¿Es el Papa el sucesor de Pedro? – 2: Pedro, ¿fue el primer papa?

San Pedro como Papa
San Pedro como Papa, del pintor portugués Grão Vasco,

Partes de la serie: 1

Uno de los grandes pilares del catolicismo es de pensar al papa romano como sucesor de Pedro, el Apóstol. Según esta creencia, era él la cabeza del cristianismo naciente. Pero, ¿qué sabemos realmente y a nivel histórico acerca de Pedro? No tanto como parecería a primera vista. Y más en relación con nuestro tema, ¿fue realmente él cabeza de la Iglesia naciente? Veamos.

La existencia histórica de Pedro

Pedro y Pablo
Pedro y Pablo, pintura por Jusepe de Ribera (ca. 1616).

La existencia histórica de Pedro está fuera de toda duda razonable. Con rarísimas excepciones (por ejemplo, los seguidores de los neoradicalismo-holandés (e.g. Hermann Detering, Robert M. Price), virtualmente todo el mundo reconoce que hay siete documentos en el Nuevo Testamento cuyo contenido sustancialmente procede genuinamente de Pablo de Tarso: 1 Tesalonicenses, Gálatas, Filipenses, 1 y 2 Corintios, Filemón y Romanos (PIñero 2015, 16-20; Vidal 2012, 16). Él mismo narraba no solo como testigo, sino como alguien que interactuó con Pedro en persona y le confrontó en un momento dado.

Las cartas paulinas, escritas en la década del 50 e.c., revelan las tensiones que hubo entre ambos personajes. Comenzaré por la Epístola a los Gálatas, ya que es el que contiene más información al respecto y porque nos ayudará a entender lo que diremos después en nuestro siguiente artículo de la serie. En Gálatas, Pablo nos habla de lo que él denomina “mi evangelio”. Muy pocas personas se han dado cuenta de que la palabra griega para “buena noticia”, “buen mensaje” o “buen anuncio” (εὐαγγέλιον, euangélion) se utiliza casi exclusivamente por Pablo, escritos pospaulinos y dos de los evangelios, que discutiremos más adelante. La única excepción a esta regla es Hechos de los Apóstoles, pero discutiremos ese detalle más adelante en la serie (Mason 1994; Mason 2009).

El uso de la palabra para describir el mensaje paulino no debe pasar inadvertido. La versión griega de la Biblia hebrea (la Septuaginta) tiene pasajes donde utiliza el término (e.g. Isaías 52:7), así que no es extraño que lo utilizara un judío judeohelenístico como Pablo. Sin embargo, el cristianismo no se formaba en el vacío judío, sino que desenvolvía dentro de una matriz social dentro de un ambiente grecorromano. Como hoy aceptan muchos expertos, el cristianismo primitivo promovía la figura de Jesús como Mesías que competía con la autoridad del Emperador. En aquella época, la palabra “euangélion” se utilizaba en ámbitos grecorromanos para referirse al buen anuncio de la paz que representaba estar bajo la sombra del Imperio Romano.

La inscripción del calendario de Priene
Un segmento de la Inscripción del Calendario de Priene (Deismann 1910, 371).

Ejemplo lo podemos ver en la inscripción del calendario de Priene, donde se hace referencia a la figura del Emperador Octavio Augusto. Contiene un “buen anuncio” (euangélion) que le caracteriza como “salvador” del mundo, como “dios”, y como el que a su causa “generó el bienestar del mundo” (Evans 2000, 69). En contraste, en las cartas paulinas encontramos, una aserción acerca de Yahveh y Jesús muy parecida derivada de Deuteronomio 6:4.

Hay un único Dios, el Padre,
del cual procede todo,
y nosotros existimos para él

Y un único Señor Jesús Cristo,
por el cual existe todo,
y nosotros existimos por él.

1 Corintios 8:6

En el Imperio Romano, un “buen anuncio” se celebraba con un sacrificio y un festejo. El historiador Plutarco nos habla de cuando en la isla de Lesbos se recibió el “buen anuncio” del fin de una guerra. Josefo nos habla de cuando las autoridades judías de la época celebraron con un sacrificio el “buen anuncio” de que Vespasiano había accedido al poder como emperador; y que no solo era festejado por los judíos, sino por “todo el mundo” (La guerra de los judíos 4.10.6 / Josefo 1999, §618; 4.11.5 / Josefo 1999, §§656-657; Evans 2000, 70; Williams 1997, 39).

Como explicamos en otro lugar, el evangelio paulino tenía que ver con la manera en que los gentiles se convertirían en hijos adoptivos de Abraham, también en hijos de Dios en virtud de la muerte vicaria de Jesús, y, por ende, también herederos en igualdad de condición con los judíos del Reino de Dios, pero sin la necesidad de velar por las “obras de la Ley”, o algunas disposiciones de la Ley de Moisés, a saber: la circuncisión, la dieta kosher y la observancia del sábado. Los gentiles debían establecer una relación de confianza (pistis o fides) con Dios vía Jesucristo, además de velar por nueve de los mandamientos del decálogo, para que pudieran disfrutar de esta gracia especial que se les concedía. (Fredriksen 2018, 117-122, 161; Gómez Segura 2021, 225-241; Piñero 2015, 168. En cuanto a la noción de “fe” en la Antigüedad, véase Morgan 2017).

Esto trajo no pocas tensiones entre Pablo y otros grupos, especialmente aquellos cristianos que abogaban por la circuncisión de los gentiles como condición para pertenecer al movimiento. Para cuando Gálatas se escribió (52-54 e.c.) algunos de estos judaizantes fueron a donde los gálatas para decirles que Pablo estaba mintiendo y que la congregación jerusalemita —entonces la que gozaba de mayor autoridad entre los creyentes cristianos— solo admitía a los gentiles que se circuncidaran. En su epístola, furioso porque las congregaciones le habían dado la espalda, Pablo afirma la autoridad de su apostolado como enviado de Cristo, que recibió directamente de Jesús resucitado este “evangelio”, este “buen anuncio”, no de los apóstoles de Jerusalén. De paso, nos da detalles de su primera interacción con los apóstoles.

Porque quiero que sepáis, hermanos, que el Evangelio [buen anuncio] anunciado por mí no es de orden humano, pues yo no recibí ni aprendí de persona alguna, sino por revelación de Jesucristo…. Mas cuando Aquel me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo bien revelar en mí su Hijo, para que lo anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo a persona alguna, ni subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde volví a Damasco. Al cabo de tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas [Pedro]; y permanecí quince días en su compañía. Y no vi a ningún otro apóstol, sino a Jacob, el hermano del Señor. Y Dios es testigo de que esto que os escribo no es mentira.

Gálatas 1:11-12,15-20

En otras palabras, aunque conoció a Jacob, el hermano de Jesús, en calidad de apóstol, y estuvo con Pedro por quince días, Pablo minimizó lo más posible la importancia de este primer encuentro para insistir que el “buen anuncio” proclamado por él no provino de ninguno de ellos, sino de Jesús mismo.

Más adelante, Pablo nos habla de su visita a Jerusalén catorce años después de este acontecimiento (ca. 45-49 e.c.). En una declaración no muy clara del Apóstol de los Gentiles, nos dice que ese viaje fue producto de una revelación, aunque también nos informa que hubo inquietudes en relación con su propio evangelio. Él nos habla de una reunión que tuvo en calidad de representante de Antioquía con lo que llamó las “tres columnas” de la congregación de Jerusalén.

… ni siquiera Tito que estaba conmigo, con ser griego, fue obligado a circuncidarse. Y eso que hubo intrusos: falsos hermanos que se infiltraron solapadamente para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin de reducirnos a la esclavitud. Sin embargo, ni por un instante cedimos a sus requerimientos, sometiéndonos, pues queríamos salvaguardar para vosotros la verdad del Evangelio … Los que eran tenidos por notables¡No importa que lo fuesen, pues Dios no mira la condición humana! Bien, en todo caso los notablesnada nuevo impusieron. Antes bien, al comprobar que me había sido confiada la evangelización de los incircuncisos, al igual que a Pedro la de los circuncisos —-pues el que actuó en Pedro para hacer de él un apóstol de los circuncisos, actuó también en mí para hacerme aṕostol de los gentiles—-, y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Jacob, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé, para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos. Solo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, cosa que he procurado cumplir.

Gálatas 2:3-10

Es menester señalar aquí algunas cosas muy importantes. En primer lugar, llama la atención el grado de importancia que tuvo Pedro en la Iglesia. La primera vez que Pablo visitó a Jerusalén, fue para ver a Pedro. Este periodo precisamente coincide con la manera en que Hechos muestra a Pedro como máximo líder del jesuanismo de ese momento (Gálatas 1:18; Hechos 2:14-5:33). Pedro también es llamado “apóstol” por Pablo. Contrario a lo que mucha gente piensa, esta palabra, que significa “emisario” o “enviado”, no tiene nada que ver con ser exdiscípulo de Jesús o uno de los Doce, sino más biense reservaba para aquellos que habían experimentado una aparición de Jesús resucitado en la que se les “enviaba” a predicar un mensaje jesuano. Parece ser que el liderato de Pedro se deriva de estas mismas experiencias, ya que según las confesiones más primitivas que tenemos sobre la resurrección de Jesús, fue el primero en tener este tipo de visiones, mientras que Pablo indica que fue el “último”.

En primer lugar os transmití lo que a mi vez recibí:

que Cristo murió por nuestros pecados,
según las Escrituras,
que fue sepultado

y que resucitó
según las Escrituras,
que se apareció a Cefas [Pedro] y luego a los Doce;

que después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que todavía la mayor parte viven, aunque otros ya murieron. Luego se apareció a Jacob; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, que soy como un aborto.

1 Corintios 15:3-5

Nótese que Jacob, el hermano de Jesús, no fue de los primeros en tener visiones, sino más bien casi a lo último, antes de “los demás apóstoles”. Esto contribuye a la convicción de que Pedro empezó siendo el líder del movimiento jesuano en Jerusalén.

Sin embargo, en un momento dado, hubo un cambio (Fredriksen 2018, 156-157). El orden con el que Pablo se refería a las “columnas”, primero Jacob, después Pedro es llamativo. En la primera visita de Pablo a Jerusalén, él le prestaba mayor importancia a Pedro, mientras que en esta segunda visita, no es Pedro, sino a Jacob, el hermano de Jesús. Pedro cae en un segundo lugar y tercero, Juan (Bütz 2005, cap. 3; cap. 4). Cuando vamos a la sección de Hechos de los Apóstoles en relación con esta reunión —y su autor engrandece una reunión a nivel de “multitud”— Pedro fue el primero en dirigirse a los presentes, pero fue Jacob el que tuvo la última palabra en torno al asunto planteado (Hechos 15:9-29). Es más, si prestamos atención a algunos relatos de Hechos de los apóstoles, parecería que Jacob el hermano de Jesús llenó un vacío que dejó la muerte de Jacob el hermano de Juan y el arresto de Pedro (Hechos 12:1-18). Cuando se nos narra que Pedro escapó “milagrosamente” de la cárcel, dice lo siguiente:

[Pedro] les hizo señas con la mano para que no levantasen la voz, y les contó cómo el Señor lo había sacado de la cárcel. Antes de irse les dijo: “Comunicad esto a Jacob y a los hermanos.” A continuación salió y marchó a otro lugar.

Hechos de los Apóstoles 12:17

De hecho, Jacob continuó siendo cabeza del movimiento de Jerusalén hasta su mismo final, según narrado por Josefo en Antigüedades judías (Lüdemann 2015, cap. 28; Hechos 21:18; Antigüedades judías 20.9.1; Josefo 1997, §200).

Asimismo, debemos destacar que Pablo reconoció que las llamadas “columnas” tenían autoridad, pero intentaba minimizar su importancia diciendo que su estatus era irrelevante para Dios. En cuanto a lo convenido entre las congregaciones de Jerusalén y de Antioquía (que él representaba) se llevó en medio de una acalorada objeción de los que Pablo llamaba “falsos hermanos”, judíos que insistían en exigirle a los gentiles que se circuncidaran y se sometieran a la Ley de Moisés. Las “columnas” no se doblegaron a las amenazas ni le exigieron a Tito que se circuncidara. Acordaron que Pedro se dedicaría a predicarle a las sinagogas judías de la diáspora y que a Pablo le tocaba predicar a la gentilidad. Ahora bien, todo tiene un costo en la vida: los gentiles podían participar del movimiento de Jesús y salvarse sin observar toda la Torah, pero debían “acordarse de los pobres”, es decir, debían contribuir a una colecta que llevaría a cabo Antioquía para beneficio de los “pobres” de Jerusalén. Pablo insistía de que fuera de esto, “nada nuevo me impusieron”.

¿Qué ocurrió una vez aconteció el acuerdo de Jerusalén? Nos dice Pablo que más adelante, fue Pedro a Antioquía donde comió abiertamente junto a los miembros gentiles de la congregación.Sin embargo, nos dice un Pablo evidentemente enojado:

Pero, cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté a él, porque su actitud era censurable. Resulta que antes que llegaran algunos de parte dee Jacob, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquellos llegaron, empezó a evitarlos y apartarse de ellos por miedo a los circuncisos. Y los demás judíos disimularon como él, hasta el punto de que el mismo Bernabé se vio arrastrado a la hipocresía.

Pero en cuanto a vi que no procedían rectamente, conforme a la verdad del buen anuncio [euangélion], dije a Cefas en presencia de todos: “Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a que vivan como judíos?”

Gálatas 2:11-14

Hago hincapié en el hecho de que el repudio de Pablo a Pedro consiste precisamente en no actuar de acuerdo a su buen anuncio, su evangelio, que supuestamente había sido reconocido por las “columnas” de Jerusalén. Es muy peculiar que Pedro no supiera nada de lo que los representantes de Jacob iban a solicitarle. Esto indica que no solo Pedro desconocía de que no debía comer con los gentiles, sino que acata la determinación expresada por los judíos representantes de Jacob. Claramente, Pedro no estaba al mando, se estaba distanciado de Jacob y ya no gobernaba junto a él (Williams 1997, 58). Hay otra interpretación del texto, en el que no identifica a “los de Jacob” con “los circuncisos”. Recordemos que el mismo Jacob había acordado que no se le exigiría a los gentiles la circuncisión, sino que solo observaran las normativa noáquica (Hechos 15:20,29). La mención de “los de Jacob” solo cumple un indicador temporal. Aparentemente, antes o durante la llegada de los representantes de Jacob también estuvieron “los circuncisos” e hicieron lo posible para presionar a Pedro ante la llegada de los representantes de Jerusalén (Gómez Segura 2021, 195-201; Piñero 2015, 152-154). Si esto es correcto, sorprende mucho que Pedro no hubiera hecho valer más su autoridad bajo esas condiciones, algo que nos indica que no tenía ya el poder de mando en Jerusalén. No importa cuál interpretación del texto se haga, es obvio que la autoridad petrina es secundaria en la congregación madre.

Lo otro es que ninguna de las dos partes involucradas en el acuerdo lo acatan plenamente. Jacob y compañía le hicieron cambios a última hora, tal vez las exigencias normativas noáquicas. Por otro lado, Pablo todavía se sentía vinculado a este pacto —se lanzaría de lleno a hacer la colecta—, pero se desvincularía de Antioquía eventualmente para lanzarse a una misión autónoma (Montserrat Torrents 2005, 89-90).

Acto seguido, de las cartas de Pablo, sabemos que hubo rivalidad entre los seguidores de Pedro, los de Pablo y de un tal Apolo. En la medida que podía, Pablo intentaba reducir los ánimos de disensión mientras que honraba el acuerdo de Jerusalén y colectaba el dinero para llevarlo a esa congregación (1 Corintios 16:1-4; 2 Corintios 8:1-9; 9:1-6).

Os exhorto, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que seáis unánimes en el hablar, y no haya entre vosotros divisiones; a que estéis unidos en una misma forma de pensar y en idénticos criterios. Lo digo, hermanos míos, porque los de Chloe me han informado de que existen discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros anda diciendo: “Yo soy de Pablo”, “Yo de Apolo”, “Yo de Cefas”, “Yo de Cristo”. ¿Está dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?

1 Corintios 1:10-16

Todo esto es señal de que el cristianismo primitivo estaba muy lejos de ser una organización armoniosa, pacífica que se consideraba unificada en Cristo. Todo lo contrario. A pesar de presentar la congregación jerosolimitana como una casi idealizada, Hechos de los Apóstoles nos revela —muy a pesar del autor— que hubo discordias desde el mismo comienzo, y cuyo manera de lidiar con estas situaciones es sospechosamente semejante a la que encontramos en el incidente de Antioquía.

Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: “No está bien que abandonemos la palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y de saber; para ponerlos frente de esa tarea; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.”

Hechos 6:1-4

En otras palabras, en cuanto al trato de la distribución de las mesas, a las viudas helenistas se les trataba distinto a las viudas hebreas. Hay mucho debate actual en torno a qué significa en este contexto las palabras “helenistas” y “hebreos”. Sin embargo, llama la atención que los dos grupos de mujeres no comen juntos, sino que se mantienen separados. El pasaje también vincula a los “helenistas” con la diáspora y, quizá, a los gentiles: el número siete no es casual, alude a las siete naciones paganas que habitaban en Canaán (ver Hechos 13:19). Asimismo, los nombres de todos los electos “servidores” (diáconos) para esa tarea tenían nombres griegos, algo que puede indicar que se trata de judeohelenistas y prosélitos: Esteban, Felilpe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás (Hechos aclara que se trata de un prosélito).

Esta división entre judíos y gentiles se agravaría en futuras décadas.

Momentos traumáticos

Relieve del Arco de Tito
Reproducción del relieve de una denlas escenas del Arco de Tito donde se representa el tesoro del Templo de Jerusalén como botín después de su destrucción en el año 70 e.c. Foto original cortesía de בית השלום (Licencia: CC-BY 3.0 Unported).

Los años subsiguientes a esta reunión no fueron nada de fácil para los cristianos o los judíos en general. Por un lado, tenemos que en su cumplimiento del acuerdo con Jacob, Pablo y sus acompañantes quisieron entregar la colecta hecha. Sin embargo, para apaciguar a los miembros judaizantes de Jerusalén, Jacob le pidió a Pablo que hiciera valer la Torah de alguna manera. Esto llevó a un revuelo en el Templo, ya que el Apóstol de los Gentiles fue acusado de introducir a un gentil a un recinto donde solo podían entrar judíos. Por ello, fue eventualmente arrestado (Hechos 21:27-40). Todo lo demás que viene después de este incidente raya en imposible. Según el mismo gran erudito Jürgen Becker, hay en la narración toda una “maraña histórico-jurídica” que es casi imposible de resolver (Becker 1996, 560). No se explica claramente por qué Pablo estuvo tanto tiempo encarcelado, ni la motivación de los procuradores romanos para mantenerle vivo. Tampoco tenemos claro en absoluto por qué o cómo terminó en Roma, especialmente cuando las autoridades locales estaban inclinadas a exonerarle de todos los cargos. Ahora bien, el tono del final de Hechos y su imitación de la versión lucana de la Pasión de Jesús nos dan a entender que Pablo murió en Roma después de estar en prisión domiciliaria.

A esto se añade que el liderato jerusalemita se vio afectado por la muerte de Jacob (62 e.c.), suceso narrado por Flavio Josefo como ya hemos visto. Unos años más tarde, se ocurre un incendio en Roma (64 e.c.) que, por razones que quedarán para la oscuridad de la historia, Nerón decide perseguir a los cristianos, según nos lo cuenta el historiador Tácito (Anales 15. 43-44). Puede ser que a raíz de este suceso, Pedro haya muerto en Roma, pero no lo sabemos de seguro. Más adelante, en esta serie, evaluaremos la veracidad de este alegato. Finalmente, ocurrió un suceso que sacudió al judaísmo en todas sus vertientes, incluyendo el cristianismo: la destrucción de Jerusalén por las fuerzas romanas, especialmente su Templo, acontecimiento que ha marcado el judaísmo hasta hoy día.

Como resultado, desaparecieron algunas ramas del judaísmo tales como los esenios y los saduceos. Sin embargo, quedan los fariseos, especialmente su vertiente rabínica y un cristianismo que se haya fragmentado entre el sector palestinense y varios helenísticos de la diáspora. Sin embargo, de lo que no cabe duda es que en el rabinismo hubo todo un proceso de colección de enseñanzas antiguas de antiguos maestros de la Torah, un desplazamiento cada vez mayor de opiniones que consideraron heterodoxas y, hasta cierto punto, una expulsión de estos sectores “heterodoxos” de las sinagogas. Algunos textos del Nuevo Testamento, particularmente en los evangelios de Lucas y Juan nos lo dejan saber al poner algunas palabras en boca de Jesús:

Pero antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán; os entregarán a las autoridades de las sinagogas y os meterán en cárceles; y os conducirán ante reyes y gobernadores por mi nombre.

Lucas 21:12

Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas, e incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios.

Juan 16:1-2

Por cierto, esto no era novel en cuanto a la relación del movimiento de Jesús con las autoridades de las sinagogas. El mismo Pablo nos dice que en varias ocasiones que fue apaleado 39 veces (2 Corintios 11:24). Sin embargo, parece que este acto violento escaló a la luz del trauma religioso y político de la destrucción del Templo, que probablemente fue interpretado como un acto divino sobre los judíos en general.

Ya en esta etapa podemos inferir que la mayoría de los cristianos se hallaban en el oriente del Mediterráneo, en el ámbito griego, mayormente debido a la obra de Pablo y algunos otros como Bernabé, Apolo, entre otros misioneros. Sin duda, gracias a las epístolas fue precisamente el sector paulino el que llegó a dominar este ámbito. Ya para esta época, hubo una primera etapa en la que alguien, no sabemos quién, colectó las cartas paulinas, las editó para que sumaran siete y comenzó a circularlas entre las congregaciones (Vidal 2012, 15-17).

También en este periodo del 60 al 100 e.c., empezaron a aparecer unas cartas atribuidas a Pablo tales como 2 Tesalonicenses, Colosenses y Efesios, que modificaron la posición paulina, y que reflejan el sentir general de los grupos paulinos posteriores a Pablo. El autor de Hebreos, que no es una carta paulina, también expresa su sentir teológico aparemente como respuesta a lo ocurrido. Así que aquí es pertinente distinguir entre dos formas de pensamiento bien importantes:

  • Las enseñanzas genuinamente paulinas: Estas se resumen en las cartas auténticas que tenemos disponibles: Romanos, 1 y 2 Corintios, Filipenses, Gálatas, Filemón y 1 Tesalonicenses. Se destacan en general por la urgencia de la predicación a los gentiles debido a la pronta llegada del Mesías (Cristo) y el fin del orden mundial vigente. Para ello, vía la muerte vicaria de Cristo, se le concedía la gracia a los paganos de salvarse sin la necesidad de circuncidarse, observar el Sábado o imponerse la dieta kosher. Los judíos debían continuar observando la Ley de Moisés porque todavía era válida la alianza de Yahveh con su pueblo (Romanos 9-11), pero no así los gentiles. Aun con esta diferencia, la hermandad de ambos grupos se da por la confianza (la fe) en Dios vía Cristo muerto y resucitado, algo que les hace hermanos en Cristo por ser hijos de Dios y, en el caso de los gentiles hijos adoptivos de Abraham con los mismos plenos derechos a la salvación de los judíos.
  • El conjunto de enseñanzas pospaulinas: Denomino enseñanzas pospaulinas como aquellas corrientes no uniformes basadas o inspiradas en las enseñanzas de Pablo, pero que respondieron a la situación del momento posterior a la destrucción de Jerusalén. Mantuvieron muchas de las actitudes del Apóstol, pero vieron que la muerte de Cristo sustituía a la Ley de Moisés y a los sacrificios del Templo de Jerusalén. Además, sostenían una posición más adversativa con el cristianismo judío y el sector rabínico de la época, especialmente tras las expulsiones de las sinagogas. En algunos casos, hubo una gradual espiritualización de las visiones escatológicas, pero la que dominaba era la de una larga espera por la llegada de Cristo o algún tipo de racionalización de que el Reino de Dios ya había llegado.

Podemos ver expresiones de cartas o escritos pospaulinos. Por ejemplo, cuando en sus cartas Pablo se desvivía por hablar de una futura resurrección de los muertos, algunos textos pospaulinos recalcan que los creyentes ya habían resucitado:

Al ser sepultados con él [Jesucristo] en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la fuerza de Dios, que lo resucitó entre los muertos.

Colosenses 2:11; ver también 3:1-4

En otros textos, la crucifixión de Jesús fue un sacrificio único y para siempre, superior a los sacrificios que se daban en el Templo:

En cambio, Cristo se presentó como sumo sacerdote de los bienes futuros, oficiando en una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano humana, es decir, no en este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no presentando sangre de machos cabríos ni de novillos, sino su propia sangre. De ese modo consiguió una liberación definitiva…. Cristo es mediador de una nueva alianza, pues, al intervenir una muerte que libera las transgresiones de la primera alianza, los llamados reciben la herencia eterna prometida. Pues, donde hay un tesamento, se requiere que conste la muerte del testador, ya que el testamento es válido en caso de defunción, y carece de valor en vida del testador…. Pues bien, Cristo no entró en un santuario hecho por mano humana, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro. Y no entró para ofrecerse a sí mismo repetidas veces, como hace el sumo sacerdote, que entra cada año en el santuario con sangre ajena…. Se ha manifestado sola vez ahora, al final de los tiempos, para destruir el pecado mediante su sacrificio….

En virtud de esa voluntad [de Dios] quedamos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo….

Fragmentos de Hebreos 9-10

Por supuesto, las corrientes pospaulinas no fueron las únicas que sobrevivieron. Por vía de Eusebio de Cesarea, tenemos constancia de que en el judaísmo palestinense, Simón, hijo de Cleofás (un familiar de Jesús) tomó las riendas del liderato jerusalemita una vez Jacob fue ejecutado (Eusebio Historia eclesiástica, 3.11; 3.32; 4.22; Wedderburn 2015, 242). En otros lugares, se nos sugiere que la iglesia de Jerusalén fue forzada a migrar a otro lugar. Tenemos constancia histórica de que en los siglos II y III e.c. hubo una corriente ebionita y otras de índole judía que todavía abogaban por la observancia de la Torah y que eran sumamente hostiles contra Pablo (e.g. los Reconocimientos de los escritos pseudoclementinos, que le atribuye a Pablo haber matado a Jacob). Tal vez esta corriente judía comenzó ese trayecto con la famosa Carta de Santiago, una falsificación atribuida a Jacob el hermano de Jesús, que prentendía responderle a una interpretación pospaulina —tipo Efesios— de cartas tales como Gálatas y Romanos, además de una carta pospaulina atribuida a Pedro, es decir, 1 Pedro (Allison 2013, 27-28, 29-30, 62-71; Ehrman 2013, 283-297; Montserrat Torrents 2005, 200-201). Otras corrientes fueron las gnósticas cristianas y pensamientos religiosos afines del siglo II que se forjaron a partir de la gnosis judía, y que ya se empezaban a notar dentro y fuera de los grupos paulinos y pospaulinos (Montserrat Torrents 2005, 178-184; Piñero 2016, 261-425).

¿Y qué hay del liderato supremo de Pedro? Como ya se puede apreciar, parece que el paulinismo y el pospaulinismo abarcaron la mayoría de las congregaciones griegas. Esta efectivamente le reconocía cierto liderato a Pedro, pero avalando las enseñanzas de Pablo. Sin embargo, no hay señal o referencia alguna de liderato supremo petrino en Roma en ninguno de estos textos.

Consecuencias de lo presentado en esta ocasión

Papado cuestionado

En el artículo anterior, habíamos visto cómo la visión del Jesús histórico en torno al final de los tiempos era incompatible con una visión de una sucesión apostólica que le representara a él vía Pedro hasta el actual papa, Francisco. En esta ocasión se añaden dificultades adicionales a partir de los documentos históricos que tenemos de la primera generación de cristianos, a saber, las cartas auténticas de Pablo con ayuda de algunos elementos de Hechos de los Apóstoles.

Aun cuando tenemos dudas en cuanto a esta narrativa presuntamente histórica de Hechos, y tenemos falta de información importantísima de lo sucedido tanto en Jerusalén —en la reunión y el acuerdo— como en Antioquía —la tensión entre Pablo, Pedro y los representantes de Jacob—, podemos inferir varias cosas:

  • Todo parece indicar que Pedro comenzó siendo líder del movimiento jesuano en sus comienzos, aunque el apodo de “columnas” a Jacob el hermano de Jesús y a Juan, parece que ellos también jugaron algún tipo de rol fundacional. Aparentemente, este liderato se derivaba de su rol como apóstol, es decir, enviado por Jesús a la predicación, ya que fue el primero en tener una visión de Jesús resucitado.
  • Asimismo, el liderato de Pedro se vio gradualmente desplazado. Jacob, el hermano de Juan, fue ejecutado y Pedro había terminado en prisión. Jacob el hermano de Jesús aprovechó la ocasión para llegar a ser líder de la congregación jerosolimitana. Esto pudo haber llevado a tensiones entre Pedro y él, razón por la que el primero decidió irse a predicar en las sinagogas de la diáspora. Tenemos también constancia de que otros hermanos de Jesús estuvieron participando de la predicación del movimiento de Jesús (1 Corintios 9:5).
  • Lo anterior implica necesariamente que Pedro terminó siendo un líder distante, pero subordinado a la voluntad de la congregación jerusalemita, gobernada exclusivamente por Jacob. Esto se muestra de manera muy clara en el incidente de Antioquía.

Este último punto parece ser extraño. Como veremos en nuestro siguiente artículo, no hay señal alguna en ninguno de los evangelios de que la familia de Jesús participara de su ministerio hasta después de su muerte. Sorprende, pues, que Jacob, quien no fue discípulo de Jesús durante su vida, haya terminado siendo el líder de Jerusalén (Wedderburn 2015, 240). Sin embargo, el misterio se aclara un poco una vez nos acordamos de que Jesús tenía pretensiones mesiánicas y se consideraba a sí mismo rey del futuro Israel (“rey de los judíos”). Jacob pudo haberse convertido en la cabeza del movimiento jesuano palestinense gracias a que él era el hermano del rey. Según el uso y costumbre de la época, si el rey no tenía prole, el rol del gobierno le tocaba precisamente al siguiente hermano. Probablemente, el modelo que parece ser utilizando fue la etnarquía judía alejandrina donde se tenía esta costumbre (Keener 2019, “Far from Judea (1:18-24)”, “1:19”).

De hecho, hay quienes piensan que Jacob era la cabeza de todo el movimiento desde el mismo comienzo y que autores posteriores, como el autor de Hechos, intentaron degradar su posición. Tenemos tradiciones de que él era el primer obispo (o mejor, supervisor) de la congregación de Jerusalén, aunque esta designación sea anacrónica —los supervisores o epíscopos parecen haber aparecido durante las últimas dos décadas del siglo I, pero no al comienzo del movimiento de Jesús—. Según varias tradiciones, fue electo por los apóstoles a ese “a ese trono episcopal” y era un practicante riguroso de la Ley de Moisés (Eusebio Historia eclesiástica, 2.23; Bütz 2005, cap. 3; Painter 1999, 105-158). Pienso que la evidencia más temprana que tenemos disponible no sugiere este escenario, pero en caso de ser cierto, pudiera querer decir que Pedro nunca fue cabeza del movimiento de Jesús.

Estos hallazgos ya socavan casi por completo algunas de las premisas en las que se basa el papado católico. El problema fundamental es que Pedro era subordinado a la congregación de Jerusalén bajo el mando de Jacob. Se podría decir que a lo mejor se volvió cabeza de la Iglesia una vez murió Jacob en el 62 e.c. —supuestamente Pedro murió en el 64 e.c. bajo Nerón, según la tradición—. Sin embargo, esto sería pura conjetura ad hoc para salvar la hipótesis de la primacía petrina.

Más al punto, el centro original del cristianismo no era Roma, sino Jerusalén. Aun si dijéramos que Pedro murió en la Ciudad Eterna, el martirio en ese lugar no necesariamente tenía que hacerlo el centro de mando cristiano. Bajo ese razonamiento, el liderato debió haber sido en Jerusalén, ya que Jacob —que era la cabeza del movimiento de Jesús— también fue martirizado en la Ciudad Santa.

Aún con todo, parecería que después del 70 e.c. de lo menos que podemos hablar es de una sola iglesia unificada tanto en enseñanza como en apostolado. Durante los primeros dos a tres siglos, no podemos hablar de un cristianismo organizado, sea bajo Jerusalén o bajo Roma. Como vimos en la sección anterior, ya para el siglo II aparecen muchos cristianismos, de cuyas divisiones ya nos podemos percatar desde la primera generación de cristianos, desde las mismas cartas auténticas paulinas (ca. 50-60 e.c.). Esto lo exploraremos más adelante en esta serie.

¿Y qué hay entonces del pasaje que encontramos en el Evangelio de Mateo en el que Jesús le entregó a Pedro las llaves del Reino? ¿Qué hay de la parte del Evangelio de Juan en el que Jesús le pidió a Pedro que “apacentara a sus ovejas”? ¿Y qué hay de la manera en que se presenta a Pedro en los Evangelios? Pues ese va a ser precisamente el tema de nuestro próximo artículo de la serie. Todo lo que hemos dicho arriba en torno al evangelio paulino, y la relación entre Pablo con Pedro y el hermano de Jesús nos va a llevar a entender los textos evangélicos, todos de segunda y tercera generación del cristianismo del siglo I.

Continuaremos …

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Muchas gracias.

Referencias

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Becker, Jürgen. 1996. Pablo: El apóstol de los paganos. Salamanca: Ediciones Sígueme.

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