La homosexualidad y Pablo el Apóstol

En miras a la marcha LGBTI que se celebrará este fin de semana, pensaba dedicarle hoy a la otra parte de la Biblia que se utiliza constantemente contra los homosexuales, las cartas de Pablo el Apóstol.

Todas las citas que utilizaré serán de la traducción provista por Senén Vidal en su reciente publicado libro Nuevo Testamento. Para mayor lujo de detalles en cuanto a este tema, les refiero al capítulo 10 de mi libro, Pablo el Emisario: Odiado e incomprendido. Este artículo supone la lectura de “La homosexualidad y la Biblia Hebrea“.
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Antes que nada: ¿quién fue Pablo de Tarso?

Pablo el Apóstol es uno de los personajes más interesantes de la historia del cristianismo primitivo. Sin embargo, su memoria ha quedado teñida por la opinión de algunos falsificadores de sus cartas y de la historia que se encuentra en el libro neotestamentario, Hechos de los Apóstoles.

Hoy día, virtualmente todos los eruditos están de acuerdo de que el contenido genuino de la obra paulina se encuentran en siete de las catorce cartas del Nuevo Testamento atribuidas a él, a saber: Romanos, Gálatas, 1 Tesalonicenses, Filipenses, 1 y 2 Corintios y Filemón. También se han descubierto que varias de estas cartas son, en realidad, compilaciones de dos o más. Por ejemplo, los eruditos en general están de acuerdo de que 2 Corintios se compone de al menos dos cartas distintas: los capítulos 10 al 13 no provienen de la misma carta que los capítulos 1 al 9. Algunos expertos van más allá y han identificado hasta un máximo de cinco cartas distintas en 2 Corintios. Observaciones similares se han hecho de Romanos, Filipenses y 1 Corintios. Especulan los estudiosos del Nuevo Testamento que es altamente probable que después de la muerte de Pablo (probablemente durante el 59-64 d.C.), alguna persona editó las cartas que tenía de Pablo para que sumaran siete (número sagrado en el cristianismo) y las comenzó a circular de esa manera.

Hay otras cartas en el Nuevo Testamento que se atribuyen a él, pero hoy día la inmensa mayoría de los eruditos las consideran “seudónimas” o “falsificaciones”. Sobre este tema recomiendo la lectura de dos libros del erudito Bart Ehrman: uno destinado al público en general, Forged; el otro es académico, Forgery and Counterforgery. La carta Hebreos es seudónima, pero no es una falsificación. Su autor no declara ser Pablo, pero se sospecha que algún escriba cristiano de la antigüedad alteraró el texto al final para hacerle parecer como si autoria fuera de este Apóstol para justificar el intento de añadirlo al corpus paulinum y el total de cartas sumaran catorce, es decir, 7+7 (Heb.13:22-25). Las demás cartas son falsificaciones: 2 TesalonicensesColosensesEfesios1 y 2 TimoteoTito. Por lo tanto, ellas no cuentan para nuestra comprensión del Apóstol.

Conversión de San Pablo por Caravaggio

Conversión de San Pablo por Caravaggio (1600-1601).

Pablo es famoso porque supuestamente era un fariseo funcionario del sacerdocio de Jerusalén que perseguía a los cristianos en esa región. En un momento dado, el liderato sacerdotal le pide que enviara una carta a las sinagogas en Damasco para el arresto de cristianos en esa área y su procesamiento en la capital de Judea. Finalmente, en el camino a Damasco, Jesús se le aparece a Pablo, suceso que eventualmente le “convierte” al cristianismo.  A pesar de que las artes narrativas del autor de Hechos ha sido sumamente poderosa, lamentablemente nada de lo que ha dicho es cierto. Es imposible que el sacerdocio de Jerusalén ordenara el arresto y la persecución de cristianos en Damasco (es decir, en Siria) donde claramente no tenía jurisdicción. Y aun si lo hubieran hecho, el Imperio Romano lo hubiera impedido, ya que no era exactamente entusiasta de persecuciones entre sectores religiosos en su imperio.  ¿Qué sucedió entonces?

Por ahora, los mejores estudios al respecto nos revelan que Pablo era un judío helenista, es decir, un judío de la diáspora criado en un ambiente helenístico en el que predominaba el griego como lingua franca. Nació en Tarso y en algún momento dado de su vida se fue a vivir a Damasco, probablemente adoptando la labor de curtidor (Hch. 18:1-3). Su educación refleja un conocimiento de la Biblia Hebrea en griego al citar constantemente la Septuaginta (o la versión de “los LXX”), una edición de la Biblia Hebrea traducida al griego y que era altamente utilizada por la diáspora en aquella época. Pablo sí perseguía a los cristianos en Damasco, probablemente incitando a que fueran castigados con 39 latigazos y su eventual expulsión de las sinagogas. No se excluye que también pudo haber organizado gangas para lincharlos cuando menos se lo esperaran los cristianos (Gál. 1:13-14; 1 Cor. 15:8). Él sí alegaba en sus cartas que Jesús se le había aparecido en varias ocasiones predicándole una “buena noticia” y dándole la labor de diseminarla entre los “gentiles” o las “naciones” no judías (Gál. 1:15-24; 1 Cor. 9:1; 15:8).

¿Cuál era esta “buena noticia”? Básicamente, Pablo afirmaba que aun cuando fuera una obligación para los judíos continuar siguiendo las disposiciones de la Ley judía (la Torah), a los gentiles se les otorgó la gracia de no tener que obedecer la totalidad de las minucias normativas, sino que se les eximía de fundamentalmente tres cosas: la circuncisión, de la dieta kosher y de la observancia del Sábado. Esto no significaba que no se les obligaría a continuar obrando según las disposiciones morales de la Torah y que están contenidas en el Decálogo. Así, el nacido judío seguía obligado a obedecer la totalidad de la Torah como judío, pero que gracias a que Jesucristo redimió a la humanidad mediante su derramamiento de sangre (sacrificio vicario) y resurrección de la muerte, es la fe en este Salvador la que cuenta para brindar la gracia del Espíritu de Yahveh a judíos y gentiles por igual (Gál. 3:5-4:11; 5:1-3; Rom. 6-8).

Es pertinente señalar que la llamada “conversión” de Pablo al cristianismo no es tal. Primero, porque el cristianismo no existía todavía como religión separada del judaísmo. Pablo interpretó su vida cristiana como una continuación de su vida judía. El cristianismo primitivo era una rama del judaísmo, tal como lo eran los fariseos, los saduceos y los esenios. Por ende, su mentalidad debe comprenderse desde el marco del judaísmo, pero que es influenciado por la matriz social helenística donde él se desenvolvía y llevaba a cabo sus actividades. También debemos tener en cuenta que él era un apocalipticista obsesivo y que, como cristiano, esperaba el pronto regreso del Mesías para establecer en el cielo, de una vez y por todas, el Reino de Yahveh (1 Tes. 2:12; 4:15-18; 5:1-21; 1 Cor. 1:9; 3:13-15; 15:23-28; 2 Cor. 4:14; Rom. 8:11; 11:23-28).
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La mentalidad profundamente igualitaria de Pablo

Lo que sí sorprende de Pablo es su pensamiento profundamente igualitario a pesar de su herencia judía que, en aquel momento, no era tan igualitaria como en sus comienzos. En un pasaje de Gálatas, Pablo nos dice que tras el bautismo de judíos, de griegos, de hombres y de mujeres hay una igualdad absoluta.

Al llegar la fe, ya no estamos bajo ningún guardián [refiriéndose a la Torah]:

Pues todos sois hijos de Dios,
por la fe,
en Cristo Jesús.

Pues cuantos fuisteis bautizados
para pertenecer a Cristo
fuisteis revestidos de Cristo.

No hay judío ni griego;
no hay esclavo ni libre;
no hay varón ni mujer.

Pues todos vosotros sois uno
en Cristo Jesús (Gál. 3:25-28)

Probablemente, en este pasaje, Pablo estaba reproduciendo un himno bautismal de las congregaciones cristianas en la diáspora. Para efectos de las congregaciones, todos tenían que tratar a todos como iguales. Nadie podía considerarse superior a otro.

Y sí, contrario a lo que muchos han supuesto, Pablo sostenía la total igualdad entre hombres y mujeres en las congregaciones. Por ejemplo, tomemos los pasajes en los que Pablo le da una serie de consejos a las vírgenes y a los casados dentro de su visión escatológica apocalipticista:

Acerca de lo que escribisteis,

es bueno que el hombre no toque a una mujer

pero, por razón de los peligros de la inmoralidad, que cada uno tenga su mujer y que cada una tenga su propio marido; que el marido pague la deuda a la mujer, e igualmente, también la mujer al marido. La mujer no dispone de su propio cuerpo, sino el marido, e igualmente, tampoco el marido dispone de su propio cuerpo, sino la mujer. No os privéis mutuamente, a no ser de común acuerdo por un tiempo limitado, para dedicaros a la oración y de nuevo convivid juntos, para que no os tiente Satanás por razón de la incontinencia.

Esto lo digo como condescendencia, no como mandato. Mi deseo es que todos fueran como yo [célibe], pero cada uno tiene su propio don de parte de Dios: uno, este y el otro, aquel. (1 Cor. 7:1-7)

Acerca de “las vírgenes”, no tengo ningún mandato del Señor. Pero os doy mi parecer, como quien ha sido agraciado por el Señor de ser fiable. Pienso, pues, que por razón del agobio presente, es bueno para el hombre estar así [es decir, célibe]: ¿estás ligado a una mujer?, no busques desligarte; ¿estás desligado de mujer?, no busques mujer. Si te casas, no pecas; y si la virgen se casa, no peca. Pero esos tales tendrán aflicción de la carne y yo quisiera ahorrárosla.

Esto os digo, hermanos:  El tiempo se ha acortado. Por lo demás,

que los que tienen mujeres
estén como si no las tuvieran,

y los que lloran,
como si no lloraran,

y los que están alegres
como si no lo estuvieran,

y los que compran,
como si no poseyeran,

y los que usan el mundo
como si no se aprovecharan de él.

Pues pasa la apariencia de este mundo.

Quiero que estéis libres de preocupaciones. El soltero se preocupa de lo del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado se preocupa de la mujer, y está dividido. Y la mujer soltera y la virgen se preocupan de lo del Señor, para ser santa en el cuerpo como en el espíritu; pero la casada se preocupa de lo del mundo, de cómo agradar al marido. Os digo esto para vuestro provecho, no para echaros un lazo, sino para la honestidad y la atención al Señor sin distracción alguna (1 Cor. 9:23-35)

Igualmente podemos decir que, con excepción de la dimensión de la indumentaria –específicamente si la mujer debería o no llevar un velo en su cabeza– también ellas podían participar en profecía y predicación. Afirma Pablo claramente en 1 Corintios, que cuando las mujeres profetizaran, que usaran un velo (1 Cor. 11:1-16). Aun con eso, no supo cómo defender ese punto desde su perspectiva igualitaria cuando decía:

Sin embargo, en el Señor, ni la mujer [existe] sin el varón, ni el varón sin la mujer. Pues así como la mujer procede del varón, así también el varón existe por medio de la mujer, y todo procede de Dios (1. Cor. 11:11-12).

La Epíscopa Teodora

La Epíscopa Teodora en la Basílica de Santa Prassede, Roma (siglo IX)

Pero, ¿y qué hay de esos pasajes donde Pablo dice explícitamente que las mujeres se callaran en las asambleas? Sencillo: Pablo no escribió esos pasajes. El primer pasaje en cuestión aparece en 1 Timoteo que, como ya vimos, es una carta que no escribió Pablo (1 Tim. 2:8-15). El segundo pasaje aparece en 1 Corintios y, aunque sí fue una carta escrita por Pablo, no necesariamente el fragmento que ordena callar a las mujeres fue escrito por él (1 Cor. 14:33b-36). Prácticamente todos los estudiosos están de acuerdo de que el pasaje es una interpolación posterior que se fundamenta en el de 1 Timoteo. Parte de la razón para pensarlo es precisamente que en esa misma carta, como acabamos de ver, Pablo aprobaba la predicación de las mujeres en asambleas, siempre y cuando usaran un velo. Además, hay testimonios abundantes de que Pablo favorecía el servicio, la predicación y el liderato de las mujeres en las congregaciones cristianas (1 Cor. 1:11; 9:2-6; Flp. 4:2; Rom 16:1-5,7,12-15). En una ocasión hasta ensalzó la labor de una mujer apóstol llamada Junia (Rom. 16:7).

Lo mismo abogaba por que los judíos cristianos trataran con igualdad a los gentiles y que no se les forzara a “judaizarse” (Gál. 2:14; Rom. 14). En una ocasión abogó por un esclavo llamado Onésimo quien, aparentemente, recibía maltratos de su amo, Filemón. El primero parece haberle robado al último. Onésimo le sirvió a Pablo mientras estaba en prisión y este Apóstol le escribió una hermosísima carta en que le informaba a Filemón que ya Onésimo había sido bautizado y que era su obligación moral tratarle como un igual, como un hermano en Cristo (Fil.)

Dados estos datos, tenemos lo suficiente para comprender el rechazo de Pablo a las actividades homosexuales.
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Maldición a las actividades homosexuales

Pablo no era amable en lo absoluto para los que sostenían actividades homosexuales de diverso tipo. Mientras leamos los siguientes pasajes, tengamos en mente que Pablo era judío y, como tal, odiaba las costumbres paganas y detestaba todo tipo de actividad homosexual (herencia del pasado de la Torah). Recordemos también que él estaba basandose en la Septuaginta cuya versión de Levítico decía lo siguiente en griego:

No yacerás con varón {ársen} como se yace en la cama {koíten} con una mujer (Lev. 18:22).

Si un hombre yace con varón {ársen} como se yace en la cama {koíten} con una mujer, ambos han cometido una abominación (Lev. 20:13).

Dice Pablo a la congregación corintia, quienes tenían miembros que practicaban rituales paganos en la forma de actividades homosexuales:

¿Se atreve algunos de vosotors, el tener un pleito contra otro, a llevarlo a juicio ante los injustos [i.e. gentiles paganos], y no ante los santos [cristianos]? … Si es que tenéis procesos de la vida cotidiana, ¡sentad como jueces precisamente a los despreciados en la congregación! Para vuestra vergüenza os lo digo … ¿Es que no sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni inmorales, ni idólatras, ni adúlteros, ni los malakoí, ni los arsenokoĩtai, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni difamadores, ni usurpadores heredarán el REino de Dios (1 Cor. 6:1,4-5a,9-19).

Pablo abunda más sobre este tema en Romanos:

Se revela en efecto, la ira de Dios desde el cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen oprimida la verdad por la injusticia. Porque lo que puede conocer de Dios está patente a ellos, ya que Dios mismo se lo ha manifestado. Pues desde la creación del mundo la mente puede descubrir en las obras creadas lo invisible de Dios, esto es su poder eterno y su ser divino. De este modo, no tienen ninguna excusa. Porque, conociendo a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias como a Dios, sino que se envanecieron en sus disquisiciones y se entenebreció su insensato corazón: proclamándose sabios, se convirtieron en necios, y sustituyeron la gloria de Dios incorruptible por imágenes con figura de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.

Por eso, Dios los entregó a la impureza, por las apetencias de sus corazones, para envilecer sus propios cuerpos, en cuanto que sustituyeron la verdad de Dios por la mentira y veneraron y adoraron a la criatura en lugar del creador, que es bendito por siempre. Amén. Dios los entregó a pasiones envilecedoreas:  Pues, sus mujeres cambiaron la relación sexual natural por la antinatural, y de igual modo, también los varones, abandonando la relación natural con la mujer, ardieron de ansia los unos por los otros, cometiendo actos desvergonzados varones con varones. Y así recibieron en sí mismos el pago que merecía su aberración.

Y como no se dignaron reconocer a Dios, el mismo Dios los entregó a una mente indigna, para practicar lo indecente: repletos de todo tipo de injusticia, de perversidad, de avaricia, de maldad, llenos de envidia, de asesinatos, de riñas, de fraudes, de malicia, detractores, calumniadores, blasfemos, opresores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a los padres, irracionales, no fiables, sin corazón, despiadados. Esos, conociendo el decreto de Dios que declara merecedores de la muerte a los que realizan tales cosas no solo las hacen, sino que incluso dan su aprobación a los que las realizan (Rom. 1:18-32).

Hay bastante qué comentar sobre estos pasajes. En primer lugar, todavía hay debate en la comunidad exégeta del Nuevo Testamento en cuanto a lo que significan los términos “malakoí” y “arsenokoĩtai“. El último probablemente sucede como una especie de neologismo a partir del pasaje griego de Levítico que ya vimos. “Ársen” significa varón, “koítes” significa camas. “Arsenokoĩtai” significa literalmente “varón camas”.

El erudito E. P. Sanders es de la opinión de que en la época de Pablo todavía persistían prácticas homoeróticas desde el punto de vista de desigualdad social. El pasaje de Levítico habla de los que “actúan en la cama” con otro varón como si este último fuera una mujer. Por ende, puede ser que el neologismo paulino o judeohelenístico “arsenokoĩtai” se refiriera en realidad a personas que actuaban como o hacían cosas semejantes al erastes griego. Muchos han traducido malakoí como “afeminados”, pero este término puede ser engañoso si evoca al concepto actual de “afeminado”. En realidad se puede referir a las personas que asumían un rol como el de o semejante al de erómenos, que hacían las veces de “mujer” para un erastes antes de los 18 años.  Por lo tanto, Pablo estaba condenando tanto a los varones que en la actividad homosexual penetran como a los que reciben la penetración.

Nótese que esta es una posición de desigualdad y, en la mente de Pablo, de injusticia. La desigualdad para él es inaceptable en una congregación cristiana. Sin embargo, debemos atemperar lo que significa el término “justicia” en su tiempo. Como dijimos en nuestro artículo sobre la homosexualidad y la Biblia Hebrea, la aspiración a la justicia es más o menos clara en el tiempo de los profetas: se rechaza la opulencia, la opresión al pobre, la opresión a la viuda, etc. Sin embargo, en la epoca de Isaías y la de Ezequiel no existía la Torah como la conocemos hoy. Para un judío como Pablo, la parte moral de la Torah es medida de justicia. Para el judaísmo de esa época, todo aquel que no cumpliera con la Torah era injusto. En la teología paulina, esto se modifica solamente  para que a los gentiles se designaran como justos en la medida que cumplieran el lado moral de la Torah, sin necesidad de cumplir con la circuncisión, el kosher y la observancia del Sábado.

Por otro lado, Pablo creció en un ámbito helenístico que influenció su pensamiento y su visión de mundo. En aquel mundo de la diáspora, se adoptaron perspectivas vulgares del platonismo y el estoicismo. Vemos en sus escritos apelación a la naturaleza según el orden divino y la oposición entre carne y espíritu. Pablo no era exactamente fanático de la filosofía. Si leen los pasajes con cuidado, denunciaba a unos “sabios” (los filósofos) que los describía como “necios” (desde la perspectiva cristiana primitiva). Sin embargo, en el mundo helenístico, residuos vulgares de las filosofía platónica y estoicista permeaban aquel medio ambiente. Sin querer, él adoptó algunas perspectivas vulgares de esta “filosofía de gente” del ámbito helenístico. Los paganos se dejaban guiar por las pasiones de la carne, mientras que los judíos y los gentiles eran movidos por el Espíritu de Dios.

Pablo utilizó el concepto estoicista vulgar de “naturaleza” como argumento del orden divino. Decía él que los gentiles no crecen conociendo la Ley (la Torah), pero Dios les había puesto las disposiciones morales de la Ley en sus corazones (esto recuerda a la teoría platónica de las ideas innatas). Simultáneamente, todo ser humano que abriera su mente, se percataría del orden natural de las cosas y se daría cuenta de la existencia de la Divinidad (argumento parecido al estoicismo). Desde esta perspectiva, todas las acciones de los gentiles paganos (es decir, de los gentiles que no profesan el judaísmo ni el cristianismo), que fueran contrarias a la parte moral de la Torah y a su verdad revelada eran injustos. De ahí la “impureza” de los gentiles paganos (noten el lenguaje distintivo del judaísmo). Los paganos no quisieron darse cuenta de lo que es “evidente ante sus ojos”, se dejaron guiar por las pasiones de la carne, adoraron a otros dioses y, por ello, estaban llenos de pecado.

Entre esas acciones impuras se encuentra precisamente el actuar contra la naturaleza establecida por Dios: las mujeres rechazaron su naturaleza para llevar a cabo actos antinaturales con otras mujeres y, muy especialmente, los varones con otros varones. Por eso, para Pablo, ninguno de los malakoí ni de los arsenokoĩtai ni de las que llevan a cabo actos lésbicos vería el Reino de Dios. Para él, todas estas personas eran injustas.
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Reflexiones

Pablo predica en Damasco

Pablo predica en Damasco (siglo XII). Mosaico en la Escuela Bizantina en Sicilia, Italia

Pablo era un hombre de su tiempo representativo del judeohelenismo del primer siglo, pero influenciado por una nueva secta cristiana. A partir de unas apariciones de Jesús, pensaba que era su deber difundir el cristianismo y convertir gentes de otras naciones para Jesús antes de la llegada triunfante del Mesías para el establecimiento del Reino de Dios. Por un lado, quería contribuir a la vivencia carismática del Reino en las congregaciones cristianas que fundaba. Sin embargo, vivía en la gentilidad, donde la inmensa mayoría de sus habitantes desconocían las disposiciones judías.

Pablo no era un hombre del siglo XXI. No era sociólogo, sicólogo evolucionista, científico cognitivo, filósofo ni antropólogo. Tampoco tenía acceso a todos los conocimientos esenciales para comprender las diferencias culturales y, especialmente, religiosas entre judíos y gentiles. No podemos culpar a Pablo enteramente por haber escrito en contra de actividades homosexuales. Es un hijo de su tiempo.

Sin embargo, hoy día hemos avanzado en la filosofía y lo fácil que es identificar la falacia naturalista. Sabemos también que los asuntos éticos en torno a la sexualidad son mucho más complejos que las soluciones formuladas por la Biblia Hebrea y el Nuevo Testamento cristiano. En gran parte, esto es gracias a la información provista por las ciencias. Hoy sabemos que los seres humanos evolucionamos como resultado de un proceso evolutivo que nos hermana con todos los demás seres vivientes genética, relacional y materialmente. Es más, sabemos que la homosexualidad es un fenómeno tan natural que los científicos tienen constancia del comportamiento homosexual detectado en cerca de 1,500 especies. La homosexualidad humana forma parte del mundo natural.

Aun así, muchos insisten en sostener y aplicar las teologías y visiones de mundo de Pablo, un personaje del siglo I, a una realidad social del siglo XXI. ¿Cuál de los padres puertorriqueños estaría de acuerdo a que su hijo fuera atendido por un dentista del siglo I? Si no estarían dispuesto a hacerlo, entonces ¿por qué ignorar el conocimiento más certero de las ciencias y atendemos los consejos de alguien que evidentemente conocía mucho menos del mundo que nosotros?

¿Y qué hay de la responsabilidad ética de los cristianos que, contrario a Pablo, no tienen excusas para conocer el mundo más certeramente vía la razón y las ciencias?
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Bibliografía

Ehrman, Bart. Forged: Writing in the Name of God–Why the Bible’s Authors Are Not Who We Think They Are.   NY: HarperOne, 2012.

—. Forgery and CounterforgeryThe Use of Literary Deceit in Early Christian Polemics. Oxford: Oxford University Press, 2013.

Friedman, Richard Elliott. Who Wrote the Bible? US: HarperOne, 1997.

Meeks, Wayne A. Los primeros cristianos urbanos. Salamanca: Ediciones Sígueme, 2012.

Piñero, Antonio. Guía para entender a Pablo de Tarso: Una interpretación del pensamiento paulino. Madrid: Trotta, 2015.

Sanders, E. P. Paul: The Apostle’s Life, Letters, and Thought. Minneapolis: Fortress Press, 2016.

Vidal, Senén. Las cartas auténticas de Pablo. Bilbao: Mensajero, 2012.

—. Nuevo Testamento. Santander: Sal Terrae, 2015.

La homosexualidad y la Biblia Hebrea: Orígenes

Lot escapa de Sodoma

“Lot escapa de Sodoma” por Gustave Doré

En mi artículo anterior, mencioné el hecho de que hay un elemento particular de odio a la homosexualidad en las religiones abrahámicas: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Lo que inició este tipo de deprecio a actividades homosexuales fueron ciertos pasajes en la Biblia Hebrea que se escribieron en un contexto histórico que todavía permanece mayormente desconocido para nosotros. Sin embargo, gracias a la arqueología y al estudio intensivo de las civilizaciones que se formaron en el Medio Oriente y en el Mediterráneo, algunos eruditos ya tienen una idea del sentido original de estos textos. La respuesta puede sorprender a muchos.

Lo que haré en este artículo es exponer la teoría que muchos de los expertos en la Antigüedad sostienen hoy día. Noten que en este caso, el análisis será estrictamente histórico, no teológico ni religioso. Para una discusión con mayor lujo de detalles con sus referencias, léase los capítulos 8 y 10 de mi libro Pablo el Emisario: Odiado e incomprendido. Todos los pasajes bíblicos citados aquí provienen de la Biblia de Jerusalén (2009).
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La sociedad que originó al Antiguo Israel

Es sabido por la mayoría de los arqueólogos y eruditos de la Biblia Hebrea que ciertos eventos de la magnitud relatada por los libros de Éxodo y de Josué nunca ocurrieron. No hubo una invasión masivamente genocida de hebreos contra pueblos enteros por parte de israelitas nómadas. No hay rastro alguno de un gran éxodo de esclavos de Egipto dirigidos por un príncipe egipcio, Moisés, desde antes del Mar de las Cañas hasta las afueras del Río Jordán. Los historiadores y especialistas en la Biblia Hebrea se hallan hoy divididos en torno a si realmente hubo algún tipo de éxodo de esclavos, aunque hay un fuerte consenso de que no hubo una travesía de millones de personas hasta Tierra Santa por cuarenta años en la época de Moisés y Josué (1275-1208 a.C.). Los que piensan que pudo haber habido un éxodo usualmente lo atribuyen a un grupo pequeño de guerreros, fuertemente influenciados por la cultura egipcia, que se familiarizó con la religión de un pueblo conocido como los shasu en Madián, donde adoraban al dios Yaju, o Yahveh. Más adelante se integraron a la sociedad cananea, adoradora del dios El, lo que llevó gradualmente a un proceso sincrético para que ambas deidades se volvieran una: Yahveh Elohim (Éx. 6:2-3).

Sin embargo, los arqueólogos han evaluado los artefactos que han encontrado y han puesto en duda el modelo de invasión de Canaán por parte de los antiguos hebreos bajo el mando de Moisés y Josué. La evidencia sugiere que es imposible que hayan invadido y derrotado Négueb, Sijón, Jericó, Ay y Jasor (Núm. 12:1-3, 21-32; Jos. 6-11). De lo que sí hay abundante evidencia arqueológica en tierra cananea es de una rebelión contra las monarquías vasallas de Egipto y las castas altas. Una vez eliminado el dominio de estos reyes, las diversas tribus cananeas de la Era de Hierro I (1200-1000 a.C.) fueron extendiendo su población por todo el territorio norte de lo que después se conocería como Israel.

Lo que llama la atención –y que es sumamente pertinente a nuestro tema– tiene que ver con el nuevo estilo de vida adoptado por los cananeos al denominar como “Israel” a este nuevo territorio. Cuando se examina la evidencia arqueológica de las casas y las villas que datan de esta época, los expertos notan que no hay estructuras arquitectónicas de autoridad política. Para todos los efectos, las tribus israelitas establecieron una sociedad igualitaria. El libro de Jueces confirma esta dimensión de la vida israelita, ya que en ese texto se nota un periodo de tiempo en el que Israel carecía de reyes. Al contrario, en momentos difíciles y de hostilidad (especialmente por su tensión con los filisteos), los israelitas escogían a un jefe militar temporero, un “juez”, para defenderse contra fuerzas enemigas. Por cierto, el libro de Jueces atribuye la unificación de las tribus en una “nación”, Israel, a una mujer juez llamada Déborah, a la que un himno le denominaba “Madre de Israel” (Jue. 4-5).

Aun así, la sociedad israelita antigua no era totalmente igualitaria. No obstante Déborah como la “Madre de Israel”, estas tribus relegaban a las mujeres a un rol bajo. En primer lugar, la poligamia era una práctica hartamente permitida en esas sociedades. Aquellos hombres que fueran pudientes, podían tener más de una esposa, siempre y cuando pudiera cuidar de ellas. Es más, el arreglo matrimonial de una joven al hijo de otra familia o el concubinato permitían estrechar lazos entre familias, clanes o reinos (los “dominios” de David y Salomón fueron realmente influencias de poder vía lazos con varios reinos y tribus). En segundo lugar, a las mujeres y a las hijas se les trataba en términos prácticos como propiedad, lo que llevó a muchos autores de la Torah a estipular provisiones para evitar ciertos abusos y elevarlas más de un rango de simple pertenencia (e.g. Éx. 21:7-11; Núm. 27:4; 30:11-16; Deut. 21:10-14; 22:23-27).
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Funcionarios y sacerdotes forjan las Sagradas Escrituras

Debido a la inestabilidad de una sociedad igualitaria, las tribus decidieron optar por una monarquía. La primera fue la de Saúl, a la que le sucedería eventualmente la de David y su hijo Salomón, reyes que unificaron a las tribus del norte y las del sur. Durante este proceso se afianzaron los sacerdocios de Siló (probablemente musitas) y de Jerusalén (aarónidas), ambos levitas. De estos dos sacerdocios se derivaron tres de las cuatro tradiciones que compusieron la Torah hebrea (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) entre otros libros sagrados. La primera tradición en formarse fue la yahvista (J), producida probablemente por funcionarios de la monarquía davídica o, lo más probable, la salomónica. Sin embargo, las otras tres, las levíticas, fueron la elohísta (E), la deuteronomista (D) y la sacerdotal (P), de acuerdo al orden que aparecieron según el modelo mayoritariamente adoptado por los especialistas de la Biblia Hebrea.

Es en este contexto que debemos entender los pasajes usualmente más citados para condenar la conducta homosexual por parte de los religiosos conservadores y fundamentalistas.
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Sodoma y Gomorra

Hombres de Sodoma se agolpan frente a la puerta de Lot.

Hombres de Sodoma se agolpan frente a la puerta de Lot. Imagen por Phillip Medhurst. Cortesía de la Colección del Revdo. Philip De Vere en la Corte de St. George’s, Kidderminster, Inglaterra. CC-BY-SA 3.0.

En cuanto a los textos bíblicos relacionados con el tema actual de la homosexualidad, tenemos el relato de Sodoma y Gomorra (Gén. 19), compuesto por algún autor J. En él, se nos cuenta que Yahveh había determinado destruir la ciudad de Sodoma debido a que “su pecado es gravísimo” (Gén. 18:19). Del diálogo entre Yahveh y Abraham se desprende que la ciudad completa (con la excepción de Lot y su familia) estaba inmersa en maldad. La deidad decidió enviar a dos ángeles para avisarle a Lot y a su familia que debían abandonar Sodoma lo más pronto posible, ya que iba a ser destruida. Cuando los ángeles fueron recibidos, nos dice el Génesis:

No bien [Lot y los ángeles] se habían acostado [para comer], cuando los hombres de la ciudad, los sodomitas, rodearon la casa, desde el mozo hasta el viejo, todo el pueblo sin excepción. Llamaron voces a Lot y le dijeron: “¿Dónde están los hombres que han venido adonde ti esta noche? Sácalos, para que abusemos de ellos.”

Hay que aclarar que en este caso, por el término “hombres” (más bien “multitud” {’anašim}) debe entenderse en hebreo indistintamente como varones y mujeres. Como respuesta a la amenaza, Lot ofreció a su hija para que fuera abusada, en vez de los “forasteros”. Ante la negativa de la ciudad, los ángeles salieron y cegaron a la multitud. Después, la familia huyó con las instrucciones angelicales de que no miraran atrás durante la destrucción de la ciudad. Desobedeciendo a las órdenes de Yahveh, la esposa de Lot se transformó en una estatua de sal.

¿Cómo debemos entender esta narración? Pues, contrario a lo que muchos religiosos conservadores sostienen, de lo que menos se trata este texto es de la homosexualidad. Al contrario, el tema principal es el de la injusticia al forastero. El abuso sexual a los extranjeros era bastante común en aquella época, porque –como explicaremos más adelante– se les consideraba inferiores a los habitantes de la ciudad. El texto bíblico nunca afirma que la multitud era “homosexual” sino más bien malvada. Así lo comprendieron por mucho tiempo los profetas más importantes de la Biblia Hebrea y que fueron contemporáneos con muchos de los escritos de la Torah. Tomemos la comparación que hace Isaías de un Israel malvado con Sodoma y Gomorra:

De no haberme dejado Yahveh Sebaot un residuo minúsculo,
seríamos como Sodoma,
parecidos a Gomorra.

Escuchad la palabra de Yahveh,
regidores de Sodoma;
oíd la torah [ley] de nuestro Elohim [Dios],
pueblo de Gomorra.

Vuestras manos están llenas de sangre:
lavaos, purificaos,
apartad vuestras fechorías de mi vista,
desistid de hacer el mal
y aprended a hacer el bien:
buscad lo justo,
reconoced los derechos del oprimido,
haced justicia al huérfano,
abogad por la viuda
(Is. 1:9-10,15b-17).

Otro profeta que lo entendió de la misma manera era Ezequiel:

Por mi vida –oráculo de Adonay Yahveh–, que tu hermana Sodoma y sus hijas no obraron como habéis obrado tú y tus hijas. El crimen de tu hermana Sodoma y sus hijas fue: orgullo, voracidad, indolencia nacida de una vida placentera; no socorrieron al pobre y al indigente, se enorgullecieron y cometieron abominaciones ante mí. Por eso las hice desaparecer, como tú has visto (Ez. 16:48-50).

Finalmente, debemos señalar que en una historia paralela en el libro de Jueces, se presenta otra situación en la que unos hombres de una ciudad deseaban abusar a un extranjero, el anfitrión ofrece a su esposa y a la concubina del extranjero para su abuso, lo que efectivamente estos perversos llevaron a cabo (Jue 19:15-27). Si estos hombres eran abusadores “homosexuales”, ¿por qué abusaron a las mujeres? Una vez más, el tema subyacente es el de una injusticia que se quería llevar contra el forastero por ser considerado inferior en el contexto de esa población.
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Los pasajes de Levítico

Los otros pasajes que usualmente se citan para condenar las actividades homosexuales en general provienen del libro de Levítico, cuyo texto es casi completamente de la tradición P. Veamos:

No te acostarás con varón como con mujer: es una abominación (Lev. 18:22).

Si un varón se acuesta con otro varón, como se hace con una mujer, ambos han cometido una a abominación y deben morir. Su sangre caerá sobre ellos (Lev. 20:13).

Estos dos pasajes se han asociado erróneamente como una confirmación del sentido del relato de Sodoma y Gomorra. Sin embargo, como cualquier erudito en la Biblia Hebrea puede señalar, la narración de las dos ciudades malvadas fue escrita por un narrador J, mientras que estas prohibiciones fueron escritas por un autor P siglos más tarde.

Antes de proceder, debemos poner en perspectiva estos fragmentos dado el contexto social que hemos discutido. Por ejemplo, en Levítico se prohíbe explícitamente el acto sexual entre varones, pero buscamos en vano cualquier pasaje en ese documento o en la Biblia Hebrea en el que se condenen actos sexuales entre mujeres. Esto se debe, una vez más, a una sociedad poligámica, en la que los varones no solamente gozaban de tener actos sexuales con más de una mujer, sino también de participar y disfrutar del acto sexual entre ellas. En relación con esto último, lo único que encontramos en Levítico es lo siguiente:

No tomarás por esposa a una mujer y a su hermana cuando todavía vive la primera: harías a la segunda rival de la primera al descubrir también su desnudez (Lev. 18:18).

Fuera de eso, no hay ninguna otra prohibición de actos lésbicos.

¿Por qué a las mujeres se les permite, pero a los varones no? La respuesta es sencilla: la penetración.
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El significado de la penetración en la Antigüedad

El problema de citar estos pasajes sin tener en cuenta su debido contexto lleva a toda una serie de confusiones. Los pasajes de Levítico no explican en lo absoluto el razonamiento o las justificaciones detrás de los mandatos de Yahveh. Dado este panorama, no tenemos de otra que recurrir a textos extrabíblicos y descubrimientos arqueológicos en áreas cercanas a la región palestina para tener una mejor idea de a cuál realidad estaban respondiendo los antiguos israelitas.

Erastes y Erómenos

Un erastes en un acto pederasta con un erómenos. Dibujo en una ánfora ateniense del siglo V a.C., ahora en las Colecciones Estatales de Antigüedades en Münich, Alemania. Foto cortesía de Haiduc, de Wikimedia Commons. CC-BY-SA 3.0.

Cuando miramos a las prácticas sexuales de diferentes sociedades del Medio Oriente de aquella época y del Mediterráneo podemos encontrar un tema común: los varones que penetran (los activos) son privilegiados o se encuentran en un estrato superior a los que son penetrados (los pasivos), quienes no son privilegiados o que son de estrato inferior. Las mujeres no penetran, los hombres lo hacen. En parte esa puede ser una razón por la que a las mujeres se les veía históricamente como inferiores.

Podemos ver ejemplo de ello en la mitología egipcia, especialmente la relación tensa entre Horus y Set, en la que este último engañó al joven Horus para violarlo; abuso clásico de un adulto (posición privilegiada) a un joven (inferior). Podemos ver también esto en la práctica pederasta en la Antigua Grecia. Los maestros podían tener relaciones pederastas con sus discípulos, lo mismo que ciertos adultos que llevaban actos sexuales con jóvenes con “su consentimiento”. Al activo se le conocía como “erastes” y al pasivo “erómenos“. Este tipo de relaciones cesaban cuando los jóvenes cumplían los dieciocho años, es decir, la edad en que ya se podían considerar adultos y, por ende, iguales a los demás adultos. Es importante señalar que durante la relación de pederastía no se suponía que al joven varón le gustara el ser penetrado, porque tal placer era mal visto. Es más, si no cesaban la pederastía con su antiguo erastes e insistía el erómenos en ser penetrado, esto se veía como una degradación y, ante la sociedad, el mismo estatus del de una mujer. De allí que a veces se les consideraran “afeminados”. También hemos visto cómo los libros de Génesis y de Jueces nos hablan del deseo de abuso de una multitud a unos forasteros precisamente porque se les veía como inferiores, algo que el texto bíblico claramente condena como una injusticia. La violación siempre fue en todas las épocas, y más en el contexto bélico de la Antigüedad, un instrumento de guerra. La violación no solo es un golpe moral contra el penetrado o la penetrada, sino también una señal de derrota.

Cuando vemos los mandatos de Levítico podemos considerarlos como únicos en el mundo mediooriental. No había otro lugar en el Medio Oriente o en el Mediterráneo que condenara la actividad homosexual de varones. Sin embargo, hay otra cosa que hacía a los antiguos israelitas únicos en esa matriz social: su sociedad igualitaria. En otras palabras, rechazaban las actividades homosexuales entre varones porque, en el contexto de aquella época, significaba una distinción entre ellos por estratos sociales, algo que los israelitas consideraban intolerable e injusto. Esta convicción se conservó aun cuando posteriormente empezaron a aparecer monarcas y sectores más privilegiados de esa sociedad, algo que los mismos profetas israelitas condenaban.
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Conclusión

La Biblia Hebrea ha sido la que ha llevado a las religiones abrahámicas en general a su tendencia a condenar las actividades homosexuales. Sin embargo, sus orígenes no han sido comprendidos adecuadamente debido a nuestra propia ignorancia del contexto social de esa época. Irónicamente, las actividades homosexuales entre varones tienen poco que ver con la homosexualidad como se entiende hoy día ni tiene que ver con el asunto del matrimonio homosexual. Tiene más que ver con una percepción de injusticia cuando varones en una sociedad igualitaria asumían roles sexuales típicos de sociedades desiguales.

Obviamente, la historia en torno a la condena de las actividades homosexuales no termina aquí. En algunos artículos posteriores hablaremos del tema de la homosexualidad en el Nuevo Testamento de la Biblia Cristiana.
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Bibliografía

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