Artículo de opinión: La Iglesia Católica es una dictadura

Monseñor Daniel Fernández.
Monseñor Daniel Fernández. Foto de la Diócesis de Arecibo.

… Y así como si nada, los católicos de Puerto Rico se dieron cuenta … por la enésima vez … que la Iglesia Católica es una dictadura.

Recientemente, el papa Francisco destituyó al obispo de Arecibo, Daniel Fernández, por razones que no se han dado a conocer a la luz pública. Sí hubo un esfuerzo hoy por parte del arzobispo de San Juan, Roberto González de intentar explicarle al público las razones de ello y lo documenta en un tuit:

Nada más.

Otro aspecto que llama la atención es lo que dice el monseñor Fernández, denunciando lo ocurrido. Según el reportaje de la periodista Wilma Maldonado para El Nuevo Día, él nos dice lo siguiente:

Se me informó que no había cometido ningún delito, pero que supuestamente ‘no había sido obediente al papa ni había tenido la suficiente comunión con mis hermanos obispos de Puerto Rico’ …

A mí, no se me ha hecho ningún proceso, ni se me ha acusado formalmente de nada y sencillamente un día el delegado apostólico (monseñor Ghaleb Moussa Abdalla Bader) me comunica verbalmente que, de Roma, se me pide la renuncia. Se sustituye ahora a un sucesor de los apóstoles sin emprender ni siquiera lo que sería un proceso canónico decoroso para destituir a un párroco…

Se me sugirió que, si presentaba la renuncia a la diócesis, quedaría al servicio de la Iglesia por si, en algún momento, me necesitaban en algún otro cargo; oferta que, de hecho, demuestra mi inocencia… Sin embargo, no renuncié porque no quise hacerme cómplice de una acción del todo injusta y que aún ahora me resisto a pensar que pueda ocurrir en nuestra Iglesia…

Según el mismo reportaje, varios feligreses de Arecibo se expresaron en contra de la determinación del papa.

Lo demás que escuchamos en la prensa es especulación. Muchos hablan de la insubordinación por haber promovido una causa antivacunas. Sin embargo, comentaristas que conocen la estructura más a fondo afirman que los asuntos que conllevaron su remoción fueron previos a la pandemia.

Esta actitud paternalista, sin tratar a los feligreses y al público como adultos sino únicamente como niños chiquitos que no merecen la menor explicación es típica de la Iglesia Católica. El mensaje es claro: “El papa lo dijo, el obispo acata y los feligreses tienen que aceptarlo, porque sí.”

Ahora bien, quiero dejar clara mis inclinaciones subjetivas en torno a mi apreciación de los obispos de Puerto Rico. En primer lugar, como independentista, siento un mayor aprecio por el arzobispo Roberto González y los demás debido a que han utilizado la fe católica para validar la nacionalidad puertorriqueña. Asimismo, tanto el arzobispo como la Conferencia Episcopal de Puerto Rico, en su mayoría ha contribuido a que la feligresía coopere en los esfuerzos de vacunación durante la pandemia. El obispo Daniel Fernández, que parece ser más de inclinación más estadoísta y de teología más conservadora, no es alguien al que me sienta cercano como puertorriqueño. Además, él ha hablado abiertamente en contra de los derechos de la comunidad LGBT+, de los derechos reproductivos de las mujeres, entre otros asuntos controversiales. No obstante mis perspectivas, objetivamente hablando, ninguno de los obispos es tan distante de Fernández cuando se trata de la teología católica. Al Monseñor Álvaro Corrada, quien le va a sustituir a Fernández, se le recuerda con afecto por haber promovido y participado actividades en defensa de Vieques contra la Marina estadounidense. Sin embargo, pocos se acuerdan de que sustituyó al Monseñor Enrique Hernández, quien era mucho más liberal que él. No solo eso, sino que Corrada se autoproclamó abiertamente contra el aborto cuando fue obispo de Caguas. El monseñor González también ha sido un foco de controversia debido al asunto de las pensiones de los maestros de escuelas católicas, mientras criticaba a un gobierno en crisis por afectar las pensiones de los empleados públicos. Los obispos pueden tener un temperamento mayor o menor en torno a estos temas controversiales dependiendo de los que sean, pero en el fondo sostienen esencialmente la posición conservadora de la Iglesia.

Papa malvado

Para los que han sido católicos o, como un servidor, excatólicos, esto no debe sorprender en absoluto. Esta ha sido la actitud de la Iglesia por siglos. Este asunto trae a mi memoria la Carta a Clemente (ca. 96 e.c.) donde la comunidad destituye a su supervisor (obispo), pero el colegio de ancianos romano utilizó argumentos persuasivos a favor de este. Contrasten esta actitud con un dictamen papal de destitución sin consultar a la feligresía. Recuerdo también la posición de muchos de figuras cristianas insignes de los primeros cinco siglos a favor del principio de elección del obispo por la feligresía. Compárese esto con el mero hecho de que el papa solito fue el que designó al sucesor en la diócesis de Arecibo. ¿No creen que el cristianismo respaldaba un principio de elección? Véase las siguientes citas:

Desígnense supervisores (obispos) y asistentes (diáconos) dignos del Señor, varones mansos y desinteresados y auténticos y probados, porque también ellos ejercen para vosotros el ministerio litúrgico de los profetas maestros.

Didaché XV:1

El pueblo, obediente a los mandatos del Señor, debe apartarse de un obispo pecador y no mezclarse en el sacrificio del obispo sacrílego, dado que tiene el poder de elegir obispos dignos y recusar a los indignos.

Sabemos que viene de origen divino elegir al obispo en presencia del pueblo y a la vista de todos, para que todos lo aprueben como digno e idóneo por testimonio público …

Dios manda que ante toda la asamblea se elija al obispo, de modo que en presencia del pueblo se descubran los delitos de los malos o se publiquen los méritos de los buenos …

… se ha de cumplir y mantener con diligencia, según la enseñanza divina y la práctica de los Apóstoles, lo que se observa entre nosotros y en casi todas las provincias: que…, allí donde se nombrase un obispo para el pueblo, deben reunirse todos los obispos próximos de la provincia, y debe elegirse el obispo en presencia del pueblo, que conoce perfectamente la vida de cada uno y su conducta

Cipriano carta 67 (Citado por González Faus, “Ningún obispo impuesto”)

A medida que fue pasando el tiempo, y se fue centralizando gradualmente el clero, especialmente tras los privilegios imperiales concedidos por Constantino y emperadores posteriores, a las asambleas se les fue privando cada vez más de la nominación, aceptación o rechazo episcopal. Aun con todo, en el siglo V, sale de la boca de ciertos papas, como el del papa Celestino I (422-432) una defensa del principio de consentimiento del pueblo:

Nadie sea dado como obispo a quienes no lo quieran. Búsquese el deseo y el consentimiento del clero, del pueblo y de los hombres públicos. Y solo se elija a alguien de otra iglesia cuando en la ciudad para la que se busca el obispo no se encuentre nadie digno de ser consagrado (lo cual no creemos que ocurra).

Carta a los obispos de Vienne (Citado por González Faus, “Ningún obispo impuesto”). Mi énfasis.

En otras palabras, aun en el siglo V, ningún obispo debía imponerse sin el consentimiento de la feligresía.

La cosa había cambiado radicalmente cuando vemos el panorama del siglo XI, con un papado cuyo poder estaba respaldado por el poderosísimo monasterio radical de Cluny, y que ya se había separado definitivamente del poder bizantino oriental. Diez años antes de volverse papa, el que llegaría a conocerse como Gregorio VII parece haber dictado lo que ha llegado a conocerse como el Dictatus papae, que contiene las siguientes “joyas”:

1. Que la Iglesia Romana ha sido fundada solamente por el Señor.

2. Que solo el Pontífice Romano sea dicho legítimamente universal.

3. Que él solo puede deponer o reponer obispos.

4. Que su legado está en el concilio por encima de todos los obispos aunque él sea de rango inferior; y que puede dar contra ellos sentencia de deposición.

8. Que él sólo puede llevar las insignias imperiales.

9. Que todos los príncipes deben de besar los pies solamente del papa.

12. Que le es lícito deponer a los emperadores.

13. Que le es lícito trasladar a los obispos de una sede a otra, si le obliga a ello la necesidad.

14. Que puede ordenar un clérigo de cualquier iglesia en donde quiera.

18. Que su sentencia no sea rechazada por nadie y solo él pueda rechazar la de todos.

19. Que no sea juzgado por nadie.

20. Que nadie ose condenar al que apela a la sede apostólica (el obispado de Roma).

24. Que por orden y permiso suyo es lícito a los subordinados formular acusaciones.

26. Que nadie sea llamado católico si no concuerda con la Iglesia Romana.

27. Que el Papa puede eximir a los súbditos de la fidelidad hacia príncipes inicuos.

Citado en https://es.wikipedia.org/wiki/Dictatus_Papae.

Hoy día, estos y los demás puntos que no citamos fueron las guías de la famosa Reforma Gregoriana, que reestructuró la Iglesia de la manera que más o menos la conocemos hoy.

Una reproducción del Dictatus papae.
Una reproducción del Dictatus papae. Imagen cortesía del Archivo del Vaticano.

Por supuesto, todo esto culmina con lo que me parece ser el colmo de la arrogancia papal, la decisión del Concilio Vaticano I, el dogma de la infalibilidad papal. Según este dogma, el papa puede definir una doctrina teológica o moral como verdad de fe siempre y cuando así lo expresara ex cathedra, sin reunir concilio alguno. De esta manera, se legitimó el dogma de la Inmaculada Concepción de María expresado como dogma décadas antes, y fue base para que algunos años después del Concilio se pronunciara ex cathedra la doctrina de la Asunción de María, la Madre de Jesús.

Obviamente, los tribunales de la Inquisición desde su establecimiento en el siglo XII hasta su desaparición en el siglo XIX, afianzaron más este poder autoritario en toda Europa, América y en otros lugares, especialmente en lo concerniente a lo doctrinal. Fue utilizada frecuentemente por razones políticas, más que doctrinales, pero siempre creó dondequiera que estableció lo que en inglés llaman “chilling effect” en relación con la doctrina. Los templarios, pensadores como Giordano Bruno, la guerrera Juana de Arco, los cátaros, los nativos del continente americano, muchas mujeres acusadas de brujería, entre otros tuvieron que sufrir los juicios y, en muchas ocasiones, torturas y ejecuciones por parte de esta execrable institución.

Un remanente de esto es la hoy conocida Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida en un momento dado por el Cardenal Joseph Ratzinger, que después llegó a ser el papa Benedicto XVI. Famosos son los casos de juicios que se llevaron a cabo antes y durante su administración contra los teólogos y pensadores Iván Illich, Hans Küng, Edward Schillebeeckx, Leonardo Boff, Jon Sobrino, entre otros más. Nos dice Küng:

Parece como si un teólogo católico tuviera que viajar a Roma como acuden los checos a un ‘coloquio’ en Moscú con el Politburó soviético… Un coloquio tiene sentido cuando se trata de un verdadero diálogo, de un hablar y un escuchar mutuos, y no del dictado de una parte que exige la capitulación de la otra.

Citado por Boff, Iglesia 74.

El teólogo de la liberación Leonardo Boff nunca se sintió de acuerdo con la estructura autoritaria de la Iglesia y fomentaba una eclesiogénesis que invertiría la pirámide autoritaria actual y tuviera sus fundamentos en las comunidades eclesiales de base. Podría debatirse la viabilidad de este tipo de organización, pero en su libro Iglesia: carisma y poder, Boff denunció lo que a todas luces llamó “patologías” eclesiológicas, entre las que se encontraban auténticas violaciones de derechos humanos. Profundiza más la analogía con la Unión Soviética, prácticamente haciendo un paralelo entre esta y la estructura de la Iglesia actual. Cita a un analista brasileño:

Cuando se estudian las posturas políticas de la institución, hay que fijarse en la especialísima importancia que tienen el Papa y los obispos. Ellos son los actores por excelencia de la política de la Iglesia. Los sacerdotes son actores ‘de reparto’ —lo que los ingleses llaman supporting cast—, y los laicos son las comparsas. La posición del Papa, en relación con los demás miembros de la Jerarquía, es muy parecida a la del Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética antes de la revolución china. El Papa es, por tradición, el guía infalible de la política y, por dogma, intérprete infalible de la doctrina [Nota mía: En este punto exagera la “infalibilidad papal”, quiero dejar constancia de ello.] El Secretario General del PCUS estaba en una posición equivalente: poseía su autoridad ‘teológica’ reconocida y era el principal intérprete del cuerpo doctrinal (las obras de Marx y de Lenin). Tanto uno como otro eran jefes de dos gigantescas burocracias que englobaban al conjunto de los fieles —las masas cristianas o el proletariado socialista—, pero que se definían como sus ‘vanguardias’ y se arrogaban el derecho de hablar en su nombre. Poseían, por tanto, una parecida libertad para determinar la línea política a seguir por el conjunto multinacional de toda la maquinaria a sus órdenes. Esta línea política era invariablemente conforme a los intereses particulares del centro de decisión, es decir, a los del Vaticano en un caso, y a los de la Unión Soviética por el otro. Su injerencia en los asuntos internos de los aparatos locales —iglesias nacionales o partidos hermanos— se fundaba en los mismos principios de reconocimiento jerárquico y de solidaridad internacionalista. La base organizativa para el ejercicio de su poder la constituía un grupo de ‘élite’, seleccionado de entre el personal profesional y fijo, en cuyo seno existía una nítida predominancia nacional: la Curia Romana, de mayoría italiana, y el Politburó, de mayoría rusa. A pesar de la importancia ejecutiva y doctrinal del grupo de ‘élite’, los poderes para elegir al jefe residían en una asamblea cuyos componentes nacionales eran menos homogéneos: el Colegio Cardenalicio o el Comité Central. En teoría, para el reclutamiento de los cuadros no se hacían discriminaciones entre los grupos sociales, y todos tenían iguales oportunidades de ascender. Sin embargo, en un caso se privilegiaba a la burguesía, y en el otro al proletariado. Estos cuadros tenían la obligación común de adherirse sin la menor crítica a las estructuras de poder establecidas, así como de prometerles obediencia. Su libertad de expresión quedaba limitada por la invocación de ‘razones mayores’ —el interés del proletariado y de la revolución, o el de la Iglesia—, cuyos límites únicamente los árbitros supremos eran capaces de definir. La formación de los cuadros, tanto en un caso como en otro, tenía lugar en escuelas especializadas, cuya ideología era estrictamente controlada por un aparato burocrático y cuyos profesores eran escogidos por razón de su ortodoxia, su lealtad y sus conocimientos del cuerpo de doctrina. Las dos burocracias disponían de organizaciones especializadas, entre ellas las encargadas de la vigilancia de la pureza de la doctrina, de su propaganda, de las relaciones internacionales, etc. Las dos burocracias poseían una especial importancia. Tanto la una como la otra contaban con asambleas internacionales largamente preparadas para resolver los problemas teóricos, para reforzar el control por parte del dirigente supremo y para hacer frente a la crisis y a las disidencias: los Concilios y los Sínodos en un caso; las conferencias de los Partidos Comunistas en el otro. El desarrollo de las organizaciones locales se basaba en una política de exportación de personal permanente, especializado en el proselitismo y en la propaganda. La enseñanza ideológica se asemejaba en su inflexibilidad, que excluía toda démarche intermedia y tenía por única su propia explicación de la historia: en un caso, la evolución a través de la reconciliación entre los hombres; en el otro, el progreso a través de la lucha de clases. La inflexibilidad ideológica producía una misma intolerancia para los cismáticos y estaba en la raíz de las organizaciones de vigilancia doctrinal, de las normas limitadoras de la libertad de expresión, de las inquisiciones, de las pesquisas y de las purgas. La principal diferencia radica en la mayor solidez de la más antigua de ambas burocracias, porque el Papa no tiene ningún igual en las Iglesias nacionales, mientras que el Secretario General del PCUS estaba obligado a entenderse con los respectivos Secretarios Generales de los Partidos hermanos, los cuales teóricamente tenían la misma importancia que él. Consiguientemente, las razones doctrinales de la hegemonía del Papa son más explícitas. Cuando la distensión internacional, favorable a un mayor pluralismo, y la evolución interna de las instituciones, favorable a una elaboración teórica más libre, hicieron su aparición dentro de ambas burocracias, fue el poder del Papa el que mejor resistió a la contestación. Hoy día sigue resultando casi imprescindible, cuando se estudia la política de las Iglesias nacionales, tener en cuenta las palabras de orden del Soberano Pontífice pronunciadas treinta años atrás. No puede decirse lo mismo necesariamente de los partidos comunistas en relación [con el] Secretario General del PCUS.

Citado en Boff, Iglesia 102-204

Ante este tipo de poder, el mismo Boff describe cómo son los procesos bajo la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe:

Hoy día la Iglesia no tiene medios políticos de poder suficientes para ejercer violencia, como antaño, contra los acusados de herejía; pero la mentalidad fundamental y los procedimientos apenas han cambiado. Las torturas físicas han sido abolidas, pero aún perduran las psíquicas, originadas por la inseguridad jurídica de los procesos doctrinales, por el anonimato de las denuncias, por el desconocimiento de los verdaderos motivos de las acusaciones y de las actas judiciales, por la arbitraria duración de los procesos, por la falta de acuse de recibo de las explicaciones, por la negativa a responder a preguntas, por los intervalos entre una carta y otra, por la inseguridad y la incertidumbre de si el proceso aun sigue en marcha o ha sido ya dado por concluido, o si se habrán refinado aún más lo métodos. Todo lo cual, agravado por la marginación que el acusado padece en su Iglesia local por el hecho de estar sometido a examen por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, puede llevar a los teólogos a noches oscuras de sufrimiento en soledad, a perturbaciones psicológicas y, como ya ha ocurrido en este siglo, a la muerte física.

El 15 de enero de 1971 fue publicado el reglamento para el examen de las doctrinas, emanado de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (antiguo Santo Oficio y, anteriormente, Santa Inquisición). En él se instruye una forma de autoridad que, para el actual sentido del derecho, cercena una serie de derechos humanos que han sido consagrados incluso por sociedades manifiestamente ateas. El proceso es incoado a instancia de ciertas acusaciones, sin que el propio acusado lo sepa. En una fase posterior, cuando ya se han tomado posiciones dentro de la propia Congregación, se le informa al acusado y se le solicita que responda a las distintas preguntas en cuestión. Por lo general se trata de frases sacadas de su contexto, mutiladas y muchas veces mal traducidas del original al latín. El acusado no tiene acceso a las actas, ni a las acusaciones concretas, ni a los diversos pareceres de los teólogos de la Sagrada Congregación, la cual designa a un Relator pro auctore, cuyo nombre ni siquiera el acusado conoce ni, por supuesto, tiene él posibilidad de designarlo. Se trata de un proceso doctrinal realmente kafkiano en el que el acusador, el defensor, el legislador y el juez son la misma Sagrada Congregación y las mismas personas. No tiene derecho a un abogado, ni a recurrir a otra instancia. Todo se hace en medio de un secreto que, debido a la ausencia de un derecho firme, provoca una serie de rumores que dañan tanto a la persona como a la actividad del acusado.

El único derecho del acusado es el de responder a las instancias que le llegan de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe; no puede contar con que se le vaya a responder a las preguntas que él pueda hacer, ni que vaya a ser informado acerca de la marcha del proceso. ya la misma carta acusadora, previa a la defensa, contiene las preocupaciones condenatorias; las proposiciones del acusado son “theologice incertae, periculosae, erroneae”, no conciliables con la “doctrina catholica” y la “regula fidei”. Al final, antes incluso de que el acusado pueda responder, ya viene el castigo: prohibición, en adelante, de escribir o hablar sobre los asuntos en cuestión.

Boff, Iglesia 73-74.

En una nota al calce, Boff añade un episodio que tuvo que pasar Iván Illich cuando tuvo que presentarse ante la Sagrada Congregación:

Se ha hecho famoso, por su aspereza y por la violencia ideológica ejercida contra todo derecho, el proceso contra Ivan Illich, cuyo interrogatorio comenzó así: “Yo soy Illich”. “Ya lo sé”. “Y el Monseñor … ¿cómo se llama?”. “Su juez”. “Pensé que podría saber su nombre…”. “Eso no tiene importancia… Mi nombre es Casoria”. Pretendieron obligar a Illich, bajo juramento, a que guardase absoluto secreto sobre lo que tuviera lugar en las dependencias de la Sagrada Congregación, lo cual no fue aceptado por Illich. En el interrogatorio se mezclaban nimiedades de la vida de un instituto con preguntas acerca de 50 personas, sobre problemas de fe, asuntos discutidos en teología, “interpretaciones subjersivas”, entre las que figuraba, por ejemplo, la siguiente: “¿Es cierto que el señor pretende que las mujeres se confiesen en los confesionarios sin rejilla?”

Boff, Iglesia 74-75.
Leonardo Boff
Leonardo Boff. Foto cortesía de Hermínio Oliveira. Licencia: CC-BY 3.0 Brasil.

Y para poner la cereza al tope del pastel, una vez se publicó el libro Iglesia: carisma y poder, Leonardo Boff pasó precisamente este proceso, culminando en un “silencio obsequioso” en 1984. Mientras tanto, por “mera” coincidencia, la Sagrada Congregación ese mismo año publicaba la infame Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”. La recepción de esta movida vaticana fue en general negativa, especialmente en Brasil. Los teólogos de la liberación se dejaron sentir, particularmente Juan Luis Segundo quien escribió el libro: Teología de la liberación: respuesta al Cardenal Ratzinger. El Vaticano levantó eventualmente el “silencio obsequioso” bajo ciertas condiciones, mientras que publicaba la otra instrucción Libertatis conscientia. La historia de lo ocurrido ha sido documentada por el teólogo Harvey Cox en su libro, The Silencing of Leonardo Boff. En 1992, Boff fue amenazado de nuevo con otro “silencio obsequioso”, pero más tarde decidió “colgar los hábitos” (como se dice coloquialmente). Eso no le previno de hablar de nuevo. Por ejemplo, en el 2001 acusó al entonces Card. Ratzinger de “terrorismo religioso”. Todavía continúa abogando por cambios radicales en la estructura eclesiástica.

Por eso, cuando el obispo Daniel Fernández dice que se le han violado los más elementales derechos porque no se le ha permitido defenderse, le creo al 100 %. Está muy lejos de ser “teólogo de la liberación”, al contrario, ni se le ha pasado por la cabeza desviarse de la doctrina oficial de la Iglesia. Si algo lo describe bien es su compromiso incondicional con las enseñanzas oficiales. Sin embargo, esto no niega que el mismo tipo de poder que se ejerció contra múltiples teólogos se llevó a cabo en contra de él. Esto delata que la Iglesia ha cambiado muy poco, aun después del Concilio Vaticano II.

Es más, dice el extraordinario Concilio lo siguiente:

… toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad, es lamentable que los derechos fundamentales de la persona no estén todavía protegidos en la forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se niega a la mujer el derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado de vida que prefiera o se le impide tener acceso a una educación y a una cultura iguales a las que se conceden al hombre.

Concilio Vaticano II, “Gandium et Spes”, 29.

No voy a abundar mucho sobre el hecho de que la Iglesia misma internamente discrimina contra las mujeres al no reconocerles algún derecho a ser miembros del clero. Por supuesto, los sacerdotes “representan a Cristo” y “Cristo era varón”, pero jamás se les ocurre que las mujeres comparten con Cristo la humanidad. Ha marginado y continúa marginando a la comunidad LGBT+. No le han reconocido el derecho reproductivo a las mujeres y a millones de parejas que desean usar contraceptivos artificiales. En cuanto a este último recurso, la Iglesia ha sido una de las principales causas de que africanos católicos que viven en áreas en los que el sida es un problema serio a que rehúsen usar contraceptivos artificiales. Se ha hecho de oídos sordos a innumerables casos de agresiones sexuales y de otro tipo a niños por parte del clero, de los monjes y monjas, hermanos y hermanas de las órdenes religiosas, entre otros. Sin lugar, esto y el respeto indebido a los sacerdotes (a los que se les adoctrina a los fieles a no juzgar) ha conllevado la formación de genuinas mafias dedicadas a la agresión sexual y tráfico de niños, como la que se descubrió en Pennsylvania, Estados Unidos, o los que existían en Alemania, o los ocurridos en Irlanda, que le han creado dolores de cabeza al Vaticano. O, incluso, los casos de pederastia que tuvo que atender el clero puertorriqueño, uno de ellos, que tuvo que ver el monseñor Daniel Fernández (y que conste para récord, fue exculpado).

Contrario a lo que mucha gente piensa, estos casos de pederastia no son resultado de la imposición del celibato. Este es un síntoma de la verdadera causa, pero no la causa. Tenemos instancias de pastores casados de los Testigos de Jehová u otras denominaciones religiosas que también han sido acusados de tener estas mafias de abuso sexual. El sexo históricamente siempre ha sido un instrumento de ejercicio de poder contra los más débiles. Históricamente, en lugares en los que la Iglesia Católica tuvo ejercicio libre de sus actividades y gozaba de respeto debido a lo que representaba religiosamente, hubo poca o ninguna restricción ante alegatos de abusos. Debido al aura de sacralidad, nadie se atrevía a acusar formalmente a un pastor o sacerdote. De hecho, esto incluye a sacerdotes que se volvieron sumamente populares. Por ejemplo, es muy recientemente conocido el caso del sacerdote salesiano, P. Eliécer Salesman (pseudónimo, su nombre real era Gustavo Eliécer García), quien escribió muchísimos libros sobre la fe y devoción católica, cuya popularidad era bastante grande en el mundo hispanohablante. Todas las librerías católicas incluían su publicación salesiana. Además, sus libros llegaron a promover la devoción al Divino Niño, que se ha vuelto muy popular en décadas recientes. Sin embargo, en las postrimerías de la vida del sacerdote, se publicó una escalofriante grabación privada donde confesó su crimen. Por supuesto, tras estas revelaciones, las librerías católicas han ido retirando paulatinamente sus publicaciones del mercado.

Los defensores de la Iglesia me dirían (con mucha razón): “¿Quieres que la Iglesia sea una democracia? Pues, ¡la Iglesia NO es una democracia!” Sí … ese es exactamente mi punto, no es una democracia. Es una dictadura. Históricamente, se ha querido justificar este hecho apelando a una frase de Jesús en el Evangelio de Mateo que no es atestiguada por otras fuentes de la época. A veces se utiliza un mandato que aparece el Evangelio de Juan que tampoco es atestiguado en otras fuentes. En ocasiones se emplea el argumento de la sucesión apostólica romana a partir de Pedro, pero no hay evidencia histórica de obispos romanos atestiguados desde Pedro hasta el 189 e.c. con Víctor I (Acerbi y Teja present.) El título de “papa” se aplicó por primera vez al obispo de Alejandría en el siglo III e.c. (Eusebio, Historia eclesiástica VII,7:4). No fue hasta el siglo XI, con la Reforma Gregoriana, que dicho título fue exclusivo para el obispo de Roma (O’Malley, A History cap. 5). El papado es más bien un producto histórico de siglos de centralización del poder y que nos ha llegado al siglo XXI, no una estructura eclesial que existía “desde el principio”.

Ninguna persona que precie los valores éticos más elementales debe apoyar a esta nefasta institución. Simpatizo con los que quieren reformarla y convertirla en un instrumento de bien. También reconozco que, a pesar de estos males, la Iglesia está haciendo mucho bien en varios frentes, particularmente en muchas de sus obras de caridad. Sin embargo, lo que nos muestra la evidencia, aun bajo papas supuestamente “progresistas” como Francisco, es que hay una inercia que se resiste al cambio a algo mejor.

Ya en Latinoamérica y en otros lugares del mundo, los católicos no esperan a más cambios, sino que sencillamente abandonan sus filas. La Iglesia Católica ha ido perdiendo feligresía por montones a nivel mundial, un proceso que también están pasando en otros sectores religiosos. Y aun si mañana cambiara radicalmente, creo que ya le es demasiado tarde.

¿Para qué continuar dentro de una maquinaria dictatorial que no sabe valorar los más elementales derechos humanos?


Nota: A lo mejor se me puede cuestionar mi pertenencia a una iglesia. Confieso que sí pertenezco a una congregación unitaria universalista. Sin embargo, la asociación a de la que soy miembro no es una confesional, sino que valora más la praxis. Uno de nuestros principios es “el derecho de la conciencia y el uso del proceso democrático dentro de nuestras congregaciones y en la sociedad en general”. Tenemos pastoras como cabezas de varias congregaciones, al igual que personas de la comunidad LGBT+, tanto miembros del clero como parte de la feligresía. Se apoyan los derechos reproductivos, se defienden los derechos de las mujeres, se enseñan las ciencias y la diversidad espiritual o religiosa. El proceso en el que se lidia con escándalos de distinta clase es típicamente abierto y suele discutirse en las congregaciones. Por supuesto, nuestras asociaciones no son perfectas y fallamos de múltiples maneras, somos humanos. Pero no hay papado que dicte de arriba a abajo lo que tenemos que creer. Con todas sus imperfecciones y problemas, prefiero un millón de veces este tipo de asociación con principios que cualquier persona racional y ética pueda apoyar, a una institución milenaria que tiene poco en cuenta a sus feligreses y que se compromete más con la doctrina que con los marginados.

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Muchas gracias.

Referencias

Acerbi, Silvia y Ramón Teja, editores. El primado del obispo de Roma. Orígenes históricos y consolidación. Siglos IV-VI. Edición de Kindle, Trotta, 2020.

Berlanga López, José María, trad. Padres apostólicos. Apostolado Mariano, 1991.

Boff, Leonardo. Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia. Sal Terrae, 1984.

Iglesia: carisma y poder. Ensayos de eclesiología militante. Sal Terrae, 1986.

González Faus, José I. “Ningún obispo impuesto” (San Celestino, papa). Las elecciones episcopales en la historia de la Iglesia. Sal Terrae, 1992.

O’Malley, John W. A History of the Popes. From Peter to the Present. Edición de Kindle, Rowman & Littlefield, 2010.

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