El caso de Yeshúa bar Yusef – Una verdadera investigación – 2

En nuestra entrada anterior, dejamos claro los criterios de historicidad de los acontecimientos relatados en los evangelios, a saber: el criterio de desemejanza o de discontinuidad, el criterio de dificultad o incomodidad, el criterio de testimonio múltiple y el criterio de coherencia. Enfatizamos el hecho de que cada uno de estos  criterios es útil, pero bajo muchas circunstancias pueden ser problemáticos y su uso tiene que pasar necesariamente por el crisol de la discusión y el debate entre expertos.

Nota aparte:  Me parece que la serie para el público en torno a este tema de Antonio Piñero y Fernando Bermejo, me parece la más seria y completa que he visto hasta ahora. El valor que le damos a esta serie es debido a que es visible para el público hispanoparlante. Aquí está el artículo principal de Fernando Bermejo y aquí está la serie de artículos por Antonio Piñero: 1, 2, 3, 4, 5, 6. 7

Teniendo esto en cuenta, procedamos a nuestro segundo artículo que dará un panorama muy general (y sin entrar en demasiados detalles) en torno a las enseñanzas y actos de Jesús que le llevaron a la crucifixión.

La predicación del Reino de Yahveh por Juan el Inmersor

Juan bautizando a Jesús - Jacopo Tintoretto (s. XVI)

Juan bautizando a Jesús – Jacopo Tintoretto (s. XVI)

En su fabulosa obra Un judío marginal, John P. Meier afirma muy acertadamente que no podemos comprender a Jesús sin echarle una ojeada a Juan el Inmersor (el Bautista) (II/1: 34, 51, 139). Según los expertos, son los evangelios sinópticos (los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas) los que nos proveen la versión más veraz en torno al Inmersor. Ni tan siquiera el historiador Flavio Josefo, que nos brinda información valiosa sobre él, llega a ese nivel de fiabilidad. Josefo presenta a un Juan que era famoso por “enseñar las virtudes” y llevar una buena vida, casi como si fuera un filósofo helenístico, para después decirnos que Herodes Antipas (rey vasallo que gobernaba a Galilea y Perea) le temía y le había arrestado por alguna posible rebelión.

Cualquiera que tenga dos dedos de frente se preguntaría por qué un cuasi-filósofo-helenístico-que-enseña-virtudes sería una amenaza para Antipas. Podemos buscar la respuesta en vano en la narración de Josefo, pero sí se halla en los evangelios sinópticos donde las fuentes primarias que usamos (en este caso Marcos y Q) nos revelan bastante del mensaje apocalíptico de Juan (Marcos 1:1-8; Q{Lucas 3:7-9 // Mateo 3:7-10}; Q{Lucas 3:16b-17 // Mateo 3:11-12}). Allí se nos dice que Juan predicaba la pronta llegada de alguien al que denominaba “el más fuerte” y que juzgaría a todas gentes que rehusaran cambiar sus vidas y “enderezar lo torcido” ante Yahveh. El hecho de que su predicación fuera en el Río Jordán no es un accidente: ese es el lugar donde afirma la Biblia Hebrea que Josué y los hebreos entraron a la Tierra Prometida (Josué 3-4).

Los hijos de Israel cruzando el Río Jordán - Gustave Doré

Los hijos de Israel cruzando el Río Jordán – Gustave Doré (1883).

La perspectiva de Juan se comprende mejor desde una antropología judía, bien distinta a la que nuestra cultura juzga desde nuestra herencia helenística (i.e. la separación de alma y cuerpo). Para los judíos el alma designa la vida interior de una persona y, dependiendo de la vertiente judía que se favoreciera, era inseparable del cuerpo.  En otros casos, el alma terminaba en el sheol, un ámbito subterráneo y frío donde ellas dormían en lo que esperaban su eventual resurrección. El pecado no solo afectaba al alma, sino también al cuerpo mismo. Por eso es que en la lectura nos enfrentamos a ocasiones en que aparece la gente preguntándose qué pecado ha cometido alguien para terminar enfermo (e.g. Juan 9:1-3) o un Jesús que afirmaba que debemos desmembrar esa parte de nuestro cuerpo que “caiga” para entrar puros al Reinado de Yahveh (Mateo 5:29-30). La preparación de la llegada del nuevo orden mundial presto a llegar exige cumplir con lo que dispone la Torah: confesar que se pecó, arrepentirse de los pecados, limpiarse (bautizarse o sumergirse) en las aguas del Jordán para la purificación física del cuerpo, además de un compromiso de llevar una vida de acuerdo a la Torah. Al salir de las aguas del Jordán, el creyente podía formar parte del Reino de Yahveh, de la nueva Israel pronto a llegar. Aquellos que no aceptaran el mensaje del profeta, iban a ser arrojados al fuego “que nunca se apaga”. Aquellos que aceptaran la transformación íntegra de sus vidas, recibirían de “el más fuerte” su inmersión en el Espíritu de Yahveh (“Espíritu de santidad”).

Como dijimos en nuestra entrada anterior, usando el criterio de dificultad e inmersión, además del de testimonio múltiple y coherencia, podemos tener relativa seguridad de que Jesús fue discípulo de Juan, que se comprendía a sí mismo como pecador, que confesó sus pecados, se arrepintió y fue inmerso.

De hecho, por el mismo criterio de dificultad podemos también aseverar que, contrario a lo alegado por los evangelios Mateo y Juan, el Inmersor no sabía del carácter mesiánico de Jesús, ya que una de nuestras fuentes (Q) nos dejan claro que cuando supo de lo que Jesús estaba haciendo, Juan envió desde la cárcel a sus discípulos a preguntarle (tal vez con alguna nota de sarcasmo), “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Q{Lucas 7:19 // Mateo 11:3}). Esta ignorancia del mesianismo de Jesús se confirma con el hecho de que tenía discípulos que no conocían del mesianismo jesuano y, como han resaltado investigaciones recientes, los cristianos y ellos sostuvieron agrias disputas acerca de ese mismo tema.

¿Quién era Jesús?

Una vez Juan fue arrestado, Jesús comenzó su predicación del Reino de Yahveh con independencia del movimiento del Inmersor, pero llevando una variante de su mensaje a áreas tales como Galilea, Perea, Decápolis, con especial centro en Cafernaúm. Durante todo ese tiempo, parece haberse concentrado en las aldeas y pueblos rurales en vez de las grandes ciudades como Séforis.

Al principio se le debió haber conocido por Yeshúa bar Yosef (Jeshúa [יֵשׁוּעַ] hijo de José). Su nombre es una variante de Yehoshua [יְהוֹשֻׁעַ] (Josué) que significa “Yahveh salva”. En griego, se debió haber pronunciado aproximadamente “Iesús” [Ἰησοῦς]. Debido a su proveniencia de Nazaret, en aquel momento una pequeña aldea rural de no más de 50 casas, probablemente se le conoció como “Yeshúa Ha-Notzri” [יֵשׁוּעַ הַנָּצְרִי] (Jesús de Nazaret). Debido al carácter fantástico de los relatos de la infancia de los evangelios de Mateo y Lucas, su incompatibilidad mutua y su falta de correspondencia con la historia, además de su motivación cristológica, todo parece indicar que el dato de que nació en Belén tiene origen puramente apologético. Por los criterios de coherencia y de dificultad, parece mucho más probable que haya nacido en Nazaret, ya que una de las protestas que se le presentaban a los cristianos era la dificultad de que un Mesías rey proviniera de un lugar tan insignificante como Nazaret (e.g. Juan 1:45-46). Puede ser que el apodo “de Nazaret” haya tenido inicialmente la mala intención de señalar a Jesús como una persona que pretendía profetizar, pero que provino de un lugar tan nimio. Se sabe que probablemente el apodo con el que al principio se conocían a los cristianos, “nazoreos” (en griego “Ναζωραῖος”) o “nazarenós” (en griego “Ναζαρηνός”), pudo ser también originalmente peyorativo.

El sermón de la montaña por Carl Bloch (1876)

El sermón de la montaña por Carl Bloch (1876)

Es menester señalar que Jesús no era muy seguido durante su predicación en Galilea. Al contrario, parece que su familia –madre y hermanos– inicialmente rechazaba su doctrina y pensaba que se había vuelto loco y, como respuesta, Jesús se alejaba de su familia para escoger a sus discípulos y oyentes como su nueva familia (Marcos 3:20-21,31-34). De hecho, aunque abogaba por la Torah y su mandamiento de honrar padre y madre, en ocasiones afirmaba que había que poner al Reino de Yahveh por encima de la familia, por lo que era de esperarse divisiones familiares en el proceso (Marcos 10:19,29-31; Q{Lucas 9:59-60 // Mateo 8:21-22}; Q{Lucas 14:26 // Mateo 10:37}; Q{Lucas 12:49,51,53 // Mateo 10: 34-36}). Contrario a lo que muchos sostienen hoy día, Jesús no era exactamente “profamilia” en relación con la pronta llegada del Reino y su aproximación a la gente es lo que hoy podríamos considerar “sectárea”. Sencillamente, el Reino de Yahveh era tan importante, que había que dejarlo todo, incluyendo a la familia, para poder participar de él.

Para empeorar la situación, tampoco su mensaje caló hondo en su villa natal, Nazaret (Marcos 6:1-6). En general, tenemos noticias de continuos rechazos y fracasos de su predicación en Galilea (incluyendo a Cafernaúm) y regiones adyacentes (Marcos 6:11; 8:12,38; 9:19; Q{Lucas 10:10-12 // Mateo 10:14-15}; Q{Lucas 10:13-15 // Mateo 11:21-24}). Eventualmente, tras mucho tiempo de predicación, y tras la amenaza de arresto y ejecución por parte de Antipas (Lucas 13:31-33), Jesús decidió ir a predicar a Judea.

La predicación jesuana del Reino de Yahveh

Al igual que Juan el Inmersor, Jesús sotenía una escatología de la restauración de las doce tribus de Israel en la Tierra al final de los tiempos. La selección de doce discípulos cercanos a él no era puro accidente. Jesús esperaba la pronta llegada de un ser del ámbito celeste llamado “el Hijo del Hombre” del cual hablaba el libro de Daniel en la Biblia Hebrea (Daniel 7). En aquella época, el “Hijo del Hombre” no era un título mesiánico, sino más bien el nombre del supremo juez quien, a nombre de Yahveh, acogerá a los que ingresarán al nuevo Israel y condenará a aquellos que no estuvieran preparados física (por inmersión) y espiritualmente (moral) para la llegada del Reino de Yahveh. De hecho, a pesar de que los evangelistas continuamente intentan identificar a Jesús con el Hijo del Hombre de diversas maneras, se cuelan versos o pasajes completos en los que Jesús habla del Hijo del Hombre como si fuera alguien distinto a sí mismo (e.g. Marcos 8:38; Marcos 13:24-27; Q {Lucas 12:8-9 // Mateo 10:32-33}; Q {Lucas 17:23-24 // Mateo 24:26-27}; Mateo 25:31-32; Lucas 21:34-36). Así como Juan decía que “el más fuerte” llegaría en cualquier momento, Jesús sostenía que el Hijo del Hombre vendría “como un ladrón en la noche”, en la ocasión  menos esperada (Q{Lucas 12:39-40 // Mateo 24:43-44}) o como un repentino rayo en el firmamento (Q{Lucas 17:23-24 // Mateo 24:26-27}).

Para Jesús, hay diversos signos de que el Reino de Yahveh se estaba acercando: los exorcismos que llevaban a cabo a nombre del Hijo del Hombre y de Yahveh, las numerosas curaciones milagrosas que (para los testigos) estaban ocurriendo ante sus ojos y la transformación personal de numerosos “pecadores” desde publicanos hasta prostitutas, quienes eran los llamados a la conversión. Su mensaje estaba dirigido principalmente a los marginados de la sociedad, un factor común que podemos hallar como múltiples testimonios en todas nuestras fuentes: Marcos, Q, M, L y Juan (Marcos 1:40-45; 2:1-12; 3:1-12; 5:1-43; 7:24-30; 8:22-26; 9:14-29; 10:46-52; Q {Lucas 7:1-10 // Mateo 7:28a; 8:5-10,13}, {Lucas 7:18-19,22-23 // Mateo 11:2-6}, {Lucas 11:14-15.17-20 // Mateo 9:32-34; 12:25-28}, {Lucas ; Lucas 7:36-50; 15:1-2; Mt. 21:31; Juan 4:46-53).

Contrario al régimen vigente, Jesús predicaba con todas sus fuerzas, un Reino de Yahveh que fuera justo para los oprimidos, donde todos eran invitados a participar —como en una gran cena— (Q {Lucas 14:15-24 // Mateo 22:2-6,9-10}). En tal caso, como difícil es para un rico entrar al Reino de Yahveh, serían los marginados los más grandes afortunados. De ahí su dicho: “todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado” (Q{Lucas 14:11 // Mateo 23:12}). En el fondo, hallamos este mensaje en las famosas “bienaventuranzas”:

Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.

Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados.

Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis.

Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del hijo del Hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataron sus antepasados a los profetas (Q{Lucas 20-23 // Mateo 5:3,5-6,10-11}).

Otra nueva costumbre jesuana es la de referirse a Yahveh como padre. Esto debe comprenderse dentro de su concepción de salvación, no individual, sino colectiva. Al final de los tiempos, irrumpirá Yahveh en la historia desde el cielo y el colectivo de Israel se salvará y se restablecerá en la Tierra como potencia dominante. Desde la perspectiva del judaísmo de su época, Israel es el primogénito de Yahveh, por ende, su hijo con derecho a gobierno sobre las naciones (Éxodo 4:22). Es de esa manera que debemos comprender lo que aparenta ser la versión original del Padre Nuestro:

Padre,
santificado sea tu Nombre,
venga tu Reino,
danos cada día nuestro pan cotidiano,
y perdónanos nuestros pecados,
porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe,
y no nos dejes caer en tentación (Q{Lucas 11:2b-4 // Mateo 6:9-13).

Desde esta perspectiva, todo creyente en Jesús debía considerarse hijo de Yahveh.

Finalmente, hay que aclarar que Jesús se consideraba a sí mismo seguidor de la Torah entera. Contrario a lo que muchos han supuesto, Jesús nunca devaluó la ley mosaica ni pensaba que había de ser superada, sino que se veía en todo momento observante de ella. Hay pasajes en que Jesús afirmaba que ni una yod (la letra más pequeña del hebreo, “י”) se caería de la Torah. Al contrario, su misión era llevarla a la culminación (Q{Lucas 16:17 // Mateo 5:18}). Sin embargo, como muchos de los rabinos de su época, su interpretación de la Torah podía ser distinta a la de los demás rabinos de su época. Para sorpresa de muchos, Jesús era afín al pensamiento fariseo y, como era costumbre en su época, debatía continuamente en torno a cómo interpretar el escrito mosaico para que fuera práctico para los pobres y marginados. Lo que no cabe duda es que para Jesús, el corazón de la Torah es el amor: amor a Yahveh y su Reino sobre cualquier otra cosa o persona; y el amor al prójimo como un igual. No solo esta apreciación aparece atestiguada en todas nuestras fuentes independientes evangélicas, sino también fuera de los evangelios (Marcos 12:28-34; Gálatas 5:14; Romanos 5:8,9b-10; Santiago 2:8; Juan 15:12).

La actividad subversiva de Jesús

A pesar de que los evangelios nos presentan en general a un Jesús manso con discípulos que todo lo que les interesa es desentrañar las enseñanzas de su rabino, hay indicios de que era algo más que eso y que muchas de sus acciones y predicaciones le llevaron eventualmente a su muerte. Su mensaje de un gobierno de Israel por encima de las demás naciones era de facto mensaje sospechoso para los romanos y sus aliados, pero era más o menos usual en Galilea y Judea.

La manera en que podemos aproximarnos a este tema es viendo las acusaciones que se formularon en su contra para poder ver exactamente dónde radicaba el problema para las autoridades judías y las romanas. Aclaro que lo que sigue es mi perfil particular de Jesús basándome en lo que ciertos expertos han teorizado y que bastante de estos asuntos todavía se hallan bajo un intenso debate.

Que no se le pagara tributo a César

La moneda de tributo - por Tiziano (1515)

La moneda de tributo – por Tiziano (1515)

Hay una acusación que solo aparece en Lucas y que puede iluminarnos en cuanto a las actividades de Jesús. Cuando el profeta apocalíptico está ante el prefecto, Poncio Pilatos, nos dice Lucas:

Comenzaron a acusarle, diciendo: “Hemos encontrado a este alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es el Mesías rey” (Lucas 23:2).

¿Por qué es esto extraño? Porque si se lee el evangelio lucano, uno tendrá la impresión de un Jesús pacífico y ejemplar en cuanto a temperamento y relación con los gentiles. Puede ser que tal esfuerzo del autor de ese evangelio por proyectar esa imagen sea en parte respuesta a dicha acusación.

¿Prohibía Jesús el pago tributario?  Lo interesante es que la respuesta a esa pregunta parece proceder del Evangelio de Marcos, que nos narra el siguiente acontecimiento que parece haber ocurrido en Galilea:

Enviaron enconces donde él a algunos fariseos y herodianos, para cazarle en alguna palabra. Al llegar, le dijeron:

“Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa de nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?”

Mas él, dándose cuenta de su hipocresía, les dijo:

“¿Por qué me tentáis?  Traedme un denario, que lo vea.”

Cuando lo trajeron, les preguntó:

“¿De quién son esta imagen y la inscripción? ”

Ellos respondieron:

“Del César.”

Jesús les dijo entonces: “Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios” (Marcos12:13-17)

Muchos han visto en esta enseñanza como un endoso jesuano a la separación de Iglesia y estado. Personalmente, me encantaría que fuera así, pero dicha perspectiva no pasa de ser un anacronismo. Se debe tener en cuenta que era inconcebible en esa época separar la política de la fe. El Reino de Yahveh que deseaba Jesús era uno claramente teocrático.

Si no significa eso, ¿entonces que quiere decir? Si hubo fariseos tras esta trampa es algo que debemos poner entre signos de interrogación, ya que el evangelio se produjo en una época de gradual tensión entre diversos sectores del judaísmo (70 d.C.), en particular el fariseísmo y el cristianismo. El texto puede reflejar un cierto desprecio que siente el autor hacia el sector fariseo.  Sin embargo, puede tomarse como noticia el hecho de que aparecieran herodianos para tenderle la trampa a Jesús:  si él alegaba que debía pagarse el tributo a César, entonces traicionaba su mensaje del Reino de Dios y a Yahveh mismo; si alegaba que no debía pagarse impuestos a Roma, entonces era condenable por sedición ante las autoridades romanas. Jesús astutamente cambió el tema del tributo a la moneda. De esa manera, le podía decir a sus oyentes que la moneda se le podía devolver (no dar … no entregar … no pagar … sino devolver) al César y que, por otro lado, a Yahveh hay que devolverle lo suyo. Dentro del contexto de su mensaje apocalíptico, ¿qué habría que devolverle a Dios? Sencillo: las tierras palestinenses, su pueblo y su lealtad, es decir, al Israel renovado (Puente Ojea, El Evangelio 114-121).

Otros pasajes podrían abonar a esta interpretación. Por ejemplo, el teólogo Porfirio Miranda aportó al tema en su famoso librito El comunismo en la Biblia, cuyo contenido se intepreta a todas luces desde un sesgo ideológico notable y no teniendo mucho cuidado desde el punto de vista de la exégesis del Nuevo Testamento. Eso no quita que pudo haber llegado a la conclusión correcta en cuanto a este tema y que coincide perfectamente con la acusación que estamos inquiriendo (Miranda, El comunismo 68-72).  Después de reflexionar sobre el incidente del tributo a César, Miranda nos dice:

Antes del incidente en cuestión, Jesús ya había proclamado: “Nadie puede servir a dos señores, porque o bien odiará a uno y amará al otro, o se adherirá al uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero {Mammón} (Q {Lucas 16:13 // Mateo 6:24}). Quien ha enseñado eso de manera tan categórica, no puede después salirnos con que hay que reconocer y cumplir con el emperador y al mismo tiempo con Dios. Cuando dice “no podéis servir a Dios y al dinero”, toda la fuerza está en el “y”…. Pero el dato más importante para la interpretación de la frase sobre César es que la autoridad civil está presentemente encarnada en un dinero que Jesús pide que le muestren…. La sentencia “no podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24) fue pronunciada utilizando el verbo arameo `abad, que significa tanto servir como adorar … (71-72, mi énfasis).

Que el Templo de Jerusalén sería destruido

Cristo expulsa a los cambistas del Templo, por Nicolas Colombel (1681)

Cristo expulsa a los cambistas del Templo, por Nicolas Colombel (1681)

Una de las más importantes acusaciones se hizo ante el Sanedrín judío y nos dice Marcos:

Algunos, levantándose, dieron contra él este falso testimonio: “Nosotros le oímos decir: `Yo destruiré este Santuario {el Templo de Jerusalén} hecho por hombres y en tres días edificaré otro no hecho por hombres'” (Marcos 14:57).

¿Es esta acusación factual? El autor del evangelio marcano dice que es falso. Sin embargo, otro escrito que parece diferir y trataba de explicar esta acusación tomada muy en serio, no como un falso testimonio (Juan 2:19-20). Si seguimos la pista dejada por el Evangelio de Juan, parecería que Jesús dijo esto durante el ataque que llevó a cabo contra los cambistas del Templo y de la que tienen testimonio todos los evangelios.

Una vez fracasa su actividad en Galilea, Jesús decide ir a Jerusalén. De su famosa entrada, hablaremos en la tercera parte de esta serie. Después de su “entrada triunfal”, Jesús decide atacar a los vendedores y cambistas del Templo.

Llegaron a Jerusalén: Una vez allí, entró Jesús en el Templo y comenzó a echar fuera a los vendedores y compradores, volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedoresde palomas, y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba diciendo:

“¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración [para todas las gentes]? ¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos!”

Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas, que buscaban la forma de poder matarle. Y es que tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina (Marcos 11:15-18).

Hoy se sabe que la frase entre corchetes “para todas las gentes” fue un añadido posterior al evangelio. Tampoco es creíble que impidió la dinámica de todo el Templo, un recinto demasiado grande para que lo controlaran solo 13 hombres. Sin embargo, sí es creíble que ocurrió algo de menor grado.

Por años, dicho ataque fue un enigma para los exégetas del Nuevo Testamento. Los cambistas cambiaban la moneda con la efigie de César y otros tipos de imágenes (prohibido para los judíos dentro del Templo) por una aceptable para la ofrenda del Templo. Los vendedores proporcionaban la manera más eficiente de proveer animales para los sacrificios, difícil de llevar a cabo de otra manera. Entonces, ¿por qué el ataque?¿De dónde procede la acusación de ser bandidos? Los cambistas cobraban por el cambio, pero eso es normal para toda labor en aquel momento. No hacerlo, sería disfuncional.

El gran erudito E. P. Sanders señala que todo cae en su sitio cuando se tiene en consideración que Jesús era un apocalipticista que miraba al sacerdocio del Templo como cómplice del orden establecido de los Romanos. Mientras Poncio Pilatos estaba en la región de Samaría, en Cesarea Maritima, le tocaba al Sanedrín, dominado por los saduceos, dirigir los asuntos de Jerusalén y guardaba el orden social en alianza con el Imperio Romano. Desde esa perspectiva, el significado del Templo dedicado a Yahveh ha sido profanado por los saduceos, a los que Jesús no les tenía el mínimo aprecio. Varios apocalipticistas veían al Templo como una institución impura y contaminada por dichas relaciones políticas. Por ejemplo, los de Qumrán veían al Templo como profanado por un “Sacerdote Malvado”, presumiblemente por un sacerdote favorecido por la dinastía asmonea y quien le robaba a los pobres sus posesiones (1 QpHab 11:7; 12:8ss; CD 4:6-8). Los fariseos eran marginados de la autoridad del Templo, precisamente porque eran apocalipticistas que rehusaban participar de dicha relación política. El vuelco de las mesas y la violencia con la que se manifestó Jesús dramatizaban (simbólicamente) el hecho de que el Hijo del Hombre y, con él, el Reino de Yahveh, estaba bien cerca y que el Templo edificado por Herodes sería destruido. El orden que rige el Templo terminaría, se purificaría de todos los elementos profanos y se reedificaría una vez fuera restaurado Israel (Sanders, Jesus and Judaism 174-211).

También es un poco enigmático el hecho de que nadie lo arrestara en el momento. Lo que sospechan Fernando Bermejo y Antonio Piñero es que probablemente los mismos discípulos de Jesús estaban armados y con las armas protegían a su rabino mientras él atacaba a las mesas de los animales y cambistas. El que pudieran tener armas no sorprende mucho, dado que el evangelio lucano nos revela que algunos de ellos habían comprado armas y Marcos nos dice que uno de ellos tenía una espada cuando arrestaron a Jesús (Lucas 22:35-38; Marcos 14:47).

Jesús Nazareno: Rey de los Judíos

La tercera acusación con la que coinciden todas nuestras fuentes es que de alguna manera, Jesús se había autodenominado rey. En ninguna instancia Jesús lo negaba. Algunos han sugerido que Jesús preparó su entrada a Jerusalén para que se viera que cumplía la profecía de Zacarías, que decía que el rey de Jerusalén entraría montado en un borrico, hijo de un asna (Zacarías 9:9). Por razones que explicaremos en la siguiente entrada, parece que esto no era suficiente para prenderle.

Dado que Jesús nunca se autoproclamó rey ni Mesías en público (nuestra fuente más temprana, Marcos, así lo establece: que Jesús mandaba a callar y mantener silencio al respecto), inevitablemente nos lleva a la conclusión de que Jesús debió haberlo revelado en privado. Que, según él, el Hijo del Hombre le pondría en el trono como suma autoridad real bajo el beneplácito de Yahveh; que sería rey israelita de todos los judíos.

Uno de los discípulos (Judas Iscariote), desilusionado con Jesús por razones que permanecerán oscuras para la historia, decidió reunirse con funcionarios del Sanedrín en privado y revelar el secreto. Eso y el incidente del Templo fueron suficientes para que las autoridades judías le arrestaran, especialmente para prevenir algún incidente durante la Pascua. La acusación de hablar contra el tributo a César mas la autoproclamación de rey, ante la negativa de Jesús de defenderse, fueron suficientes para que los judíos llevaran a Jesús ante Poncio Pilatos y este a su vez le condenara a la crucifixión.

Continuaremos mañana nuestra discusión …

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