visto.

Como podemos ver, esta estructura tiene muy poco en común con la jerarquía católica actual. Se trata de una organización que para el 49 e.c. ya era bastante sofisticada, principalmente centrada en su misión en Judea, con un componente de servidores dirigidos a los judeohelenistas y a los gentiles “temerosos de Dios”. Se trata de una estructura que tiene unos fundamentos marcadamente judíos. Este orden de mando parece asumir también un forma rudimentaria de una monarquía. Dado que Jesús históricamente se consideró a sí mismo Mesías y, por ende, futuro rey de Israel, al no tener prole, le tocaba al siguiente hermano ser la autoridad suprema del movimiento jesuano en lo que el Mesías llegaba en la parusía (Keener 2019, 270-271).

Solo en el aspecto de la forma monárquica se parece la organización de Jerusalén se parece a la estructura jerárquica católica. Sin embargo, el papa no es descendiente de familiares de Jesús. El estatus de emisarios (apóstoles), servidores como originalmente se concibieron y profetas no corresponden en nada a la jerarquía católica. En ese sentido, hay una discontinuidad entre la congregación jerosolimitana y la Iglesia Católica.

Las congregaciones carismáticas paulinas

Celebración de agape
Un fresco en la Catacumba de Maximino y Pedro representando una congregación celebrando un agape por una mujer.

En el caso de las congregaciones paulinas, estas adquieren una forma muy distinta a la que encontramos en Jerusalén. Pablo fundamentalmente estaba de acuerdo con los líderes de Jerusalén (y con Jesús) en que dentro de las congregaciones debía adoptarse una situación que adelantaba lo que se viviría en el futuro bajo el Reino de Dios. En el caso de Jerusalén, se asumía la estructura monárquica. Pero la eclesiología paulina, aunque reconoce la autoridad apostólica (a la que Pablo apela en sus cartas), adopta una forma muy distinta.

En primer lugar, Pablo adopta una visión estoica y helenística de las congregaciones. Una comunidad no es otra cosa que un cuerpo cuyos miembros son como sus órganos, cada uno cumpliendo una función de igualdad de importancia a los demás. Estas funciones se llevaban a cabo gracias a los carismas, es decir, dones del Espíritu Santo:

Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu: diversidad de ministerio, pero con un mismo Señor, diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. A uno se le pueden conceder por medio del Espíritu, palabras de sabiduría; a otro, palabras de ciencia, según el mismo Espíritu; a otro, la fe, en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de hacer milagros; a otro, don de profecía, a otro, discernimiento de espíritus; a otro, facultad de hablar diversas lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, que las distribuye a cada uno en particular según su voluntad.

El cuerpo humano, aunque tiene muchos miembros, es uno; es decir: todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, forman un solo cuerpo. Pues así también es Cristo….. Así también, el cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos. Si dijera el pie: “Puesto que no soy mano, no pertenezco al cuerpo”, ¿dejaría por eso de formar parte del cuerpo? Y si el oído dijera: “Puesto que no soy ojo, no pertenezco al cuerpo; ¿dejaría por eso de formar parte del cuerpo? Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde queda el oído?; y si fuera todo oído , ¿dónde quedaría el olfato?

Ahora bien, Dios colocó cada uno de los miembros del cuerpo donde quiso. Si todo fuera un solo miembro, ¿dónde quedaría el cuerpo? Por tanto, aunque los miembros son muchos, el cuerpo es solo uno. Y no puede el ojo decir a la mano: ” ¡No te necesito!”, ni la cabeza a los pies: “¡No te necesito!”

1 Corintios 12:4-11,14-21

Otro rasgo importante de las congregaciones paulinas es que todos estaban en plena igualdad en las asambleas, razón por la que frecuentemente Pablo tenía que recordar que todos eran tan grandes como el menor de la comunidad. Asimismo, contemplaba como iguales en la comunidad a los hombres y las mujeres, los judíos y los gentiles, y los esclavos y los libres. Por un acto de confianza, de fe, en el dios supremo mediante Jesucristo, todos los miembros se convertían en hijos de Dios por igual, y, en el caso de los gentiles, hijos adoptivos de Abrahán con igual derecho a entrar en el Reino de Dios que los judíos (Gálatas 3:27-29). Esto es llamativo, ya que para Pablo, no solo los gentiles conversos, sino también las mujeres pueden ser parte de ese liderato a la hora de predicar, ejercer apostolado o servicio (1 Corintios 11:2-16; Romanos 16:1-3,7; Filipenses 4:2)

Pablo describe los oficios de las congregaciones de la siguiente manera:

Ahora bien, vosotros formáis el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro con una función particular. ASí, Dios puso en la iglesia primero a los apóstoles; en segundo lugar, profetas; en tercer lugar, maestros; luego, los milagros; después el don de curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas.

1 Corintios 12:27-28

Podríamos ilustrarlo de la siguiente manera.

Congregación de Corinto
Estructura de la congregación de Corinto según descrita por Pablo. Ilustración modificada de la original en: Küng 2006, 135.

Como podemos ver, esta estructura carismática tampoco se parece sustancialmente a lo que vemos en el catolicismo. Sencillamente, los dos modelos que vemos entre los primeros cristianos, a saber el de Jerusalén (49 e.c.) y el de Corinto (ca. 55 e.c.) divergen de la estructura de la Iglesia Católica: obispos (Papa, arzobispos y obispos), sacerdotes y diáconos. Las visiones eclesiológicas que las fundamentan tampoco se parecen en nada a la eclesiología católica actual.

Llama también la atención que en las congregaciones primitivas se admitían a las mujeres en posiciones de liderato, tal como vemos en el caso de las cartas paulinas. Hubo diaconisas tales como Febe, de la comunidad de Cencreas (Rom 16:1), o una mujer líder de la casa donde se reunía una congregación en Éfeso como en el caso de Priscila (Prisca) (Hechos 18:2; Rom. 16:3), Evodia, Síntique (Filipenses 4:2) o el caso de una mujer apóstol como Junia (Rom 16:7) (Epp 2005; Pederson 2006).

Sencillamente, el catolicismo no puede alegar que la forma jerárquica que ha adoptado se desde hace siglos corresponde a algo establecido por Jesús o sus discípulos directos o el Apóstol Pablo.

Sin embargo, es posible que desde la época apostólica al final del siglo I, hubieran evolucionado las estructuras comunitarias cristianas. Y fue precisamente durante el último tercio de dicho siglo que apareció una estructura que sentó las bases para la estructura eclesiástica actual del catolicismo.

Estructura eclesial a finales del siglo I y comienzos del II

Ignacio de Antioquía
Vitral que representa a Ignacio de Antioquía. Foto cortecía de Padre Lawrence Lew, O. P. Disponible bajo la licencia CC-BY-NC-ND 4.0.

Ya para finales del siglo I y principios del II, vemos una literatura muy importante centrada en la labor pastoral cristiana:

  • Cartas pseudopaulinas pastorales (finales del s. I- s. II e.c.)
    • 1 Timoteo
    • 2 Timoteo
    • Tito
  • 1 Clemente (ca. 96 e.c.)
  • Cartas de Ignacio de Antioquía (ca. 100-110 e.c.)
    • Carta a los efesios
    • Carta a los magnesios
    • Carta a los trallianos
    • Carta a los romanos
    • Carta a los filadelfios
    • Carta a los esmirneanos
    • Carta a Policarpo
  • El Pastor de Hermas (comienzos del s. II)

De estas, hablaremos de 1 Clemente más tarde en esta serie, pero lo que hay en común entre estos escritos es un mayor énfasis en los centros de autoridad de las congregaciones. Si fuéramos a ilustrar la estructura según se nos presenta en esta época, podríamos ilustrarla de esta manera.

Congregaciones al comienzo del siglo II
Congregaciones al comienzo del siglo II e.c. Imagen basada en: Küng 2006, 141.

Ahora, decir que hubo un cambio radical de los modelos jerusalemita y corintio a esta estructura es una sobresimplificación histórica. Por ejemplo, en la carta de Pablo a los filipenses, el Apóstol de los Gentiles comienza diciendo:

Pablo y Timoteo, esclavos de Cristo Jesús, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, así como sus supervisores (epískopoi) y servidores (diákonoi).

Filipenses 1:1

Esta frase, “…así como sus supervisores y servidores” es muy extraña y es única en las cartas auténticas paulinas. No tenemos ninguna otra instancia en que Pablo habla de supervisores o epíscopos. Además, no tenemos constancia en la comunidad paulina de Corinto de la existencia de algún supervisor o epíscopo, así como un anciano o presbítero. Esto ha llevado a algunos autores a pensar que se trata de una glosa de un copista pospaulino de fines del siglo 1 (Reumann 2008, 86; Vidal 1996, 292). Por otro lado, otros autores han señalado que esto de por sí no justifica ese parecer, ya que la frase está presente en todos nuestros manuscritos y podría señalar que en esta etapa comenzaron a aparecer los supervisores como centro de autoridad en algunas congregaciones. Sin embargo, se ha señalado que es llamativo que se hable de “supervisores” (en plural) en una sola congregación. El problema se halla en el supuesto anacrónico de los historiadores de que se tratan de figuras que ocupan puestos eclesiales, en vez de funcionarios de las congregaciones en el sentido de la eclesiología carismática paulina. Podría ser que el nombre “epískopos” se trate del nombre que le daban algunas congregaciones a los líderes de las casas donde se reunían los jesuanos (Reumann 2008, 62-64, 86-89; Holloway 2017, “I. Letter Prescript 1:1-2”).

Otra señal de que no podemos hablar de un cambio radical de modelos anteriores al de comienzos del siglo II se halla, por ejemplo, en la Carta de Clemente (1 Clemente), donde no se hace una distinción clara entre supervisores (epíscopos) y ancianos (presbíteros). En el capítulo 44 de dicho documento nos dice su autor (utilizo esta traducción):

Y nuestros apóstoles sabían por nuestro Señor Jesucristo que habría contiendas sobre el nombramiento del cargo de supervisor (epíscopo)…. Porque no será un pecado nuestro leve si nosotros expulsamos a los que han hecho ofrenda de los dones del cargo del obispado de modo intachable y santo. Bienaventurados los presbíteros que fueron antes, siendo así que su partida fue en sazón y fructífera: porque ellos no tienen temor de que nadie les prive de sus cargos designados. Porque nosotros entendemos que habéis expulsado de su ministerio a ciertas personas a pesar de que vivían de modo honorable, ministerio que ellos habían respetado de modo intachable.

1 Clemente 44:1,4-6

Esta ambigüedad terminológica la notamos también en la Carta a Tito:

El motivo de haberte dejado en Creta fue que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras ancianos (presbíteros) en cada ciudad, como yo te ordené. El candidato debe ser irreprochable, casado con una sola mujer, cuyos hijos sean creyentes, no tachados de libertinaje ni rebeldía. Porque el supervisor (epíscopo), como administrador de Dios, debe ser irreprochable….

Tito 1:5-7a

Por ende, las congregaciones estaban en un momento de transición a la estructura rudimentaria jerárquica que encotramos ya durante la primera parte del siglo II. Estas las vemos bastante bien definidas en 2 Timoteo y las cartas de Ignacio de Antioquía.

A partir de 1 Clemente, ya empezamos a notar algo muy importante para nuestra futura discusión en torno al tema del papado. Aunque no sabemos a ciencia cierta de dónde específicamente procedió 1 Clemente, a alguna congregación romana ya le dio por intentar influenciar la decisión tomada por los corintios de deponer a sus ancianos o presbíteros. Esto ya indica un cierto poder por parte del cristianismo romano en otros lugares, especialmente a los que se sentía afines, por ejemplo, a Corinto. Esta carta atribuida Clemente, un supuesto supervisor de Roma, pero que sin duda proviene de alguna congregación romana, ya llega hasta el punto de tener autoridad significativa.

Ignacio de Antioquía en sus cartas habla del fuerte énfasis en la obediencia incondicional al obispo de las congregaciones, y es el primero en hablar de la “congregación universal” o “iglesia católica” (no en el sentido que utilizamos el término hoy día). Es claro a partir de sus cartas que los supervisores tenían dominio fuera de las casas, es decir, tenían autoridad en sus diócesis.

La pregunta es, entonces, ¿por qué emergió esta estructura jerárquica? Varios padres de la Iglesia como Ignacio de Antioquía, Tertuliano y Eusebio de Cesarea nos dan la impresión de que los supervisores y ancianos fueron “ordenados” así por los apóstoles. Abundaremos más en este tema en el siguiente artículo de la serie. Sin embargo, es preciso adelantar que este alegato no es del todo seguro y hay razones válidas para dudarlo. Pablo nunca habla de supervisores ni de ancianos en calidad de puesto congregacional, no habla de ningún supervisor en Roma o en alguna otra comunidad (fuera de Filipos, en el sentido ya discutido), ni tan siquiera en Jerusalén.

¿Qué sucedió? Pues, que gradualmente hubo cambios en la vida del cristianismo a medida que pasaron los años:

  • Pablo ya comenzaba a percibir un cierto fracaso de su eclesiología carismática y aparentemente terminó distanciándose de la misma (Bek de Goede 1997). Por ejemplo, Pablo veía que la comunidad corintia descansaba demasiado en la glosolalia como manifestación del Espíritu de Dios, pero en 1 Corintios quería destacar que hacían falta más los profetas y maestros, además de un mayor orden en las asambleas. Decía él que nadie entendía al que hablaba en lenguas y hacía falta interpretar lo que se dicía (1 Corintios 14). Además, ya en 2 Corintios y en Romanos parece rechazar el término “carisma” (e.g. Romanos 12:6).
  • A pesar de sus intentos por tratar a los miembros como iguales en las asambleas, Pablo notaba una estratificación social dentro de sus comunidades, particularmente la corintia. Por un lado, la mayoría provenía de sectores bajos de la sociedad, con una idiosincrasia que Pablo mismo rechazaba y que le era repugnante a los urbanos más cultos. Por otro lado, los opulentos frecuentemente aprovechaban su situación marginando a los menos pudientes por razones socioeconómicas, especialmente cuando se trataba de la celebración de la “cena del Señor” (1 Corintios 11:18-21,33-34; Bek de Goede 1997, 205-208). En el escenario pospaulino, vemos reproducida internamente ya las estratificaciones sociales usuales en contradicción al igualitarismo predicado por Pablo, especialmente en la relación entre hombres y mujeres casados, y en el caso de amos y esclavos (Colosenses 3:18-25; Efesios 5-21-6:9; 1 Timoteo 2:9-15; 6:1-2; contrástese con Romanos 16, 1 Corintios 7:2-5 y Filemón).
  • Cuando los apóstoles estaban vivos, se esperaba la pronta llegada del Mesías. Por eso, la estructura carismática era una para mantener viva la fe de los creyentes en lo que ocurría la parusía, y no se preparó para su conservación para la posteridad (Bek de Goede 1997).
  • El modelo jerosolimitano recibió un duro golpe tras la prisión y ejecución de Jacob el hermano de Jesús. Asimismo, debió haber recibido dos duros golpes para su perpetuación en Jerusalén: la destrucción de Jerusalén bajo Tito (70 e.c.) y posteriormente la prohibición de los judíos a habitar ese lugar después de la Segunda Guerra Judía (135 e.c.), disposición legal que perduró hasta el siglo IV (Bermejo Rubio 2020, cap. 5, secc. 5.2.3).
  • Hubo una transformación radical del movimiento de Jesús de una actividad mesiánica apocalíptica judía rural a una religión más distante del apocalipticismo original, más en convivencia helenística en la urbanidad. Esto también tuvo repercusiones en la manera en que culturalmente el cristianismo fue afectado por el mundo grecoparlante en sus comienzos. Por ejemplo, parece que muchas congregaciones adoptaron la figura del “supervisor” (epíscopo) a partir del uso y costumbre de las sociedades y asociaciones que pululaban en la urbe, en centros cosmopolitas, los mismos lugares donde Pablo solía predicar. También hay indicios en Hechos y en las costumbres helenísticas de la época en torno a la adopción de servidores (diáconos) a partir de las prácticas de las asociaciones de tener encargados de las mesas (Meeks 1998, 136-140). No es, pues, extraño que sea en las mismas corrientes pospaulinas donde aparezca una preocupación marcada por la estratificación de autoridad e integridad de los ocupantes de puestos de supervisores y ancianos. Las comunidades originalmente carismáticas habían pasado a ser análogas a las asociaciones voluntarias grecorromanas con rastros judíos en cuanto a colegios de ancianos o presbíteros.
  • A medida que hubo una centralización de poder fuera de las casas vía el episcopado y las asambleas se empezaban a dejar de celebrarse en el ámbito doméstico, se fueron marginando cada vez más a las mujeres de sus puestos de liderato hasta el punto de que autores pospaulinos les prohibían hablar en las reuniones (1 Timoteo 2:9-15; 1 Corintios 14:33b-36).

Implicaciones para el papado actual

Papado cuestionado

Una vez más, vemos cómo todo esto tiene fuertes implicaciones en relación con la supuesta estructura jerárquica de la Iglesia Católica como una establecida por Cristo y los apóstoles. Hemos visto en la primera parte de nuestra discusión que Jesús históricamente no estableció una línea de sucesión apostólica, sea mediante Pedro o cualquier otro. Tras la muerte de Jesús, la congregación de Jerusalén fue forjando paulatinamente una estructura fraternal, pero que suponía un monarca a la cabeza (Jesús), cuyo sustituto en lo que llegaba el Mesías era su hermano, Jacob. En la época apostólica (que terminó en la década del 60), el movimiento de Jesús consideraba al liderato jesuano de Jerusalén como su centro de autoridad. Eso terminó con la muerte de Jacob y las sucesivas guerras judías. El catolicismo romano no reclama línea de sucesión de Jacob, sino de Pedro en Roma.

Pablo también parece desconocer la estructura católico romana a la hora de estructurar sus congregaciones carismáticamente. Él afirmaba su autoridad como emisario, como un enviado de Cristo a los gentiles. Sin embargo, en sus asambleas, todos debían considerarse de igual importancia. Aun con todo, parece que Pablo se distanció de un modelo que claramente no funcionaba. Tal vez la señal más evidente de su fracaso es que 1 Clemente nos habla de la estructuración de Corinto alrededor de la autoridad de sus ancianos. Esta era la razón por la que su deposición era sumemente seria, incluso para las congregaciones romanas.

No es de sorprenderse, pues, que al final del siglo I y comienzos del II, ya vemos la estructuración supervisor-presbíteros-servidores (obispos-sacerdotes-diáconos), que sentaría las bases para la jerarquía eclesiástica que conocemos actualmente de la Iglesia Católica. Pero, como se desprende de los estudios sociológicos de esta época, esta estructura no fue creada ni por Jesús ni por los apóstoles, sino que emergió a raíz de necesidades y problemas internos del cristianismo a raíz de la tardanza del Mesías en llegar (la parusía), la destrucción de Jerusalén y la adaptación del cristianismo ya mayoritariamente establecido en centros urbanos grecorromanos.

Para el siglo II se insistiría en una “sucesión apostólica”, pero el supervisor u obispo de Roma brilla por su ausencia durante el siglo I y la primera mitad del II. Nos adentraremos en estos temas en nuestro próximo artículo de la serie.

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Muchas gracias.

Referencias

Bek de Goede, Juan. 1997. “Pablo y el modelo carismático de la Iglesia en Corinto ¿Éxito o fracaso?” Revista bíblica 59, núm 68: 193-222.

Bermejo Rubio, Fernando. 2020. Los judíos en la Antigüedad. Desde el exilio en Babilonia hasta la irrupción del Islam. Madrid: Editorial Síntesis. Kindle.

Brown, Raymond E. 1986. Las iglesias que los apóstoles nos dejaron. Bilbao: Desclée de Brower.

Ehrman, Bart D., ed. y trad. 2003. The Apostolic Fathers. 2 vols. Cambridge, MA: Harvard University Press.

Epp, Eldon Jay. 2005. Junia: The First Woman Apostle. Minneapolis: Fortress Press.

Fitzmyer, Joseph. 2003. Los Hechos de los Apóstoles. 2 vols. Salamanca: Ediciones Sígueme.

Holloway, Paul A. 2017. Philippians: A Commentary. MN: Fortress Press. Perlego.

Keener, Craig S. 2019. Galatians. A Commentary. MI: Baker Academic. Scribd.

Küng, Hans. 2006. El cristianismo. Esencia e historia. Madrid: Editorial Trotta.

Mason, Steve. 1992. Josephus and the New Testament. Peabody, MA: Hendrickson Publishers.

Meeks, Wayne A. 1998. Los primeros cristianos urbanos. El mundo social del Apóstol Pablo. Salamanca: Ediciones Sígueme.

Pederson, Rena. 2006. The Lost Apostle: Searching the Truth About Junia. San Francisco, CA: Jossey-Bass.

Pervo, Richard I. 2009. Acts: A Commentary. Minneapolis: Fortress Press.

Reumann, John. 2008. Philippians. A New Translation with Introduction and Commentary. New Haven: The Anchor Yale Bible.

Vidal, Senén. 1996. Las cartas originales de Pablo. Madrid: Editorial Trotta.

—. 2015. Hechos de los Apóstoles y orígenes cristianos. Santander: Editorial Sal Terrae. Kindle.

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