Una mirada crítica a Lo siento mucho, pero … Jesús nunca existió de Ricardo Alonso Zavala Toia – 1

Portada
Portada del libro, Lo siento mucho, pero … Jesús nunca existió de Ricardo Alonso Zavala Toia.

Algunas amistades del ámbito ateo y humanista de Puerto Rico me pidieron que escribiera una reseña sobre este libro. Esta no es propiamente una reseña, sino una mirada crítica a la obra. En general, una reseña intenta ser crítica, pero breve. Creo que lo que los peticionarios desean ver es una versión más elaborada y detallada de por qué este libro realmente no hace ningunos favores a la causa del libre pensamiento, del ateísmo militante y el humanismo.

No debe entenderse este escrito como un ataque personal al autor, sino más bien un examen concienzudo y respetuoso de su contenido, con el mejor ánimo de corregir los distintos problemas históricos y factuales de este escrito. Debido a la naturaleza de las equivocaciones y errores de distinto tipo, he decidido escribir una serie de dos partes. Esta es la primera.

Finalmente, como se me ha pedido, esta entrada se compartirá en el foro de Facebook de Ateístas de Puerto Rico. También lo haré con el de Humanistas Seculares de Puerto Rico.

En estas últimas décadas, no ha habido tema que despierte más pasiones entre creyentes cristianos y grupos de no creyentes que el de la existencia de Jesús. En la disciplina de la Historia Antigua y de la erudición bíblica, a la postura que la niega se le conoce como el mitismo y mientras la que lo afirma, historicismo. El mitismo es una corriente predominante en grupos militantes de libre pensamiento, agnosticismo y ateísmo que emergió hace algunos siglos y, a pesar de que ha sido rechazada por la inmensa mayoría de los académicos a través del tiempo hasta la actualidad, vuelve a asomarse en los círculos ateos, agnósticos, humanistas, escépticos y librepensadores.

A pesar de que hay una ínfima minoría de académicos que defiende el mitismo, una muy buena parte de este movimiento se deja guiar por personas que no son autoridades en el tema, que carecen de las destrezas intelectuales de rigor historiográfico y del trasfondo histórico crítico para evaluar qué es histórico y qué no. Algunos de estos son de carácter conspiracionista y que proponen unas versiones totalmente inverosímiles, en general movidas por un sentimiento anticristiano. En otros casos, se siguen a unos pocos formados en el campo, pero que son considerados “marginales” (fringe) por el resto de los expertos.

En este caso, examinaremos la visión de una persona no formada en la disciplina, Ricardo Alonso Zavala Toia, cuya obra se titula, Lo siento mucho, pero … Jesús nunca existió.

Antes de tocar el tema, quisiera hacer las siguientes aclaraciones para que los lectores sobre mí y poner las cartas sobre la mesa:

  • No soy erudito bíblico ni historiador de la Antigüedad. No pretendo serlo. Lo mejor que puedo decir es que escribí un libro sobre este tipo de temas, titulado Pablo el Emisario: Odiado e incomprendido, que considero uno de carácter divulgativo. Un erudito eminente del Nuevo Testamento (Dr. Ediberto López) y otros académicos me han dicho que, a pesar de unos errores (que en el presente estoy corrigiendo), el libro ha sido una valiosa contribución al estudio de Pablo de Tarso en Puerto Rico. El Dr. López lo asignó una vez a sus estudiantes del Seminario Evangélico para su evaluación crítica, algo que considero un verdadero honor. Fuera de eso, mi labor principal es filosófica y concierne a la filosofía de las ciencias y la ética.
  • Soy naturalista religioso y pertenezco a una congregación Unitaria Universalista. Como naturalista, niego lo sobrenatural. Además, los principios de mi iglesia no requieren en absoluto la creencia en Jesús o en Dios, aun cuando sus raíces sean cristianas. Como unitario universalista, constantemente me relaciono con personas de distintos ideales espirituales y religiosos. En mi vida personal, soy un humanista religioso y me relaciono con los demás desde esa posición espiritual.
  • Aunque soy historicista, es decir, pienso que es altamente probable que Jesús sí existió, no creo que fuera Dios ni ningún ser divino de índole alguna. Tampoco pienso que sea, en general, un modelo ético a seguir y muchos de sus valores conflijen con principios ilustrados y humanistas por los que abogo.

Ahora bien, en el prólogo de su libro, Zavala nos dice lo siguiente:

Tengo la formación de Abogado y, por tanto, voy a presentar el caso como si lo estuviera presentando a un tribunal. Analizaré todos los argumentos y evaluaré la prueba buscando convencer al jurado. No pretendo agotar el tema y establecer una única verdad; mucho se ha dicho y escrito sobre este asunto, mucho se seguirá diciendo y escribiendo, lo realmente importante es que tú también participes del diálogo.

Zavala Toia prólogo (mi énfasis)

Es en esta nota de humildad que escribo esta crítica, para fomentar el diálogo del cual pienso participar. No tengo el placer de conocer al Sr. Zavala Toia, pero lo que aquí sigue no tiene la intención de ser un ataque personal, sino una invitación a considerar la evidencia de la manera que los historiadores lo hacen. En fin, por más que se quiera presentar esta discusión como un tribunal, los historiadores en general no se aproximan a los documentos como se hace en un juicio por jurado.

En lo que estamos de acuerdo

Dos hombres dándose la mano en acuerdo
Dos hombres dándose la mano en acuerdo. (Dominio público).

Zavala parece ser un autor ateo reconocido por movimientos librepensadores y humanistas. Este no es el primer libro que ha escrito, hubo uno anterior que se llama Cristianismo. La estafa más grande. Dudo que haya sido la “estafa más grande”, aunque eso pueda ser debatible. Los errores de la obra que estamos examinando son las mismas de aquella.

De entrada, vamos a estar de acuerdo con él en cuanto a algunas aserciones que hace en su obra. Lo siguiente no es una lista exhaustiva de nuestros puntos de convergencia:

  • De Jesús no tenemos ninguna evidencia arqueológica directa que corrobore que haya existido.
  • Los evangelios no son biografías en el sentido histórico más riguroso del término, sino instrumentos de diseminación del mensaje de sus respectivos autores y congregaciones. Con toda razón, se puede decir que son de carácter propagandístico.
  • El evangelista que escribió el Evangelio de Marcos, definitivamente tenía problemas con la geografía de Galilea y sus alrededores. También es pertinente el hecho de que ese escritor no haya dicho nada en torno al nacimiento milagroso y virginal de Jesús ni tampoco de su ascensión a los cielos.
  • Si Jesús existió, aquellos que postulan esta posición son los que deberían demostrarlo, no tanto aquellos que lo niegan.
  • Los errores de transmisión han afectado el contenido y la comprensión de los textos neotestamentarios y, por eso, no se puede decir que representan a los originales fidedignamente. La mayoría de los errores que encontramos en los manuscritos, el 90% son inofensivos, pero otros son deliberados o que, aunque no intencionados, no se puede decidir cuál fue el texto original. El proceso de edición, omisión, compilación, interpolación, entre otros, ha distorsionado los textos, a veces alterando su sentido original.
  • Las traducciones en inglés, español y otros idiomas, añaden otros niveles de malinterpretación de lo que los textos neotestamentarios significan.
  • Hay falsificaciones en el Nuevo Testamento, por ejemplo, unas cartas o relatos que pretenden haber sido escritos por ciertos autores que realmente no lo fueron: Hechos de los Apóstoles (alega ser escrito por un compañero de misión de Pablo), Colosenses, Efesios, 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito, 1 y 2 Pedro, Santiago y Judas. Muchos apologistas utilizan el término “pseudoepigráfico” para designarlos, debido a la carga moral que implica el de “falsificación”. Sin embargo, como demuestra Bart Ehrman en su obra Forgery and Counterforgery, la intención de estos autores era la de engañar a sus lectores para que adoptaran la perspectiva teológica y eclesiástica de sus respectivos autores. Además, contrario a lo que afirman los apologistas, en la Antigüedad, esta práctica de falsificación era condenada en cada instancia que se descubría.
  • En general, los pastores y sacerdotes que se instruyen sobre el tema y que lo conocen, no lo discuten con su feligresía, cuya mayoría cree (dependiendo en varios grados de literalidad o interpretación bíblica) que es Palabra de Dios.
  • Coincido con Zavala de que la Biblia dista mucho de ser producto de un ser bondadoso, sino que es un libro muy humano.
  • El Antiguo Testamento no aporta nada para descubrir si Jesús no existió. Sin embargo, esta aserción la sostengo con cierto cuidado, ya que cuando se excluyen ciertos pasajes de los evangelios que parafrasean la Septuaginta, podríamos obtener algunos dichos de Jesús que podrían ser auténticos. Además, esa versión griega de la Biblia Hebrea ayuda a poner en perspectiva histórica y literaria, el posible origen de ciertos relatos.
  • La Sábana de Turín tampoco es prueba de que Jesús haya existido. Existe una fuerte evidencia de que es una falsificación medieval. (Borrini y Garslaschelli; Christen; Damon et al.; Gove; Schafersman)

Problemas fundamentales de la obra

Questioning

Amicus Plato, sed magis amica veritas
~ Aristóteles

Ya habiendo establecido los asuntos en los que estamos de acuerdo, tenemos que entrar ahora a los problemas fundamentales del autor. De hecho, estos son los mismos que tiene su otro escrito, Cristianismo. La estafa más grande. Reitero, lo siguiente no es un ataque personal, sino que se infiere de lo que se desprende del texto.

El denominador común de todos los errores es su “metodología”, algo por el que todo escéptico debe velar. ¿Cuál es la metodología adoptada por el autor? En cuanto a la selección de su evidencia, espero no exagerar cuando digo que el único criterio de Zavala es que sea contenido que hable del pasado en los términos más anticristianos posibles y que llegue a conclusiones inconvenientes para el cristianismo en general. Fuera de eso no hay ningún otro criterio metodológico.

Aun en el caso de los tribunales, la selección de evidencia a favor o en contra de un acusado, requiere un alto nivel de rigor. No puede ser cualquier “evidencia”. Por ende, tanto el abogado que las presente como el juez deben cualificarla bien con base en los hechos constatados por todas las partes. En este libro, hay solo cualificación cuando le conviene a la perspectiva presentada por el autor. De otra manera, no hay intento de cualificación alguna. Esto es, en resumen el problema del libro.

Para describir cómo se manifiesta el problema, veamos los siguientes hábitos del autor, con al menos un ejemplo de cada uno (de muchos que uno podría mencionar de cada caso):

  • Instancias en que exagera la solidez de su caso y no conoce la literatura académica en torno a los asuntos que discute.

Aunque nos concentraremos en la evaluación de Zavala del Nuevo Testamento, hay un ejemplo muy claro de esto (¡entre muchos!) en cuanto a su manera de aproximarse al contenido del Antiguo Testamento. Él afirma que en este momento (o al menos hasta el 2016), los arqueólogos Israel Finkelstein y Neil Albert Silberman, en su libro, La Biblia desenterrada (Finkelstein y Silberman) aseguran que no existió un reino unificado bajo los reyes Saúl, David y Salomón. Esto es correcto. El problema es lo que dice Zavala en un momento dado:

La Biblia desenterrada, publicada en el año 2001, que constituye una obra extraordinariamente importante y en mi criterio definitiva sobre el tema demuestra que …

Ha transcurrido ya 15 años de la divulgación de la obra de Finkelstein y Silberman y hasta este momento ningún apologista de la historicidad de los relatos de la Biblia se ha atrevido a refutar sus conclusiones.

Zavala 86, 92 (mi énfasis)

Siendo justos con Zavala, él mismo confiesa que su juicio sobre esta obra como “definitiva” es según su “criterio” (aunque no especifica cuál). Sin embargo, en arqueología y en historia, raras veces nos encontramos con “obras definitivas” sobre un tema. Más frecuentemente, obras que se consideran “definitivas” se desmontan con nueva evidencia o con la rigorización de la metodología científica o historiográfica.

El segundo pasaje que hemos citado refleja una notable ignorancia de la literatura y del debate en torno a este tema. Amihai Mazar y William G. Dever han cuestionado muy seriamente la interpretación que hace Finkelstein de la evidencia arqueológica. (Finkelstein y Mazar) De hecho, la mayoría de los arqueólogos del Antiguo Israel piensa que Finkelstein está muy equivocado. (Meyers) La colección más actualizada de la suma de los hallazgos arqueológicos hasta el 2017 fue publicada en ese año por Dever en Beyond the Texts, en la que, utilizando la misma evidencia arqueológica debidamente cualificada, muestra por qué la visión de Finkelstein sobre la antigüedad de Israel y Judá es errada. Claro, debemos ser justos con Zavala, el libro que estamos examinando se publicó un año antes que el de Dever. Sin embargo, estas observaciones y discrepancias aparecen desde hacía mucho antes, en un libro que detalla el debate, (Finkelstein y Mazar) y en otras obras de Dever. (What Did the Biblical; Who Were) Antes de tildar a Dever de “apologista” judío o cristiano, recuerdo que él es humanista secular. Debemos señalar que también ha habido un aumento de cúmulo de evidencia arqueológica reciente que muestra una urbanización de áreas claves del Antiguo Israel precisamente en la época en que la Biblia Hebrea afirma que hubo un reino davídico unificado. No hay lugar a dudas de que esta literatura bíblica sobre estos reyes, como propaganda, exagera mucho la “gloria” de la época de David y Salomón, pero, por otro lado, tampoco es que no hubo nada.

¿Qué significa todo esto? Que a la hora de intentar refutar a religiosos, tenemos que adoptar una posición mucho más humilde ante la evidencia. No hay nada en la academia que no haya sido retada en algún nivel. Sin lugar a dudas, todo lo anterior está siendo debatido acaloradamente —hasta el punto de ataques ad hominem— y las políticas relacionadas a las excavaciones siriofenicias y siriopalestinenses están contaminadas de tensiones políticas de ambos lados, al igual que este tipo de discusión en la exégesis bíblica. Puede ser que Zavala, por las razones que sea, no esté de acuerdo con Dever, Mazar u otros. Por otro lado, no vale decir que una obra sea la autoridad “definitiva” sobre el tema que sea. Tampoco se puede alegar que la interpretación arqueológica que hacen Finkelstein y Silberman no ha sido respondida por “apologistas” (whatever that means).

  • Parece que para Zavala hay solo dos grupos de especialistas: los “apologistas” y los negacionistas de la historicidad de Jesús o de algunos eventos de la Biblia. La designación de quién es quién en estas dos categorías es arbitraria y confusa.

El asunto de cuál investigador o biblista sea apologeta o no es un asunto muy complejo y delicado en la academia. Es claro que el extremo fundamentalista, que toma la Biblia lo más literal posible, es rechazado por el grueso de especialistas en la investigación neotestamentaria. En el ámbito académico mismo, hay un espectro de posiciones en torno a los diversos libros del Nuevo Testamento. Esto es, sin dudas, saludable. Mientras más diversas las perspectivas —dentro de lo razonable— más se pueden observar elementos que posteriormente se integran a la conversación y el debate académico, que permiten comprender mejor estos textos bíblicos y sus implicaciones históricas.

Claro está, hay una parte de ese espectro que es conservadora y busca maximizar la veracidad factual del contenido de estos textos con el objetivo de reafirmar la fe de las personas. A estos expertos se les puede llamar propiamente apologistas cristianos. De estos, hay de todas las denominaciones cristianas, desde la católica hasta la evangélica: César Vidal Manzanares, Dan Wallace, Craig Evans, Larry Hurtado, Joseph O’Callaghan, José Bover, entre muchos otros. En el ámbito hispano y católico, me parece que Vidal es el mejor conocido de este grupo. Es interesante que Zavala le incluye como una de las referencias a consultar. Esto de por sí, no es nada malo. Con todas las discrepancias que se pueda tener de sus perspectivas religiosas o políticas, Vidal tiene el calibre de experto de Nuevo Testamento y ha hecho valiosas contribuciones a discusiones y debates en torno al tema. También recomiendo la lectura de su libro Los evangelios gnósticos. Sin embargo, es llamativo que en ningún momento, Zavala interactúa con el material de Vidal, sea esa u otras obras. En fin, muchos de estos genuinos apologistas cristianos han contribuido mucho a nivel académico y sus posiciones no deben ser a priori despreciadas. Por otro lado, sus posiciones que huelan a apología deben ser miradas con sumo cuidado. A veces, este mismo celo por la fe, en ocasiones, les ha cegado lo suficiente como para que ocurran momentos desafortunados o malinterpretaciones de la evidencia arqueológica o bíblica.

Por otro lado, para mi sorpresa, Zavala afirma que Antonio Piñero Sáenz es un “apologista cristiano” o “apologista católico”. (153, 194) ¡¿En serio?! En numerosas ocasiones, Piñero se ha autodefinido públicamente como un escéptico crítico, agnóstico y racionalista. Además, no solo ha sido un filólogo y un escritor muy prolífico, sino que es uno de los comunicadores no apologéticos más importantes de España y del mundo hispanoparlante. De hecho, él forma parte de un grupo de expertos del Nuevo Testamento que está trabajando arduamente en una versión no confesional de este conjunto de textos. Con todas las diferencias que personalmente tengo con algunas interpretaciones de Piñero en torno a Jesús y a Pablo de Tarso, si Zavala hubiera basado su información en sus libros, hubiera evitado una enorme cantidad de errores.

Por otro lado, él reconoce la autoridad de personas bien respetadas en el campo, como Bart D. Ehrman, al que describe en ocasiones como “gran conocedor” del tema, pero también sorprendentemente lo describe como “apologista del cristianismo”. (28, 144) Todo el mundo sabe que él es ateo, agnóstico y humanista secular. (Ehrman, Did Jesus 266-267) El defender la existencia de Jesús le hace, por supuesto, historicista, pero no lo hace ni remotamente un “apologista cristiano”.

Parece ser que Zavala trata el término “apologista” como sinónimo de historicista. En realidad, el término “apologista” se refiere a aquellos que quieren ir más allá del ámbito académico e histórico y abogan por una doctrina particular. César Vidal es un apologista católico. Piñero no lo es. Craig Evans es un apologista cristiano. Ehrman no lo es.

Es más, hay muchos expertos católicos y protestantes que, aunque sean pastores o sacerdotes, llevan a cabo una obra crítica ejemplar en torno a la historicidad de Jesús que no es apologética y que, en ocasiones, ha representado un choque con las autoridades de sus respectivas iglesias. Este ha sido el caso de John Meier, Raymond Brown, E. P. Sanders o John Dominic Crossan. Por supuesto, no todos tienen el mismo grado de desprendimiento de los textos bíblicos, pero se puede notar un alto nivel de seriedad a la hora de evaluar los textos del Nuevo Testamento. Por ejemplo, Senén Vidal fue un gran erudito que adoptó posiciones que no necesariamente eran afines al catolicismo, pero, por otro lado, hizo algunas interpretaciones del Nuevo Testamento que huelen a intentos de legitimar el papado. En el caso de Ehrman, uno encuentra una postura casi minimalista de la historicidad de Jesús. De la interacción de todo el espectro de opiniones, tenemos una visión mucho más dinámica de la conversación y debate entre las autoridades en el tema.

También vale señalar que una buena parte de los historicistas no es cristiana. Algunos estudiosos son judíos (e.g. Paula Fredriksen, Hyam Maccoby, Amy-Jill Levine) y otros son ateos (e.g. Gonzalo Puente Ojea, Bart Ehrman, Antonio Piñero, Fernando Bermejo, José Montserrat, R. J. Hoffman, Gerd Lüdemann, Maurice Casey). Ninguno de ellos se considera “apologista” cristiano. Ninguno de ellos fuerza cierta interpretación de los textos con el objetivo de confirmar la fe de feligresía alguna.

Esto nos lleva, a su vez a otro problema.

  • Zavala no hace la debida distinción entre expertos genuinos e inexpertos en el tema. Esto hace que le otorgue mayor peso a opiniones de inexpertos y a un puñado de académicos que sostienen posiciones extremadamente marginales y los valora por encima de opiniones muy bien establecidas de académicos respetados.

Al igual que este servidor, Zavala es un no experto en el tema del Nuevo Testamento. Esto invita a los que no somos eruditos a tener una muy buena dosis de humildad ante las autoridades académicas que, contrario a nosotros, dedicaron toda una vida a estudiar hebreo, arameo, griego, copto, latín, entre otros idiomas antiguos y a adiestrarse intelectualmente para cualificar debida y críticamente a los textos bíblicos (entre otros).

Como Zavala es abogado, voy a presentar mi argumento de la siguiente manera. Imagínese que usted es un abogado o abogada que tiene un cliente que es inocente de una acusación que se le imputa. Casi todos los abogados que conozco han tenido la penosa experiencia de toparse con clientes que creen saber más que la debida autoridad legal. A veces, ellos pueden tomar acciones que para ellos les parece razonable, pero el abogado —sabiendo cómo se bate el cobre en el sistema— les dice que esas medidas podrían empeorar la situación. Por ejemplo, en Estados Unidos y Puerto Rico, todo acusado tiene derecho a permanecer callado y que ese silencio no se le cuente en su contra. Un cliente se sentiría que guardar una información que demuestra su inocencia sería una señal de culpabilidad dentro de su contexto social. Se preguntaría: “Si no he hecho nada malo, ¿por qué me tengo que callar? ¿Qué pensarán los demás de mi silencio?”. Sin embargo, como el cliente no estudió leyes, no conoce las consecuencias de lo que eso implicaría: especialmente cuando nada de lo que diga a favor suyo cuenta para los tribunales, pero lo haría si dijera algo en contra suya. De ahí que: “… todo lo que diga puede contarse en su contra”. (La advertencia Miranda)

Lo mismo ocurre con el problema de la historicidad de Jesús. Si el 99.99% de los expertos en Nuevo Testamento, Historia de la Antigüedad, Cristianismo, etc. de las universidades más prestigiosas del mundo dicen que Jesús existió —es decir, el historicismo es el consenso abrumador de los expertos en general— esto debería ser un motivo para que el mitista vuelva a pensar su posición. Hay veces que algunas propuestas mitistas pueden parecer, a la primera, razonables. Sin embargo, si esos criterios se llevaran a cabo a todo lo que dicen nuestros libros de texto, en algunos casos eliminaría una enorme porción de lo que consideramos historia —volúmenes de historia antigua se volverían folletos de unas cuantas páginas. En otros casos, lo que abogaría sería violentar la evidencia disponible. Todavía en otros, sería establecer interpretaciones a conveniencia.

Para ser justos, es preciso distinguir entre dos tipos de mitistas:

  1. Mitistas expertos: Por ahora, los mitistas que podemos decir que son expertos con el debido título y expertise en los campos pertinentes o áreas a fines son, por ahora, Robert Price, Richard Carrier y Thomas Thomson. De estos tres, el que ha sido formado en erudición bíblica propiamente es Robert Price. Richard Carrier es especialista en historia y literatura grecorromana, pero no propiamente especialista en el Nuevo Testamento. Esto no invalida a priori sus contribuciones al tema, pero los problemas que los académicos tienen en su contra consisten principalmente en que adopta unas interpretaciones controversiales y, en ocasiones, muy marginales de unos textos claves para su caso. Procede también a exagerar la solidez de sus argumentos hasta el punto de hiperbolizar la importancia de sus estudios. Esto tampoco es un problema grande en el mundo académico, si no fuera por que las críticas que ha recibido en el ciberespacio y en otros lugares, han sido respondidas por él con una inusual estridencia. Este factor, algunas de sus acciones y su actitud mordaz han torpedeado (a mi juicio, para siempre) cualquier chance de que ingrese a enseñar en alguna universidad. En el caso de Thomas L. Thomson, su dominio es la Biblia Hebrea. Él ha sostenido una posición extremadamente minimalista que ha sido muy criticada por los biblistas en general. También sostiene el mismo grado de minimalismo cuando discute el Nuevo Testamento. Aun con todo, si hay algo común entre estos mitistas académicos, es que, al menos, intentan utilizar autoridades del Nuevo Testamento pertinentes para sus discusiones y tienen un grado mucho mayor de cuidado a la hora de opinar sobre algunos asuntos. Lo más seguro hayan más mitistas académicos en Historia Antigua, Nuevo Testamento y áreas investigativas afines. Sin embargo, el hecho de que estos tres sean los únicos que hayan sobresalido, de los miles de expertos a nivel mundial, nos dice algo de cómo los especialistas, en general, piensan de los argumentos que ellos presentan.
  2. Mitistas no expertos: Estas son personas que no tienen ni el adiestramiento intelectual ni el bagaje académico en cuanto a la literatura neotestamentaria y que se han dedicado a diseminar propuestas mitistas notablemente más inverosímiles desde el punto de vista histórico. En algunos casos tienen el grado, pero adoptan posiciones extremas de sus respectivos campos, para entonces aplicarlos al mitismo. Este es el caso de D. M. Murdock o Acharya S. (especialista en Antigüedad griega, pero no interactúa efectivamente con expertos del Nuevo Testamento), Earl Doherty (bachillerato en Historia Antigua), G. A. Wells (profesor de alemán), Michel Onfray (filósofo), Barbara G. Walker (tejedora y militante escéptica), Frank Zindler (editor y publicador), René Salm (pianista), Timothy Freke (charlista motivador espiritual), Peter Gandy (maestro en clásicos), David Fitzgerald (periodista), entre otros. Aunque, en particular Doherty y Wells intentan hacer un buen trabajo al presentar sus posiciones, los expertos en Nuevo Testamento señalan los serios problemas de sus acercamientos a textos antiguos y del Nuevo Testamento. En otros casos, los problemas son más profundos y hasta descabellados, usualmente cuando recurren a tesis conspiracionistas históricamente inverosímiles.

Si Zavala se hubiera restringido a los mitistas formados, creo que no hubiera caído en tantos errores. Sin embargo, los problemas de su comprensión histórica se debe en gran parte a que él no sabe distinguir o establecer una debida valoración entre la opinión consensuada de expertos y los representantes de posiciones marginales.

El problema es aun peor. En vez de atenerse a autores más contemporáneos o la literatura investigativa reciente en torno al tema, él cita como autoritativas ciertas obras escritas en el siglo XIX o de principios y mediados del siglo XX, casi como si no hubiera habido algún tipo de evolución significativa de la investigación historiográfica en torno a Jesús o que esta literatura ya sea obsoleta a la luz de nuevas investigaciones. Por ejemplo, cita a John Remsberg, quien escribió en 1909, o Gerald Massey, que escribió en 1911. (Zavala Toia 135, 162)

Esto nos lleva al otro problema.

  • Zavala desconoce los géneros religiosos y literarios que forman parte de su crítica.

En un momento dado, Zavala dice que no hay solo cuatro evangelio, sino cincuentaitrés. (47) Sin embargo, allí incluye unos textos que no son evangelios, tales como los diversos apocalipsis, ciertas cartas (epístolas), hechos de apóstoles y libros tales como El Libro de Enoc, el Pastor de Hermas (ambos del género literario apocalíptico), entre otros. Zavala incluye en la lista el Canon Muratori, pero este no es un evangelio como tal, sino un listado escrito del siglo II que establece los libros que su congregación de proveniencia aceptaba como autoritativo para propósitos litúrgicos.

¿Qué es un evangelio? Un evangelio, como se entiende en la actualidad, es un género literario de textos que se centran en un tipo de biografía teologizada expositiva de Jesús o de aspectos de su vida y mensaje y que propagandiza su buena nueva. Este género literario puede incluir cartas, pero no cualquier alegada epístola escrita por algún apóstol, sino alguna que tenga que ver con algún suceso de la vida o muerte de Jesús, por ejemplo, la Carta de Jesús al Rey Abgaro o las Actas de Pilato. ¿Quería Zavala una lista completa de los evangelios? El mismo Piñero ha editado un libro que se llama precisamente Todos los evangelios, en la que presenta en castellano todos los evangelios que nos han llegado hasta hoy. En este proyecto participaron un número significativo de especialistas: Gonzalo del Cerro, Eugenio Gómez Segura, Fernando Bermejo, Antonio Piñero, Francisco García Bazán, José Montserrat y Antonio Martínez Castro. ¿Cuántos documentos evangélicos existen hasta el día de hoy?:

  1. Cuatro evangélicos canónicos (excluimos a Hechos de los Apóstoles, aunque sea una continuación del Evangelio de Lucas)
  2. Cuarentaisiete apócrifos
  3. Dos que no son propiamente evangelios, sino solo de nombre (Evangelio de los Egipcios y Evangelio de la Verdad)
  4. Veintiún fragmentos de textos perdidos
  5. El texto hipotético “Q”

Por tanto, excluyendo los dos que no son propiamente evangelios, tenemos aproximadamente 52 evangelios y 21 fragmentos que aparentemente fueron de textos evangélicos que no podemos identificar. Excluimos también el Evangelio de Taciano, el llamado Diatessaron, por ser una compilación de los cuatro canónicos.

La entremezcla de evangelios con otros textos apócrifos, algunos que no tienen nada que ver con el cristianismo (e.g. El Libro de Enoc), no es la única confusión que vemos en el libro de Zavala. También vemos la de fundir dos tipos de pensamiento religioso distintos. Por ejemplo, el capítulo séptimo de la Segunda Parte, “¿Qué valor probatorio tienen las epístolas de Pablo?” constantemente confunde dos vertientes religiosas, una helenística y otra judeohelenística, a saber, los cultos mistéricos y el gnosticismo. En nuestro próximo artículo de esta serie, mostraré que las conclusiones a las que llega, de que Pablo se refería a un Cristo gnóstico y no uno histórico, ignora por completo la antropología judía y judeohelenística de la época. Por ahora, me limitaré a indicar que en la época de Pablo solo había unas nociones en el ámbito judeohelenístico que nutrieron lo que llegó a ser el pensamiento gnóstico cristiano. Algunos han llegado a hablar de un gnosis judía ya formada en el siglo I EC. Pablo no era gnóstico, sino que parece haber respondido a muchas ideas gnostizantes judías y concibió el cristianismo apocalipticista como una alternativa al gnosticismo. Algunas de las cartas atribuidas a él, del último tercio del siglo I EC, sí tienen algunas características gnostizantes (Colosenses y Efesios). Sin embargo, esta corriente religiosa dentro del cristianismo es más bien un fenómeno de finales del siglo I y del siglo II y III. Sí, en los años sesenta y ochenta se solía argumentar que el gnosticismo cristiano había nacido temprano en el siglo I, tal vez antes. (Maccoby caps. 1 y 2; Pagels) Este asunto todavía se debate, porque depende de lo que se quiera decir con el término “gnosticismo”, noción que, dicen algunos expertos, debe ser reformada para que sea historiográficamente útil o abandonada. (Brakke 19-28) Sin embargo, viendo la evidencia disponible de lo que hoy día consideramos “gnósticos” distintivamente cristianos, esta nos indica fuertemente que esta corriente en el cristianismo era más un fenómeno del siglo II, tal vez del último tercio del siglo I EC en el mejor de los casos. Ninguno de los evangelios gnósticos cristianos aludidos por los documentos patrísticos ni los encontrados en Nag Hammadi datan más temprano del siglo II o de la última parte del siglo I EC (Barnstone y Meyer 3, 6-7; Montserrat-Torrents I:intro. gen.; C. Vidal, intro.)

Sin embargo, Zavala no solo no tiene esto en cuenta, sino que lo combina de manera confusa con los cultos mistéricos y los mitos de los dioses que “mueren y se levantan”. (Zavala Toia 69-78) El problema es que el gnosticismo y los misterios son dos corrientes muy distintas que se dieron en el ámbito helenístico. Pablo mismo parece haber conocido corrientes mistéricas, pero su pensamiento se dirigía a establecer su cristianismo y evangelio como alternativa a los cultos mistéricos. En el próximo artículo, nos concentraremos más en los problemas de la categoría de los dioses que “mueren y resucitan”.

  • Hay inconsistencias graves en el texto de Zavala.

Zavala no presenta su caso de manera consistente. Tomemos de nuevo el del séptimo capítulo de la segunda parte de su obra. El texto comienza ofreciéndonos una información correcta, que, actualmente, hoy se piensa que del Apóstol Pablo solo contamos con siete cartas auténticas: Romanos, Gálatas, 1 y 2 de Corintios, Filipenses, 1 Tesalonicenses y Filemón. Las demás cartas del corpus paulinum son falsificaciones (2 Tesalonicenses, Colosenses, Efesios, 1 y 2 Timoteo y Tito) o son falsamente atribuidas a él (Hebreos). (Zavala Toia 63) Sin embargo, más adelante, para probar el carácter “gnóstico” y “mistérico” de Pablo, cita a Colosenses y a Efesios como evidencia. (74, 75) ¿Son las cartas de Colosenses y Efesios auténticas para Zavala o no? No se nos dice.

Una nota aparte: Nótese la falta de atención de Zavala a la hora de escribir en torno a estos temas. Tras haber aceptado implícitamente que 2 Tesalonicenses es una falsificación, argumenta en una nota al calce que conocemos sobre la circulación de falsas cartas paulinas debido al pasaje 2 Tes. 2:2. (63) Sin embargo, hoy se acepta que el falsificador de 2 Tesalonicenses se estaba refiriendo a la carta auténtica de Pablo, 1 Tesalonicenses. En otras palabras, un falsificador que se está haciendo pasar por Pablo —y que, por cierto, trata de imitar el estilo de 1 Tesalonicenses— estaba desautorizando una carta auténtica paulina. (Ehrman, Forgery 250-271; Piñero, Guía 414-416; S. Vidal 25-26)

Lo mismo pasa con la manera que tiene él de fechar los evangelios. No solo no es inconsistente, sino que algunas de sus propuestas de fechas son insostenibles. Por ejemplo, él dice que los Evangelios fueron redactados entre el 70 y el 150 (¡!) EC, basándose en una obra que (confieso) no he visto ni leído, cuyo título es realmente The Original Jesus de Elmar Gruber y Holger Kersten y que cuestiono como fuente —asevera la improbable influencia del budismo en el cristianismo. No obstante nuestra objeción, si Zavala nos está citando este libro correctamente, Gruber y Kersten tienen razón cuando dicen que el Evangelio de Juan puede datar de un momento temprano del siglo II. Sin embargo, Zavala, en repetidas ocasiones, indica el año 150 EC como su fecha de composición, algo que contradice a Grube, Kersten y a la inmensa mayoría de los expertos). ¿Qué le hace pensar que fue escrito tan tarde?

Por lo menos, voy a dar tres argumentos para pensar que el Evangelio de Juan fue escrito mucho más temprano (95-110 EC). El primero es que las epístolas de Ignacio de Antioquía (100-110 EC) parecen lidiar por problemas causados por los mismos grupos que parece atacar el redactor de la epístola 1 Juan. Los grupos en cuestión parecen haber tomado el Evangelio de Juan como autoritativo, pero brindándole una interpretación que el autor de 1 Juan ve como heterodoxa. Esto colocaría la redacción de la carta hacia el 100 al 110 EC, mientras que el Evangelio sería más temprano. Además, Ignacio discute ideas juánicas que andaban flotando en las congregaciones y que él las utilizaba, aunque no hay evidencia contundente de que él hubiera leído el Evangelio de Juan. Esto significa que Ignacio y el autor de 1 Juan pudieron haber sido contemporáneos y, en ambos casos, hay indicación de que el Evangelio fue escrito a finales del siglo I o principios del II. (Brown 94, 101-102, 147-154; Metzger cap. 3) El segundo argumento es de evidencia interna, que muestra que los últimos redactores del Evangelio de Juan intentaban responder a controversias que habían florecido a finales del siglo I y principios del II EC. Por ejemplo, el evangelio hace alusión a que los cristianos eran expulsados de las sinagogas a nombre de Jesús. (Jn. 16:2-4) Esto nos indica que estos versos se escribieron, mínimo, en los años 80-90 EC, durante o después del llamado “Concilio” de Jamnia (70-90 EC). La teología del Logos, ya adoptada explícitamente por el último redactor evangélico lo colocaría a finales del siglo I o principios del II. El tercer argumento es nuestro fragmento más temprano de cualquier texto cristiano que ha sobrevivido hasta hoy día, ℘⁵². Aunque se debate la fecha todavía, una buena parte de los papirólogos y paleógrafos lo datan a alrededor del 125-150 EC. Hoy día se concede por la buena parte de los eruditos que esta pieza no permite que hablemos de una redacción de los evangelios más allá del 130 EC. (Piñero, Guía 398-400)

Por cierto, el asunto de las fechas no es exactamente un dogma de fe. Antes, la mayoría de los eruditos pensaba que Hechos de los Apóstoles fue escrito en la década del 90 EC. Sin embargo, en años recientes, se está volviendo paulatinamente mayoritaria una opinión de que fue escrito más tarde, alrededor del 110 EC. (Pervo) No basta postular una fecha, hay que saber justificarla. ¿De dónde sacó Zavala la fecha de 150 EC? No sabemos.

  • Hay otros tipos de problemas menores en el texto de Zavala.

En el libro de Zavala hay otros tipos de confusiones en las que, confieso, también yo caigo, especialmente si leo de prisa sin deternerme a entender lo que estoy mirando. Por ejemplo, en un momento dado, Zavala le atribuye a Piñero el negar la existencia de Nazaret hasta el siglo IV. Como referencia, solo nos pone la dirección donde se encuentra el blog del filólogo, pero no la dirección exacta donde lo afirma. (153) Intrigado por esta sugerencia que me parecía implausible —habiendo yo leído a Piñero y habiendo visto que en ningún lugar él negaba la existencia de esa aldea— busqué la información en su blog. Aquí se encuentra la página a la que se refiere Zavala. Como se puede ver, Piñero no afirma que Nazaret no existía previo al siglo IV. La aserción forma parte de una pregunta de un lector a Piñero, esto lo indica la etiqueta “Pr.” (pregunta). Cuando llegamos al área de su respuesta (“R.”), Piñero nos dice categóricamente:

Nazaret se impone, pues, como un dato de la tradición que los evangelistas no pudieron obviar a pesar de las dificultades “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”, Jn 1,46.

Nazaret estuvo habitada desde el neolítico. Hasta hace poco, del siglo I sólo había restos arqueológicos de una suerte de alquería con un lagar o una prensa de vino, de aproximadamente el 50 a.C. o d.C. Últimamente, como ha hecho notar la prensa se ha descubierto una casa tallada parte en la roca y parte al aire libre, del siglo I d.C. Que fuera la casa de Jesús es otra cosa, e improbable. Pero parece haber restos, pues, del siglo I d.C.
En síntesis: es más que difícil que los evangelistas (los cuatro) hubieran inventado a todas luces molesto para un mesías.

https://www.tendencias21.net/crist/Nazaret-no-empezo-a-existir-hasta-el-siglo-IV-Consumia-Jesus-drogas-Compartir-90-19-de-abril-de-2015-Preguntas-y_a1798.html

Hay otros errores textuales, tales como citas de archivos de su computadora personal, algo que debió haber corregido la editorial (e.g. nota al calce 48, pp. 75-76). Esta es más responsabilidad de la editorial que del autor.

Otros errores conciernen al no conocer el verdadero significado de ciertos términos. Zavala cae en el muy frecuente y muy popular, pero incorrecto, error de equivaler el término “inmaculada concepción” a la “concepción virginal de Jesús”. (29, 170, 215, 235) La doctrina de la inmaculada concepción de María, formulada ex cathedra por el Papa Pío IX en su bula titulada Ineffabilis Deus (1854), afirma que María fue concebida sin mancha de pecado original. Los evangelistas no pudieron haber conocido este dogma contemporáneo del catolicismo, porque no se había formulado para el siglo I EC. El dogma de la concepción virginal de Jesús es otra cosa y sí se funda en los relatos de los evangelios de Mateo y Lucas. Irónicamente, Zavala confunde las dos nociones en numerosas ocasiones, aun cuando tiene el significado del término “inmaculada concepción” ante sus ojos. (213-215) Dejo para el próximo artículo de esta serie la discusión de la frecuentísima confusión mitista entre la concepción virginal de Jesús como fue presentada en los evangelios y la concepción extraordinaria (mágica o milagrosa) de ciertas deidades o semideidades, cuyas madres no fueron vírgenes.

Algunas equivocaciones parecen desprenderse de no captar bien algunas aserciones de los eruditos. Por ejemplo, en el capítulo sexto de la parte dos, nos dice:

Los Evangelios de Mateo y Lucas, además de no haber sido escritos por testigos directos de los hechos que relatan, en un 90% son una copia del Evangelio de Marcos.

Zavala 57

Cuando leí este pasaje, me extrañé mucho. No indica fuente alguna, por lo que no pude corroborar de dónde sacó tan bizarra información. Ciertamente, los evangelios de Mateo y Lucas incorporan a Marcos, pero no componen el 90% de sus respectivos textos. Sin embargo, tras pensarlo un poco, parece que Zavala malinterpretó el dato que leyó. Probablemente, su fuente indicaba que el 90% del texto marcano se puede encontrar en los de Mateo y Lucas, que es otra cosa.

Lo que tenemos hasta ahora …

Notemos que todavía no hemos entrado en los planteamientos del texto, que, según nuestra perspectiva, están equivocados. Por ahora, hemos visto los errores metodológicos, de confusión de términos, de confusión de corrientes religiosas, de autoridades y no autoridades en estos temas, de géneros literarios, entre otros. Recuerdo que los casos que presento de su texto son solo unos cuantos de muchos ejemplos que se podrían sacar.

Como se podrá imaginar usted, la suma de estos problemas llevarán inevitablemente a afectar sustancialmente el planteamiento de Zavala. En nuestro próximo artículo de la serie, veremos cómo y por qué esto no favorece a la causa del ateísmo, del libre pensamiento ni del humanismo.

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Referencias

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Zavala Toia, Ricardo Alonso. Lo siento mucho, pero … Jesús nunca existió. Ed. Kindle, Cuervo, 2016.

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La confusión de ciertos mitistas: ¿qué son fuentes independientes?

Santiago (Jacobo) el Justo y Pablo de Tarso
A la izquierda, una representación bizantina de Santiago (Jacobo) el Justo, a la derecha, un ícono de Pablo el Apóstol.

Escribo esto casi como un desahogo ante un error que se repite una y otra vez cuando argumento con la mayoría de los mitistas (personas que piensan que Jesús no existió) y con ciertos ateos y humanistas en general en las redes sociales y fuera del ciberespacio.

Uno de los argumentos que me convencen de manera decisiva a favor de la historicidad de Jesús es la presentada por muchísimos eruditos. He aquí el argumento:

Tenemos a nuestra disposición varias fuentes independientes que atestiguan la existencia de Jesús. Algunas de ellas son externas a los textos cristianos. Una de ellas, es la obra del historiador Flavio Josefo, que contiene el Testimonium Flavianum y un brevísimo relato de la muerte de Santiago el Justo (o, mejor dicho, Jacobo el hermano de Jesús), considerados fuentes independientes. [De estos dos pasajes, hablaré eventualmente el año que viene … ¡va de calle!] Encontramos también la breve información ofrecida por el historiador, Tácito, en torno a Jesús y su muerte, una fuente independiente no sujeta a lo que afirman los diversos textos del Nuevo Testamento. (Bermejo 25-26; Ehrman, Did Jesus 44-45) Estos dos son los mejores testimonios independientes externos al Nuevo Testamento.

Otros historiadores del siglo II, que hacen una vaga o una más directa referencia a Jesús, parecen derivar su información de las fuentes evangélicas o confesionales cristianas o situaciones relacionadas con los cristianos, por lo que no pueden considerarse testimonios independientes sobre Jesús. (Bermejo 25-29; en ese sentido difiero de Ehrman, Did Jesus 40-45)

Otras fuentes independientes internas que persisten en nuestro Nuevo Testamento, tales como las cartas auténticas de Pablo, donde él nos dice que conoció personalmente a Jacobo, el hermano de Jesús. Si conoció al hermano de Jesús, entonces, es razonable inferir que Jesús debió haber existido. Finalmente, hay un gran número de fuentes que atestiguan dichos y hechos de Jesús. Aunque no pueden tomarse la mayoría de ellas como históricas, algunas son inconsistentes con las diversas cosmovisiones y cristologías de los evangelistas y son plenamente consistentes con lo que conocemos en el contexto social de Galilea, Samaría y Judea en el siglo I.

Como respuesta, casi siempre se argumenta (usualmente con tono burlón u hostil) que las cartas paulinas no pueden considerarse independientes, sea porque son libros que aparecen en el Nuevo Testamento (lo que a priori sería, para ellos, automáticamente información dudosa), sea por ser puramente confesionales, o sea por contener un número de interpolaciones.

Este artículo no lo escribo para argumentar a favor de la existencia o inexistencia de Jesús (aunque mi posición es clara de que coincido con el abrumador consenso entre los especialistas — el 99.99% de ellos— de que sí existió). El propósito de esta entrada en el blog es la de hacer el “debate” público más transparente, aclarando qué se quiere decir en historiografía de la Antigüedad de que estas son “fuentes independientes”.

Durante de la discusión, me referiré una y otra vez al biblista Bart D. Ehrman, dado que bastante de estos debates a nivel público giran alrededor de lo que ha dicho en sus libros, su blog y en las respuestas que ha recibido de una variedad de mitistas.

¿Qué es una fuente independiente?

Una fuente documental independiente es una que recoge información oral o histórica, que ofrece unos datos y que no dependen de otros escritos. Es decir, el autor que ofrece los datos en cuestión no depende de otra fuente escrita.

Fuentes independientes en el Nuevo Testamento

Recordemos que el Nuevo Testamento, o la Biblia en general, no es un libro, sino un conjunto de distintos libros que se originaron por diversos autores, con diferentes cosmovisiones y con distintas fuentes. La visión de mundo que tiene el Evangelio de Lucas, no es la misma que la que encontramos en la de Marcos, las cartas paulinas auténticas o el Apocalipsis. Al contrario, el Nuevo Testamento es un conjunto de documentos del primer siglo y, tal vez, dos o tres del siglo II y que representan una sopa repleta de distintas cristologías y cosmovisiones que existieron durante esos años del cristianismo primitivo.

Las cartas auténticas de Pablo son fuentes independientes (Romanos, 1 y 2 Corintios, Filipenses, Gálatas, 1 Tesalonicenses y Filemón). Pablo no estaba basándose en otros escritos para narrar los diversos acontecimientos que nos relata. Eso no quiere decir, que toda esa información forme parte de una fuente independiente unitaria. Al contrario, las cartas paulinas, como las tenemos hoy, son composiciones de varias cartas genuinas que alguien editó y reunió en siete (un número significativo para los cristianos). Otra cosa que debemos convenir es que, a veces, Pablo utilizaba escritos o tradiciones que deben considerarse, fuentes independientes. Aquí tenemos tres ejemplos, de muchos que podríamos mencionar:

  • Una tradición semítica en torno a Jesús como hijo de David, que fue hecho Hijo de Dios en el momento de la resurrección (Rom. 1:3-4)
  • El poema de cómo Jesús fue un ente divino que se encarnó, murió crucificado y fue exaltado (Flp. 2:6-11)
  • Una tradición de la resurrección de Jesús y cómo se apareció a distintas personas (1 Cor. 15:3-8)

Ninguno de estos textos es original de Pablo. Lo sabemos porque él mismo afirma que son tradiciones recibidas por él, contienen semitismos no típicos de él o tienen rasgos que no son consistentes con el texto en que aparecen, pero que el apóstol consideró útiles en su línea de argumentación.

Los Evangelios mismos contienen lo que podemos considerar fuentes independientes. Por ejemplo, el Evangelio de Marcos no es en sí mismo una fuente independiente plenamente unitaria y depende de una variedad de textos y tradiciones escritas que su autor tenía a su disposición. Por ejemplo, hoy existe un consenso entre los eruditos de que el relato de la Pasión de Jesús en esta obra, fundamentalmente depende de un escrito premarcano. Esto lo sabemos porque el autor del Evangelio se dedica a comentar ese texto durante su narración de los hechos. Pues, ese escrito es una fuente independiente o puede estar basado en otra más simple y que se ha perdido. (Brown, La muerte 91-104; Piñero 137-144)

Además de las fuentes de Marcos, también tenemos otro conjunto de fuentes independientes de los demás evangelistas. Una conocida es el famoso documento hipotético Q, que se nutre de diversos dichos que, por tradición, se atribuyen a Jesús. Esos dichos se consideran fuentes independientes.

Por cierto, ciertos especialistas han logrado identificar algunos fragmentos de Q que encontramos de manera modificada en Marcos y en otras obras. Veamos los siguientes casos, teniendo en mente que Q no dependía de Marcos:

  • En cuanto a juzgar a otros (Robinson et al. 116-117):

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Pues con el juicio con que juzguéis seréis juzgados; y con la medida con que midáis se medirá para vosotros (Lc./Q 6:37-38)

Atended a lo que oís; con la medida con que medís se medirá y se añadirá para vosotros. (Mc. 4:24)

[Pablo citando a Jesús indirectamente]: Dejemos, pues, de juzgarnos los unos a los otros. (Rom. 14:13)

  • En cuanto a lo que deberían llevar los discípulos durante la predicación (Robinson et al. 135-138):

No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias, ni bastón. Y no saludéis a nadie por el camino (Lc./Q 10:4)

[Y Jesús] les mandó a que no tomaran nada para el camino, sino solo un bastón: ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja; pero calzando sandalias; “y no vistáis dos túnicas” (Mc. 6:8-9)

  • Estar a favor o en contra de Jesús (Robinson et al. 144-145):

El que no está conmigo está contra mí. Y el que no recoge conmigo desparrama (Lc./Q 11:23)

Pues el que no está en contra de nosotros, está a favor de nosotros (Mc. 9:40)

  • En cuanto a escoger entre la familia y el evangelio de Jesús (Robinson et al. 180-181):

El que no menosprecia al padre y a la madre, no puede ser discípulo mío, y el que no menosprecia al hijo y a la hija no puede ser discípulo mío. (Lc./Q 14:26)

De verdad os digo: no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o campos, por causa de mí y por causa del evangelio … (Mc. 10:29)

… y así por el estilo.

Estas tradiciones de las que salen los dichos que comparten Q y Marcos de forma semejante, deben ser consideradas fuentes independientes de las cuales se basan estos versos.

No debemos olvidar que las fuentes que no proceden de Marcos y Q, es decir, las fuentes de Mateo (M) y las de Lucas (L), también se componen parcialmente de tradiciones primitivas, igual que las primeras ediciones del Evangelio de Juan, cuyo contenido no encontramos en Marcos, Q, M y L. (Bartolomé 46-49; Brown, El Evangelio 16-20; para un análisis exhaustivo de los estratos redaccionales del Evangelio de Juan, véase Vidal, Evangelio)

Por ende, desde un punto de vista puramente historiográfico, tenemos a nuestra disposición múltiples fuentes independientes internas. Esto es lo que quiere decir Bart D. Ehrman en sus debates contra los mitistas, de que hay muchísimas fuentes independientes y que un gran número de evidencia independiente, atestigua que Jesús existió. Estas fuentes independientes se rescatan mediante examen crítico, utilizando criterios exegéticos e historiográficos adoptados por historiadores de la Antigüedad.

Lo que la abundancia de fuentes independientes no significa

Ahora bien, se podrá argumentar que la abundancia de fuentes no significa nada en torno a la existencia de Jesús, ya que estos pudieron ser compuestos fantasiosamente por diversos autores cristianos por décadas antes de la redacción de los Evangelios como los conocemos. Estos dichos y hechos no pasan de ser acumulaciones de leyendas rurales y urbanas.

Tal argumento es un punto ciertamente válido y, sin lugar a dudas, la inmensa mayoría de lo que se dice de Jesús en los Evangelios es altamente legendario. La evidencia de eso es enorme, pero hace falta cualificarla científica, histórica y críticamente. La serie que estamos escribiendo de Navidad da luz al hecho de que se entretejió en la vida de Jesús un sinnúmero de afirmaciones que no tienen validez histórica alguna. Voy más allá, en cuanto a la misma Pasión de Jesús, también hay mucho contenido altamente legendario, aunque conserva en él un núcleo información que es históricamente valioso. (Bermejo 78-93; Piñero 144-159)

Es más, la inmensa mayoría de los dichos de Jesús no pueden considerarse históricas y los exégetas lo tienen muy en cuenta. Para darles una idea de ello, tomemos la obra voluminosa de John P. Meier, sacerdote católico, titulada, Un judío marginal. En años recientes, publicó un volumen dedicado exclusivamente a las parábolas que aparecen en los Evangelios. ¿Cuántas parábolas en total hay en los cuatro evangelios (especialmente los sinópticos)? Treintaisiete. ¿Cuántos de esas, Meier ha podido establecer con razonable probabilidad que podrían remitirse a Jesús? Cuatro (Meier, V: 257-388):

  • El grano de mostaza (Mc. 4:30-32)
  • Los viñadores perversos (Mc. 12:1-11)
  • La gran cena (Lc./Q 14:16-18,¿19-20?,21,23)
  • Las minas // Los talentos (Lc./Q 19:12-13,15-24,26 // Mt. 25:14-30)

Nos falta decir que la inmensa mayoría de lo que afirma Jesús en el Evangelio de Juan (específicamente, los monológos) responde a la visión teológica y estilo de los redactores finales. En el caso de los milagros, Meier plantea la cuestión de su historicidad y descarta todos casos, aun después de clasificarlos y examinarlos uno por uno. Parte de su conclusión se debe a que la noción de “milagro” es inherentemente improbable y esencialmente ajeno a los criterios historiográficos. (Meier II/2)

Sin embargo, algo que no argumentaré aquí, pero que los eruditos también tienen en mente, es que debemos tener en cuenta el pensar judeohelenístico de los evangelistas y su hostilidad hacia el cristianismo y judaísmo (fariseo) palestinense. ¿Por qué es esto importante? Porque aun, cuando muchos dichos y acciones de Jesús le pueden servir a los ideales helenistas de los autores, inconvenientemente no pueden escapar del hecho de que se basan en tradiciones anteriores y que son compartidas por su comunidad. Por tal razón, de vez en cuando, se les cuelan genuinos elementos de judaísmo apocalipticista palestinense, plenamente consistente con la época y situación histórica de Jesús, pero plenamente inconsistente con la realidad, situación y cosmovisión judeohelenistas de los escritores.

Finalmente, algo crucial: las cartas auténticas de Pablo en las que él reporta situaciones específicas de lo que le ocurrió a él y sus congregaciones, no son dependientes de ningún otro texto, ni leyenda elaborada, ni mistificación de lo que le ocurrió. Tales narraciones en sus epístolas son originalísimas en todo el sentido del término. Podemos razonablemente confiar en la información que nos proveen estas epístolas cuando nos dice Pablo que conoció a Jacobo, el “hermano de Señor”, la primera vez que fue a Jerusalén, que tuvo que reunirse con él, Pedro (Kefas) y Juan, para atender un asunto controversial en Antioquía y que, en un momento dado, se enfrentó a Pedro y los enviados de Jacobo, quienes intentaban “judaizar” a los gentiles cristianos. (Gál. 1:19; 2:1-14)

Malentendidos de muchos mitistas

1. Fuente independiente = No estar en el Nuevo Testamento = Fuente externa al Nuevo Testamento

Este malentendido es, tal vez, el más irritante en cualquier “debate” en torno al tema del mitismo. No conozco a ningún historiador profesional que tenga una aproximación tan notablemente sesgada como esta con ningún texto. Ciertamente, la situación siempre es mejor si algún papiro escrito o descubrimiento arqueológico corrobora lo que dice un texto, pero no es un sine qua non de historicidad. Lo que arriba señalo, de examen crítico de textos antiguos, no es solo usual en crítica bíblica, sino también cuando se examinan otros textos tipos antiguos. Este malentendido toma tres formas distintas:

a. Los libros del Nuevo Testamento no son independientes porque están prejuiciados a favor del cristianismo y no intentan ser neutrales.

La derrota de Vercingétorix por Lionel Noel Royer.
La derrota de Vercingétorix, por Lionel Noel Royer (1899). Imagen cortesía del Musée Crozatier de Puy-en-Velay, Francia.

Definitivamente, ninguno de los libros del Nuevo Testamento ha de considerarse histórico, en el sentido de que ellos no se esmeran en relatar lo ocurrido, sino que se elaboraron para propagandizar ciertos puntos de vista cristianos. Aun en el caso del autor del Evangelio de Lucas y Hechos de los Apóstoles, este adopta un estilo narrativo típico de los historiadores, pero su contenido dista muchísimo de la práctica historiográfica, aun en relación con los estándares de su tiempo, cuando la escritura de la historia era mucho menos sofisticada que hoy día. (Pervo)

Aun con eso, los diversos textos que encontramos en el Nuevo Testamento sí pueden considerarse independientes. Su identificación es solo un primer paso. El segundo, es la cualificación crítica e historiográfica de esos escritos.

Todo esto es válido aun en casos en los que los historiadores han podido confirmar acontecimientos arqueológicamente. Por ejemplo, tenemos muchísima evidencia arqueológica de las Guerras de la Galia, llevadas a cabo por Julio César contra los galos. Eso significa que podemos creer todo lo que dice César en su libro en sus Comentarios sobre la Guerra de la Galia, ¿verdad? ¡No!

Aun en casos en que tenemos abundante evidencia arqueológica, el texto de César debe pasar por el escrutinio crítico literario para ver dónde las aserciones de César coinciden y divergen de lo que es verosímil históricamente. De la misma manera ocurre en la erudición bíblica. El comediante Terry Jones puso estas cuestiones en contexto histórico en una serie de televisión (véase también más detalles al respecto con sus fuentes documentales en: Jones y Ereira pte. I). Tras un examen atento de ese texto, en conjunto con la evidencia arqueológica y otros tipos de datos disponibles, muchos historiadores han llegado a la conclusión de que, aunque el Comentario provee información muy importante, César escondió sus verdaderos motivos para invadir la Galia utilizando muchos recursos retóricos, no decía la verdad en relación con algunos acontecimientos, exageró otros, omitió convenientemente información y era marcadamente prejuiciado en su actitud romanocéntrica contra los galos.

Esto no solo vale para el caso de César, todos y cada uno de los historiadores antiguos, aun los más profesionales, muestran una serie de prejuicios que permean todas sus obras, razón por la que los historiadores contemporáneos tienen que hacerles un examen crítico. Esto es verdad de Flavio Josefo, Herodoto, Tucídides, Calístenes, Catón el Viejo, Tácito y muchos otros más. No importa cuán profesionales fueran estos historiadores, siempre mostraban su inclinación política, ideales religiosos, buena o mala fe a la hora de escribir, entre otros vicios. Si descartáramos los documentos neotestamentarios con base en que son prejuiciados y fuéramos aplicar ese principio al resto de los textos históricos, tendríamos que descartarlos todos, algo que ningún historiador contemporáneo serio aceptaría.

Por esa y otras razones, el hecho de que las fuentes neotestamentarias se identifiquen como “independientes”, no implica que todos los académicos las consideran automáticamente fiables. Al contrario, la confianza en ellas (o la falta de esta) es fruto de un proceso altamente arduo, meticuloso y en constante discusión y revisión en la medida que los expertos sofistican sus criterios, tienen en cuenta nuevas perspectivas sobre documentos antiguos internos y externos al Nuevo Testamento y se instruyen sobre los varios descubrimientos noveles de la arqueología. No obstante eso, estos documentos independientes identificados, reproducidos en los Evangelios, atestiguan las acciones y dichos de Jesús antes de una generación posterior a su muerte. Esto es muy cercano a los hechos narrados y cualquier historiador los consideraría meritorio para un examen crítico en virtud de su cercanía temporal a lo que narran.

Si vemos las cartas auténticas de Pablo, su testimonio llega hasta casi los mismos comienzos de la diseminación del movimiento de Jesús en Galilea, en Judea y en la diáspora. Hoy día, los expertos en Pablo colocan los inicios de su predicación en el 33 EC, casi tres años después de la muerte de Jesús, que se calcula tentativamente alrededor del 30 EC.

Por otro lado, esta es una enorme dificultad que tienen muchos autores mitistas a la hora de dar cuenta de la enorme cantidad de relatos independientes si Jesús no existió, algo que Bart Ehrman argumentaba muy bien en su debate con Robert Price. No es imposible argumentar la inexistencia de Jesús a la luz de fuentes de este tipo, pero, una vez cualificadas historiográfica y críticamente, se vuelve difícil justificar esa posición.

Sí, es correcto que el primero de los evangelios se escribió de tres a cuatro décadas después de que Jesús muriera. Sin embargo, muchas de las fuentes independientes de las que hablamos arriba son anteriores a esos evangelios. Algunas son, sin duda, palestinenses, ya que tienen rasgos lingüísticos semíticos que fueron expresados en griego y que, de vez en cuando, los evangelistas tuvieron que explicar a sus lectores. Una vez más, aun estos tienen que pasar por escrutinio y crítica literaria, pero presentan un buen panorama de las tradiciones sobre Jesús que circulaban entre los cristianos palestinenses y judeohelenistas. De estas, muchas son legendarias, pero algunas tienen muy buenos visos de ser históricas.

b. Los libros del Nuevo Testamento han sido manipulados por la Iglesia, no podemos confiar en nada de su contenido

Bart D. Ehrman
Fotografía de Bart D. Ehrman. Cortesía de Ehrman, CC-BY 4.0

Esta aserción toma diversas formas, en un espectro desde lo más históricamente razonable a lo más absurdo (usualmente teorías conspiratorias). Usualmente, apelan al libro Ehrman, Misquoting Jesus (versión española, Jesús no dijo eso) y en los debates que ha participado. En su controversial obra, él nos recuerda el momento en que John Mill formó un aparatus de lecturas en las que encontró, de cien manuscritos antiguos, cerca de 30,000 variantes. Hoy contamos con cerca de 5,600 manuscritos antiguos, ¿cuántas variantes hay entre ellos? Pueden ser 300,000 o 400,000. Es decir, su número es mayor que el de palabras en el Nuevo Testamento, que tiene aproximadamente 140,000. (Ehrman, Misquoting cap. 3) El erudito, Eldon Jay Epp, nos dice que puede haber cerca de 750,000 variantes. (419) Eso es evidencia concluyente de que la Iglesia ha cambiado la totalidad de la Biblia, ¿verdad?

Este es un caso de lectura o memoria selectiva. Aun cuando Ehrman afirma lo anterior, todos lo que razonan de esta manera suelen olvidar la parte en que él dice inequívocamente que la inmensa mayoría de estas variantes no son problemáticas en absoluto y que solo demuestran, no una mega-súper-dúper-ultra conspiración de la Iglesia, sino que la inmensa mayoría de los escribas se equivocaban por razones totalmente inofensivas. Según, Ehrman, lo único que demuestra es que una buena parte de los escribas cristianos en la Antigüedad no sabían deletrear mejor que muchos estudiantes universitarios hoy día. En calidad de profesor de filosofía y humanidades, concurro con él un 100%. (Ehrman, Misquoting cap. 3)

Si comparamos el número de variantes, sin cualificarlas, con el número de palabras que tiene el Nuevo Testamento, entonces se verá una corrupción inaudita de los textos. Sin embargo, tras el debido examen, ¿cuántas variantes significativas e importantes hay entre los textos? Descubrimos que el 5% de ellas fueron intencionales y modifican significativamente el texto. Cuando se excluyen las que los eruditos han determinado “no viables”, es decir, que se sabe que no pertenecían al texto original, ¿cuántas de las variantes restantes nos quedan? Solo un 1% de ellas son significativas y viables, es decir, que cambian el significado del texto y que, actualmente, se debaten en torno a si pertenecían al texto original o no (Komoszewski et al. 60).

Por ende, aun cuando no se quiera creer en su contenido, el 99% de los textos que vemos en nuestro Nuevo Testamento (especialmente en las traducciones y comentarios profesionales) parecen pertenecer al texto original. ¿Podemos utilizar esta evidencia para fines históricos, haciendo las debidas cualificaciones? La respuesta es afirmativa.

c. Hay interpolaciones en las cartas de Pablo, ¿y si los textos que citas de Gálatas referentes al “hermano del Señor” son interpolaciones posteriores?

Las interpolaciones en las cartas auténticas paulinas son harto conocidas por los expertos. Aquí están las que, en general, se piensan que están presentes en esos escritos:

Interpolaciones en las cartas paulinas auténticas
Vidal, Las cartas auténticas 27-28.

Además de ellas, hay otras partes de las cartas, cuya autenticidad se están cuestionando legítimamente en la actualidad. Por ejemplo, Gál. 2:7b-8 tiene un estilo no típico de Pablo. (Walker).

¿Con qué bases se puede cuestionar la autenticidad de unos versos de las cartas auténticas? En muchos casos, una perícopa interrumpe la fluidez de un texto principal, contradice lo que el texto principal ha establecido o adopta un estilo y pensamiento que no es típico del autor. Un ejemplo de ello es, 1 Cor. 14:33b-36, que se piensa que originalmente se escribió en forma de un comentario inspirado en una de las llamadas “cartas pastorales” (1 Tim. 2:11-15) y que terminó insertándose en el texto. (Ehrman, Misquoting cap. 7; Vidal, Nuevo Testamento 883) En otras palabras, hay razones internas del texto para excluir un pasaje como interpolación no paulina. Por otro lado, también hay razones externas, puede ser que el texto cuestionado se encuentre ausente en varios manuscritos importantes. En el ejemplo que discutimos, esta interpolación se ha encontrado en distintos manuscritos, en diversos lugares del texto.

Dado el panorama, ¿podría ser que los textos en los que aparece Jacobo, “el hermano del Señor” sean interpolados? Podría ser posible, pero, ¿es probable? No. Por ejemplo, algunos mitistas han cuestionado Gál. 1:18-19, que dice lo siguiente:

Después, pasados tres años, subí a Jerusalén, para conocer a Kefas [Pedro], y permanecí con él quince días. No vi a ningún otro de los apóstoles, a no ser a Jacobo, el hermano del Señor.

¿Es esta una interpolación? Algunos mitistas, que encuentran este pasaje sumamente inconveniente, lo argumentan. Afirman que no está en la edición marcionista de las cartas paulinas y que la frase “ningún otro” no aparece en los textos de Ireneo. El problema con todo esto es que sí aparece en todos nuestros mejores manuscritos. Además, la ausencia de la mención de Jacobo en el texto de Marción puede deberse a que ese dato es inconveniente para él, que era un doceta. Es decir, el marcionismo sostenía que Jesús era un ente espiritual, no carnal.

Hay otras hipótesis más locas flotando por foros mitistas, de que un interpolador “católico” antimarcionista quería establecer una vaguedad mayor al introducir la frase “Jacobo, hermano del Señor” (en vez del “hermano de Jesús”), para defender la virginidad de María. Esto sería plausible si no fuera por un problema serio, la Iglesia Católica no existía institucionalmente en aquella época. No había una sola entidad organizada con una sola cristología obligante para todos los creyentes. Dado este panorama, vale decir que la mayoría de las congregaciones cristianas de esa época pensaban que Jacobo era hermano de Jesús, fuera Jesús y él nacieran de la misma madre, o porque el apóstol fuera fruto de un matrimonio anterior de José. Nadie en esa época, excepto los docetas, pensaba que Jesús carecía hermanos biológicos.

Hoy día, un experto que dude de la autenticidad de Gál. 1:18-19 es una extrema rareza y debe considerarse muy marginal a la opinión fundada de la inmensa mayoría de los estudiosos de las cartas paulinas. Este pasaje coincide con el estilo y pensamiento de Pablo, lo que significa que es muy probable que Gál. 1:18-19 sí cualifique como fuente integrada a un texto independiente.

Sobre cómo se interprete la frase “hermano del Señor”, muy a pesar de Richard Carrier, está muy bien establecido que, en las cartas paulinas, la palabra “Señor” significaba muy claramente “Jesús el Cristo”, quien había sido enaltecido a ese rango. (1 Cor. 8:6) En este sentido, podemos notar que cada vez que Pablo utiliza la frase “hermano del Señor” está contrastando a Jacobo y otros con Pedro, con los Doce y con los demás apóstoles. (Gál. 1:18-19; 1 Cor. 9:4-6; 15:3-8) Por ende, no puede ser lo que trata de indicar Carrier, que la frase “hermano del Señor”, en el sentido que se le aplica a Jacobo, signifique lo mismo que cuando Pablo utiliza la palabra “hermano” para referirse a todos los bautizados.

Como he afirmado arriba, no es mi objetivo argumentar sobre la historicidad de Jesús. Sin embargo, el texto de Gál. 1:18-19 es a todas luces, auténtico y su sentido prácticamente no está en disputa por casi ningún experto.

2. ¿Qué me garantiza que Pablo (o alguien que se hace pasar por Pablo) no inventó lo que describe en Gálatas?

Dos ancianos disputando, por Rembrandt (1628)
Dos ancianos disputando, por Rembrandt (1628). Se piensa que los dos ancianos representan a Pedro y Pablo discutiendo. Imagen cortesía de la Galería Nacional de Victoria, Australia.

Esta interrogante no pasa de ser un caso de hiperescepticismo. Hoy día, hasta donde sé, el único erudito bíblico (y resalto de nuevo, EL ÚNICO) que cuestiona la autoría de todas las cartas paulinas es Robert Price, especialmente, utilizando argumentos obsoletos del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Sobre su obra, trataremos en otra ocasión. Baste indicar que ni tan siquiera Richard Carrier (al que considero, tal vez, el más “serio” de los mitistas) va tan lejos como eso. Ahora bien, esta postura hiperescéptica fue planteada por Reginald Vaughn Finley Sr. (el “Infidel Guy”) a Bart Ehrman en una entrevista. Tengo que confesar que, en redes sociales, uno que otro mitista me ha planteado algo en líneas semejantes y merece algún tipo de respuesta.

Las siete cartas auténticas de Pablo las determinamos como auténticas (perdonando la redundancia) debido a muchos factores. Entre ellos, mencionaremos cuatro:

  1. Una característica de ellas es que tiene rasgos propios de sectas en estado embrionario y en proceso de formalizarse en algo mucho más maduro internamente.
  2. Las situaciones a los que el autor alude en estas cartas coinciden muy bien con acontecimientos históricos que son conocidos por historiadores. Ejemplo de ello, es que él fue perseguido por agentes del Rey Aretas IV en Damasco, lo que le llevó a escapar del lugar. (2 Cor. 11:32-33) Esto está perfectamente de acuerdo con el récord histórico que tenemos de Aretas, quien ocupó el territorio de Damasco, en Siria, creándole problemas al Imperio Romano.
  3. Además, aparecen en un contexto no idealizado, distinto a como aparecen las idealizaciones o situaciones sospechosas en Hechos de los Apóstoles. Por ejemplo, Pablo presenta una pequeña reunión entre los representantes de Antioquía y Jerusalén, cuando Hechos nos habla de la reunión de unas multitudes (¿concilio?). (Gál. 2:1-10; cf. Hch. 15:1-29); o las cartas auténticas presentan tensiones y disputas cuando Hechos nos presenta una situación de suma armonía. (Gál. 2:11-15; cf. Hch. 15:30-35)
  4. El autor de las cartas auténticas es sumamente apasionado en sus posturas y atiende situaciones concretas en su comunidad, muchas de las que son muy inconvenientes para su predicación y su mensaje.

Voy a abundar un poco sobre este último punto. Pablo reclamaba ser un apóstol, es decir, alguien que fue enviado por Jesús resucitado para predicar el evangelio. (1 Cor. 15:8) Sin embargo, él predicaba una variante del evangelio que era ajena a lo que predicaban los palestinenses: que la fuente de la salvación colectiva e individual de los creyentes es por la fe en el Mesías vicariamente crucificado y resucitado, razón por la que los judíos debían continuar observando la Ley de Moisés, pero por la gracia del Espíritu Santo, mientras que a los gentiles se les eximía de algunos de sus requerimientos (la circuncisión, el kashrut o kosher y la observancia del Sábado). A esta convicción es lo que él llamaba, “mi evangelio”. (Rom. 2:16; 16:25; 1 Cor. 3:10)

Este “evangelio paulino” chocaba de frente con la convicción de muchos cristianos palestinenses, de que los gentiles estaban obligados a observar la normativa mosaica, lo que les llevó a ambas partes a una agria disputa. Pablo llamaría a estos cristianos extremistas, “falsos hermanos”, porque rehusaban aceptar el trato a los gentiles cristianos, pero no circuncidados, como sus iguales.

Pablo nos dice que, por revelación, necesitaba conversar con aquellos que conocieron a Jesús terrenalmente, a saber, las autoridades de Jerusalén: Jacobo, el “hermano del Señor”, Pedro y Juan. Ahí, se estableció un acuerdo entre Jerusalén y Antioquía de que le darían el visto bueno al evangelio paulino, al menos en cuanto a ciertas exenciones de requerimiento de la circuncisión a los gentiles, a cambio de una colecta a favor de “los pobres” de la congregación jerusalemita. (Gál. 2: 1-10) Esto es lo que el documentalista, Robert Orlando, llamaba un soborno amigable (a polite bribe).

Varios meses más adelante, Pablo y Bernabé recibieron a Pedro en Antioquía. El discípulo más cercano a Jesús, invitado de la congregación, empezó a tratar a los gentiles no circuncisos como sus iguales, sentándose en la misma mesa con ellos. Desafortunadamente, los representantes de Jacobo llegaron después y le persuadieron a él y a Bernabé de que no comieran junto a los gentiles, aun cuando aceptaban que los gentiles no fueran obligados a circuncidarse. Puede ser que les requiriera observar la dieta kosher como requisito para compartir una misma mesa. Esto fue interpretado por Pablo como una coerción de tipo social, para persuadir a los gentiles a “judaizarse”. El silencio que guardaba Pablo sobre el resultado de esa confrontación con Pedro y los representantes de Jerusalén, nos sugiere fuertemente que perdió la viva discusión que se suscitó al respecto.

Como resultado, Pablo se lanzó a una predicación independiente, desvinculado de Antioquía. Entre sus logros estuvo el de fundar o predicar a iglesias de galos, quienes (según Pablo), le trataron como un ángel o como a Cristo mismo. A pesar de esta hermosa experiencia, tras él, le seguían los “falsos hermanos”, difamándolo, acusándole de ser un falso apóstol, de no seguir el acuerdo entre ambas congregaciones y de haber retado la autoridad de Pedro y Jacobo en Antioquía. En Gálatas, Pablo quería aclarar el récord a las congregaciones de galos en Asia Menor: los “falsos hermanos” querían judaizarles, que era un rechazo a “su evangelio” y que si se circuncidaban, iban a privarse de la gracia especial otorgada por el Mesías a los gentiles. El hecho de que no volvemos a saber más nada de los galos en sus cartas auténticas o pseudoepígrafas, es una fuerte evidencia de que Pablo terminó siendo rechazado por estas congregaciones.

Si la epístola a los gálatas no fue escrita por Pablo, ¿qué sacaría el autor de ofrecer tantos detalles, tanto de lo ocurrido en Jerusalén y Antioquía, como detalles de dentro de las congregaciones gálatas y que fácilmente sería desmentido por sus congregaciones? Si el autor de la carta estuviera mintiendo, nos imaginamos a algún gálata diciendo: “¿Y cuándo Pablo estuvo aquí? Nosotros no reconocemos la autoridad de un ‘Pablo’ que nunca nos ha visitado.” Como lo que busca todo autor es convencer a sus lectores, es difícil pensar que Gálatas sea una falsificación.

Contrástese Gálatas (o cualquiera de las cartas auténticas) con las que sabemos que no son auténticas (e.g. Colosenses, Efesios, 1 y 2 Timoteo). Estas suelen ser mucho más desapasionadas, notablemente más genéricas, que parecen más tratados de teología, dando recomendaciones abstractas sin aludir a incidentes específicos dentro o fuera de sus comunidades.

Dado este panorama, no es razonable dudar la autoría de las cartas auténticas. La mejor explicación de lo que contienen es que, efectivamente, fueron escritas por Pablo.

La historia importa

Ruinas de la villa de Betsaida.
Ruinas de la villa de Betsaida, Israel (2011). Foto cortesía de Petr Brož. (CC-BY 3.0 Unported)

Una vez más, el propósito de este escrito no es tratar el problema de la historicidad de Jesús, sino, más bien, cómo algunos mitistas malentienden la noción de “fuentes independientes”. Detrás de ese malentendido, hemos visto que se esconde una visión errada de cómo los historiadores forjan la historia y cuáles son los criterios que verdaderamente se utilizan a la hora de identificar testimonios independientes. Noten que no he acusado a todos los mitistas de este problema, sino a muchos de los que pululan por las redes sociales o que no son profesionales en historia, pero que diseminan mala información entre círculos ateos, agnósticos y humanistas.

Un ejemplo claro de ello es Mythicists Milwakee, tal vez uno de los centros ateos y mitistas más conocidos. No hay disputa alguna en torno a la loabilidad ética de sus principios, pero se arruina cuando se apoyan en la autoridad de personas como Acharya S. (D. M. Murdock). Esta organización se estableció inspirada por un vídeo mal investigado, disparatero y con información fraudulenta, el primer vídeo de Zeitgeist, de Peter Joseph.

El hecho de que el Comité de Investigación Escéptica (CSI), del Centro para la Investigación (CFI), en un momento dado, escogiera a Robert Price para enseñar a sus miembros crítica bíblica es preocupante. Según Price admite abiertamente, él no coincide en nada, con sus pares (lo dijo una, otra y otra vez). En cualquier otro caso (como en el caso del designio inteligente, como en el del negacionismo del cambio climático, etc.), esto levantaría una bandera roja muy grande en la mente de los escépticos más profesionales. Sin embargo, por alguna razón, permiten esa excepción. Aclaro, que soy miembro y apoyo muy activamente los esfuerzos del CFI en general, pero no por esto, dejo de denunciar que algo que está mal en el mundo escéptico.

Nota adicional: Durante el debate entre Bart Ehrman y Robert Price, me llamó la atención que este último dijera que nadie sabe por qué hay un consenso sobre cualquier tema en la erudición bíblica. Esto me sorprendió. Personalmente, no soy biblista y, en cualquier caso, sería erudito bona fide (o, al menos, amateur), pero, todo lo que tiene que hacer alguien para saber la postura general consensuada o mayoritaria en torno a un tema y las razones para ello es leer los comentarios profesionales actualizados. Un comentario responsable hace una revisión de la literatura en general sobre frases o versos bíblicos. Otra manera, es leer introducciones profesionales muy bien elaboradas del Nuevo Testamento o libros de la Biblia y allí tendrán un panorama de lo que ocurre. Esto no es nada difícil y cualquier persona suficientemente instruida en la academia lo puede hacer.

Cada vez que se circulan documentales totalemente descabellados (que Jesús fue una fabricación del Imperio Romano, que Jesús era Horus, etc.) por organizaciones ateas, humanistas o escépticas, estamos abonando a la pseudociencia, específicamente en la forma de pseudohistoria. Aunque no todos los mitistas acepten las posturas más absurdas, en general, el público adolece de ignorancia en torno a cómo funciona el proceso historiográfico de la Antigüedad y del bíblico en particular. El no tener, al menos, alguna idea de tales procedimientos, hace que mucha gente del público reciban versiones del mitismo o variantes ingenuas del historicismo con los brazos abiertos.

Aun así, recibo de muchos ateos, agnósticos y humanistas la siguiente respuesta: “… pero eso no importa. ¿Hace alguna diferencia si Jesús existió o no?” Esta pregunta, en extremo ingenua, se olvida de algo que suele decir el mantra Sam Harris: “Las ideas tienen consecuencias”. Al igual que el movimiento del designio inteligente con la biología, el hecho de que existan movimientos mitistas (no son círculos académicos), ya crea una fuerza social que, sea por presión de grupos o por diseminación en los medios, promueve el ignorar por completo los valiosos trabajos arduos de miles de eruditos del pasado y del presente, para prestarle atención a dos o tres “autoridades”. Estos poquísimos académicos (Robert Price y Richard Carrier) o pseudoacadémicos (Acharya S, Frank Zindler, Timothy Freke, Peter Gandy y Tom Harpur) que se ven con excesivo beneplácito, en la mente de mucha gente, les da el visto bueno ideológico para desdeñar y, en ocasiones, denigrar a aquellos que favorecemos el historicismo … que, da la casualidad, es lo que favorece el 99.99% de los expertos en el campo. En algunos casos, se tiene la impresión errónea de que, para ser escéptico, hay que adoptar el mitismo (algo que, afortunadamente, algunos mitistas aclaran que no es correcto). Si los mitistas desean ganar su argumento, tiene que ser en la discusión académica y las revistas debidamente arbitradas y de prestigio, no en la opinión de un público que ignora todas las complejidades de la historiografía.

Esta entrada en el blog, no tiene la intención de afirmar que toda forma de mitismo es ilegítima. Algunas parecen viables, pero no la inmensa mayoría. Para poder discutir las versiones más serias, se requiere, al menos nivelar la discusión pública (en la academia prácticamente no hay debate alguno en cuanto al tema). Esa es la intención de esta entrada en el blog. Trata específicamente del problema de qué es lo que significa una “fuente independiente” y por qué el Nuevo Testamento, con sus virtudes y serios defectos, sí nos puede proveer varias de esas fuentes independientes y ver cómo se identifican y cómo proceden a cualificarse.

Una vez se equilibre el llamado “debate” en relación con este asunto, podemos sentar las bases para una mejor discusión del tema.

Referencias

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Bermejo Rubio, Fernando. La invención de Jesús de Nazaret. Historia, ficción, historiografía. Ed. Google Books, Siglo XXI, 2018.

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Epp, Eldon Jay. “Why Does New Testament Textual Criticism Matter? Refined Definitions and Fresh Directions”. Expository Times, vol. 125 no. 9 2014, pp. 417-431. doi: 10.1177/0014524614530796.

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Komoszewski, J. Ed, M. James Sawyer y Daniel B. Wallace. Reinventing Jesus. How Contemporary Skeptics Miss the Real Jesus and Mislead Popular Culture. Kregel, 2006.

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Orlando, Robert. Apostle Paul. A Polite Bribe. Cascade, 2014.

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Vidal, Senén. Las cartas auténticas de Pablo. Mensajero, 2012.

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Continúa el misterio del Fragmento de Marcos del “primer siglo”

P.Oxy LXXXIII 5345

Fragmento del Evangelio de Marcos (P.Oxy LXXXIII 5345 o P¹³⁷) datado al siglo II o III d.C. Reproducido por uso legítimo (fair use) con el propósito de discutirlo.

En una entrada en este blog, discutimos un misterio desatado en el mundo de la erudición bíblica en relación con un cierto fragmento del Evangelio de Marcos. Todo está discutido con más lujo de detalles en ese artículo, pero aquí haré un resumen. En primer lugar, se había dicho por parte de varios expertos, en particular Scott Carroll y Daniel Wallace, que había que revisar el número de manuscritos primitivos de los evangelios, ya que existía uno de Marcos, del primer siglo.

Máscara egipcia - Evangelio de Marcos

Máscara egipcia que supuestamente conservaba un fragmento del Evangelio de Marcos (Imagen usada bajo el concepto de uso legítimo (fair use). Cortesía de Craig Evans, Acadia Divinity College).

Aunque la revelación se hizo en el 2012, no se supo más del asunto hasta el año 2015, en el que supimos un poco más gracias a Craig A. Evans, un prestigioso estudioso del Nuevo Testamento y apologeta protestante quien ha debatido repetidamente con erudito, Bart D. Ehrman. En ese momento, Evans había declarado ante el público que existía un fragmento del Evangelio de Marcos del siglo I  y que se encontraba en un cartonaje egipcio, una máscara fúnebre egipcia. Según él, se podía desmembrar este artefacto de la Antigüedad sin dañar el papiro en cuestión ni la tinta. Esto levantó la ira de un número importante de estudiosos, que veían en esto, la destrucción del pasado por intereses de la apología cristiana. Después, se reveló que el este pedazo de papiro no fue obtenido de tal manera.

No se supo más nada del asunto hasta que un estudiante de Nuevo Testamento, en su blog, expresó sus serias sospechas de que un fragmento del Evangelio de Marcos que se había publicado como un Papiro Oxirrinco era el famoso texto que supuestamente era del siglo I, pero aparecía datado para el siglo II o III. Como tal, fue clasificado: P. Oxy. 5345. Más adelante, fue también catalogado bajo el papiro ℘¹³⁷. Oxirrinco fue un lugar donde, en la Antigüedad Egipcia, sirvió de basurero y donde se encontraron varios papiros sumamente valiosos. Este fue descubierto en el siglo XIX por dos eminentes papirólogos, Bernard Pyne Grenfell y Arthur Surridge Hunt.

Eventualmente, Wallace confirmó la sospecha. Tal acontecimiento despertó una serie de interrogantes en torno a varios asuntos, nuestro conocimiento de los hechos ha sido muy poco. Todo lo que se ha sabido es que Dirk Obbink, un respetado papirólogo, había cometido el error de datarlo al siglo I. Sin embargo, persistían las preguntas. Los involucrados habían mantenido una política de total hermetismo … hasta el sábado pasado, cuando un microscópico rocío de luz entró por una rendija de una ventana del cuarto oscuro de lo acontecido para evaporarse tan pronto como cayó.

En una página de Veracity Hill en Facebook, se colocó un vídeo de una entrevista con Evans en torno a diversos temas. El anfitrión le dejó saber que iba a hacerle unas preguntas de parte del público, a lo que Evans gustosamente accedió (minuto 46). Una de ellas estaba relacionada al llamado “Fragmento del Primer Siglo del Evangelio de Marcos” (minuto 52).

La entrevista fue un poco más reveladora en cuanto a los hechos. Según Evans, ℘¹³⁷ estaba en una caja equivocada junto a un bonche de otros papiros oxirrincos. Nadie estaba seguro cuándo Grenfell y Hunt lo obtuvieron del basurero. En los años 1980, un papirólogo de la Universidad de Oxford, Revel A. Coles, miró el papiro, no lo reconoció y escribió en sus notas que era probablemente del siglo I o II. Décadas más tarde, Obbink, también papirólogo de Oxford, lo miró, creyó inicialmente que era del siglo I y se dio cuenta que era del Evangelio de Marcos. Más adelante, Obbink expresó sus dudas en relación con la datación hecha por Coles. Así fue cómo se dio la gran confusión.

Por otro lado, lo que enfurece de algunas de sus respuestas es que aclara muy poco, si acaso nada del asunto. Evans es un experto muy inteligente del Nuevo Testamento y ha tenido un rol protagónico en la traducción, transliteración e interpretación de manuscritos antiguos relacionados con el tema. Por otro lado, es también un apologeta, algo que, desde mi perspectiva, le cuesta su credibilidad a la hora de expresarse en público, especialmente, si se trata de uno creyente. Ustedes pueden ver por su cuenta aquí y aquí en sus debates con Ehrman, que cuando se le pregunta directamente sobre si un evento que relata la Biblia realmente ocurrió, él (¿a propósito?) cambia convenientemente el sentido de la pregunta para no darle una respuesta directa y sencilla.

Lo mismo hizo Evans en el caso de ℘¹³⁷. Al final de su explicación nos dice, que él no sabía por qué había tanto problema y molestia en relación con este asunto del fragmento. ¡Todo fue un malentendido! En Facebook, dejé saber mi parecer al respecto:

Me explico.

Sí, admito que los errores pueden ocurrir, que cualquiera puede meter un fragmento donde no es, clasificarlo en el siglo equivocado, entre otras cosas. Somos seres humanos y hasta al más brillante papirólogo se le “escapa una liebre”. Si ese fue el caso, un abrazo fraternal es lo que procedemos a hacer, además de besitos en el cutis y seguimos todos en nuestro camino, moviéndonos a discutir cosas más importantes. Sin embargo, Evans está lejísimos de haber explicado otros asuntos altamente controversiales (favor de consultar con mi artículo previo sobre el tema para cualquier aclaración):

  1. Alguien intentó vender el manuscrito ilegalmente:
    •  Scott Carroll insiste que el manuscrito estuvo a la venta dos veces.
      .
    • Carroll señalaba a familia Green (del Museo de la Biblia) como la que había puesto el manuscrito a la venta.
      .
    • La persona que le había dicho a otros eruditos que el fragmento estaba a la venta era Dirk Obbink.
      .
    • El acto de Wallace, de revelar en medio de un debate la existencia de este fragmento, además de ser una movida injusta contra Ehrman, iba a generar un interés por el papiro en el que ganaría valor comercial … casi como si alguien usara a Wallace para subir el precio de un producto para la venta.
      .
    • La Egyptian Exploration Society (EES) dejó meridianamente claro que el fragmento jamás estuvo a la venta y que nunca abandonó las inmediaciones de la Universidad de Oxford.
      .
    • Pregunta: ¿Es cierto lo que dice Carroll de que el fragmento estuvo a la venta por los Green y que Obbink fue el que promovio la venta? Si es así, ¿de dónde sale que los Green se veían con el poder de vender un papiro que no era de ellos?
      .
  2. Wallace afirma en su blog que Obbink había cambiado de parecer dos semanas antes del debate que él tuvo con Ehrman. ¿Por qué no le dijo la información a Wallace a tiempo para que no utilizara la falsa información en el debate?
    .
  3. No obstante el hecho de que el cambio de parecer de Obbink tomó lugar en el 2012, por alguna razón, en el 2015, Evans fue mal informado y divulgó (con permiso y estímulo de alguien) que el fragmento del siglo I existía y que la fecha fue confirmada mediante carbono-14. ¿De dónde vino esta mala información?
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  4. Para colmo, Evans fue mucho más allá que Wallace al decir que el fragmento provino de la desintegración de un cartonaje egipcio. Luego, se reconoció que ese no era el caso. ¿De dónde vino este equívoco? ¿Por qué Obbink tampoco advirtió de este error a Evans tres años después de su cambio de parecer? ¿Fue esto también resultado de la intervención de la familia Green?

Sobre este último asunto, el siguiente intercambio es todo lo que sabemos:

Intercambio entre Peter Gurry y Craig Evans en Twitter

Intercambio entre Peter Gurry y Craig Evans en Twitter.

No hay lugar a dudas de que este manuscrito del Evangelio de Marcos es importante, sea del siglo I, II o III. Pero, esto va muchísimo más allá de un mero error al fechar el fragmento o de ponerlo en una caja equivocada. Los sucesos relacionados nos dan a entender que el problema es muy profundo y que hay elementos siniestros de lo ocurrido.

En mi opinión, no puedo creer que Evans, con lo inteligente que es, realmente se crea que el público o los demás biblistas se chupan el dedo. Él sabe que está ocultando información muy importante y que está engañando al público cuando dice que esto es meramente pajitas que le caen a la leche y que “no entiende” cuál es el problema, especialmente, cuando sabe muy bien que Wallace y él fueron los que trajeron esta información al público con el propósito de impresionar a los creyentes cristianos y ganar puntos a expensas de los no creyentes, mientras que alguien pensaba hacerse rico con el fragmento. Eso es un abuso espiritual de la fe de su público y de la confianza de varios eruditos. No creo que él haya sido la cabecilla de este engaño o que sea capaz de idear una cosa así, pero su deber es decirnos a todos qué fue lo que pasó.

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¿Los orígenes impíos de la Biblia?

Biblia abierta

Biblia abierta. Fotografía cortesía de Petr Kratochvil.

David Sloan Wilson, ateo como muchos otros, ha expresado reparos en torno a ciertas figuras del ateísmo militante cuando, dentro de su activismo, se alían a ciertas ideas y narrativas que son convenientes desde un punto de vista ideológico a expensas de la realidad. En tales casos, el ateísmo se vuelve en lo que llamó una “religión disimulada” (stealth religion). Como toda religión, es funcional en cuanto a que logra agrupar a unas personas de ideales y sentimientos afines para moverlos a actuar de alguna manera ventajosa. Sin embargo, tienen como subproducto el adoptar una visión que se escapa de la realidad.

En cuanto al humanismo, ateísmo y agnosticismo militante, no he visto un mejor ejemplo de lo anterior que el de la Biblia. Los agnósticos y ateos suelen ganar argumentos contra los religiosos en lo que concierne a la irracionalidad de muchos pasajes bíblicos, su carencia de apego a la historia, su cosmovisión totalmente distorsionada, la inmoralidad de Yahveh y sus profetas, los errores del mismo Jesús y sus discípulos, entre otros asuntos relatados en ese texto sagrado. Sin embargo, cuando se trata de aspectos importantes de la erudición bíblica y de la historiografía del cristianismo primitivo, muchos no creyentes caen en pura ideología a veces incorporando las perspectivas más marginales (fringe) de esas disciplinas.

El asunto es más grave todavía si se incluyen elementos que ningún historiador o erudito con dos ojos de frente defendería en serio públicamente. Este es el caso del artículo “The Bible’s Ungodly Origins” (Los orígenes impíos de la Biblia) publicado primero en el World Union of Deists y reproducido en el portal de Church and State. Aquí vamos a presentar un contraste histórico con el contenido de ese escrito.

Típicos malentendidos en torno al Emperador Constantino

Estatua de Constantino

Pedazo de la Estatua de Constantino. Dicha estatua se forjó presentando a Constantino como el dios Sol Invictus. Foto cortesía de Jean-Christophe Benoist. CC-BY-SA 2.5.

El artículo muestra una de las tendencias generalizadas a nivel popular en este tipo de discusiones: la idea de que Constantino era cristiano y que oficializó el cristianismo en el Imperio. Lo segundo es falso por razones que diremos más adelante. En cuanto a lo primero, este se ha convertido en un asunto contencioso entre los eruditos y su consenso es que Constantino probablemente mezcló sus convicciones en torno a la deidad Sol Invictus con ciertos aspectos del cristianismo (Tollinchi 425). Aun así, esto no es del todo claro. El sector más conservador de los expertos en cuanto a este tema argumenta que hubo una trancisión (no del todo teológicamente sofisticada) de esa religión pagana al cristianismo (Olson y Miesel 138-139). El sector más escéptico de su supuesta conversión a esta religión en esta etapa temprana de su imperium argumenta que la naturaleza sincrética del culto a Sol Invictus era favorable para que el emperador reconceptuara al dios cristiano como una manifestación de Sol Invictus, por lo que este gobernante se consideraba favorecido por este dios (Kee 20-22).

El asunto en cuestión es difícil en el debate entre historiadores por las siguientes razones:

  • Aun en la obra de Eusebio (Historia eclesiástica y Vida de Constantino), los historiadores se han percatado de una notoria falta de referencia a Cristo en sus documentos y en sus discursos. De hecho, en la Vida de Constantino, solo hay dos claras referencias a Cristo en los discursos de Constantino: uno en que apelaba a la unión entre los cristianos como conclusión del Concilio de Nicea y el otro cuando se bautizó al final de su vida, acontecimiento que algunos historiadores han puesto en duda (Castillo). En todos los demás casos habla en términos mucho más ambiguos de “Dios”, “Señor” y de la “Iglesia de Dios” (III:18; IV:62).
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  • Constantino nunca estableció el cristianismo como la religión oficial del Imperio, sino que lo legalizó, al igual que otras religiones mediante el Edicto de Milán. Fue con el Emperador Teodosio Magno, con su Edicto de Tesalónica de 380 d.C., que el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano.
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  • La mayoría de los hallazgos arqueológicos apuntan a la devoción constantiniana a Sol Invictus: Eusebio de Cesarea atribuye el triunfo de Constantino en la Batalla del Puente Milvio a su devoción cristiana, pero en su Arco de Triunfo no hay vestigio alguno de ello; al contrario hay referencias claras a Sol Invictus.
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    Sol Invictus en el Arco de Constantino

    Sol Invictus en el Arco de Constantino. (Foto cortesía de MM en Wikimedia Commons. CC-BY-SA 3.0).

    También hay referencias claras en otros artefactos tales como monedas alusivas al dios Sol (y a otras deidades paganas), su estatua (como Sol Invictus) y legislaciones (contrario a lo afirmado por Eusebio de Cesarea, en el Código Teodosiano aparece la legislación constantiniana en torno al domingo como día de fiesta en honor al dios Sol; Imperatori Theodosiani Codex 2.8.1).

    Moneda de Constantino

    Moneda acuñada en la época de Constantino. En el reverso aparece Sol Invictus y dice: SOLI INVICTO COMITI (Sol Invicto, mi ministro). Foto cortesía del Classical Numismatic Group, CC-BY-SA 3.0 Unported.

    La única instancia en que aparecería un símbolo cristiano (el chi-rho: ☧) es esta moneda.

    Moneda de Constantino

    Moneda de Constantino acuñada en el 337 d.C. que celebra su triunfo sobre Licinio (Ramskold 19). Ahí aparece el lábaro con el símbolo chi-rho ☧. Palabras al reverso SPES PVBLICA (“esperanza del pueblo”), CONS (acuñado en Constantinopla) (Foto cortesía del Classical Numismatic Group, CC-BY-SA 3.0 Unported).

    Aun así se despiertan interrogantes. Comencemos indicando que en la primera ocasión en que aparece el chi-rho en las monedas ocurre en un contexto claramente pagano, en las que el rey Ptolomeo III acuñaba la cabeza del dios Zeus-Amón (Amón-Ra era un dios solar egipcio en esta época) y en su reverso el águila con el chi-rho.
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    En segundo lugar, esto aparece brevemente antes de la muerte del emperador, cuando historiadores sospechan que se convirtió al cristianismo y se dejó bautizar.
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    En tercer lugar, esta moneda en particular es tan extremadamente rara, que ya han aparecido especialistas cuestionando ciertas monedas SPES PVBLIC que se han comprado en el mercado actual y que parecen haber sido falsificadas.
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    En cuarto lugar, aun con todo, el símbolo chi-rho no es claramente cristiano en la época constantiniana. Eso se debe a que a pesar del testimonio de Eusebio (que no es fiable) y el del historiador cristiano Lactancio (que relata un sueño del emperador en que vio el chi-rho), el emperador mismo mantuvo explícitamente y en público que vio una aparición de Sol Invictus junto a la diosa Victoria (esto se relata en una parte del documento conocido como el Panegyrici Latini; la parte que lo relata se escribió para el 310 d.C. Ver el texto en latín; leer traducción de J. G. Sang). Esta última deidad le entregó un par de coronas que significaban larga vida. Este relato parece corresponder a una medalla constantiniana acuñada para el 320 d.C. (después de su supuesta conversión en el 312 d.C.) en que Sol Invictus le corona (Angelova 117, 120-121). Esta interpretación lo confirma la Gemma Constantiniana del 315 d.C. en que aparece Victoria en gesto de coronar a Constantino.
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    Hoy día algunos historiadores piensan que tanto Lactancio como Eusebio basaron sus versiones cristianas en esta visión pagana. Lactancio describe cómo en sueños Constantino vio el chi-rho como un “signo celeste” (XLIV). Eusebio en particular utilizaba el lenguaje solar para describir el chi-rho y el lábaro. (I:28-36; Bardill 170). A la luz de esto, es posible que el chi-rho originalmente pudiera haber sido un símbolo solar y que indicaba su relación particular con el dios Sol (Kee 20-22, 117-118, 141-152). Puede ser también que el cristianismo se apropiara de este símbolo por que la “P” y la “X” juntas pueden interpretarse como un monograma con las dos primeras letras de Cristo en griego. Aun así, se sabe que en el siglo IV los cristianos representaron en un momento dado a Cristo como el dios sol, tal como lo muestra un mosaico en la tumba de los Julios. De hecho, en vida de Constantino, aparece una moneda tesalonicense con una representación solar curiosamente semejante al chi-rho (319 d.C.) (Bardill 171-172). Por ahora, el consenso entre los expertos en torno a este monograma parece ser que su presencia en medallas y monedas es un signo de victoria (especialmente tras vencer a Licinio), pero su supuesto significado cristiano en la época del emperador es discutible (Bruun; Ramskold 20-21).
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  • Constantino sí intervino en la vida cristiana, especialmente convocando los concilios (e.g. Concilio de Arlés y el Primer Concilio de Nicea). Excepto por el hecho de que por primera vez el poder imperial irrumpe de esa manera en la esfera del cristianismo, es menester indicar que esto no era nada nuevo en el Imperio. Desde la época de Octavio Augusto César, al emperador se le consideraba pontífice máximo, la suma autoridad religiosa del imperio. De hecho, lo único que hacía como emperador era favorecer al sector cristiano que fue leal a él (al que llamaba “Iglesia de Dios”). Por ejemplo, en el norte de África, fue partidario de la “Iglesia de Dios” contra los donatistas, ya que este último sector cristiano era antiimperial.

Todo lo indicado arriba es que lo más que tenía Constantino en su mente era la unificación de su imperio, NO la doctrina cristiana. Si quieren muestra, tomen por ejemplo cuando explotaron los conflictos entre los cristianos por la llamada “herejía de Arrio”. Debido a que el llamado “debate” amenazaba con resquebrajar su imperio, envió una carta a Arrio y a Alejandro (el obispo de Alejandría) en el que describía la disputa en torno a la naturaleza de Cristo en los siguientes términos: “… es irrelevante … los fomenta la charlatanería de un ocio baldío … dogmas en demasía abstrusos … locuacidad incontinente … cosas nimias e ínfimas … mezquinas y hueras disputas verbalísticas … algo que rezuma vulgaridad, y en vez de acordar con la sensatez de sacerdotes y hombres prudentes, armoniza más con las tonterías propias de chiquillos …” etc. (Vida de Constantino, II:63-72).

¿Fue Constantino el que forjó la Biblia?

La respuesta corta a esa pregunta es: No. Contrario a nociones simplistas de ambos lados del seudodebate (el creyente y el no creyente), el Nuevo Testamento se compiló mediante todo un proceso altamente complejo.

Este proceso comenzó en el año 50 d.C. con la carta de Pablo de Tarso a los tesalonicenses (1 Tesalonicenses). Él escribió de 10 a 14 cartas distintas que sobreviven todavía en nuestras Biblias. Durante la década del 60 d.C. después de la muerte de Pablo, alguien (no se sabe quién) tomó sus epístolas, las alteró para que sumaran siete cartas (siete es número sagrado) y comenzó a circularlas en el Mediterráneo (probablemente con Éfeso y Roma como epicentros). Así que ya para mediados de la década del 60 d.C., tenemos las siete cartas paulinas circulando: Romanos, Gálatas, 1 Tesalonicenses, Filipenses, 1 y 2 Corintios y Filemón. Debido a que se basan en los escritos genuinos paulinos, frecuentemente los eruditos se refieren a ellas como las “auténticas”.

Simultáneamente, probablemente se forjaron distintas tradiciones en torno a Jesús mezcladas con relatos y enseñanzas de origen judeohelenista que se comenzaron a concretar durante el último tercio del siglo I con los cuatro evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Por cierto, cada uno de estos libros tuvo sus correspondientes procesos de compilación y edición por parte de sus autores o editores. Quien haya escrito el Evangelio de Lucas probablemente publicó también dos ediciones de los Hechos de los Apóstoles (tal vez una de las ediciones data su autoría del 110 d.C.)

Durante toda esa evolución de los escritos, el conjunto de epístolas paulinas fue creciendo en la medida que se añadieron otras cartas: 2 Tesalonicenses, Colosenses y Efesios (las cartas deuteropaulinas). No solo eso, sino que aparte de ese conjunto, un autor desconocido que escribió a nombre de Pablo, publicó las llamadas “cartas pastorales”: Tito y 1-2 Timoteo (tritopaulinas). También es menester mencionar que después del 70, tal vez como resultado de la persecución de Nerón y la destrucción de Jerusalén, un autor cristiano desconocido escribió una homilía de consuelo que hoy se conoce como la Carta a los Hebreos, erróneamente atribuida a Pablo.

Otros cristianos, mayoría judeohelenista durante el periodo del 80 al 110 d.C. escribieron las llamadas “cartas universales”: Santiago, 1 y 2 Pedro, 1, 2, y 3 Juan y Judas. Por último, al final del siglo I, se publicó el Apocalipsis de Juan.

Podemos constatar que los cristianos empezaron a utilizar algunos de estos escritos como parte de sus liturgias o como autoridades. Eso se puede ver ya claramente desde principios del siglo II en adelante en varios escritos. También empezaron a circular otros tipos de literatura cuya autoridad se disputaba en la época, mayormente falsificaciones atribuidas a varios apóstoles o figuras vinculadas a Jesús (en una ocasión a Jesús mismo): el Evangelio de Tomás, la Carta de Bernabé, 1 Clemente, el Protoevangelio de Santiago, el Pastor de Hermas, el Apocalipsis de Pedro, las Seudoepístolas clementinas, etc. Sin embargo, no fue la Iglesia “ortodoxa” (por ponerle un nombre) la que estableció el primer canon, sino más bien un pensador heterodoxo llamado Marción de Sinope (85 – 160 d.C.). Él utilizó las cartas paulinas que se estaban circulando en el Mediterráneo (las diez cartas: siete auténticas y las tres deuteropaulinas), las alteró y las juntó con una versión alterada del Evangelio de Lucas. Este canon data aproximadamente de la cuarta década del siglo II.

Canon Muratori

La última página del Canon Muratori según publicada por Samuel Prideaux Tragelles (1868).

Más adelante encontramos el llamado Canon Muratori, manuscrito encontrado por L. A. Muratori y que data del siglo VIII d.C., pero que expertos datan su contenido al siglo II o III (mucho antes de Constantino). Allí aparecen los cuatro evangelios que conocemos, Hechos de los Apóstoles, están ya 13 epístolas atribuidas a Pablo (las 7 auténticas, las 3 seudopaulinas y las pastorales), además de Santiago, 1 y 2 Juan, Apocalipsis de Juan, el Pastor de Hermas, Sabiduría de Salomón y el Apocalipsis de Pedro. Esto es consistente con las aserciones de Ireneo de Lyon que fijaba la autoridad de los evangelios en los cuatro conocidos.

Finalmente, llegamos a la famosa compilación hecha bajo la época de Constantino. Contrario a lo alegado por el autor del artículo “The Bible’s Ungodly Origins”, el Concilio de Nicea no tuvo rol alguno en todo este proceso. Ni tan siquiera se discutió remotamente el asunto de la canonicidad. Nos reiteramos en que a Constantino no le importaba la doctrina cristiana, sino más bien su alianza política con el cristianismo. Ante las divisiones políticas de los cristianos debido a asuntos doctrinales, Constantino quiso remediar la situación mediante dos recursos: su poder de sumo pontífice para convocar el Concilio de Nicea (325 d.C.) para que arreglaran su asunto doctrinal (él era indiferente ante un lado de la discusión o el otro); y en el 332 d.C., quiso delegar en Eusebio de Cesarea la compilación de aquellos libros que fueran comunes para los cristianos. Nótese que dicha colección no era el Nuevo Testamento que nosotros tenemos hoy. Por ejemplo, allí se incluían los cuatro evangelios, Hechos de los Apóstoles, el corpus paulinum (incluyendo a Hebreos), 1 Juan, 1 Pedro, la Carta de Bernabé, el Pastor de Hermas y el Apocalipsis de Juan. Parece que fue esta edición la que integró la Carta de Hebreos para que el corpus paulinum sumara 14 (7+7).

Hay que señalar que la necesidad de esta compilación se debió a la plaga de textos (falsificaciones) atribuidos a los apóstoles, sosteniendo posturas totalmente dispares y que eran motivo de división entre los cristianos: el Evangelio de Judas, el Evangelio de la Verdad, el Evangelio Copto de Pedro, el Evangelio de María Magdalena, etc. Por ende, la selección de los libros arriba mencionados tenía la función de ver cuál era el denominador común de las liturgias cristianas del imperio como factor crucial para su armonización. Sin embargo, Constantino mismo no escogió esos libros. Toda la evidencia indica que Eusebio y compañía fueron los que escogieron aquellos que eran bastante tradicionales en todas las iglesias cristianas del Imperio.

No fue hasta el obispo de Alejandría, Atanasio, que apareció el primer canon del Nuevo Testamento como lo conocemos hoy día (367 d.C.). Más adelante, en Roma se celebró un sínodo adoptando ese mismo canon neotestamentario y los libros de la Septuaginta para las liturgias de iglesias romanas (382 d.C.). Finalmente los concilios de Hipona (393 d.C.) y Cartago (397 d.C.) siguieron esa misma ruta.

Así que, en todo caso, el rol que jugó Constantino en cuanto al canon neotestamentario fue históricamente uno marginal.

Otros errores …

Ya con lo expuesto arriba, podemos ver claramente que el autor del artículo “The Bible’s Ungodly Origins” está desinformado e históricamente desorientado. Con esto no quiero decir que ahora todos debemos afirmar que la Biblia es “palabra divina”. Sin embargo, parece que sus orígenes radican en unos niveles de complejidad más serios (aquí he presentado un “crash course” de la formación del canon; para más detalles, recomiendo el libro de Bruce Metzger, The Canon of the New Testament y el de Antonio Piñero, Guía para entender el Nuevo Testamento). Sin embargo, hay otros errores adicionales en el artículo que criticamos:

  • El texto hace referencia a John Dominic Crossan, erudito distinguido miembro del Jesus Seminar. Sí es cierto que de acuerdo con él, Constantino quería crear una compilación neotestamentaria para ayudarle a unificar el imperio. Sin embargo, él jamás estaría de acuerdo con el resto de lo que el artículo alega. La falla del autor, de no decir dónde es que termina la opinión de Crossan, puede llevar a los lectores a unas serias confusiones.
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  • Menciona la refutación de Brian Show de que el Concilio de Nicea no tuvo nada que ver con el canon neotestamentario. Sin embargo, el autor continúa empecinándose de que Constantino fue el que aprobó el canon, algo que es manifiestamente falso.
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  • Cita a H. G. Wells en torno al Concilio de Nicea … y es irrelevante, ya que dicho sínodo cristiano no discutió absolutamente nada en torno al canon.
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  • Cita a Thomas Paine. Las citas son genuinas, pero irrelevantes al tema en cuestión, ya que Paine ni vivió en la época de Constantino ni tuvo los recursos historiográficos en torno al emperador o al canon que tenemos hoy día. Solo se utiliza con propósitos retóricos para afirmar el deísmo. No tenemos nada en contra del deísmo per se, pero no tiene nada que ver con el mal uso de información presumiblemente histórica.

Una vez más, lo peor que pueden hacer ciertos no creyentes para intentar refutar las religiones en general (en particular el cristianismo) es crear toda una red de creencias falsas con escasos fundamentos históricos. Los no creyentes también estamos sujetos a parcialidad y prejuicios personales, por lo que siempre tenemos que guiarnos por las mejores investigaciones disponibles hoy día.

Referencias

Angelova, Diliana N. Sacred Founders: Women, Men, and Gods in the Discourse of Imperial Founding, Rome through Early Byzantium. U California P, 2015.

Brown, Raymond. Introducción al Nuevo Testamento. 2 vols, Trotta, 2002.

Bardill, Jonathan. Constantine, Divine Emperor of the Christian Golden Age. Cambridge UP, 2011.

Bruce, F. F. The Canon of Scripture. InterVarsity, 1988.

Bruun, Patrick. “The Christian Signs on the Coins of Constantine.” Arctos, ser. 2, vol. 3, 1962, pp. 5-35.

Castillo, Pepa. Año 312. Constantino: emperador, no cristiano. E del Laberinto, 2010.

Conzelmann, Hans. Hermeneia: Acts of the Apostles. Fortress, 1988.

Ehrman, Bart D. Forgery and Counterforgery. The Use of Literary Deceit in Early Christian Polemics. Oxford UP, 2013.

Epp, Eldon Jay. The Theological Tendency of Codex Bezae Cantabrigiensis in Acts. Wipf & Stock, 1966.

Eusebio de Cesarea. Historia eclesiástica. Texto bilingüe, traducido por Argimiro Velasco-Delgado, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008.

—. Vida de Constantino. Traducido por Martín Gurruchaga, Gredos, 1994.

Evans, Craig A. y Emanuel Tov, editores. Exploring the Origins of the Bible: Canon Formation in Historical, Literary, and Theological Perspective. Baker Academic, 2008.

Gamble, Harry Y. Books and Readers in the Early Church: A History of Early Christian Texts Yale UP, 1997.

Kee, Alistair. Constantine versus Christ. SCM P, 1982.

Lactancio. Sobre la muerte de los perseguidores. Traducido por Ramón Teja, Gredos, 1982.

Metzger, Bruce M. The Canon of the New Testament: Origins, Development, and Significance. Clarendon, 1997.

Olson, Carl E. y Sandra Miesel. The Da Vinci Hoax, Exposing the Errors in The Da Vinci Code. Ignatius, 2004.

Piñero, Antonio. Guía para entender el Nuevo Testamento. Trotta, 2011.

Piñero, Antonio y Jesús Peláez. El Nuevo Testamento: Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos. El Almendro / Fundación Epsilon, 1995.

Ramskold, Lars. “Highly Deceptive Forgeries of Constantine’s SPES PVBLIC Coinage.” The Celator, dic. de 2009, pp. 18-32.

Ruiz Bueno, Daniel. Padres apostólicos. Biblioteca de Autores Cristianos, 1993.

Tollinchi, Esteban. La metamorfosis de Roma. E de la U de Puerto Rico, 1998.

Vidal, Senén. Las cartas auténticas de Pablo. Mensajero, 2012.

Zuntz, Günter. The Text of the Epistles: A Disquisition Upon the Corpus Paulinum. Wipf & Stock, 2007.

El caso de Yeshúa bar Yusef – Una verdadera investigación – 6

La serie, partes 1, 2, 34 y 5

La noche de Gólgota -- por Vasily Petrovich Vereshchagin (1869)

La noche de Gólgota — por Vasily Petrovich Vereshchagin (1869)

La tradición más antigua de sepultura y resurrección

Uno de los elementos que hacen más valiosas las cartas auténticas paulinas es que Pablo frecuentemente nos cita las tradiciones más antiguas con las que contamos en torno al tema de la muerte y resurrección de Jesús.

En primer lugar os transmití lo que por mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas {Pedro} y luego a los Doce; que después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que todavía la mayor parte viven, aunque otros ya murieron. Luego se apareció a Jacobo {el hermano de Jesús}; más tarde, a todos los apóstoles (1 Cor. 15:3-7).

¿Cómo sabemos que esto proviene de una tradición ajena a la de Pablo? Si tomamos los versos del 3b al 5, obtenemos una estructura inconfundible tradicional que contrasta la muerte y sepultura con la resurrección y su aparición a Pedro. Compárese los versos (a), (b) (c) y (d) de la primera estrofa con los correspondientes de la segunda:

1(a) Cristo murió
1(b) por nuestros pecados
1(c) según las Escrituras
1(d) que fue sepultado

2(a) que {Cristo} resucitó
2(b) al tercer día
2(c) según las Escrituras
2(d) que se le apareció a Cefas

Todos los relatos que vemos en torno a su sepultura y tumba vacía en los evangelios son relatos posteriores a esta tradición. Algunos disputan la historicidad de este contenido. Otros afirman que es perfectamente consistente con el primero de nuestros evangelios (el de Marcos) muy a pesar de que los recuentos evangélicos se contradigan entre sí. ¿Acaso Jesús no se les apareció a las mujeres primero? O, como afirmaría Ehrman en su obra How Christ Became God, tal vez la carencia de mención de José de Arimatea como contraste literario al nombre de Cefas es señal que no hubo un tal personaje y que, en definitiva, a lo mejor Jesús no fue sepultado.

Veamos este asunto más a fondo.

La sepultura

Es verosímil que la crucifixión haya tomado lugar antes de la Pascua, incluso el día antes (en relación con esto, el Evangelio de Juan —como diríamos los puertorriqueños— “la pegó”, aunque por razones puramente teológicas). Recordemos que la cronología evangélica es inverosímil y que todo este proceso de juicio a Jesús hasta que llegó a manos de Poncio Pilatos pudo haber tomado días, pero ciertamente no de un día para otro. Sin embargo, puede ser posible que Pilatos atendiera su caso dos días antes o el día antes de la Pascua. En primer lugar, el juicio romano se dio en Jerusalén, no en Cesarea Maritima en las costas de Samaría, la sede de su autoridad. Como hemos dicho en otros artículos, la presencia romana en la Ciudad de David incrementaba debido a los exabruptos nacionalistas que solían ocurrir de vez en cuando durante esa temporada. Nadie como Pilatos para garantizar el orden.

Jesús fue condenado a la crucifixión y murió ese mismo día después de haber pasado (posiblemente) algunos días de prisión y maltrato por parte de los soldados. Después de un desangrado considerable y del espantoso dolor que debió haber pasado en la Cruz, podía ser que para velar por el día de Pascua (recuerden que para los judíos de esa época, “el día siguiente” comenzaba a las 6:00 de la tarde, no a la medianoche) el Sanedrín solicitara que se descolgara a los muertos en la cruz, ya que no debían estar expuestos en esa noche de fiesta.

En cuanto a este punto, hay un debate muy interesante entre eruditos del Nuevo Testamento. John Dominic Crossan y Bart D. Ehrman (este último de manera más cualificada) piensan que los romanos no hicieron excepción alguna en cuanto a la crucifixión y que probablemente dejaron los cuerpos a la interperie para que fueran depredados por animales. La razón de ello es que fuera de unos casos constatados por Filón de Alejandría y Josefo, no habría motivo alguno para que los romanos respetaran las formalidades culturales locales. La idea de que Pilatos ayudara a guardar las formalidades de la Pascua sería bien improbable. Ya hemos visto cómo solía tratar a la población en caso que se resistiera por razón alguna. A él le importaba muy poco este asunto. La crucifixión tenía la intención de humillar a los rebeldes, ¿qué razón tendría Pilatos para permitir que se les descolgara de la cruz en la temporada más nacionalista de Jerusalén?

Del otro lado de la discusión, se encuentra prácticamente el consenso de los historiadores y exégetas del Nuevo Testamento. ¿Por qué discuto a Crossan y Ehrman? Porque el peso de sus argumentos en este caso es importante. Sin embargo, en el otro lado, aunque predominen algunos estudiosos conservadores y confesionales, esto no significa en absoluto que todos ellos tengan un cociente de inteligencia bajo (y si creen que sí, les invito cordialmente a estudiar hebreo, arameo, griego koiné y copto, mas paleografía, historiografía antigua, filología, filosofía antigua, escritos apócrifos, etc. …  se pasarán toda una vida estudiando …  como ellos lo han pasado). Al contrario, son brillantes eruditos y a ellos le debemos gran parte de lo que discutimos en artículos previos. ¿Qué tienen que decir ellos al respecto?

En primer lugar, debemos comprender la relación entre Roma y Judea para entender cómo Pilatos tenía que relacionarse con los judíos. Judea es para todos los efectos una de las provincias de las excepciones. Contrario a lo que nos indican las películas de Jesucristo, los romanos no estaban paseando todo el tiempo por Jerusalén en grandes números para intimidar al público todos los días. Su presencia incrementaba para el periodo de Pascua, pero el resto del tiempo, la guardia estaba bajo la supervisión del Sumo Sacerdote (en este caso, Caifás). Por otro lado, Pilatos gobernaba desde un lugar más pacífico, Cesarea Maritima en las costas de Samaría. Con contadas excepciones, los romanos también solían respetar las tradiciones judías del Templo y de todas partes de sus dominios, siempre y cuando pagaran el tributo debido al Imperio. Este era el acuerdo que habían establecido con los sacerdotes saduceos y, por tal motivo, esta casta era odiada por fariseos, esenios y otros sectores sociales. Pero, ¿por qué Roma no forzaba el estilo de vida romano o actividades típicas de su cultura o, al menos, la tan admirada helenística? En primer lugar, Antíoco Epífanes intentó hacerlo primero y fracasó ante una guerra de guerrillas nacionalista bajo los Macabeos.

En segundo lugar, debemos recurrir de nuevo a lo que nos tiene que decir el historiador Flavio Josefo. ¿Se acuerdan que Pilatos masacró a un número de personas en una multitud por utilizar el Dinero Sagrado para un acueducto?  Pues, antes de eso ocurrió este incidente:

Cuando Pilato fue enviado por Tiberio como procurador {error histórico: fue prefecto} a Judea, llevó de noche a escondidas a Jerusalén las efigies de César, que se conocen por el nombre de estandartes. Este hecho produjo al día siguiente un gran tumulto entre los judíos. Cuando lo vieron los que se encontraban allí, se quedaron atónito porque habían sido profanadas sus leyes, que prohíben la presencia de estatuas en la ciudad. Además, un gran número de gente del campo acudió también allí ante la indignación que esta situación había provocado entre los habitantes de la ciudad. Se dirigieron a Cesarea y pidieron a Pilato que sacara de Jerusalén los estandartes y que observara las leyes tradicionales judías. Pero como Pilato se negó a ello, los judíos se tendieron en el suelo, boca abajo, alrededor de su casa y se quedaron allí sin moverse durante cinco días y sus correspondientes noches.

Al día siguiente Pilato tomó asiento en la tribuna de un gran estadio y convocó al pueblo como si realmente desease darles una respuesta. Entonces hizo a los soldados la señal acordada para que rodearan con sus armas a los judíos. Estos se quedaron estupefactos al ver inesperadamente la tropa romana formada en tres filas a su alrededor. Mientras, Pilato les dijo que les degollaría, si no aceptaban las imágenes de César y dio a los soldados la señal de desenvainar sus espadas. Pero los judíos, como si se hubiesen puesto de acuerdo, se echaron al suelo todos a la vez con el cuello inclinado y dijeron a gritos que estaban dispuestos a morir antes que no cumplir sus leyes. Pilato, que se quedó totalmente maravillado de aquella religiosidad tan desmedida, mandó retirar enseguida los estandartes de Jerusalén (Josefo, La guerra II:169-174).

En otras palabras, había una razón por la que Roma pensaba que era más eficiente respetar las leyes judías y cobrar el Tributo que imponerles costumbres romanas.  Pilatos pensaba que él era el hombre para lograrlo y claramente se equivocó.

No solo eso, la masacre que llevó a cabo en Jerusalén fue un caso excepcional debido a que, contrario a los estandartes, el acueducto pudo haber sido una genuina necesidad con la que no se contaba con los recursos económicos, así que utilizó el recurso disponible en manos de los sacerdotes saduceos. Fuera de este episodio de los estandartes y el de años más tarde la imposición de las estatuas de Calígula, Roma mantenía una política de “manos afuera” en relación con Jerusalén: que el Sumo Sacerdote mantuviera el orden y que se observaran las leyes mosaicas, siempre y cuando ese orden no fuera contrario al dominio romano y al pago tributario. Además, se les solicitaba que ofrecieran sacrificios y oraciones por el bienestar del emperador. Tanto Josefo como Filón de Alejandría nos dejan constancia de que en muchas ocasiones los judíos le solicitaban a Pilatos velar por sus leyes patrias como lo habían hecho muchos reyes y emperadores hasta ese momento.

Craig A. Evans, exégeta protestante bien respetado en su campo, nos informa que la Torah dice bien explícitamente que debían sepultar los cadáveres antes de la puesta de sol (Deuteronomio 21:22-23), algo que recordaba con mucho énfasis la comunidad de Qumrán (11Q19 64:7-13a). Él trae a colación el hecho de que Josefo narraba cómo durante la Guerra Judía, varios judíos bajaban a crucificados para sepultarlos, tal como exigía la Torah. Ehrman no estuvo de acuerdo con su argumento, específicamente por la falta de cualificaciones a las aserciones de Josefo.

Nota personal e inexperta: Los diez argumentos que numera Ehrman rozan un poco con el hiperescepticismo, aunque no son en ellos mismos irrazonables. Aun subrayando mi carencia de expertise en cuanto a este tema y que, tal vez, no tenga suficiente información al respecto, me parece que tampoco hay razones de peso para poner en duda que Pilatos respetaba al menos algunas tradiciones judías. De otra manera, los judíos estarían en perpetua queja ante el Imperio. Aquí está el enlace de su blog en el que responde a este planteamiento de Evans.  (Si no pueden ver todo el artículo, únanse a su blog por un costo módico de $7.95 cada tres meses. El dinero completo se dona a Médicos Sin Fronteras y CARE, entre otras organizaciones sin fines de lucro. A cambio de ello, tienen acceso a las opiniones de uno de los exégetas más respetados de Estados Unidos).  Pueden ver más de sus respuestas a Evans aquí  (tampoco me convence mucho) y aquí (nope).

Sin embargo, el análisis de Evans también falla significativamente en algunos puntos. Por ejemplo, muestra como evidencia el hallazgo de Yeojanan (del que hablamos en nuestro artículo anterior), cuyas piernas fueron quebrantadas por los romanos para que muriera más rápido. Él afirma que probablemente se debió a que no estaba muriéndose “a tiempo” (por así decirlo) y los romanos tomaron medidas al respecto. ¿Por qué razón sería? Lo más probable porque tenían que bajar su cadáver de la cruz antes del atardecer. Una observación muy importante que hace Ehrman es que este condenado pertenecía aparentemente a una élite judía y sus familiares pudieron haber influenciado la decisión del gobernador para enterrarlo. Ese no era el caso de Jesús, quien no era pudiente y cuya familia no se encontraba en Jerusalén, sino en Galilea. ¿Por cuánto tiempo estuvo Yeojanan crucificado? ¿Cuáles crímenes cometió?  No tenemos constancia de ello. Es más, la persona que hizo el análisis de los huesos —Joe Zias— afirma que su quebrantamiento ocurrió después de su muerte.

Finalmente, Evans argumenta que se han encontrado clavos de crucifixión en varios osuarios, lo que indica que se solían sepultar honrosamente a cadáveres de crucificados, en vez de dejarlos a la interperie por mucho tiempo. Sin embargo, como bien señala Ehrman —respaldado por la autoridad de un experto en el tema— estos clavos no se guardaban porque los cadáveres fueran de crucificados, sino porque eran más bien una especie de talismanes: específicamente se pensaba que dichos clavos espantaban a los espíritus malignos. El clavo que ilustra Craig en su artículo es del osuario de Caifás (quien jamás fue crucificado).

Este fascinante debate continúa, sin embargo, en mi —muy inexperta— opinión (y, por favor, tómenla cum granus salis) es que sí se descolgó el cadáver de Jesús después de haber muerto y que fue enterrado por un tal José de Arimatea. En ese aspecto, estoy de acuerdo con la mayoría de los historiadores y exégetas. La razón de ello la explica el erudito James G. McGrath en su libro electrónico (muy didáctico) The Burial of Jesus, donde explica “en arroz y habichuelas” lo que expondremos ahora.

El relato cepa de los demás sinópticos proviene de Marcos y nos dice lo siguiente:

Ya al atardecer, como era la Preparación, es decir: la víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro respetable del Consejo {Sanedrín}, que esperaba también el Reino de Dios, y tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. Se extrañó Pilato de que ya estuviese muerto y, llamando al centurión, le preguntó si había muerto hacía tiempo; informado por el centurión, concedió el cuerpo a José. Este compró una sábana y lo descolgó de la cruz; lo envolvió luego en ella y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en una roca. Finalmente hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de Josés se fijaron dónde lo ponían (Marcos 15:42-47)

Otros evangelios hicieron de José un seguidor de Jesús, algo que realmente no está claro en este texto, ya que Jesús no era el único que predecía la “llegada del Reino de Yahveh” sino uno de muchos apocalipticistas de su tiempo. Sobre si José era o no seguidor de Jesús, el texto es admitidamente ambiguo, lo que nos lleva a pensar que a lo sumo era un apocalipticista del Sanedrín que no era seguidor de Jesús. El otro dato que parece ser significativo es que a Pilatos se le dio la información que “hacía tiempo” Jesús había fallecido.

Nótese en cuanto a todo esto, que los discípulos habían huído y no podían solicitar un entierro honorable a Jesús.  Sus familiares parecen haber estado en Galilea en el momento, por lo que tampoco lo solicitaron. Sin embargo, el interés de José de Arimatea parecía ser estrictamente jurídico-religioso (no quería que hubiera un cadáver colgando antes del atardecer, ya que había que cumplir con la normativa de Moisés). Nótese que en ningún momento Marcos nos dice lo que otros evangelios alegaban: que la sábana estaba “limpia” y que el sepulcro era “nuevo” (Mateo 27:60; Juan 19:40-41); o que era acompañado de Nicodemo (Juan 19:39); o que envolvió al cadáver con dulces aromas según la tradición judía de sepultar (Juan 19:40-41).

En otras palabras, sale a relucir de nuevo el criterio de incomodidad o dificultad, de que los evangelistas posteriores han intentado embellecer el relato original sobre José de Arimatea para que parezca que Jesús fue sepultado por un discípulo respetuoso de su Maestro … y no como el miembro de un Sanedrín que buscaba velar por la ley patria que sepultó a Jesús con una sábana (si limpia o no, no sabemos) en un sepulcro común y corriente. Es más, contrario a lo alegado por el Evangelio de Juan, todo indica que se le sepultó sin los debidos rituales judíos de honor; es decir, se le estaba tratando como a un criminal.

¿Cómo sabemos que fue así?  Sencillo, porque según Marcos, Jesús fue preparado para la muerte en vida. Este es el relato de la “unción” en Betania, en la que Jesús decía que ese perfume era para prepararlo para la muerte. ¿Por qué añadiría Marcos este relato inverosímil? Porque sabe que José de Arimatea no le lavó ni le ungió; así que apologéticamente Marcos narraba un “acontecimiento” en el que sí se le ungió para la muerte para una sepultura digna y honrosa donde José nunca se la dio (Marcos 14:3-9). No solo eso, Marcos también incluye el relato de las mujeres que fueron el domingo (el tercer día) para limpiarlo según la normativa judía … ¿y qué sucedió? Lo que ellas jamás se esperaban …

La proclamación de la resurrección

Aparición de Cristo a María Magdalena -- por Alexander Andreyevich Ivanov (1835)

Aparición de Cristo a María Magdalena — por Alexander Andreyevich Ivanov (1835)

¡OK, mis queridos lectores sabiondos!  Ustedes se deben acordar que les di una asignación. Les pregunto otra vez: Contrario a lo que alega la película The Case for Christ, ¿por qué el criterio de testimonio múltiple no aplicaba a los relatos de la resurrección en los evangelios?

Respuesta a la asignación (Spoilers!):

Si han leído los cuatro relatos de la resurrección podrán concluir que en el caso de los sinópticos, los tres son muy parecidos (con pequeñas variantes), lo que sugiere que los tres tienen una fuente común. En este caso, Mateo y Lucas están copiando de la misma fuente: Marcos.  Así que en el caso de los sinópticos, no vale el criterio de testimonio múltiple, ya que el relato cepa cuenta solo como un testimonio. En el caso de Juan, el relato es tan distinto al de los de los sinópticos y tan impregnado de la teología del autor que no es fiable históricamente. Aunque proceda en última instancia de una fuente distinta, ha sido bien alterado para descansar históricamente en ella y contarla para un testimonio múltiple (asunto todavía debatido entre los eruditos). Además, hay elementos que indican que la aparición a María Magdalena está atada a la glorificación corporal de Jesús y al relato sinóptico de la incredulidad de los discípulos a las mujeres.

El más temprano de los evangelios, el de Marcos, nos dice lo siguiente…  y, por favor, manténgase atentos hasta el final:

Pasado el Sábado, María Magdalena, María la de Jacobo y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarlo. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, fueron al sepulcro. Se decían unas a otras: “¿Quién nos retirará la piedra del sepulcro?” Pero, al alzar la mirada, vieron que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. Al entrar en el sepulcro, vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dijo: “No os asustéi; sé que buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Pero ha resucitado, ya no está aquí. Ved el lugar donde lo pusieron. Id, sin embargo, a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea: allí lo veréis, como os dijo.” Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo (Marcos 16:1-8).

¡Punto!  Créanlo o no, ese es el final del Evangelio de Marcos. Todos los exégetas reconocen que los versos que siguen fueron una interpolación posterior, probablemente de algún copista cristiano que deseaba concluir el relato con algo más satisfactorio. Nótese que en este texto, Jesús no se le aparece en lo absoluto a las mujeres. Nos dice, por otro lado, que Jesús se les aparecería a los discípulos en Galilea. Eso coincide completamente con la narrativa más temprana que tenemos sobre la resurrección de Jesús … la de Pablo. ¿Se acuerdan de la cita que mencionamos al principio?  Jesús se le apareció resucitado primero a Pedro y después a los demás.

¿Es histórica esta visita de las mujeres al sepulcro?  Es difícil saberlo, aunque personalmente me inclino a que no. ¿Por qué? Porque de principio a final está demasiado apegado al motif literario del autor. Como afirmamos en varios artículos, Marcos intentaba explicar cómo Jesús nunca se autoproclamó Mesías (al menos en público), además de que resaltaba la incomprensión por parte de los discípulos y otros en torno a sus verdaderas intenciones y su mensaje, de que sus oyentes hacían todo lo contrario a lo solicitado, a veces llegando al punto de su continua irritación (Marcos 1:25,34,41; 3:2,13; 7:6-12,18-20,27,36; 8:11-12,16-21,26,29-30 … etc). El incidente del sepulcro vacío es la culminación de dicha incompresión de los discípulos por el hecho de haber huído, porque fueron las mujeres, no los varones más cercanos al Maestro, las primeras en recibir la noticia … Y para colmo, ellas tampoco entendían lo que pasó porque, con su temor, ni se calmaron ni le dijeron nada a nadie (todo lo opuesto a lo que les solicitaba el hombre).

Además, hay muchas sospechas en torno al relato mismo del sepulcro vacío. En todo caso, Jesús parece haber indicado que después de la resurrección los cuerpos serían como los de los ángeles (Mc. 12:24a,25). Esto se confirma con el hecho de que la doctrina más temprana que tenemos de la resurrección aparece en las cartas de Pablo. Una vez más, comprendiendo la doctrina jesuana desde un marco judeohelenístico, lo sumerge en una teoría muy curiosa de la dualidad carne-espíritu. Para Pablo, la resurrección sería sin lugar a dudas fisica, pero su sustancia cambiaría: dejaría de ser un cuerpo material (carnal) para convertirse en uno espiritual. De hecho, para él, la resurrección de Jesús fue en un cuerpo espiritual, al igual como el del primer hombre antes de pecar contra Yahveh, al igual que el de los ángeles (cuya naturaleza era espiritual, no carnal) (1 Tes. 4:15-18; 1 Cor. 15:42-55).

Podría ser que originalmente para los discípulos, el “cuerpo carnal” de Jesús quedara sepultado, mientras que fue resucitado en uno espiritual. O podría ser que los discípulos sostuvieron que su Maestro se les aparecía con un cuerpo glorificado, totalmente renovado del físico. Todos los evangelios coinciden que él se les apareció con algunas propiedades sobrenaturales (traspasaba paredes, aparecía y desaparecía, nadie le reconocía, etc.)

¿Qué hay de los 500 testigos?

Una de las cosas de la película de The Case for Christ que hizo que mi quijada cayera al suelo es el que el periodista, Lee Strobel, no le pusiera signos de interrogación a esa información y diera el dato por bueno. ¿En serio? ¿No conoce el fenómeno humano, desgraciadamente frecuente, de la exageración?

Sabemos que antes de Pablo, hubo algunos que experimentaron tal visión se consideraron enviados por Jesús para el anuncio del Reino. A estos se les conocieron como “Apóstoles”, del griego “apóstolos” (ἀπόστoλος) que significa “emisario” o “enviado”. Este título no se le confiere solo a los Doce discípulos más cercanos, sino también probablemente a otros como José Bernabé, Andrónico y Junia (Rom. 16:7), entre otros. Ahora bien, ¿500 personas?, ¡muy dudoso! Eso suena al mismo tipo de exageración que vemos en Hechos de los Apóstoles cuando nos dice que en Pentecostés convirtieron los Doce a tres mil personas en Jerusalén (Hechos 2:41).

El Martirio de San Pedro -- por Caravaggio (1601)

El Martirio de San Pedro — por Caravaggio (1601). Este cuadro evoca a la ocasión en que Pedro había solicitado ser crucificado cabeza abajo.

La tradición que vimos al principio afirma que los Doce discípulos experimentaron apariciones de su parte. Sin embargo, hay tradiciones de la incredulidad de algunos (Lucas 24:38-43; Juan 20:24-29; Hechos 1:3). Puede ser que Pedro y otros más hayan tenido visiones de Jesús y el resto respondiera al principio con escepticismo. Lo próximo que podemos saber con relativa seguridad es que dichas visiones tuvieron lugar en Galilea (dato que nos ofrece Marcos) que era donde probablemente huyeron los discípulos una vez fracasado el proyecto jesuano. Sin embargo, su experiencia de la resurrección (fuera por visiones o por alguna otra razón), les motivó para establecer su centro de operaciones en Jerusalén, lugar donde comenzaría la restauración de Israel eventualmente, al mando de Jacobo (el hermano de Jesús), de Pedro y de Juan (Gál. 2:9). ¿Qué ocurrió con los demás? Probablemente Jacobo el hijo de Zebedeo y hermano de Juan murió bajo el gobierno de Herodes Agripa (Hechos 12:1-2). Después de la reunión que se dio en Jerusalén (el llamado “Concilio de Jerusalén”) parece que Juan murió martirizado, según aparece un vaticinium ex-eventu en uno de los evangelios que les anunciaba la manera que habrían de morir (Marcos 10:39).  Sobre el resto no tenemos información fiable alguna excepto, tal vez, el martirio de Pedro (probablemente en Roma) crucificado bajo Nerón (Juan 21:17-19).

Se forjaron congregaciones bajo su supervisión y fuera de ella (como muchas de las que se establecieron en la gentilidad), pero de alguna forma vinculadas a la comunidad jerosolimitana. Más tarde, en el Mediterráneo se fueron forjando distintas cristologías, visiones en torno a la ley patria judía (la Torah), la resurrección, la relación carne y espíritu, el sacrificio vicario del Mesías, el Reino de Dios, etc. La muerte de Jacobo, el hermano de Jesús, bajo las autoridades judías y la destrucción de Jerusalén marcaron el final de esa congregación y solo quedaron algunas pocas fieles a sus raíces judías en la gentilidad, pero el resto gravitó más al pensamiento helenístico, especialmente por obra de las congregaciones paulinas. Así, todo el movimiento apocalíptico de corte nacionalista, radicado en la Torah, en la restauración de las doce tribus de Israel, en un Hijo del Hombre que iba a someter a todos los enemigos paganos a la merced de la gran potencia israelita, pasó gradualmente a uno no apocalíptico, que tenía una comprensión platónica y estoica de la llegada de Jesús y del Reino de Dios y bien antijudía.

¿Cómo ocurrió esto con lujo de detalles? Pues, queridos lectores, ese es un tema para otra ocasión.

Bibliografía

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El caso de Yeshúa bar Yusef – Una verdadera investigación – 5

La serie, partes 1, 2, 3 y 4

¿Quién era Poncio Pilatos?

¿Qué es la verdad? - por Nicolai Ge (1890)

¿Qué es la verdad? – por Nicolai Ge (1890)

Si alguien me preguntara cuánto tardó el interrogatorio del prefecto romano, Poncio Pilatos a Jesús, les podría decir que no más de cinco minutos. El diálogo debió haber sido algo así:

—Dicen los sacerdotes del Sanedrín que tú te has autodenominado Rey de los Judíos. ¿Qué tienes que decir al respecto? ¿Aceptas las acusaciones? ¿Eres el Rey de los Judíos?— diría Pilatos

— Tú lo dices.

— ¡Crucifíquenlo!

Ese sería el final del relato. Pienso que algo bien parecido fue lo que realmente ocurrió. Contrario a nuestra cultura de derechos, el Imperio Romano no tenía tal cosa como derecho a un juicio, a un abogado, un jurado de sus pares, etc.

¿Qué clase de persona fue Poncio Pilatos? Una tal vez muy distinta a la que vemos en los evangelios y en otros escritos cristianos. Para ilustrarlo, vean el siguiente pasaje de las Antigüedades judías de Flavio Josefo:

Pilato provocó otra revuelta al gastar el Tesoro Sagrado, que se llama Corbán, en la construcción de un acueducto para traer el agua desde una distancia de cuatrocientos estadios. El pueblo se indignó ante este proceder y, como Pilato se hallaba entonces en Je­rusalén, rodeó su tribuna dando gritos en su contra. Sin embargo Pilato, que había previsto ya este motín, distribuyó entre la multitud soldados armados, vestidos de civil, y les dio la orden de no hacer uso de las espadas, sino de golpear con palos a los sublevados. Desde su tribuna él dio la señal
convenida. Muchos judíos murieron a golpes y otros mu­chos pisoteados en su huida por sus propios compatriotas. La muchedumbre, atónita ante esta desgraciada matanza, quedó en silencio (II:175-177).

¡Ahí tienen a Poncio Pilatos! Era un hombre con una actitud férrea, sin misericordia. Es difícilmente el tipo de persona que hubiera pensado dos veces la pena de crucifixión ante una admisión explícita de un tal Jesús de que se consideraba Rey de los Judíos.

Hoy día la pena de muerte a una sola persona le cuesta miles, a veces millones, de dólares en procedimientos judiciales. Sin embargo, en la Antigüedad y ante el Imperio Romano, especialmente contra rebeldes antirromanos, la vida era bien barata. Cuando la Guerra Judía terminó con la destrucción de Jerusalén, el hijo del emperador Vespasiano, Tito, mandó a crucificar a tanta gente, que se les acabó la leña a los romanos (Ehrman, Jesus 223-224).

Lo que encontramos en los evangelios es otra cosa.  Vemos a un Pilatos que vacilaba ante los alegatos de los sacerdotes, que se resignaba ante las autoridades judías y se lavaba las manos o que se los entregaba a los líderes judíos para que fueran ellos los que le crucificaran (¡!¿? – Juan 19:15-16). Además, según estos escrito, era tan difícil el problema para él, que consultó a las multitudes a ver si soltaban a Jesús o a un sedicioso llamado Barrabás, porque y cito:

Cada Fiesta [Pilatos] les concedía la libertad de un preso, el que pidieran (Marcos 15:6).

Esto era impensable para los romanos, dado que todo sedicioso era condenado a la crucifixión sin otras consideraciones. Además, tampoco hay evidencia alguna en ninguna de nuestras demás fuentes de que existiera esta costumbre.

Aunque los evangelios, Flavio Josefo y el historiador Tácito nos dicen que Pilatos era procurador de Judea, en realidad era un prefecto. ¿Cómo lo sabemos? Se ha encontrado una inscripción con el nombre de Poncio Pilatos que así lo establece.

Inscripción de Poncio Pilatos

Inscripción de Poncio Pilatos. Foto cortesía de Marion Doss.

La inscripción, que aparece parcial, dice lo siguiente:

[DIS AVGUSTI]S TIBERIEVM
[…PO]NTIVS PILATVS
[…PRAEF]ECTVS IVDA[EA]E
[…FECIT D]E[DICAVIT]

El divino Augusto Tiberio
… Poncio Pilatos
Prefecto de Judea
… ha dedicado

Como casi siempre ocurre, la evidencia arqueológica debe privilegiarse por encima de la evidencia documental.

Desgraciadamente, de un Poncio Pilatos inmisericorde, los cristianos fueron exonerándolo más a él y culpando más a los judíos de la muerte de Jesús. Tanto es así que hoy día, hay iglesias cristianas que han canonizado a Pilatos. ¿Qué explica tal exoneración?

  • La destrucción de Jerusalén fue el mayor detonador de las tensiones más agresivas entre judíos y cristianos gentiles. Solo quedaron los fariseos y los cristianos como ramas del judaísmo. Desde mucho antes, algunas de las sinagogas judías estaban expulsando a cristianos y castigándoles con 39 golpes con varas (apaleamiento), como ocurrió con Pablo de Tarso (2 Cor. 11:24).
    .
  • El número de cristianos era mucho mayor en la gentilidad, en áreas dominadas por Roma que en Judea. Esto significó que dada la hostilidad de ambos (judíos y romanos), sentirían la presión social de ser mejores personas ante las autoridades romanas.
    .
  • En la región romana de Palestina, el cristianismo era una forma de resistencia judía antirromana, pero en la medida que en la gentilidad siguió integrando a miembros de todos los estratos sociales, se percibían cada vez menos como judíos y no tan antirromanos.
    .
  • Esto último llevó a una teología paulina mal entendida. Contrario a Pablo, quien afirmaba que la Torah estaba vigente y que los judíos estaban obligados a observarla, varias vertientes paulinas después de su muerte comenzaron a decir que la Torah había sido abolida. Que la muerte de Jesús había nulificado la Ley mosaica y que los judíos (quienes los expulsaban y maltrataban en las sinagogas) habían traicionado a su Mesías, debido a que sus autoridades lo habían mandado a matar.
    .
  • Finalmente, el contenido apocalíptico de los evangelios fue menguando a medida que pasaron los años:  en Marcos y Mateo hay un fuerte apocalipticismo, que se reduce considerablemente en Lucas y casi desaparece por completo en Juan. Igual con varias de las cartas pospaulinas.
    .

Este fue el inicio de un odio cada vez mayor a los judíos y, en particular, a los fariseos. Los fariseos llevaron a cabo unas reformas religiosas que probablemente incluían el expulsar a cristianos, movida que aumentaba a medida que pasaba el tiempo. Ya ustedes tienen la contestación de por qué en Juan (el evangelio más tardío de de los cuatro, 95-100 d.C.) no son los saduceos, sino los fariseos los que siempre quieren matar a Jesús y los que participaron de su muerte.

Como manera de simpatizar con los romanos y culpar más a los judíos, apareció el relato de Barrabás, la exoneración gradual de Poncio Pilatos y la cada vez mayor demonización de los judíos en los escritos cristianos.

La crucifixión

Cristo crucificado -- por Diego Velázquez (1632)

Cristo crucificado — por Diego Velázquez (1632)

La crucifixión era un proceso nada fácil para el condenado a muerte y la inmensa mayoría de los crucificados moría. Contrario a la impresión que quiere dar la película The Case for Christ (¡no se me ha olvidado!) hubo casos de supervivencia a un proceso de crucifixión, como por ejemplo, tres conocidos de Flavio Josefo que fueron crucificados por las autoridades romanas. Después de que mediara por ellos, fueron bajados de la cruz con vida (Josefo, Autobiografía 75).

Lo que sí se puede decir es que en el caso particular de Jesús, es altamente improbable que hubiera quedado con vida. En primer lugar, los evangelios nos cuentan verosímilmente que Jesús fue latigado, coronado con espinas y burlado por los soldados romanos. La latigación solamente podía dejar a una persona débil. El látigo era el flagrum romano, que consiste en una serie de flagelos de cuero con bolas de plomo al final, que tenían la función de arrancar la carne del flagelado con cada golpe que se le diera. Muchos se podían desangrar en el proceso o desmayarse del dolor.

Contrario a las usuales imágenes en las que se representa a Jesús cargando la cruz entera, en realidad parece que debió haber cargado lo que se conoce como el patibulum, es decir, la pieza horizontal de la cruz. Una vez el condenado llegaba al lugar de la crucifixión, se colocaba en un árbol o una columna de madera que ya estaba colocada en el lugar donde iba a ser colgado. El patibulum podía colocarse encima de la columna para formar una T (crux commissa) o un poco más abajo como usualmente se representa a Jesús (crux immissa).

Los testigos de Jehová suelen argumentar que la cruz en la que se colgó Jesús fue una crux simplex (es decir, solo con la columna vertical) y que la idea de que fue crucificado en una crux immissa provino del Emperador Constantino.

Representación de la crux simplex

Representación de la crux simplex en la obra De Cruce Libri Tres de Justus Lipsius (1629)

Esete alegato se debe a que los evangelios utilizaban la palabra griega “staurós” (σταυρός) para designar a  una columna en la que se coloca a un condenado o castigado.  El problema es que antes de la costumbre de la crucifixión romana, este significado era preciso. Sin embargo, como ocurre lingüísticamente, cambió de significado. En textos como los de Josefo en comparación con los reportes que encontramos en la obra latina del filósofo Séneca, se desprende que “staurós” también adquirió otros significados para referirse a distintas formas de crucifixión. Esto se debe a que usualmente tenía la constante de colgarlo en una especie de columna o un árbol. De esa manera, en griego, staurós se convirtió en un término referente a distintas formas de crucifixión en una columna. Aparentemente, si seguimos el testimonio del mismo Séneca, los romanos eran muy creativos: algunos de los condenados eran crucificados al revés, otros en forma de X, otros en forma de Y, etc. (Séneca, Sobre la consolación, 6.20.3)

Lo segundo que tenemos que señalar es que es falso que Constantino, por su devoción a Sol Invictus, haya inventado que Jesús murió en la crux immissa. Contrario a lo alegado, tenemos evidencia de que los cristianos veneraban la cruz cristiana como la conocemos hoy y toma la forma de un graffitti (el Alexamenos Graffitto):

Alexamenos graffitti

Graffitti del siglo III d.C. que se burla de un cristiano. Dice en griego: “Αλεξαμενος ςεβετε Θεον” (Alexamenos adora a su dios).

Este graffitti se creó cuando la práctica de la crucifixión estaba vigente y como una burla a un cristiano llamado “Alexámenos”. En espíritu satírico se representa a Jesús como un asno. Lo que llama la atención en este caso es que tenemos evidencia contundente de que varias décadas o un siglo antes de Constantino, los cristianos pensaban que Jesús había muerto en una crux immissa, no en una simplex.

Sin embargo, eso no indica que la representación que se hace en las iglesias sea exacta. Es muy probable que se crucificara a Jesús en una columna o en un árbol de la siguiente manera:

Jesús crucificado en una cruz immissa

Jesús crucificado en una crux immissa — Imagen cortesía de Roberto Betanzo S.

Muy probablemente, Jesús fue clavado en las muñecas (concebidas en aquella época como parte de la mano) ya que fue entre huesos que podían sujetar el peso del condenado. Es muy probable que se le crucificara, no exactamente arriba de los pies, sino por los talones. La razón por la que se piensa eso es que hace décadas atrás se descubrió un osuario con los huesos de un condenado a la cruz llamado Yeojanan ben Ha-galgula. Aparentemente, esta víctima fue sujetada por los brazos y clavada por los talones.  Entre los huesos, se encontró el del talón atravesado por un clavo. Puede ser que hubiera alguna especie de “asiento” de madera para que el crucificado descansara.

Contrario a lo que mucha gente pensaría (por Hollywood o las estampas religiosas) no se colocaban las cruces en lugares aislados, sino en localizaciones estratégicas para que el público pudiera verlas. El punto de la crucifixión es el humillar de la forma más denigrante al condenado, mientras que se le recuerda al público lo que sucedería si se atreven rebelarse contra Roma o violentar el orden establecido (especialmente en el caso de los esclavos).  Tampoco las columnas eran altas, lejanas del suelo. Al contrario, eran lo suficientemente cercanas como para que los chacales y las aves de rapiña comieran de los cadáveres una vez murieran de sofocación.

Se nos dice que las mujeres que solían seguir a Jesús (María la Madre de Jacobo, María Magdalena y Salomé), quienes le auspiciaban económicamente (Lucas 8:1-3), le estaban mirando de lejos (Marcos 15:40-41), no a los pies de la cruz, como reclamaba el evangelio de Juan (19:25-27). El reporte más temprano que tenemos de lo que allí aconteció nos dice que los romanos se burlaban de él, al igual que los dos ladrones crucificados con él (Marcos 15:27-32). Ninguno de los dichos de Jesús en la cruz en los evangelios puede tomarse con certeza como histórico debido a que coinciden demasiado con la teología de los autores. Por ejemplo, cuando Marcos afirma que gritaba: “Eloí, Eloí, lama sabactaní” (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?), se estaba evocando al Salmo 2, cuyo tema central tenía que ver precisamente con un tipo de maltrato injusto parecido al de Jesús. Es perfectamente posible que haya gritado esta frase como recuerdo de dicho pasaje bíblico, pero no lo podemos conocer con certeza. Los demás dichos atribuidos a Jesús parecen también teológicamente motivados.

Sobre la hora que murió, tampoco sabemos, debido a que el Evangelio de Juan basa su momento de muerte en su cristología de Jesús como el Cordero de Yahveh que se sacrificaba a las 3:00pm en la tarde anterior a la Pascua.

¿Qué pasó después de ello? Veremos más sobre este tema en nuestro próximo artículo.

Continuará …

Bibliografía

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El caso de Yeshúa bar Yusef – Una verdadera investigación – 4

La serie, partes 1, 2 y 3

La agonía del Huerto de los Olivos

La agonía en el jardín (1898) por Frans Schwartz

La agonía en el jardín (1898) — por Frans Schwartz

Uno de los episodios más conmovedores en la literatura neotestamentaria es la famosa agonía en el Huerto de los Olivos en Getsemaní. Marcos nos relata lo siguiente:

Fueron a una propiedad, llamada Getsemaní, y dijo a sus discípulos:  “Sentaos aquí, mientras yo hago oración.” Tomó consigo a Pedro, Jacobo y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Les dijo entonces:  “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad.” Él se adelantó un poco, cayó en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. Decía: “¡Abbá, Padre!, todo es posible para ti: aparta de mi esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.” Volvió después y los encontró dormidos. Dijo entonces a Pedro: “Simón, ¿ya estás dormido?, ¿ni una hora has podido velar?  Velad y orad, para que no caigáis en la tentación; que el espíritu está pronto; pero la carne es débil.” Y alejándose de nuevo, oró diciendo las mismas palabras. Volvió otra vez y los encontró dormidos, poues sus ojos estaban cargados. Ellos no sabían qué contestarle. Volvió por tercera vez y les dijo: “Ahora ya podéis dormir y descansar: Basta ya. Llegó la hora. Sabed que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores (Marcos 14:32-41).

El primer problema con el que nos enfrentamos con este pasaje es que, según el texto, los discípulos estaban dormidos cuando Jesús se había alejado a orar. No había manera alguna de que ellos se enteraran de lo que él le había implorado a Yahveh. Es más, el problema de la oración es que parece asumir la copa (de la sangre de Jesús) como símbolo de la acción vicaria por la que él estaba a punto de pasar. Como afirmamos en nuestro artículo pasado, esto es sumamente improbable porque el pensamiento del derramamiento de sangre por otros era ajeno al judaísmo y, muy probablemente, bien alejado de la mente de Jesús. Las palabras de Jesús a sus discípulos también son problemáticas, ya que suponen la dualidad helenística entre carne y espíritu como oposiciones: el primero como problema para el segundo. No se excluye que haya algún nucleo histórico al respecto, ya que hay expresiones parecidas (no idénticas) en algunos textos judíos. Además, también hay otras indicaciones del origen semítico del relato, hay expresiones en los textos de Qumrán (e.g. 1 QH 8, 32)) como la del “alma estar triste hasta la muerte”. También lo muestra la palabra aramea “Abbá“, para referirse a Yahveh como su Padre.

A medida que avanza el tiempo de redacción de los evangelios, ellos van a recurrir a un patrón que es lo que los exégetas llaman “pasión sin pasión” (en inglés “passionless passion“). Por ejemplo, en Lucas, aparece la escena en que Jesús suda gotas como sangre y llega un ángel a consolarlo (Lucas 22:43-44). El problema es que hoy día se reconoce que esos versos fueron un añadido posterior a dicho libro del Nuevo Testamento. Cuando se sacan y se vuelven a leer el episodio de la “agonía de Jesús” junto al resto de la historia de la Pasión, vemos que él no se postra, sino que se arrodilla y su actitud es estoica desde que le ora a Yahveh hasta que muere en la cruz. Le pide a Dios que “si quiere”, le remueva la copa. En ningún momento se percibe que “sufre” y es objeto de compasión de Poncio Pilatos, de las mujeres que se encuentran con él de camino al Gólgota y finalmente de uno de los dos criminales crucificados con él. Una vez más, la teología de Lucas no es la de derramamiento vicario o de sufrimiento de parte de Jesús, sino que está interesado en presentar un Jesús estoico, modelo de una muerte noble. Con ella, Jesús atraería a todos los gentiles a donde él, en contraposición a los judíos, quienes terminaron alejándose de él.

En el Evangelio de Juan, hay menos pasión todavía, ya que no es Jesús el que se postra, sino los soldados en el momento en que Jesús anuncia su carácter divino (“Yo soy” – Juan 18:5-9). De hecho, en un momento dado en ese evangelio, Jesús niega que vaya a solicitarle a Yahveh escapar de la Cruz (Juan 12:27).  Es más, en el texto, él está tan en control de toda la situación, que cuando expira dice: “Todo se ha cumplido” (Juan 19:30). Esto se debe a que su autor quiere ver en la crucifixión un momento de glorificación del Mesías, para él el Logos (Palabra) de Dios (Juan 1:1-3; 3:14-15).

En los tres casos (Marcos, Lucas y Juan) debemos tener cuidado, debido a que todos estos relatos descansan en el supuesto de que Jesús sabía lo que iba a ocurrir y estos escritores pudieron haber redactado lo que los estudiosos llaman “vaticinium ex eventu“, es decir, que forjaron un relato que puede tener algún núcleo factual, pero cambiando los acontecimientos de tal manera en que el Mesías ya conociera por adelantado lo que iba a ocurrir.

El rol de Judas

La traición de Judas

Judas traiciona a Jesús con un beso, mientras que Pedro levanta la espada y Judas se ahorca (1504) — Iluminación del manuscrito Peniarth 482D (Imagen cortesía de la Biblioteca Nacional de Gales)

Uno de los problemas más discutidos en el ámbito de la erudición del Nuevo Testamento es el rol que tuvo Judas a la hora de traicionar a Jesús. No parece verosímil que Jesús supiera quién le iba a traicionar con antelación a su arresto. Por tal razón, no debemos tomarlo como histórico.

¿Por qué Judas entregó a Jesús? Todavía no se sabe a ciencia cierta. Pudo haber sido por dinero, porque según los relatos, recibió 30 monedas de plata. Sin embargo, muy poco se puede sacar a nivel histórico de este relato porque parece haber sido modelado a la luz de dos pasajes, uno en el Génesis, en el que se presenta la venta de José por parte de sus hermanos a unos ismaelitas (Génesis 37:25-28) y otro en Zacarías, en el que el profeta personifica a Yahveh y representa su reproche a Israel y que incluye la paga de treinta siclos de plata como jornal (Zacarías 11:7-14).

Los dos relatos de su muerte discrepan significativamente y son igualmente inverosímiles. En el Evangelio de Mateo se nos dice lo siguiente:

Entonces Judas, el que lo entregó, viendo que había sido condenado, fue presa del remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos. Les dijo: “He pecado entregando sangre inocente.” Ellos respondieron: “A nosotros , ¿qué? Tú verás.” Judas tiró las monedas en el Santuario. Después se retiró  y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes recogieron las monedas y dijeron: “no es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque son precio de sangre.” Después de deliberar; compraron con ellas el Campo del Alfarero, para dar sepultura en él a los forasteros. Por esta razón ese campo se llamó “Campo de Sangre” (Mateo 27:3-8).

Mateo procede a citar a Zacarías 11:12-13, aunque por alguna razón le atribuye la cita a Jeremías. Todos los eruditos reconocen que la historia se modeló según el relato de Ajitófel cuando traicionó al rey David (2 Samuel 15:1-37; 17:23).

El segundo relato de la muerte de Judas aparece en Hechos de los Apóstoles, donde se nos dice lo siguiente por boca de Pedro:

[Judas] era uno de los nuestros y había obtenido un puesto en este ministerio. Pero, tras haber comprado un campo con el dinero que le dieron por su crimen, cayó de cabeza, reventó por medio y todas sus entrañas se esparcieron. Todos los habitantes de Jerusalén se enteraron de lo ocurrido, hasta el punto que llamaron a quel terreno Haqueldamá, que en su lengua quiere decir “Campo de Sangre” (Hechos 1:18-19).

El problema con este pasaje no es solo que suena fantástico que sus entrañas se hubieran esparcido al caer “de cabeza”, sino porque también parece inspirarse en el Segundo libro de los Macabeos en torno a la muerte de Antíoco IV Epífanes (2 Macabeos 9:8-10; véase también Jeremías 32:9 y Sabiduría 4:19).

A nivel histórico no tenemos idea alguna de sus motivaciones para entregar a Jesús o de qué manera Judas Iscariote estaba vinculado al famoso “Campo de Sangre”. Se sabe que probablemente hubo alguna relación, pero parece que permanecerá debajo de las arenas del pasado. Lo que sí podemos saber con relativa seguridad es que Judas besó a Jesús como indicador para los soldados prenderlo esa noche. Lo que extraña mucho es cómo salieron a arrestarlo:

… cuando de pronto se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo armado con espadas y palos. Venían de parte de los sumos sacerdotes, de los escribas y ancianos (Marcos 14:43).

Este pasaje no debe pasar inadvertido, ya que si Jesús y sus discípulos hubieran sido pacíficos, no habría necesidad de capturarlo con espadas y palos. Para algunos exégetas esta es una fuerte señal de que Jesús y sus discípulos eran mucho más que unos meros apocalipticistas predicadores.

Hay otros factores que son interesantes:

  • No es creíble el alegato de uno de los evangelios: que en el arresto participaron fariseos (Juan 18:3). Históricamente la autoridad política y religiosa de Jerusalén estaba en manos de los saduceos. Una vez más, este error histórico se explica en que el texto está dejando entrever una tensión entre cristianos primitivos y fariseos al final del siglo I.
    .
  • Parece que hubo un conflicto entre los discípulos de Jesús y los guardias armados, debido a que hubo un incidente en que uno de ellos le cortó la oreja al siervo del Sumo Sacerdote con una espada (tardíamente se le atribuiría este acto a Pedro). Esto confirma una vez más que los discípulos no eran meros predicadores, sino también tenían toda la intención de combatir armados. Sin embargo, con excepción de Pedro y uno que otro discípulo, al final terminan huyendo y dejando solo a su Maestro (Marcos 14:50).
    .
  • El Evangelio de Marcos nos incluye un episodio extrañísimo del intento de un arresto por parte de las autoridades a un hombre envuelto en una sábana que se escapó de sus manos y salió corriendo desnudo (Marcos 14:51-52). Hay quienes ven en este hombre a aquel que les anunció a las mujeres que Jesús había resucitado (Marcos 16:5). No se sabe si la existencia de este hombre en el Getsemaní sea histórica o algún recurso literario para contrastarlo con la noticia de la resurrección, aunque usualmente los historiadores no toman su aparición en el sepulcro vacío de Jesús como algo ocurrido.

El juicio ante el Sanedrín

Osuario de Caifás

Osuario de Caifás. A la derecha, aparece la inscripción “Kaifa” (קפא) (Foto cortesía del Museo de Israel y a Deror Avi). Se hace disponible esta imagen bajo la licencia CC-BY-SA 3.0.

El Sanedrín de sacerdotes saduceos tenían una cabeza política y religiosa sumamente poderosa: Caifás. Recordemos que muchos veían a dicho sector como marionetas de los romanos. Fue escogido para su puesto por el prefecto de Judea, Valerio Grato, como sustituto de Eleazar (18 d.C.). Permaneció en su posición para la época en que gobernó el siguiente prefecto, Poncio Pilatos.

¿Qué pasó específicamente en el juicio?  No sabemos, debido a que los diálogos contienen elementos que no parecen ser factuales. Sabemos que probablemente algunas de las acusaciones son correctas, como vimos en el segundo artículo de nuestra serie. Puede ser que haya sido arrestado por el incidente con los cambistas en el Templo, es decir la dramatización jesuana de su futura destrucción, cuyo significado se tomaría como una amenaza a nivel institucional.

Cristo ante Caifás -- por Mattias Stom (1630)

Cristo ante Caifás — por Mattias Stom (1630)

Sin embargo, empañan los lentes de la historia el que los evangelios nos digan que en el Sanedrín se le acusó a Jesús de blasfemia por autodenominarse Mesías y decir que “el Hijo del Hombre estaba pronto a llegar en las nubes”. El problema radica es que dicha autodesignación  “Mesías” no caía en aquella época bajo leyes de blasfemia. Ante los ojos del Sanedrín (el consejo de sacerdotes) podría ser una falsedad, pero no propiamente una blasfemia (Marcos 14:62-64).

Lo otro que debemos señalar es la inverosimilitud de un juicio llevado a cabo durante la noche de Pascua o la anterior. Todo apunta en que fue en un momento cercano y anterior a dicha fiesta. Durante la Pascua habría bastante ajetreo por su labor ritual y sacrificial para atender a 150,000 o 200,000 personas ese día. Sencillamente, era imposible llevar a cabo un juicio y menos de un día al otro.

Finalmente, debido al dominio romano en la región, aun si los sacerdotes hubieran encontrado alguna falta grave, a ellos no les correspondía la pena de muerte. Presumiblemente, tras obtener la información de que Jesús prohibía a sus seguidores pagar el impuesto debido a Roma y que Jesús andaba autoproclamandose Mesías y “Rey de los Judíos”, lo llevaron a la autoridad correspondiente que  podía condenarle a muerte: el prefecto romano, Poncio Pilatos.

Continuará …

Bibliografía

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