Descansa para siempre el profeta de Gaia

James Lovelock (2005)
James Lovelock en 2005. Foto cortesía de Bruno Comby de la Association of Environmentalists For Nuclear Energy. Licencia: CC-BY-SA 1.0.

Una vida fascinante

Recientemente, el martes 26 de julio de 2022, salió la noticia del deceso de James Lovelock, un gran científico y uno de los más importantes intelectos que hizo posible el movimiento ambientalista a nivel global. Hoy día, es mundialmente conocido por su propuesta de la hipótesis de Gaia, la concepción de la Tierra como un organismo cuya dinámica interna de vida se sostiene.

Es interesante notar que él murió exactamente a los 103 años, ya que había nacido el 26 de julio de 1919. Para todos los efectos, murió el día de su cumpleaños. Nació en Letchworth Garden City, en Gran Bretaña, hijo de padres cuáqueros, de madre socialista y sufragista. A pesar de su crianza, terminó siendo no creyente, pero no dejó que eso impidiera que ciertos valores de la religión formaran parte de su maravillosa personalidad y visión de mundo. Tuvo unas relaciones conflictivas con el ambiente académico, en parte a su temperamento contrario a la autoridad. Durante su periodo de estudiante, se interesó mucho por las ciencias, en especial las matemáticas y la física. Sin embargo, su problema de la dislexia le desalentó en ese curso de acción debido a la lentitud con la que procedía para resolver problemas. Decidió entonces estudiar química y después medicina, que posteriormente hizo que él se volviera en un notable investigador de universidades tales como el National Institute for Medical Research de Londres, la Universidad de Yale y la de Harvard. Durante estas etapas, desarrolló una genial inventiva para proponer aparatos de detección, tenía una capacidad tecnológica que le vendría bien en los próximos años cuando comenzó a estudiar planetas de nuestro Sistema Solar. Asimismo, esta labor independiente y sus inventos le llevaron a la detección del abuso de químicos como el DDT en la industria agrícola y la emisión de clorofluorocarbonos (CFCs) que amenazaban la capa de ozono, ambos asuntos se volvieron controversiales en su tiempo, y legitimó los alegatos del libro Silent Spring de Rachel Carson.

Esos rumbos de investigación le llevaron a trabajar en la NASA donde, según él, su perspectiva planetaria de los asuntos ambientales le llevó paulatinamente a pensar en la Tierra como un todo orgánico que autosostiene sus sistemas de vida: lo que él llamaba una visión “de arriba a abajo” (de la complejidad orgánica del todo al análisis del rol de las partes), en vez de “abajo a arriba” (es decir, desde los elementos básicos hasta la complejidad orgánica). Esto fue posible por el vasto conocimiento que tenía de química, microbiología, ciencias atmosféricas, entre otras ramas del saber científico. Pudo ver en su mente esta interacción orgánica y sistémica de todos estos aspectos de autosostenimiento.

Esta fue la conclusión a la que llegó cuando estudiaba el planeta Marte. Lovelock planteaba que si existía tal vida, entonces Marte debería tener una composición atmosférica que fuera consecuente con ese hecho. Aunque sí consideró que el envío de satélite podía añadir conocimiento en cuanto a los detalles específicos del planeta como tal, él no creía que fuera necesario para saber si había vida en Marte. Su razonamiento es sencillo. Si hubiera tal vida, entonces hubiera cambiado químicamente la composición atmosférica: estas formas de vida tomarían sustancias de la atmósferas para autogenerarse (autopóiesis), y tendría que usar la atmósfera para depositar sus desperdicios. Por ejemplo, en la Tierra, los seres humanos aprovechamos el oxígeno de la atmósfera y exhalamos el bióxido de carbono. De esa manera, si un extraterrestre estudiara nuestro planeta, con tan solo ver la composición atmosférica, tendría que concluir que habría vida presente. Tras una observación de la atmósfera marciana, Carl Sagan y otro astrónomo mostraron que se componía casi exclusivamente de bióxido de carbono. Esto indicaba que Marte probablemente estaba desprovisto de vida.

Ahora bien, ¿qué hacía que la atmósfera terrestre fuera tan distinta? ¿Y qué hace posible que hubiera vida por miles de millones de años en este planeta? Por ejemplo, el agua y el metano eran componentes importantes de la atmósfera terrestre. Eso se explica en parte por la presencia de vida en este planeta. Si no lo hubiera, no se explicaría su presencia. Es más, puede ser que los organismos estén regulando ambos gases y además de eso, la temperatura.

Para todos los efectos, Lovelock ya había concebido la hipótesis de Gaia.

La hipótesis de Gaia

El rol de Lynn Margulis

Lynn Margulis
Lynn Margulis dando una conferencia en 2005. Foto cortesía de Javier Pedreira. Licencia: CC-BY 2.0.

La llegada de Lovelock a la NASA le llevó a conocer a dos seres humanos extraordinarios. El primero, ya lo hemos mencionado: Carl Sagan. En aquella época, en la década del 60, Sagan estaba casado con otra mente privilegiada, Lynn Margulis (en aquel momento, Lynn Sagan).

Ahora bien, quisiera detenerme un poco en la importancia de Margulis en este relato. Ella no era únicamente una mujer que tenía el talento para las ciencias, sino que tenía una cierta fama de haber asistido a la Universidad de Chicago a la edad de catorce años, aunque inicialmente fue por su interés en la literatura y la filosofía. Al igual que Lovelock, no era muy deferente a las figuras de autoridad, aunque se codeó con las mejores mentes de ese recinto académico. Después de divorciarse de Sagan en 1964, su primer trabajo fue en Boston University y después en la Universidad de Massachusetts en Armherst.

Tras conocer la hipótesis de Lovelock, se inspiró para tratar de resolver algunos problemas de los que se había percatado en cuanto a la evolución de ciertas células. En 1967, Margulis publicó un artículo controversial titulado “On the Origin of Mitosing Eucharyotic Cells” donde propuso por primera vez que las células eucariotas se formaron como resultado de la interacción de células procariotas que terminaron siendo sus orgánulos. Ella pensaba que las mitocondrias y los plastos (en el caso de las plantas) tenían características que parecían ser bacterianas.

Células con cloroplastos
Células con cloroplastos, orgánulos de las células de plantas que contienen la clorofila. Foto cortesía de Kristian Peters. Licencia: CC-BY-SA 3.0 No portado.

La idea fue casi universalmente rechazada y ridiculizada por parte de los científicos. Su actitud retante no le ayudó mucho a conseguir adeptos a su teoría, pero Margulis se mantuvo firme ante la adversidad. Aun así, ella contaba con dos aliados para continuar publicando sus trabajos al respecto: primero, Lovelock y su exesposo, Sagan. Lovelock estuvo apoyándola todo el tiempo, a veces aguantando junto a ella el desprecio de la comunidad científica: él por su hipótesis de Gaia, y ella, no solo también apoyando dicha hipótesis, sino también la del origen endosimbiótico de las células eucariotas. Para 1970, los dos eran virtualmente ignorados y, cuando quisieron escribir un artículo sobre la hipótesis de Gaia, fueron rechazados por las revistas académicas. Afortunadamente, Sagan era editor de la revista académica Icarus, y los invitó a publicar su artículo en torno a la hipótesis de Gaia, haciéndose disponible al público en 1974. Para ese año, también lograron publicar otro artículo explicando la noción de homeostasis o equilibrio que alcanza la Tierra gracias a los seres vivos y que mantiene el ambiente propicio para el florecimiento de la vida en el planeta.

No fue hasta 1978 que finalmente Margulis pudo reivindicarse cuando se descubrió que, efectivamente, la estructura genética de las mitocondrias y los plastos, al igual que su morfología y estructuras eran virtualmente idénticas a las de las bacterias. Más adelante, esto dio paso a que varios evolucionistas pensaran en lo que se conoce como transiciones de mayor grado (major transitions), en los que la interacción dinámica de unos seres vivos crean unos seres más complejos de más alto nivel. La transición de células procariotas en eucariotas son un ejemplo de ello.

La propuesta de Gaia

La Tierra dese el espacio
La Tierra desde el espacio. Fotografía cortesía de la NASA.

Sin duda, la propuesta de Margulis, de cómo la interacción de seres vivos podía formar un organismo de más alto nivel, inspiró más la visión de Lovelock. Con todo derecho, la Tierra puede considerarse un organismo emergente a partir de la biosfera del planeta. Como todo organismo, los seres vivos serían análogos a orgánulos que logran un equilibrio que hace propicia la vida en el planeta. Para todos los efectos, estos organismos formaron una transición mayor para convertir a la biosfera terrestre en un organismo altamente complejo de más alto nivel.

Nota aclaratoria: Lovelock se daría cuenta de que esta visión es incorrecta. La biosfera es una región local donde habitan e interactúan los seres vivos. Sin embargo, no tuvo en cuenta la parte inerte, la superficie del planeta que también interactúa con el medioambiente y los seres vivos.

A manera de ejemplo, las algas marinas producen sulfato de dimetilo. En la medida que aumenta la temperatura en el océano, más crecen las algas en las aguas y más liberan sulfato de dimetilo, que termina en la atmósfera y asciende al cielo. Esto hace que se forme una nube sobre el océano que, a su vez, le da sombra y, simultáneamente, refleja la luz solar hacia el espacio, bajando así la temperatura. Si no ocurriera esa baja en la temperatura, entonces el calentamiento desenfrenado impediría que las algas pudieran acceder a ciertos alimentos. Por tanto, se da una regulación homeostática.

Como ya hemos indicado, esta propuesta fue recibida con mucha frialdad en la comunidad científica. Su nivel de frustración le llevó a escribir dos libros. El primero es el clásico, Gaia: Una nueva mirada a la vida en la Tierra (1979) destinada al público en general. Prácticamente, Lovelock fue mucho más marginado de la comunidad científica, evento que le llevó a escribir su segundo libro Las edades de Gaia (1995), dirigido precisamente a su gremio.

Aun así, ciertos científicos le dieron la merecida atención a la hipótesis e intentaron presentar objeciones a ella. W. Ford Doolitle, en un artículo titulado “Is Nature Really Motherly?”, afirmaba que era improbable que se explicara esta homeostasis planetaria desde un punto de vista evolucionista. Richard Dawkins y Stephen Jay Gould también se opusieron a la hipótesis señalando que se formulaba en términos cuestionables. Los favorecedores parecían adoptar una perspectiva teleológica en vez de teleonómica, por ejemplo, que los organismos hacen X para regular la temperatura, cuando en realidad lo que se debería describir son los mecanismos ciegos que lo hacen posible.

Nota aclaratoria: En filosofía, se hace la diferencia entre teleología y teleonomía. A veces, cuando se discuten los procesos evolutivos, se habla teleológicamente: “Los dedos evolucionaron para poder trepar árboles.” Esto da la impresión de que hubo alguna “intención” externa a los procesos naturales que hizo algo con cierto “propósito”. También puede implicar inadvertidamente que seres vivos sin la capacidad de intencionar hacen lo que hacen para algo particular. En cambio, el proceso evolutivo darwiniano es realmente teleonómico, es decir, cierto rasgo fenotípico cumple una función o fin (telos) particular, pero no en virtud de una “intención” o “inteligencia” externa a los procesos físicos, sino que es resultado de las mismas leyes (nomos) naturales: un rasgo fenotípico se desarrolla debido a que fue escogido por los procesos ciegos de la selección natural; ese rasgo es la expresión física de un material genético que posibilita la supervivencia de una especie. Esto crea la ilusión de teleología.

En todo caso, desde la perspectiva genocentrista neodarwinista, los organismos no actúan por el bienestar de otros, sino para el de ellos mismos —o, mejor, para perpetuar sus propios genes— y aquellos que sean de su parentesco genético, no más de eso. Estas críticas llevaron a que las revistas académicas no aceptaran artículos concernientes a la hipótesis, algo que impidió la discusión del tema por mucho tiempo.

Daisyworld
Los rayos del sol llegando al Mundo de Margaritas. Toma de vídeo titulado “This World Is Black and White”, cortesía de la NASA/Goddard Space Flight Center.

Para responder a la inquietud de cómo evolucionaría Gaia a partir de la descendencia con modificación, Lovelock y su colega Andrew Watson idearon un programa de computadoras que crearía un planeta llamado “Mundo de Margaritas” (Daisyworld) y donde rastrearía el comportamiento de sus habitantes, las margaritas. En este mundo, que existe en un planeta que gira alrededor de su propio sol, hay dos clases de margaritas:

  1. Las margaritas negras: que absorben el calor del sol
  2. Las margaritas blancas: que reflejan el calor del sol al espacio

Ninguno de los dos tipos de margaritas empieza a germinar hasta alcanzar los 4⁰C. El planeta comienza bastante frío, y eso hace que las margaritas negras florezcan. Al ser oscuras, absorben más calor que la superficie, así que se calientan ellas primero y después empiezan a diseminarse por el planeta muy rápidamente. Esto llega a un punto en que el ambiente es suficientemente caluroso para que florezcan las margaritas blancas. Una vez estas aparecen, compiten por la supervivencia, tratando de conseguir espacios que están ocupados por las negras. Las blancas tienen la ventaja de que bajan la temperatura localmente porque reflejan la luz solar al espacio. Mientras más se calienta el planeta, las blancas aumentan en número considerablemente. Sin embargo, la claridad de estas margaritas enfría el planeta, permitiendo que florezcan de nuevo las negras, etc. De esa manera, se crea un ciclo que estabiliza la temperatura del Mundo de Margaritas. Para Lovelock, esto demuestra que la competencia darwiniana sí puede permitir un sistema de seres vivos capaces de regular el medioambiente.

Este experimento computarizado hizo la hipótesis de Gaia respetable ante los ojos de los científicos, aunque todavía divide la comunidad científica.

Evaluando críticamente la hipótesis de Gaia

Duda

Por supuesto, desde el punto de vista biológico y de la filosofía de la biología, esta propuesta presenta muchas interrogantes. Por ejemplo, hay áreas donde la analogía entre la biosfera con los seres vivos se cae. Por dar dos casos: la Tierra no se compone de células, ni los organismos necesariamente operan como orgánulos; tampoco el planeta tiene capacidad de reproducirse y pasar sus genes a la próxima generación. Por tanto, la Tierra (o al menos su biosfera) en sí misma no es un organismo individual que resulta de un proceso de selección natural.

Estas no fueron las únicas críticas, hubo todo un espectro de opiniones. A mi juicio, las dudas más equilibradas en torno a la propuesta de Gaia fueron formuladas por James W. Kirchner al respecto. Él establece una distinción prudente entre tres corrientes de la hipótesis que se desarrollaron a través de los años, una versión fuerte, otra débil y otra intermedia.

  • Hipótesis fuerte de Gaia: La biosfera terrestre se comporta como un organismo vivo en un proceso de homeostasis global, manteniendo un equilibrio sistémico. Hay varias versiones de esta hipótesis fuerte:
    • Gaia Geofísica: La biosfera puede concebirse o modelarse como si fuera un solo organismo.
    • Gaia Optimizante: Las formas de vida optimizan el medioambiente para que les provea de sus necesidades.
  • Hipótesis débil de Gaia: Comprende a Gaia como una interacción en la que los organismos se afectan mutuamente y al medioambiente, y viceversa. Hay dos propuestas de esta versión débil:
    • Gaia Influyente: Los organismos del planeta afectan al medioambiente.
    • Gaia Coevolucionaria: La evolución de los seres vivos y los cambios ambientales están entrelazados y se afectan mutuamente.
  • Hipótesis intermedia de Gaia (Gaia Homeostática): Afirma que la interacción entre la biosfera y el medioambiente está dominada por retroalimentación negativa, que es la dinámica principal que permite la estabilización.

Kirchner afirma que en general, la hipótesis de Gaia es una mezcla de hechos, teorías y una ilusión ingenua (wishful thinking). Es correcto que la hipótesis parte de unos hechos muy bien constatados en las ciencias, de que los organismos y el medioambiente se afectan mutuamente tanto física como química. También ha inspirado a científicos a hacer unos avances importantes en la comprensión de estas dinámicas físicas y químicas entre ambos. Igualmente, se establece que no solo los organismos pasivamente ocupan un hábitat sino que también tienen un rol activo en maximizar su beneficio del lugar dentro de un contexto ecosistémico.

Ahora bien, los partidarios de la hipótesis de Gaia parecen ser altamente selectivos en cuanto a escoger sistemas que son beneficiosos para los organismos vivos caracterizándolos como “sistemas gaios” y aquellos que pueden ser perjudiciales como “no gaios”. Esto puede ser cuestionable porque deja fuera el hecho de que pueden existir formas de vida que periódicamente pueden desestabilizar el medioambiente. Esto no es un pequeño detalle, porque puede crear la ilusión de un “perfecto” balance natural. De ahí, procede a decir Kirchner:

Esto es lo que hace a Gaia interesante, pero también es lo que hace a Gaia difícil. Si Gaia quiere decir solamente que los organismos influyen sobre su medioambiente, y que estas interacciones pueden hacer que emerja una interesante conducta de nivel-sistema, entonces Gaia aportaría muy poco —aparte del uso de lenguaje diferente y metáforas diferentes— al consenso general de la comunidad biogeoquímica. Al alegar que los organismos estabilizan el medioambiente global para hacerlo más apto para la vida, los proponentes de Gaia abogan por un argumento más ambicioso, pero uno que es mucho menos consistente con los datos disponibles, y uno que en ocasiones puede ser difícil de contrastar [empíricamente] con cualquier dato.

Kirchner 2002, 395, mi traducción.

Comienza examinando la versión Homeostática de Gaia y encuentra que existe evidencia abundante que apunta a la desestabilización del medioambiente por parte de los organismos vivos. Esto hace a la hipótesis intermedia inviable, aunque no deje de ser motivadora de contrastación de hipótesis relacionadas con ella.

Ahora bien, el supuesto de que la vida regula y equilibra el medioambiente de alguna manera no es una hipótesis irrazonable. Al contrario, se desprende del hecho innegable de nuestra percepción de un sistema estable. Puede verse también como un hecho de que, en el proceso de selección natural, los organismos cumplan su rol activo en influenciar significativamente su medioambiente de tal manera que lo optimizan para beneficiarse mejor. Sin embargo, el lenguaje teleológico que frecuentemente adopta confunde la discusión (e.g. “las plantas despiden un químico para beneficiarse”). Kirchner ha visto con buenos ojos un avance en los proponentes de Gaia en su aspiración a explicar muchos de estos fenómenos teleonómicamente. Desde esta perspectiva, el lenguaje teleológico de Gaia se interpreta teleonómicamente a la hora de laborar científicamente.

En cuanto al Mundo de Margaritas como modelo de selección natural, hay que tener en consideración algunos aspectos de lo que ocurre en la Tierra. Kirchner cita a críticos que han tomado los acontecimientos de la Tierra como contraste literal a la teoría. Sin embargo, él señala correctamente que el Mundo de Margaritas no debe tomarse literalmente, sino como una manera teorética de ilustrar que es posible que un mundo pueda definitivamente evolucionar un sistema que se autoequilibre por vía de la selección natural. Sin embargo, señala que hay una cierta circularidad del modelo, a saber, que supone las condiciones que precisamente desembocan en el resultado que busca.

Vamos más al punto, la selección natural se aprovecha de un diferencial entre especies que comparten un mismo medioambiente. Aquellos individuos que tienen esos rasgos que le den ventaja reproductiva tienen ventaja sobre aquellos que carecen de ello, volviéndose así más comunes. Por tanto, la próxima generación llevará los genes (y por ende esos rasgos) por ser ventajosos. Si el rasgo fuera igualmente beneficioso para aquellos que lo tienen y aquellos que no, no se expandiría la población, ya que las poblaciones de los individuos de ambas especies en la próxima generación de ambos se mantendrían constantes. Bajo esas circunstancias, la selección natural no tendría efecto alguno sobre ellos. La selección natural solo actúa cuando un rasgo tiene una ventaja significativa sobre otros que no lo tienen. En el Mundo de Margaritas, cada margarita se comporta debido a la suposición de unos rasgos específicos (su color), que afecta el medioambiente de la misma manera, pero para beneficio de ellas, no del ambiente.

Por supuesto, dadas las condiciones iniciales, se daría el resultado de lo que se busca, pero no vemos nada parecido a esto en el mundo natural. Como ejemplo de ello, Kirschner menciona cómo ciertos organismos agotan sus propios recursos como ventaja propia, pero degradan el medioambiente. Los árboles tienen la capacidad de captar la luz solar, y, por tanto, al darle sombras a otras plantas, no permiten que prosperen debajo de ellas. Algunas plantas en zonas áridas, captan la humedad antes de que sus competidores lo hagan. Todo esto forma parte de la selección natural como proceso ciego y teleonómico.

Por otro lado, es obvio que tampoco la situación de degradación ambiental puede ir demasiado lejos. De otra manera no se explicaría la existencia de la vida por miles de millones de años. La retroalimentación positiva es lo que vemos en los procesos competitivos entre organismos: ellos crecen a expensas de sus competidores, afectando el medioambiente para su propio beneficio. Por tanto, suelen desestabilizar una situación equilibrada. La retroalimentación negativa solo se alcanza cuando la especie ha llegado a un límite por el ambiente degradado. Por tanto, hablar de retroalimentación negativa que optimice el medioambiente para hacerlo propicio para la vida es biológicamente contradictorio.

Partiendo de estos hechos, las versiones más débiles de la hipótesis de Gaia parecen ser las que mejor corresponden a las observaciones, pero requieren un mayor análisis de los mecanismos que hacen posible la vida en el planeta.

Consecuencias de la hipótesis de Gaia

Emisiones globales de bióxido de carbono
Emisiones globales de bióxido de carbono. Gráfica cortesía de Our World in Data (CC-BY-SA 4.0).

Sea en su forma fuerte o débil, las consecuencias de la hipótesis de Gaia son obvias dentro de nuestro contexto global ante la urgencia de atender el problema del calentamiento global que está causando el cambio climático. Ante la colección de datos que tenemos sobre los ciclos de calentamiento y enfriamiento que ha tenido la Tierra, el calentamiento actual es un fenómeno marcadamente anormal y nosotros somos la causa, al menos de acuerdo al consenso abrumador del 99.99 % de la literatura científica sobre el tema.

Lovelock no era humanista (es decir, antropocéntrico), su enfoque nunca estaba exclusivamente con la humanidad, sino la conservación del planeta como un todo, de la biosfera como un sistema que mantiene a todos los seres vivos, incluyendo a los seres humanos. Por hoy, somos la causa de la extinción de varias especies de animales en todo el mundo. El estilo de vida humano, especialmente la sed de energía que implica mantener tanto la industria como las instituciones, además del consumismo desmesurado de los habitantes de varios países conlleva la emisión de enormes cantidades de gases de invernadero. Los esfuerzos en general para resolver este problema han sido sumamente tímidos y estamos muy tarde para detener los efectos del cambio climático. Para todos los efectos, no vamos a llegar a las metas estipuladas por cada país para la reducción de estas emisiones. Predijo que a medida que el futuro se acerca, van a aumentar significativamente los retos del cambio climático. Según él, ya hemos llegado hasta el punto en que si no retrocedemos en nuestras actividades, entonces la civilización caería y volveríamos a la “Edad Oscura”, época en la que dominaba el terror de los jefes guerreros en Occidente.

Ahora bien, esto no significa que Lovelock estaba falto de esperanza. Al contrario, para él, el intelecto humano y la tecnología podían servir ambas como mecanismos para salvar el planeta. Creía que la geoingeniería, un tema tabú para muchos sectores políticos y sociales, podía ayudar a aminorar el impacto de los seres humanos en la biosfera. Asimismo, la tecnología ha posibilitado un intercambio de información sin precedentes a nivel mundial y que no debe ser subestimado. Este fue virtualmente su mensaje en su último libro publicado en vida, Novacine (Novaceno). Se dice que vivimos en la época del Antropoceno, pero Lovelock argumentaba que la tecnología del ciberespacio, las redes sociales y los medios de comunicación comenzaron una progresión a la emergencia de una hiperinteligencia que también estaría sujeta al bienestar del planeta. Esa conciencia por parte de esa nueva entidad le daría importancia a mantener la existencia de sistemas vivos en aras a su propio beneficio. De esa manera, el pensamiento de Lovelock se aparta del usual retrato distópico de la frialdad de las máquinas que aniquilarían o explotarían la humanidad.

En cuanto a la responsabilidad de atender los asuntos tiene diversas críticas a distintos sectores sociales. Sin embargo, sus críticas más sorprendentes se dirigen a un sector inesperado: el movimiento ambientalista, el sector político “verde”.

Lovelock y la energía nuclear

Una de las cosas que recalcaba Lovelock en sus entrevistas y escritos es su insatisfacción con el movimiento ambientalista en general. Según él, los activistas decían preocuparse por el ambiente y las especies en peligro de extinción. Sin embargo, les acusó de ser en el fondo “humanistas”, es decir, antropocéntricos. Para él, las organizaciones en general estaban movidas por dos nociones antropocéntricas:

  • El miedo al cáncer y a otras enfermedades.
  • Su perspectiva estética de lo que el mundo debía ser, en vez de la evidencia científica.

Lovelock mismo expresaba su perplejidad de que los ambientalistas no promovieran la energía nuclear como mecanismo probo de generación de energía limpia abundante y, en oposición a eso, se dedicaran a tantear con tecnologías nuevas, renovables, pero de muy poca efectividad y con unas serias limitaciones. De esa manera, los verdes han distraído a los países del mundo en cuanto a la adopción de medidas efectivas para combatir el cambio climático y, por ende, son en parte responsables de la paupérrima respuesta global para prevenir un futuro más incierto.

En una famosa entrevista que ha circulado por las redes y en YouTube, Lovelock ataca dos de los principales argumentos contra la energía nuclear: el cáncer y los residuos nucleares. En cuanto al cáncer, nos dice:

Los verdes temen que algo les pudiera dar cáncer. Y ellos mismos se encierran en ese [pensar], porque el público en general está muy atemorizado por el cáncer. Han visto a sus familiares morir de él, y saben qué clase de amenaza es esa enfermedad. Así que es bien fácil atemorizar a la gente diciéndoles que tal-y-tal da cáncer. Y parece que los verdes se han puesto en una posición muy mala de causar el miedo al cáncer como manera de conseguir apoyo.

El hecho es que la verdadera amenaza proviene de la Tierra misma y no por esa clases de cosas. Mira al mundo como está ahora, estamos viviendo más de lo que hemos vivido [en el pasado], y todos estamos respirando el polvo de las enormes explosiones nucleares [de las bombas] que se pusieron a prueba en el Pacífico en los 1960. Si los verdes tuvieran una fracción de razón, todos estaríamos muriéndonos de más incidencias de cáncer que las que tenemos ahora. No lo estamos. Ellos han construido una narrativa falsa basada en el humanismo. Yo digo, “Miren a la Tierra”.

En cuanto al problema de los residuos nucleares, afirma (un poco riéndose de la idea de su riesgo):

[El asunto de] los desperdicios nucleares me irrita. ¡Esto no debería ser un problema en absoluto! De hecho, Hans Blix dice que los desperdicios nucleares son su mejor beneficio: hay tan poco de ellos. Cuando uno piensa en las montañas invisibles de bióxido de carbono emitido — ¡millas cúbicas de eso! — que estamos desperdiciando en la atmósfera cada año y creándole problemas al planeta, preocuparse por unos metros cúbicos de desperdicio nuclear … es absurdo. ¡Es ridículo! No es un problema en absoluto….

… He ofrecido a mi jardín como depósito de desperdicios nucleares de un output completo de alguna estación nuclear. Desgraciadamente, nadie lo ha aceptado. Hablo en serio. Sé que ponerlo en un receptáculo de concreto con tubos para transportar el calor sería buenísimo para mi piscina. Sería un desperdicio no usarlo.

Residuos nucleares en Suiza
Esta fotografía capta la totalidad de los residuos nucleares de alto nivel producidos en ZWILAG, Suiza, por 5 plantas nucleares en un periodo de 45 años. Estos se encuentran en cilindros de concreto y acero inoxidable. Fotografía cortesía de ZWILAG Zwischenlager Würenlingen AG.

Hasta siempre

James Lovelock
James Lovelock. Foto cortesía del History of Modern Biomedicine Research Group. Licencia: CC-BY-SA 4.0.

Con todas sus virtudes y sus defectos, James Lovelock es hoy día un científico muy admirado por sus enormes logros a favor del ambiente, gracias a su inventiva e imaginación. Su propuesta de Gaia, aunque continúa siendo promovida por un grupo de científicos, por las razones esbozadas arriba, ha sido cuestionada. Aun así, ha adquirido un estatus de mayor respeto en la comunidad científica y ha inspirado a ciertos investigadores a estudiar mejor los mecanismos naturales que hacen que la vida haya persistido durante miles de millones de años.

Para los que somos naturalistas religiosos, Lovelock ha contribuido a nuestra personificación del planeta Tierra como Gaia, una metáfora para referirnos a la totalidad de la interacción dinámica y orgánica de los seres vivos con el medioambiente. No obstante esta inspiración, la ciencia y la filosofía nos señalan que, por el momento, las versiones de la hipótesis de Gaia que son consecuentes con la evidencia científica son las débiles, y que los mecanismos de regulación de la naturaleza parecen ser distintos a los que pensaba Lovelock, Margulis y otros.

¡Hasta siempre James Lovelock! Su legado persistirá como inspiración para el futuro.

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Muchas gracias.

Referencias

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