La ciencia de la redistribución de riquezas: 2 – Las externalidades como problema

justicia

Serie: 1ra. parte

La economía tiene dos componentes básicos que hay que tener en cuenta: la física y la conducta humana. En el primer caso, recordemos que economía involucra esencialmente el establecimiento particular de ciertas relaciones humanas con el objetivo de distribuir riquezas de manera inteligente. Las riquezas mismas son en su mayoría recursos escasos: materia y energía.  La única excepción a ello es la distribución de información (expresiones e ideas), que son esencialmente reproducibles indefinidamente sin que ello agote sus reservas. Aun así, estos recursos no escasos sí necesitan de recursos escasos para poder subsistir, por ejemplo ácido desoxirribonucleico (ADN), el cerebro, las computadoras, los servidores. La abundancia o carencia de dichos recursos físicos le asigna valor de acuerdo a unas relaciones humanas en particular en un contexto ambiental.

En el segundo caso, tenemos la conducta humana, que depende en lo más básico de predisposiciones genéticas heredadas de nuestros antepasados y la respuesta a los estímulos del entorno. Ambos factores juegan un rol a la hora de contemplar una realidad, entenderla y determinar cuáles son los problema que confronta un individuo o sociedad y cuáles son sus soluciones más eficientes.
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Los problemas físicos de la economía

No tener ninguno de estos factores en cuenta es fuente inagotable de equívocos y malas políticas públicas. Por ejemplo, la insistencia de cierto sector del público en fomentar el cultivo de alimentos orgánicos (en Europa “ecológicos”) pasa por alto la mayor ineficiencia de inversión y distribución de energía cuando se le compara con la mayor eficiencia de los cultivos convencionales u otros que utilizan alimentos modificados por ingeniería genética. Esta ineficiencia de inversión y generación de energía se refleja en los precios de los productos orgánicos. Por eso, la Revolución Verde está alimentando cada vez más a gente más pobre precisamente porque la producción derivada de dicha estrategia de producción ha llevado a los costos más bajos posibles de los alimentos porque se produce mucho más cantidad por acre de terreno. Además, el mayor consumo de energía por ineficiencia productiva significa mucha mayor emisión de gases de invernadero.

La agricultura orgánica ha contribuido en muchos aspectos a la mayor atención a la salud ecológica de los suelos y su ecosistema. En el ámbito convencional han prestado atención y están adoptando algunas de estas estrategias. Sin embargo, los precios de los alimentos orgánicos en promedio permanecerán más altos, ya que su rendimiento en general es muy bajo, algo que confirman los datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA). Esto tiene el efecto de económico de reducir la oferta ante una demanda efectiva que es cada vez más alta (en general resultado de la mercadotecnia). Es por eso que la Organización de las Naciones Unidas (ONU), particularmente la Organización de Alimentos y Agricultura (FAO), no recomienda la agricultura orgánica para resolver el problema de la malnutrición del mundo. Es más, contrario a lo que se espera, si quiere mantenerse el nivel de alimentación actual y se generalizaran los cultivos orgánicos, se necesitaría mucho más terreno que en la actualidad. En tal caso, habría que eliminar una muy buena parte de las reservas naturales del mundo que tanto bien le ha hecho a la naturaleza.

Una vez más, esto es física, específicamente se trata de termodinámica. Como señalan los datos de la USDA, donde la agricultura orgánica rinde más es en alimentos que son bajos en calórico (menos energía), mientras que donde menos rinde es en alimentos de alto contenido calórico (mayor energía). Es por ello que la gente que proponen exclusivamente los alimentos orgánicos como manera agroecológica de crear una “economía alternativa al capitalismo” (whatever that means) no tienen la menor idea de lo que hablan. Aun si esto se transformara en socialismo democrático, o sociedad comunista o anarcosindicalista o anarcocapitalista (el que usted prefiera), siempre existirán los mismos problemas termondinámicos. No hay de otra.

Por ende, cualquier genuino programa económico de justicia social tiene que aspirar a la mayor producción de alimentos altos en calóricos, que rindan cada vez más y que sean lo más amigables al medio ambiente que se pueda. Si se quiere justicia y sacar de la pobreza a aquellos que viven en miseria, se debería proveer cada vez más alto nivel de energía a aquellos que carecen de ella (dicho “en arroz y habichuelas”: proveamos mejor alimento a aquellos que sufren más hambre). La insistencia en buscar “alternativas” que desafían las leyes de la física están destinadas al fracaso no importa lo mucho que intenten cuadrar el círculo postulando sistemas económicos “alternativos”.

La realidad de la física también es un problema para la justicia social en otro sentido muy importante. Como estamos hablando de recursos escasos (materia y energía), esto significa necesariamente que cuando se gana un bien escaso se internaliza unas ganancias y se externalizan ciertos costos.  Los economistas llaman “externalidades” a aquel efecto que una transacción tiene sobre un tercero. Las externalidades negativas son aquellas en las que tal efecto es un costo. De aquí en adelante, cuando hablemos de “externalidades” nos referiremos a las negativas.

Como toda forma de riqueza y carencia de ella a nivel social es medible en dólares y centavos, podemos identificar actividades externalizantes:

  • Contaminación del ambiente
  • Salarios a nivel de miseria (sweatshops)
  • Muertes debido al alto nivel de letalidad de una labor
  • Engaños de anuncios
  • Exenciones contributivas que no generan bienestar para el estado o la población
  • Maltrato a los animales no humanos
  • Erosión de los suelos cultivables
  • Emanaciones de gases de invernadero, etc.

Muchos de estos males están seriamente asociados a las grandes corporaciones. Como bien señala el documental The Corporation (malinformado en algunos casos que discute, pero en esto no), las corporaciones en general son máquinas eficientes de creación de ganancias que generan simultáneamente numerosas externalidades.

El nivel de riqueza que producen ayuda a satisfacer y beneficiar a la humanidad de muchas maneras. Una de las más notables es que su labor de producción se ha vuelto tan eficiente y ha logrado producir tantos bienes baratos que ha permitido su acceso a los más desfavorecidos y así ha consguido (sin proponérselo) a aliviar la pobreza extrema a nivel mundial.

Tasa de población mundial bajo los niveles de pobreza

Tasa de población mundial bajo los niveles absoolutos de pobreza, 1820-2015 (Roser & Ortiz-Ospina, 2017; CC-BY-SA 4.0).

La población mundial que vive en pobreza extrema

La población mundial que vive en pobreza extrema, 1820-2015 (Roser & Ortiz-Ospina, 2017; CC-BY-SA 4.0).

¿Qué explica este misterio? ¿Por qué las corporaciones y otras organizaciones son tan efectivas en crear este fenómeno a nivel mundial? La respuesta particular en torno a la estructura corporativa se dejará para otra entrada de esta serie. Baste decir que esto no debe interpretarse como una base para un “laissez-fair” corporativo. Precisamente debido a su forma de generación de riqueza, se producen externalidades que neutralizan en gran parte dichas ganancias sociales. Por ende, siempre hará falta una entidad externa a las corporaciones que les limiten su daño social y maximicen su bienestar. Ahí está una gran parte de la respuesta a nuestras interrogantes.
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La conducta humana

El error de Marx

Karl Marx

Karl Marx

En su obra cumbre, El capital, Karl Marx describió la economía capitalista en sus dos facetas: una dinámica esencialmente física que involucra materia, energía y termodinámica; la otra es la de relaciones humanas. Los seres humanos establecen un tipo de relaciones de producción particulares (en este caso, capitalista) que mediante la actividad laboral (entrada de energía) transforma la materia prima en mercancía. Lo interesante es que esta cantidad de labor (energía) depositada en la mercancía, medible por el tiempo de trabajo socialmente necesario, toma la forma de valor, una abstracción plenamente objetiva aunque sea forjada en el enjambre de este tipo de relaciones humanas.

En ese juego dialéctico entre lo físico (materia y energía) y lo espiritual (relaciones abstractas) hay todo un proceso metabólico en el que el cuerpo organizado del colectivo humano transforma su entorno. Para Marx la transformación procesual de la materia prima con la que los seres humanos entran en contacto de acuerdo a unas relaciones de producción determinadas (las que sean) es un atributo esencial de la humanidad. Añadimos que la transformación del entorno es atributo esencial de cualquier organismo, ya que procesualmente hablando ninguno vive aislado; todo ser vivo busca sobrevivir transformando materia y energía con las que debe continuar su autopóiesis. Vía una teoría semiótica en la que la moneda es el signo de dinero y el dinero es mercancía que sirve de equivalente, Marx saca a relucir las dos dinámicas “contradictorias” del capital entre circulación por un lado y reproducción de capital por el otro: el capitalismo es un proceso de atesoramiento. Este es valor producido por el proletariado del cual una gran parte es el plusvalor que es apropiado por la burguesía (en el ámbito corporativo actual, los accionistas).

El diagnóstico hecho en El capital es fabuloso, pero la solución al problema de la injusticia inherente al capitalismo deja mucho que desear. Fuera del hecho de que el socialismo marxista practicado en diversos países no pudo erradicar ciertos problemas de externalidad (algunos que existirán en lo mínimo por física, independientemente del sistema económico), algunas fuentes de su fracaso se hallan en no tener en cuenta algunos aspectos de la conducta humana. Aunque en dichos países “desapareció” la relación dialéctica entre la burguesía y el proletariado, no hubo proceso alguno hacia el comunismo como lo pensaba Marx: una sociedad sin clases sociales y sin estado. Al contrario, se crearon nuevos estratos sociales con élites que favorecían a los suyos  mientras que fueron menos favorecidos (y otros más que desfavorecidos, como las víctimas de los gulags soviéticos). En dichos sistemas, los partidos de poder aspiran a privatizar las mentes del pueblo ya que lo moral es lo que estipulen los llamados “representantes” del proletariado. No me extenderé sobre el muy conocido y monumental fallo predictivo marxiano de que los países capitalistas eminentes iban a transformarse vía una revolución en socialistas. Los acercamientos keynesianos no previstos por él troncharon tal aspiración. Ni tan siquiera me referiré a la virazón de ciertos países llamados “comunistas” de nombre que han vuelto o están regresando sigilosamente al redil capitalista como lo son China, Vietnam y, paulatinamente, Cuba. Estos países tienen como base el libre mercado, pero con economías mixtas. Otros países han abandonado el modelo socialista marxista (inclusive el nombre) y han dado el viraje a una base de libre mercado pero con economía mixta, tales como Eslovenia y Estonia (Collado Schwarz, 2010, pp. 69-90, 160-180).

En casi ninguna de esas sociedades socialistas marxistas se disfrutó genuinamente de un grado de sociedad abierta como en ciertos países democrático capitalistas. Esto puede tener una explicación. De acuerdo al filósofo francés André Comte-Sponville, Marx carecía de una antropología adecuada para comprender bien las consecuencias de la solución que proponía. En La ideología alemana, Marx y Engels alegaban que por naturaleza el ser humano es egoísta y vela solo por su interés que nunca coincide con el de la sociedad (Comte-Sponville, 2004, p. 94; véase Marx & Engels, 1976, p. 35). Como veremos en breve, esta antropología marxiana es exagerada, pero para efectos del argumento aceptémosla provisionalmente como verdadera. Si este fuera el caso, la solución socialista propuesta por Marx implicaría que de alguna manera habría que hacer que individuos egoístas actúen de manera perfectamente justa con una distribución igualitaria de bienes. Eso solo se consigue con un gobierno lo suficientemente poderoso para que fuerce la igual distribución de las riquezas a expensas de ciertos derechos, del libre mercado y de libre selección (Comte-Sponville, 2004, pp. 94-95). A esto llamaba Comte-Sponville, “el error de Marx”: el intento de moralizar la economía, de hacerla perfectamente igualitaria y justa (pp. 93-96).

Contrario a lo que se alega, varios estudios recientes demuestran más allá de toda duda que hay una tendencia natural de los seres humanos a la desigualdad. En general, la gente prefiere vivir en sociedades donde haya desigualdad (Starmans, Sheskin & Bloom, 2017). El resto de los primates mayores tienen relaciones desiguales y jerarquías de dominación y mando dentro de sus grupos. De esta manera, todos los simios —incluyéndonos— gravitamos instintivamente y conductivamente hacia la desigualdad de puestos y de bienestar económico (Franz et al., 2015, De Waal, 1998). Sociedades que viven en igualdad suelen ser la excepción a la regla, especialmente cuando se tratan de poblaciones numéricamente bajas. Aquellas que adoptan formas sociales más complejas son favorecidas por selección grupal sobre las igualitarias. Como productos de la lucha por la supervivencia de nuestros ancestros, ¿qué nos haría excepción a esa regla conductista de nuestra cepa evolutiva?

Ahora bien, se pueden lanzar una serie de objeciones. Si un mundo perfectamente justo e igualitario no es solución, ¿quiere eso decir que tenemos que tolerar que la gente actúe egoístamente?  Como veremos, una sociedad que tenga en cuenta este factor de la naturaleza humana puede ser beneficioso si es debidamente regulado. Sin embargo, pretender que los seres humanos no actúen egoístamente en casi ningún renglón de sus vidas y que tal directiva se puede dictar muy efectivamente por un estado que obligara a tal ambiente, tendría el mismo tipo de éxito que el de prevenir los escándalos sexuales del clero católico imponiéndoles el celibato.

Allí donde la naturaleza humana no tenga espacio razonable para desenvolverse, se rebelará. Esto no es solo lo que pasó en muchos países mal llamados “comunistas”, sino también medidas tales como la prohibición del alcohol, la “guerra contra las drogas” o como la prohibición de la prostitución. ¿Han sido exitosas estas iniciativas?
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El error del becerro de oro

Becerro de Oro

Imagen de 1901 donde se representa el relato del Becerro de Oro en la Biblia (Imagen cortesía de la Providence Lithograph Company).

Si bien es cierto que el marxismo tiene serios problemas, sería un error pensar que el sector neoliberal procapitalista tiene toda la razón del mundo. Siguiendo la terminología de Comte-Sponville, no debemos arrodillarnos ante el ídolo del capital.  No caigamos en el “error del becerro de oro” (pp. 97-102). Al contrario, también tienen serios problemas a la hora de querer fundamentar su cosmovisión. Este es el problema inverso del marxismo. Marx quería forzar la moral y el igualitarismo al proceso interno de la economía. En cambio, el error del becerro de oro procura sacar de toda consideración la moral y la justicia para sustituirla por los valores del capital y del “mercado libre”.

Muchos economistas afines al sector conservador y libertario tienden a utilizar modelos que suponen toda una serie de hipótesis que dan por buenas sin ser examinadas con más detenimiento y que fracasan cuando se lleva al ámbito experimental.  Usualmente estos economistas descansan en lo que llaman “modelos de selección racional”. Estos parten de la premisa (compartida por Marx como ya vimos) de que los individuos son exclusivamente egoístas. Sin embargo, resulta que esta es una hipótesis que es errada a la luz de experimentos de la conducta humana.

Para poner la discusión en perspectiva, podemos recurrir a la teoría de juegos, especialmente con uno muy sencillo llamado el juego del ultimátum, mencionado en nuestra entrada anterior de la serie. He aquí las reglas del juego:

  • Escojo de un grupo a una pareja y le entrego a una de ellas 20 billetes de $ 5.00 (total $ 100).
  • Le digo que puede dividir los billetes entre los dos como desée, pero que hay dos condiciones:
    • Si su pareja acoge la dádiva, entonces los dos se pueden quedar con el dinero que les corresponde.
    • Si la pareja la rechaza, entonces el dinero vuelve a mí y los dos participantes se quedan sin nada.

Cuando se hace el experimento como este, usualmente la división toma la forma de propuestas como $50-$50, $65-$45 o $60-$40, en los que la pareja acepta el dinero. Sin embargo, si uno de ellos propone algo así como $90-$10 o $80-$20, la pareja rechaza el dinero aun sabiendo que al final se quedará sin nada (Frank, 2011, p. x).

Juegos como este ponen en entredicho la hipótesis de que los seres humanos somos exclusivamente egoístas. En un mundo en que los individuos son así, se supone que el que divida el dinero tome $ 95.00 para él y $ 5.00 para su pareja y que, a su vez, esta última la acepte de todas formas porque es mejor tener $ 5.00 que tener $ 0.00. Nótese que partiendo de esto, mientras mayor sea la desigualdad, menos satisfecha queda la humanidad. Con la duda de la hipótesis, cae como dominó todos los modelos de selección racional que la suponen y con ellos todas las propuestas de mercado libre guiado exclusivamente por el egoísmo sin límite alguno.

Esquemas económicos, políticos y sociales forjados de esta manera también se hallan condenados al fracaso y a la sociedad cerrada. Véase, por ejemplo, los distintos regímenes dictatoriales a favor del capitalismo, en particular el caso de Augusto Pinochet en Chile. El programa económico a implementarse en ese país era el documento conocido como “El Ladrillo” diseñado por economistas comprometidos ideológicamente con la perspectiva liberal tales como Milton Friedman y otros académicos de la Universidad de Chicago (también conocidos como los “Chicago Boys“) (Comte-Sponville, 2004, pp. 110-115; Klein, 2007, pp. 79-136). Parte de esto se debe a un mercado supremamente libre tiene que ir acompañado de un gobierno fuerte que reprima a una población que perciba una situación como injusta debido a graves situaciones externalizantes.

En el capitalismo hay competencia, algo que implica necesariamente algunas formas externalizantes. Dentro de grupos de trabajo, aquella persona que asciende de puesto goza de un recurso escaso, por lo que excluye necesariamente a aquellos con estatus más bajo; por ende, internalizan una ganancia y externalizan un costo sobre los demás.  No todo el mundo puede ser burgués, por lo que siempre habrá proletarios. No todo el mundo puede ser gerente, ya que habrá empleados a su mando y así por el estilo. Como bien dijo Marx, la producción es social y eso requiere de mano de obra organizada y arreglada para ello. El estatus alto conlleva necesariamente que otros tengan estatus bajo.

Adam Smith

Adam Smith

Igualmente ocurre una situación semejante cuando hay competencias entre grupos de producción. En un ámbito de competencia, unas corporaciones u organizaciones de producción sobresalen sobre otras. Como diría Adam Smith, ciertas formas de competencia llevarán a que los precios de mercado sean los más bajos posibles y así benefician la sociedad. Como señalan muchos economistas una y otra vez, hoy hay mayor competencia que cualquier otra época en la humanidad y, como ya hemos visto arriba. Esto ha llevado a que en general los precios de mercado de bienes y servicios sean los bajos posible. Sin embargo, toda competencia implica unos costos no insignificantes. A fin de cuentas, como indicaba el mismo Smith, el bienestar social que generan no es por altruismo, sino porque puede haber coincidencia entre el fin lucrativo y el fin público.  Por otro lado, Smith no olvida indicar que frecuentemente la burguesía (y sus secuacies) tienen intenciones propias que pueden conducir a oprimir al público.

… Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera él solo persigue su propia seguridad; y al orientar esa actividad de manera de producir un valor máximo él busca solo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no estaba en sus propósitos (Smith, 2008, p. 554, mi énfasis).

El interés de los empresarios en cualquier rama concreta del comercio o la industria es siempre en algunos aspectos diferente del interés común, y a veces su opuesto. El interés de los empresarios siempre es ensanchar el mercado, pero estrechar la competencia… Cualquier propuesta de una nueva ley o regulación comercial que provenga de esta categoría de personas debe siempre ser considerada con la máxima precaución, y nunca debe ser adoptada sino después de una investigación prolongada y cuidadosa, desarrollada solo con el máximo recelo. Porque provendrá de una clase de hombres cuyos intereses nunca coinciden exactamente con los de la sociedad, que tienen generalmente un interés en engañar e incluso oprimir a la comunidad, y que de hecho la han engañado y oprimido en numerosas oportunidades (pp. 343-344, mi énfasis).

Espero que los legisladores tomen nota.
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Los costos de la competencia

Retrato de Charles Darwin

Retrato de Charles Darwin

Contrario a lo que Smith pensaba, muchas de las externalidades no se deben a menos competencia (estrechar el mercado) sino a mayor competencia.

Tal vez para comprender cómo es posible que la competencia produzca simultáneamente beneficios sociales y externalidades, hace falta un marco más amplio que el de Smith y Marx. El economista Robert H. Frank ha sugerido utilizar el marco darwiniano de la competencia entre expecies como la mejor manera de entender la dinámica del mercado. Hoy día se sostiene que Adam Smith es el padre de la economía. Sin embargo, Frank apuesta a que dentro de cien años, si fuéramos a preguntarle a los economistas a quién consideran padre de la economía moderna, una pluralidad mayoritaria señalaría a Charles Darwin. (Como dirían en inglés: “I wouldn’t hold my breath“). Aunque el escepticismo de tal cumplimiento predictivo sobreabunda cuando uno escucha aserciones como esa, podemos entender desde cuál perspectiva parte Frank al respecto (Frank, 2011, p. xii).

Dentro de la dinámica competitiva entre especies, puede ser posible que prevalezcan ciertos rasgos en los que haya una coincidencia de beneficio individual y al grupal. Un claro ejemplo de ello es cuando las aves de rapiña como el águila gradualmente por generaciones desarrollan mejor visión para poder ver sus presas más de lejos y atraparlas. Los genes que expresan el rasgo pasan a la próxima generación, se disemina a nivel grupal y la especie se beneficia de cada vez mejor visión. Esto es análogo al mundo de Smith en que la competencia produce beneficios a los individuos que se quieren lucrar, pero también al grupo.

Sin embargo, en el mismo proceso competitivo puede ser que desarrollen rasgos que sean beneficiosos para el individuo pero perjudiciales para el grupo. Por ejemplo, en el caso de animales poligínicos, es decir, especies cuyos machos luchan entre ellos para acceder a las hembras. Un caso de ello los podemos encontrar en el caso de los alces. El macho que usualmente gana la batalla es el que tiene los cuernos más grandes. Eso le beneficia individualmente dejándole pasar sus genes a la próxima generación. Tal acto implica algo detrimental para la especie. Los genes de los cuernos grandes también pasan a la próxima generación y se diseminan en la especie. Este rasgo en particular no beneficia el grupo, solo al individuo. Si los alces necesitan salir corriendo en un bosque al ser perseguidos por una manada de lobos, unos cuernos de cuarenta libras que fácilmente se enredan entre las ramas pone en mayor peligro a la especie. Esto es análogo a lo que ocurre en ciertas formas competitivas en las que prevalecen procesos competitivos en que los criterios posicionales del mercado no necesariamente coinciden con el bienestar público (Frank, 2011, pp. 19-23, 72-74).

De esta manera, la comprensión darwiniana de la economía puede dar cuenta ambos procesos competitivos. A esto Frank le llama “bifurcación de Darwin” (Darwin’s wedge): hay procesos competitivos en los que el interés individual coincide con el interés público (Adam Smith), pero hay procesos competitivos en los que el interés individual no coincide con el público (pp. 25, 49). En la mayoría de estos últimos casos, el interés individual suele prevalecer, perjudicando así el bienestar social. Es en estas ocasiones que la adoración al becerro de oro fracasa estrepitosamente, como ha pasado en numerosas ocasiones, (e.g. en el caso de la gran debacle del 2008).

En nuestra siguiente entrada hablaremos más al respecto, pero debemos indicar ahora lo que esto significa. Un bien posicional es aquel bien del mercado que depende sensiblemente del contexto social donde se encuentra. Un bien no posicional es aquel que no depende sensiblemente del contexto social donde se encuentra (pp. 64-75).

Thomas Schelling

Thomas Schelling (Foto cortesía de Hessam Armandehi / CC-BY-SA 3.0).

Sobre esto nos puede iluminar un poco la obra del premio Nóbel de economía, Thomas C. Schelling. Él observaba que cuando se le concedía a los equipos de hockey el no ponerse los cascos, todos terminaban quitándoselo. ¿Por qué? La respuesta es clara cuando se piensa sobre el objetivo del juego: ganar. Supongamos que tenemos el equipo X y el Y. Digamos que el equipo X por razones de seguridad se ponen el casco, pero el equipo Y decide no hacerlo. ¿Quién tiene mayores probabilidades de ganar? El equipo Y:  al no ponerse el casco, tendrían mejor visión y conciencia de lo que ocurre a su alrededor, podrían escuchar mejor, intimidar mejor a su oponente, sentirse más libres de las restricciones del casco, etc.  En ese contexto, para poder ganar, al equipo X tiene que permitírsele quitarse los cascos.  En tal caso tenemos que en esta dinámica competitiva podemos determinar cuál es el bien posicional y cuál no de acuerdo al contexto en el que se le permite a los equipos jugar sin cascos:

  • Bien posicional = ganar (implica quitarse los cascos)
  • Bien no posicional = seguridad (implica ponerse los cascos)

A pesar de ello, lo más asombroso es que cuando se le pregunta a los jugadores de ambos equipos si quieren reglas que les impongan el uso del casco, todos están a favor de ello. ¿Qué pasó? ¿Acaso tomaron un curso de hipocresía por correspondencia? En absoluto. Al contrario, entienden perfectamente bien lo que ocurre. Como su objetivo es ganar, la única manera de mantenerse seguros es que se les imponga los cascos. Ellos entienden también que no se resolvería el problema si se les pusiera un letrero de servicio público que dijera: “Acuérdese que ponerse el casco. Es bueno para su salud”. Tampoco serviría mucho contarles historias de horror de gente que jugó hockey sin ponerse el casco.

Estos problemas posicionales convierten esta situación en un problema de acción colectiva. Cuando eso ocurre, el colectivo necesita acordar unas reglas de juego para imponerselas, en el caso del juego de hockey sería obligar a los jugadores a ponerse los cascos. Y si los alces pudieran, también convendrían en recortarse sus cuernos a la mitad por seguridad. En ambos casos, el de los jugadores de hockey y de los alces, terminarían todos bajo las mismas condiciones competitivas de antes, excepto que estarían en una mejor posición de seguridad que antes.

Lo mismo ocurre en el ámbito económico. Toda competencia (especialmente aquellas más intensas) tiene unos costos. Como el criterio de competencia corporativa es maximizar las ganancias en un corto plazo, mediante la logística competitiva generan externalidades. La razón de ello es exactamente la misma que la de los jugadores de hockey: si la corporación X por mejor conciencia ética decidiera invertir en reducir alguna externalidad como la de evitar la contaminación del ambiente, eso le costaría dinero; pero si su competencia, la corporación Y, decide no hacerlo, entonces Y tendría mayor ventaja sobre X en la competencia en el mercado. Si X quiere sobrevivir su competencia con Y, por su salud fiscal tendría que externalizar esos costos y dejar que “otro” (usualmente la sociedad) los asuma. Debido a la logística del mercado, no hay mecanismo interno para impedir estos perjuicios sociales, de la misma manera en que no hay mecanismo interno de la competencia del juego de hockey que impida los daños que implica el no ponerse los cascos. En tales casos, los criterios posicionales y no posicionales son claros:

  • Bien posicional: Ganar la mayor cantidad de dinero en un corto periodo de tiempo.
  • Bienes no posicionales: salarios dignos, el bienestar del medio ambiente, la seguridad de los obreros, la seguridad del público, la salud de sus trabajadores, la salud del público, el bienestar de los animales no humanos, etc.

Nada de esto debe sorprender. Y aquí hay algo que la izquierda en general no le gusta reconocer. Los presidentes corporativos y la burguesía corporativa pueden ser buenísimas personas con las mejores intenciones del mundo. De hecho, el mismo Marx deja claro que cuando habla del capitalista se refiere a él exclusivamente en su rol de personficación del capital y no como padre de familia, amigo, buena persona, etc. (Marx, 2008, p. 8). El problema es que la dinámica competitiva no les permite en un buen número de casos tomar mejores decisiones al respecto. Es decir, no se trata de que la burguesía corporativa sienta mucha alegría por dañar el ambiente, sino que tomar medidas ambientalmente amigables cuesta dinero (Frank, 2011, 177). La corporación es un “animal” totalmente amoral, porque el proceso de competencia es intrínsecamente amoral: a las corporaciones y a la economía no les interesan lo bueno o lo malo, lo correcto o lo incorrecto, sino solo la costo eficiencia, la oferta y la demanda efectiva.

Dado este contexto de bienes posicionales y no posicionales, debe haber una jurisprudencia que dentro de lo razonable obligue a las corporaciones a dedicar su capital a remediar lo mejor posible sus externalidades. Por ende, hacen falta limitaciones a ciertos procesos competitivos y una manera de redistribuir sus riquezas.

Esto demuestra que en parte Marx tenía razón en su diagnóstico: mientras mayor sea el plusvalor apropiado por el burgués, menor será el salario del proletariado; mientras mayor sea este último, menor será el plusvalor apropiado por el burgués. Esto genera lucha de clases ya que ambos intereses son irremediablemente contradictorios. Así que contrario a algunos antimarxistas, la lucha de clases existe y es una realidad. Estas son tensiones sociales que siempre están latentes en cualquier lugar dominado por el capitalismo. Sin embargo, sería un error afirmar que corregir este problema mediante el socialismo a la Marx resuelve los demás problemas. En ningún momento (que sepa un servidor) Marx atiende realmente la resolución de problemas ambientales y otros tipos de externalidades. Es por esa razón, que países que se acogieron a un socialismo marxista no fueron menos depredadores del medio ambiente o de causar otros males. El convertir el modo de apropiación de individual a colectivo difícilmente atiende el problema físico de lo que implica la extracción, transformación, desperdicio de materia y energía exacerbado por la competencia con los países democrático capitalistas.

Nota aparte: Estoy perfectamente consciente de que Marx y Engels sostenían un punto de vista integral de la realidad de los obreros y del medio ambiente. También ligaban los problemas ambientales al malestar de los obreros y ambos al modo de producción capitalista. En resumen, pudieron ver bien que el capitalismo genera distintas formas de externalidades entre las que destacaban las condiciones paupérrimas del proletariado.  Sin embargo, su solución al problema de la lucha de clases dentro del capitalismo no atendió ese problema que estos autores veían como integral al bienestar humano. No dijeron específicamente bajo el socialismo cómo la humanidad puede desacoplarse de la explotación brutal del medio ambiente. Esto se debe a que este no es un problema de clases sociales, sino una que es física: de extracción, distribución y uso de materia y energía. Por ende, la solución a este problema del bienestar de la humanidad es en gran parte el manejo inteligente de los recursos escasos físicos.

John Maynard Keynes

John Maynard Keynes (1933)

Por eso, la solución marxiana no es la que prevaleció, sino la keynesiana. John Maynard Keynes parece haber conocido (aunque sea indirectamente) la obra de Marx, ya que como muestran varios autores marxistas, muchas de las críticas al pensamiento de la economía liberal parecen recogidas de Marx –aunque parece no haberle dado crédito (e.g. la crítica a la llamada “Ley de Say”; Harvey, 2010, cap. 2). Contrario a algunos economistas clásicos, Keynes basándose en Thomas Malthus (decía él) llegó a la conclusión de que la economía usualmente entraba en caídas económicas cíclicas. Esto es un hecho constatable históricamente ya que cada quince a veinte años había una debacle económica.

Como vio Keynes, el ingreso de una nación incorpora tres variables: el gasto gubernamental, la inversión de la empresa privada y el consumo. Cuando ocurre una depresión no se puede contar con la inversión de la empresa privada por considerarla riesgosa en tal situación. Tampoco se puede contar con los consumidores quienes desearán ahorrar en tiempos difíciles. Por tanto, es al gobierno el que le toca invertir una enorme cantidad de dinero para que circule la economía y así se recupere. Sin embargo, el gasto gubernamental no puede serlo todo, también le toca identificar aquellos problemas que requieran limitaciones en la economía para que no genere otras depresiones. Mediante soluciones keynesianas y regulaciones gubernamentales ha habido un incremento en riquezas sin precedentes en la historia de la humanidad. Desde 1944 al 2008 Estados Unidos no vio un solo episodio del tipo de precipitación que se solía tener antes de las soluciones keynesianas. La catástrofe financiera del 2008 se dio precisamente por la eliminación de dichas restricciones a los mercados financieros, especialmente desde la época del Presidente Ronald Reagan y la Primer Ministra británica Margaret Thatcher.

En efecto, lo que se hizo desde la época del Nuevo Trato era identificar las áreas en que la competencia generaba aquellas externalidades significativas que llevaron al sector financiero a su colapso. Estos se convirtieron en problemas de acción colectiva, por lo que el gobierno estableció leyes para obligar a toda corporación y entidad financiera a limitar esas externalidades y estimular los beneficios sociales.
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Extendiendo la perspectiva darwiniana

Karl Popper

Karl Popper (Foto cortesía de la LSE Library).

Tal vez podamos entender este problema incorporando esta vez a un filósofo llamado Karl Popper y su propuesta racionalista crítica. Ahora bien, el problema es que cuando se toca este tema se recuerda frecuentemente su modelo de conjeturas y refutaciones en la que el criterio de falsación establece si una tesis particular es científica o no. Por otro lado, lo que menos se conoce de él es su elaboración ulterior de una perspectiva de los procesos científicos comprendidos como un proceso de resolución de problemas. Este es en muchos sentidos la implicación filosófica de su crítica a la inducción, su propuesta de conjeturas y refutaciones, su incorporación de ciertas ideas de Gottlob Frege y su reflexión en torno a la relación cuerpo y mente.

No iré con lujo de detalles en torno a este interesante tema. Les recomiendo la lectura del capítulo 3 de mi tesis de maestría para un resumen de ello. Lo que sí haré es sobresimplificar un poco la tesis de Popper. Para él, toda la ciencia tiene una estructura de resolución de problemas. Cada problema planteado conlleva la conjetura de una variedad de soluciones, de entre las cuales por un proceso de puesta a pruebas y eliminación de errores sale a relucir una en particular o una combinación de respuestas. Estas soluciones a su vez genera notra variedad de problemas, cada problema conlleva una serie de soluciones de entre las cuales sobrevive una o varias, que a su vez genera otros problemas y así por el estilo (Popper, 1997a, 87-106; Popper, 2001, pp. 147-179, 236-256).  La estructura que propone él de resolución de problemas se puede simplificar de la siguiente manera:

Modelo de resolución de problemas

Modelo de resolución de problemas. P = Problemas y S = Soluciones. (Imagen: Pedro M. Rosario Barbosa / Dominio público).

A lo mejor esto se vea demasiado familiar para aquellos que conocen El origen de las especies de Darwin. Están en lo correcto. He aquí la imagen que ustedes encuentran en esa obra.

Imagen de la selección natural

Imagen de la selección natural en El origen de las especies de Charles Darwin (1859).

¿Por qué ambas imágenes se parecen tanto? Popper señala que la de Darwin no es otra cosa que una instancia de la versión más abstracta que él propone. La selección natural es en cierto sentido un proceso de resolución de problemas, en este caso el problema de la supervivencia de las especies. La “solución” a los problemas de este tipo surgen en calidad de mutaciones genéticas que generan unos rasgos en las especies que permiten que se transmitan a la próxima generación. Como diría Richard Dawkins, esto no es obra inteligente, sino del “relojero ciego” que es la naturaleza. No hay teleología sino teleonomía. Sin embargo, el proceso científico sí es obra inteligente, al igual que otras hechuras del ser humano tales como los procesos económicos, políticos, culturales de distintos tipos. En tales casos, sí hay teleología y diseño con designio.

Durante esta discusión debemos recordar algo bien importante: la supervivencia de una especie depende de la disponibilidad de materia y energía para su consumo y aquellos rasgos (incluyendo los conductuales) que le permiten conseguirlos. En el caso del Homo sapiens, él se ha convertido en un Homo economicus. Nuestra especie ha desarrollado evolutivamente la habilidad de maneras inteligentes de resolver sus problemas económicos. Hoy día, la humanidad ha logrado extender esta inteligencia a niveles globales. De hecho, tal inteligencia tiene que ser manejar tanto la física como la conducta humana para optimizar el bienestar de nuestra especie y del planeta en un verdadero sistema global solidario. Esto es una extensión inteligente de lo que ocurre a nivel de los procesos ciegos de la selección natural.
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Reformulación del modelo de Comte-Sponville (MCS)

André Comte-Sponville

André Comte-Sponville en el Salon de Livre de París en 2014 (Foto cortesía de Wikinade, Wikimedia Commons / CC-BY-SA 4.0).

En su libro (que debiera ser más conocido) El capitalismo, ¿es moral?, Comte-Sponville nos provee un modelo teorético que distingue entre varios órdenes. De esos, solamente deseo discutir tres. Para aquellos interesados conocerlo completo y con lujo de detalles, véase su capítulo 2 (pp. 57-81). Este modelo de Compte-Sponville (MCS) lo podemos reformular en términos del esquema de resolución de problemas propuesto por Popper. Cada uno de los órdenes debe entenderse como una dinámica de resolución de problemas.

En primer lugar está el orden tecnocientífico: el orden de todo aquel proceso cuyos parámetros son lo posible y lo imposible. Aquí entran las ciencias y la economía como subórdenes que estudian estos tipos de fenómenos y que, a veces, sus resoluciones conllevan tensiones mutuas, pero que en otros casos pueden coincidir. Los problemas tratados por estas dos ramas del saber y de la actividad humana no tienen nada que ver con lo bueno o lo malo, lo correcto o lo incorrecto (desde un punto de vista ético).  Más bien consisten en lo que es posible o imposible en ambos campos. Por ende, sus objetos de estudio, teorización y resolución de problemas internos son amorales. En el caso de las ciencias, estas buscan describir lo mejor posible los procesos físicos, biológicos, químicos y de otra índole. Por otro lado, la economía trata de la distribución de bienes de acuerdo a la física de los recursos en coordinación inteligente con el comportamiento humano que se manifiesta en la oferta y demanda efectiva. En general, tales variables son las que determinan en general los precios de mercado de dichos recursos escasos.

Marx describe un capitalismo orgánico, rico en determinaciones (como diría Hegel), en la que coexisten una cadena de tensiones (Marx diría “contradicciones”). Eso es correcto. Sin embargo, con su solución al “problema de las injusticias del capitalismo” y su concepción materialista de la historia, se le olvida algo neurálgico: el capitalismo es el mejor mecanismo que tenemos por ahora para resolver los problemas internos de oferta y demanda efectiva según ya se ha descrito.  Por ende, lo que busca es capital (metafóricamente hablando) como la medida más eficiente para reproducirse. Y allí está el detalle: la eficiencia. Con moralizar la economía, Marx aspiraba a un temporero control del proceso de resolución de problemas desde dentro de esa dinámica y utilizar el estado para ello. Desgraciadamente, el estado político es ineficiente para hacerlo, porque sus problemas son distintos a los del mercado.

Es un error filosófico, sociológico e histórico pensar que el capitalismo existe meramente porque la burguesía impuso su modo de producción. La imposición del capitalismo también obedece a las ineficiencias de formas de control económico por parte del estado, del feudalismo y de otros arreglos económicos.  Como diría Max Weber, en uno u otro grado, siempre hubo en todas las épocas el afán de lucro, pero con el capitalismo hay una evaluación y cálculo racional de rentabilidad y de los procesos productivos y comerciales (2011, pp. 56-58).

Aun con esto, la rentabilidad de un producto (por más que haya inteligencia involucrada en ella) es un criterio amoral. El deber fiscal no necesariamente coincide con el deber ético. Esto significa que el único obstáculo a la realización de todo lo que sea tecnocientífico es la imposibilidad de realizar ciertas opciones, sea físicas o comerciales. Si se dejan “sueltos” estos procesos amorales y sin limitaciones, todos los posibles procesos de resolución de problemas de las ciencias y la economía se realizarán (tanto las resoluciones buenas para la sociedad como las malas). En el caso de la economía, vemos la bifurcación darwiniana en que existirán procesos competitivos que beneficiarán la sociedad de múltiples maneras, pero también otros que conllevarán graves perjuicios o externalidades.

Le toca, pues, al segundo orden, el jurídico-político (la ley y el estado) establecer límites a los procesos externalizantes y los incentivos para los beneficios sociales. En el ámbito económico, esto conlleva un acercamiento keynesiano que procura respetar en la medida de lo posible los procesos internos de la resolución de problemas dentro del mercado, pero los limita desde afuera, es decir, desde la jurisprudencia con el objetivo de limitar las externalidades y maximizar los beneficios a la humanidad.

Ahora bien, el estado y las leyes son también amorales.  A las leyes no les concierne la ética, sino más bien la limitación y validación de los derechos de ciudadanos con intereses heterogéneos. El cuerpo político soberano es una criatura del colectivo social libre que legisla y sus miembros en calidad de súbditos (como diría Rousseau) obedecen. Así debe ser un orden que se distinga como un estado de derechos. No se puede legislar el carácter de la gente y el cuerpo político estatal es una criatura convencional, por ende amoral. Lo legal y lo ilegal son los parámetros de la jurisprudencia y el estado. Es indiferente a la buena o mala conducta personal o el carácter de alguien. Puede ser posible la existencia de un canalla legalista. También un pueblo en su soberanía podría tomar decisiones que violenten los derechos de ciertas personas (sean ciudadanas o no).

La importancia de un estado de libertades es darle a los ciudadanos (específicamente a los agentes morales) el poder de limitar al monstruo que es ese cuerpo político como soberano. Los valores y normativa éticas sirven de principios rectores de los agentes morales, a su vez que se tienen como directriz metaética la Fórmula de humanidad formulada por Kant:

Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio.

La humanidad como comunidad global de agentes morales, puede (y está en gradualmente en proceso de) converger en un conjunto de valores comunes racionalmente fundados a los que el teólogo Hans Küng (2006) ha denominado “consenso básico minimal“. Este consenso nunca será total, pero sí permitirá una posible convivencia de una comunidad global donde coexisten diversas cosmovisiones (p. 46). Además, como  personas con potencial de actuar por deber, la humanidad puede utilizar al estado y al capital como medios para maximizar el bienestar de la humanidad y del planeta. Lo que Küng llamaba identidad (responsabilidad hacia uno mismo) y solidaridad (responsabilidad hacia los demás) son los elementos que establecen límites a las decisiones perjudiciales del individuo y las más detrimentales del soberano colectivo (pp. 49-50).

En resumen, en el orden tecnocientífico las ciencias y la economía tienen procesos de resoluciones de problemas internos. En ambos casos se dan problemas de acción colectiva (en el caso específico de la economía, las externalidades por razones competitivas).  El estado (o cualquier agrupación coordinada) es una instancia de resolución externa a problemas de acción colectiva causadas en el ámbito tecnocientífico. No obstante ello, debido a que los parámetros de lo legal y lo ilegal son también amorales, en un sistema democrático los ciudadanos que sean agentes morales deben utilizar los valores y normativa éticos como guías para su mejor carácter y simulténeamente establecer la mejor decisión de política pública que beneficie a la humanidad y al medio ambiente. He aquí una gráfica que representa lo ya expuesto.

MCS modificado

*Comte-Sponville utiliza el término “Orden moral”, reserva el término “Orden ético” para otro tipo de orden. Debido a confusiones y para simplificar la discusión cambié el término “moral” por “ético”. Modelo (modificado) de Comte-Sponville. (Imagen de Pedro M. Rosario Barbosa / CC-BY-SA 4.0+). Presione la imagen para versión agrandada.

En este modelo podemos distinguir que cada proceso interno en sus respectivos órdenes es autónomo pero no independiente de los otros. Uno tiene un efecto sobre el otro en algún grado. Sin embargo, el que un orden intente resolver el problema de otro internamente suele pasar por alto sus necesidades internas de los problemas inherentes de él, ocurre una confusión de órdenes. La solución marxiana era una de ellas, así como lo es en esencia la visión neoliberal de la economía global.

Nótese también que hay una dimensión deontológica y otra consecuencialista del MCS. Las virtudes, los valores y la normativa ética son principios que deben tener peso y consideración a la hora de deliberar en cuanto a las mejores opciones para la mejoría de la humanidad y de los ecosistemas a nivel mundial. Sin embargo, cada opción debe mirar también las consecuencias de las acciones. Para ello, las diversas ciencias también deben orientar ante los futuros resultados de cualquier política pública que se adopte.
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Conclusiones

Enlightenment Now

Portada de Enlightenment Now de Steven Pinker.

Al principio hemos mostrado las gráficas del decrecimiento de la pobreza extrema a nivel mundial y las mejoras de diversos países en vía de desarrollo. Este es un punto que trae a colación dos libros publicados recientemente por el sicólogo cognitivo Steven Pinker, titulados The Better Angels of Our Nature Enlightenment Now. Los dos son extraordinarios y ameritan una discusión pública extensa. Sobre Enlightenment Now, uno obtiene una dosis de optimismo ante un mundo que creemos que se está desmoronando ante nuestros ojos. Hay mucho que alabar y algunos asuntos qué criticar del libro (algo que haremos en una reseña aparte). Una de las críticas válidas que se plantean con frecuencia es la histórica. Aunque sí hay unos ciertos ideales compartidos en el periodo de la modernidad que llamamos “valores ilustrados” que dieron base de acción para la modernización, la democracia y el mayor florecimiento de las ciencias. Sin embargo, no hubo tal cosa como un proyecto de Ilustración.

Aquí presesnto una perspectiva alterna darwiniana-popperiana: los valores más recientes e inclinados cada vez más hacia la razón y las ciencias (cada uno resultado de problemas filosóficos, científicos y políticos) son resoluciones que sentaron mejores bases para los procesos internos y externos de resoluciones  inteligentes de problemas particulares de los pueblos. La mejor comprensión de esos problemas, llevó eventualmente a mejores soluciones. Sin embargo, nada de esto se hizo en una mega conspiración nacional o internacional coordinada. Más bien siempre ha existido un proceso complejo de resolución de problemas en el que grupos con intereses heterogéneos resuelven problemas internos y problemas de choques externos (inversión de capital, luchas sindicales, organizaciones no gubernamentales, intervenciones políticas de derechas, izquierdas y centristas, luchas antiesclavistas, luchas ambientales, luchas de género, etc.)  Gradualmente lo que eran problemas regionales se volvieron nacionales, después los nacionales en internacionales.

A medida en que hay mayor producción de capital, aparecen los recursos económicos que posibilitan la validación de derechos humanos, se fortalecen el comercio entre regiones y países, hay una mayor diseminación de información científica y con ello más recursos científicos y más acceso a mayor riqueza.  Con mayor desarrollo tecnológico, se hace posible la mayor producción de riquezas, se proveen mayores recursos para salir de la pobreza, con ello hay mayor democratización en muchos países y así por el estilo. Este proceso complejo continúa hoy.  Todo esto ha llevado a varios países gradualmente a un  arreglo MCS o uno parecido, no solo a nivel de naciones-estado, sino también a nivel global.

Estamos muy lejos de ser un mundo perfecto: continúa el alza de emisiones de gases de invernadero, se agrava el cambio climático, todavía existen muchos sweatshops, existe la esclavitud, hay países tiranos en el mundo, etc.  Y dado que por el Principio Catalá-Oliveras hemos convenido de que la perfección no es posible, lo que nos queda es identificar con seriedad aquellos factores que están remediando estos problemas a nivel mundial para mejorar la vida de aquellos que todavía se encuentran en la miseria y pobreza. Este será un proceso imperfecto, pero viable. Involucrará mecanismos estatales y globales de regulación de mercado y de redistribución de riquezas. De esto último hablaremos en las siguientes entradas de esta serie.

Toda esta discusión, debe poner en perspectiva algo muy importante: la confrontación ideológica entre el procapitalismo neoliberal y el prosocialismo marxista es puramente falsa, artificial y ciega en torno a los procesos y necesidades complejos de una matriz social local o global.  Por eso, los países con los mejores indicadores en cuanto a salud fiscal, política y social son las que adoptan soluciones mixtas a sus diversos problemas. Una vez más, si algo funciona es por su imperfección, ya que la perfección no funciona. Los países que mejor están en el mundo son aquellos que tienen a su disposición una cantidad importante de energía, estados fuertes que validan derechos humanos e instituciones estatales importantes con redes de seguridad económica, es decir, una vez más, de redistribución de riquezas.

Sobre este último punto debemos atender un asunto importante de la conducta humana, la que heredamos evolutivamente y que se manifiesta socialmente de diversas maneras. En muchos casos, es errada nuestra apreciación de que la desigualdad es un problema en si mismo debido a que unos tienen más que otros. Sin embargo, la realidad física y económica es que no somos iguales: nuestros talentos son desiguales, nuestras cualidades físicas también, sin hablar de nuestra distribución poblacional en distintos ambientes y circunstancias políticas, económicas y sociales que son frecuentemente fortuitas. El forzar la igualdad en todos los casos por vía del estado para resolver estos problemas económicos no resuelve el problema. La economía de mercado inteligentemente arreglada y debidamente regulada logra distribuir estos bienes más eficientemente.

El sicólogo Paul Bloom y sus compañeros vieron que la desigualdad no es un criterio de preocupación de la gente. Al contrario, si el millonario llegó a su posición  porque así lo amerita no hay problema alguno. Sin embargo, lo que sí les concierne es la injusticia.  Frecuentemente se confunde la justicia con la igualdad y la injusticia con la desigualdad. Aunque la justicia y la igualdad están relacionadas, no son lo mismo. Por un lado, queremos un salario digno y que sea igual a todos por igual labor. La gente prefiere sociedades desiguales en los que el mercado (debidamente regulado) pueda asignar distintos valores objetivos a distintas labores. Lo que le importa a la gente es si los millones que se ganó alguien fue a la expensa de otros, si se los ganó justa o injustamente.  Esto es lo que vemos instintivamente en el caso del experimento con macacos del que habló Frans de Waal en su experimento (que vimos en la entrada anterior de esta serie) y también lo vemos en el juego del ultimátum.  La justicia es un criterio posicional en la mente de toda persona que sea agente moral.

Para remediar situaciones injustas (en gran medida por situaciones externalizantes), vía captación e inversión estatal. Esto no es exclusivo del estado, como veremos en el futuro, para resolver problemas externalizantes las corporaciones hacen lo mismo.

¿Quiere decir esto que las diversas desigualdades en la sociedad no importan? Al contrario, importan por razones que muchas veces el público no ve. Ese va a ser uno de los temas de nuestra próxima entrada.

 

Referencias

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Evolución: aparece una nueva especie ante los ojos de los científicos

Las crónicas de un viaje y una idea estupenda…

Si fuera a darle un premio a quien tuvo la mejor idea
que haya existido, se la daría a Darwin, frente a Newton
y Einstein y cualquier otro. De un solo golpe, la idea de
la evolución por selección natural unifica el ámbito de
la vida, el significado y el propósito con el ámbito del
espacio y tiempo, causa y efecto, mecanismo y ley física.
—Daniel C. Dennett (filósofo)
Darwin’s Dangerous Idea:
Evolution and the Meanings of Life
(1995)

Charles Darwin

Charles Darwin. Retrato creado por George Richmond.

Este es un cuadro hecho después de que un clérigo británico llamado Charles Darwin regresara de un largo viaje en un barco llamado el H. M. S. Beagle (1831-1836).

Viaje del HMS Beagle

Ruta del viaje del H. M. S. Beagle. Imagen creada por Sémhur de Wikimedia Commons. CC-BY-SA 4.0.

Uno de los lugares donde este barco estacionó fue en el archipiélago de las islas Galápagos. Darwin publicó sus impresiones e investigaciones en torno a su recorrido en una de sus dos obras más conocidas, El viaje del Beagle (1839).

Los pinzones encontrados por Darwin en las Galápagos

Los pinzones encontrados por Darwin en las Galápagos–2da. edición de El viaje del Beagle (1845)

Durante su travesía, obtuvo muestras de diversos animales, entre ellos, varios pájaros parecidos que había visto en las islas Galápagos. Darwin no era exactamente el mejor catalogador del mundo y tampoco disciplinado a la hora de organizarse para ello. Además, su inexperiencia en el asunto le llevó a unos cuantos errores a la hora de darles nombres a las quince especies de pájaros que encontró en las Galápagos. Pensó que unos eran pinzones,  otros, mirlos y aun otros, pepíteros. Él presentó muestras de estas aves en 1837 a la Sociedad Zoológica de Londres. Tras consultar a unos especialistas en el tema, le señalaron que algunos no eran distintos tipos de pájaros, sino que todos eran distintas especies de pinzones.

Sorprendido, Darwin se preguntaba cómo era posible que no fueran distintos tipos de pájaros, sino más bien especie del mismo género de pinzones que tenían distintos picos perfectamente ajustados a su medio ambiente. El que habitaba en una de las islas tenía un pico que era lo suficientemente fuerte para romper las nueces. Otro de una isla adyacente tenía un pico distinto que permitía que recogiera las semillas para ingerirlas. En un tercer caso, el pico podía conseguirle comida dentro de la ranura de los árboles, etc.  ¿Cómo era esto posible?

Muchos naturalistas de la época ya aceptaban la evolución de los organismos como un hecho. Entre ellos se destacaba el mismo abuelo de Darwin, Erasmus Darwin, quien contemplaba la posibilidad de que los animales de sangre caliente descendieran de microorganismos. Otra perspectiva que era bien popular era la de Jean-Baptiste Lamarck, quien concebía la evolución teleológicamente, es decir, como una progresiva modificación de los organismos para que se ajustaran al medio ambiente y cuyos rasgos están diseñados para cumplir un propósito.

Darwin pensaba que Lamarck estaba fundamentalmente equivocado.  Muy a pesar del marco religioso de su época (en la élite, el deísmo era bastante popular) él quiso buscar una salida a este enigma. Lamarck admite un proceso evolutivo, pero no explica cómo se desarrollaron especies distintas de pinzones. Darwin postuló un mecanismo distinto. La evolución de los seres vivos no ocurre de manera “progresiva”, no hay progreso entre los pinzones, sino unos ajustes a las distintas realidades ambientales que les permiten sobrevivir. Y allí está la clave de todo.

La teoría desarrollada por Darwin, antes de la publicación de su primera obra El viaje del Beagle, se ilustra en esta página histórica.

Árbol de la vida

Anotaciones de Darwin. La ilustración de la aparición de nuevas especies de acuerdo con la teoría darwiniana de descendencia con modificación (1837)

A esta teoría se le conoce como descendencia con modificación e intenta dar cuenta de lo que Darwin vio en las Galápagos y otros lugares más. Por ejemplo, los pinzones viajan por el aire a distintas regiones del archipiélago, unos territorios geográficamente cercanos. De alguna manera, surgen variantes en la especie, cuyos rasgos pueden ser o no ventajosos para los individuos. Aquellos que desarrollen características que se ajusten al ambiente, tienden a sobrevivir; aquellas que no, tienden a perecer. De esa manera, de una población de pinzones pueden emerger dos especies distintas. Esto es lo que se conoce como selección natural. Hoy día llamamos especiación al surgimiento de dos o más especies a partir de una cepa. En otras palabras, es un diseño natural sin designio alguno. La evolución no es teleológica, sino teleonómica: hay una ilusión de cumplimiento de propósito, pero la modificación se debe a las mismas leyes naturales y físicas ciegas que diseñan de manera accidental los picos de los pinzones con tal de que cumplen sus respectivos fines sin el designio de alguna fuerza extraña a la naturaleza.

Por eso, la evolución no toma la forma lineal progresiva, sino que cada organismo es la rama de un frondoso arbusto de la vida. En ese sentido, el ser humano no es “la culminación” de toda la creación, sino una diminuta rama en un inmenso árbol evolutivo. A esta conclusión llegó también Alfred Russel Wallace cuando quería publicar un ensayo en 1858 proponiendo esta misma solución. Tras conocer que Darwin había llegado antes a esa misma teoría, le estimuló para que publicara un libro al respecto. De allí que Darwin publicara su segunda obra, un abstracto llamado El origen de las especies (1859). Fue Wallace el que acuñó el término “darwinismo” para designar esta propuesta.

Hoy día se sabe la teoría de Darwin estaba incompleta. A pesar de que él estuvo muy cerca de formular una visión genética de la evolución, no fue hasta que los científicos del siglo XX elaboraron una teoría nueva que se logró fusionar la idea de la descendencia con modificación con la teoría genética que comenzó a elaborarse con el monje Gregor Mendel. Al resultado de esto se le ha llamado “neodarwinismo” y es una de las reformas más significativas a la teoría de la descendencia con modificación sostenida hoy día. Para que la evolución sea posible, hace falta replicadores e interactores. El código genético (ácido desoxirribonucleico – ADN) reproduce los genes, es decir, aquellas unidades de patrones del ADN que permiten producir rasgos en un organismo. Esto, junto a la interacción ambiental de los individuos, es lo que posibilita la aparición de nuevas especies. Algunos evolucionistas también proponen a los grupos como posibles interactores, aunque este ha sido un punto de controversia discutido hoy.

Las especies de pinzones fueron posibles en gran medida porque su aislamiento mutuo permitió el desarrollo de sus rasgos particulares según su interacción con el medio ambiente. Su ambiente determina cuáles genes que originan estas características pasan a la próxima generación.

La aparición de una nueva especie de pinzón

Geospiza fortis

Un Geospiza fortis, uno de los pinzones clasificados por Darwin en su viaje a los Galápagos. Foto atribuida a putneymark en Flickr. CC-SA 2.0.

Los mecanismos de evolución propuestos por Darwin y reformados por la comunidad científica se han observado en la naturaleza, a veces ante los mismos ojos de la comunidad científica. Este fue uno de los casos recientes dados a conocer en nuestro día de Acción de Gracias en un artículo en Science. Aquí está la ficha:

Lamichaney, S., Han, F., Webster, M. T., Andersson, L., Grant, B. R., & Grant, P. R. (23 de noviembre de 2017). Rapid hybrid speciation in Darwin’s finches. Science, eaao4593. doi: 10.1126/science.aao4593.

Los autores de este artículo documentan el hecho de que dos especies distintas de pinzones lograron aparearse y producir una nueva especie a la que denominaron “Big Bird”. Una de las especies de las Galápagos se apareaba con una especie residente en la isla volcánica Daphne Mayor (al norte de Santa Cruz) y que había sido catalogada por Darwin, la Geospiza fortis. Tras un análisis genético de un “Big Bird” se descubrió que la hibridación se dio con otra especie catalogada por Darwin, la Geospiza conirostris, de la isla Española, una de las Galápagos. Nuestro conocimiento de ello fue gracias a que se había secuenciado el genoma de las quince especies de pinzones de Darwin.

La hibridación de dos especies raras veces genera una nueva especie. Cuando logran obtener crías, lo que suele pasar es que su prole no puede reproducirse. Ejemplo de ello lo vemos con las mulas. Sin embargo, esta hibridación exitosa ha permitido la producción de una especie ave que puede adaptarse a un ambiente al que ha podido sobrevivir. Su aislamiento poblacional se debe en parte a los hábitos distintos a las demás especies de aves de la isla y que, a su vez no pueden tener prole al aparearse con ellas.

Este fenómeno ocurrió dentro del lapso de 36 años en que la Geospiza fortis inmigró a esta región. lo que significa que la evolución de los pinzones puede ocurrir en dos generaciones, un periodo muy corto de tiempo.

Para más detalles, lean la mejor noticia en torno a este tema en ScienceDaily.

Referencias

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Wallace, A. R. (1889). Darwinism. Recuperado de: https://en.wikisource.org/wiki/Darwinism_(Wallace).

 

 

La ciencia de la redistribución de riquezas: 1 – Fundamentos

William Muir y sus gallinas

Competencia y cooperación desde un punto de vista evolutivo

David S. Wilson - Evolution for Everyone

David Sloan Wilson y su libro – Evolution for Everyone. Él ha sido partidario y uno de los responsables en revivir la perspectiva de selección de grupos.

Imaginémonos que un barco se hunde y se salvan dos náufragos en una isla. Uno de ellos es un puro egoísta, el otro es un puro altruista y cooperador. ¿Qué pasaría si apareciera una situación competitiva entre el egoísta y el cooperador? Probablemente el egoísta haría un fricasé del altruista. Es sumamente baja la probabilidad de que este último sobreviva.

Ahora bien, supongamos que un barco se hunde y da la casualidad de que todos los altruistas nadan a una isla y los egoístas a otra (y no hay chance de que un altruista o un egoísta pueda ir de una isla a otra), ¿qué ocurriría? Al revés … parecería que la isla de los egoístas estaría sumida en caos social, mientras que la de los cooperadores sobreviviría.

¿Qué ocurriría entonces si un egoísta nada desde su isla a la de los cooperadores? Entonces la cosa se complica.  Este es uno de los razonamientos de lo que se conoce como selección de grupos, perspectiva propuesta originalmente por Charles Darwin en su obra El origen del hombre (The Descent of Man) como una manera de explicar el posible origen del altruismo humano y su preocupación por la moral:

No ha de olvidarse que aunque un excelente nivel de moralidad apenas otorga ligera ventaja al individuo y a sus hijos sobre los demás individuos de la misma tribu, el aumento del número de hombres dotados de buenas condiciones y el progreso del nivel de moralidad concede ciertamente inmensa superioridad a una tribu sobre otra. Una tribu que cuenta muchos miembros que poseyendo en alto grado espíritu de patriotismo, lealtad, obediencia, valor y simpatía se hallen dispuestos siempre a ayudarse unos a otros y a sacrificarse por el bien general, triunfará sobre la mayoría de las otras tribus; y no otra cosa es selección natural (Darwin, 1871/1966, p. 186).

En otras palabras, “los egoístas le ganan a los cooperadores dentro del grupo, mientras que los cooperadores le ganan a los egoístas entre grupos; todo lo demás es un comentario”, repiten los científicos E. O. Wilson y David S. Wilson constantemente. Esta cooperación dentro de los grupos no ocurre bajo cualquier circunstancia, sino bajo condiciones bien específicas. Cualquier mezcla de los dos entra en asuntos complejos que revela una gran verdad, a su vez bien elemental: el triunfo de cualquier sociedad en relación con otra depende del grado de cooperación que haya dentro de ellas y las medidas de incentivos, restricciones o coerciones que muevan a los individuos a la cooperación.

Hoy día el tema de la “selección de grupos” o, mejor dicho, selección multinivel, es muy contencioso (hasta el punto de rayar en personalismos). Algunos como Douglas Futuyma lo ven como una modalidad de adaptación inclusiva, otros como David S. Wilson lo ven como compatible con ese y otros mecanismos de adaptación, otros como E. O. Wilson y Richard Dawkins los ven como incompatibles desde ambos lados del espectro. Eso será tema para otro día. En el ámbito evolucionista no hay una visión consistente en torno al asunto.

Nota aparte: Para aquellos interesados en saber los argumentos en contra de la selección de grupos, véase el excelente artículo de Steven Pinker al respecto (vean también los comentarios de académicos de reputación al respecto al pie del escrito). Para el argumento a favor, véase la serie de artículos de David S. Wilson, titulada “Truth and Reconciliation for Group Selection“. En el presente, mi posición es que al menos cuando se trata de descendencia con modificación, pueden existir interactores a diversos niveles de grupos, pero teniendo como base la adaptación inclusiva (“selección de parentesco”).

Como sea que los evolucionistas miren este tema, es posible tomar algunos modelos trabajados por sus partidarios para una discusión sensata de este tema. Para efectos de la discusión, asumamos la posición de los economistas Hodgson y Knudsen (2010), de que podemos tomar un punto medio entre la perspectiva génica de la selección natural y la de selección de grupos – Para que haya evolución de seres cooperadores hace falta dos factores:

  1. El replicador:  en este caso, el código genético, el ADN
  2. El interactor:  el individuo, el grupo de más bajo nivel, el grupo de más alto nivel, etc. (pp. 93-109).

Bajo este esquema cabe la adaptación inclusiva (lo que llaman en la jerga biológica como “selección de parentesco”), por la que, desde el punto de vista génético, se ven intentos de forjar grupos con base en herencia (parentesco) y de ahí en adelante pueden formarse grupos de más alto nivel. Una perspectiva parecida es la que sostiene Peter Singer para explicar la expansión del círculo de solidaridad desde la especie humana.

A partir de esta perspectiva informal, observamos en laboratorio el punto traído por Darwin. William M. Muir (2013) de la Universidad de Purdue –y partidario de la selección de grupos– trabajó en torno al egoísmo y la cooperación entre grupos de gallinas a la hora de producir huevos. Cada jaula tenía 9 gallinas. De cada grupo, seleccionó a aquellas que individualmente producían más huevos y las juntó en una nueva jaula. Y así fue por 3 generaciones. En otros casos, Muir decidió escoger aquellos grupos que más producían.

En otras palabras, por generaciones, Muir puso a competir a gallinas individuales, mientras que otras gallinas compitieron en calidad de grupos con otras conjuntos de gallinas. ¿Resultado? Las gallinas que competían individualmente entre ellas por la producción de huevos terminaron así:

Gallinas de William Muir

El estado de las gallinas que compitieron individualmente por la producción de huevos. (c) 2013, William M. Muir.

¿En qué estado se encontraban las gallinas que competían entre grupos?

Las gallinas de William Muir

El estado de las gallinas que compitieron como grupo por la producción de huevos. (c) 2013, William M. Muir.

¿Qué ocurrió? Según Muir, las que competían dentro del grupo, entraron en una dinámica adversativa tan grande que algunas asesinaban a las otras. Esa es la razón por las que quedaron vivas eran un total de tres maltrechas. Eso sí, a nivel individual cada una producía mucho más que las de las demás jaulas.

Por otro lado, en calidad de grupo, estas gallinas sicópatas llegaron a producir menos huevos que las gallinas que competían entre grupos.  En otras palabras las gallinas que cooperaban para competir con otros grupos aumentó su producción de huevos por 160% en solo unas cuantas generaciones. Ahora bien, dentro del grupo se veía el siguiente panorama:

  • Gallinas que no producían en absoluto. Estas son los que se llaman en la jerga en inglés como “free riders” (en español, los polizones o consumidores parásitos), es decir, personas que prosperan exclusivamente debido a la producción de otros.
  • Gallinas que producían poco.
  • Gallinas que producían mucho.

En otras palabras, no es la sociedad de los individuos más productores y de competidores los que más triunfan, sino más bien la sociedad imperfecta donde haya mayor nivel de solidaridad. Para efectos de la discusión definiré “solidaridad” como aquel complejo de reciprocidad social que redunda en la mayor ganancia para todos (o la mayoría).

La mejor sociedad: la imperfecta

Según la seudofilósofa Ayn Rand, la mejor sociedad es aquella en la que prevalece el autointerés, donde el egoísmo es la virtud a ser adoptada por todo individuo.  Algunos anarquistas como Piotr Kropotkin o un economista como Karl Marx veían la mejor sociedad en la que se distribuyen las riquezas de manera estrictamente justa: provisión de riqueza justamente proporcional a lo que se produce. Las soluciones de ambos extremos del espectro filosófico-económico nunca han podido llevar estrictamente a la praxis –al menos sin convertir sus sociedades en cerradas y sin un nivel de coerción estatal que desemboquen en notables violaciones a los derechos humanos. Esto se dio en países con ideologías diversas tales como la Rusia estalinista, la China maoista, el Chile de Pinochet o el Haití de los Douvalier. Por otro lado, las mejores economías suelen ser aquellas que mezclan principios del capitalismo, el socialismo, el cooperativismo y otros arreglos (e.g. destacándose entre ellos los países nórdicos).

Todo esto se debe a que el ser humano es un hijo de la evolución por vía de descendencia con modificación.  Para muchos científicos, esta aserción no pasa de ser una perogrullada, pero tiene importantísimas consecuencias en nuestra vida cotidiana y que demasiado frecuentemente se pasan por alto. Hemos heredado el hecho de que parece que descendemos de mamíferos poligínicos, es decir, que descendemos de animales en que los machos luchan entre ellos por acceso a las hembras. No solo llegan a ese beneficio sino que también luchan por el liderato de las manadas. Finalmente, no podemos olvidar de las riñas por consumir recursos escasos. Tales tipos de competencia llevan frecuentemente a que prevalezcan consideraciones egoístas por encima de las altruistas.

Sin embargo, como los experimentos de Frans de Waal y otros han mostrado repetidas veces, también hay un factor de la naturaleza humana que le importa factores relacionados con la justicia, especialmente en calidad de altruismo recíproco como forma de solidaridad.

Si creamos un sistema económico que suponga a los seres humanos como egoístas perfectos, entonces estará abocado al fracaso. De acuerdo al economista Robert H. Frank (2011), esto ocurre por dos razones:

  • Contrario a lo que algunos suponen, el sentido de justicia puede ser un criterio posicional importante en la mente de mucha gente. Esto se puede ver claramente en el caso del juego del ultimátum.
  • Tampoco tiene en consideración externalidades que se dan a la hora de distribuir riqueza estrictamente de acuerdo al nivel de producción (Preface; capítulo 8).

Debido a ambos factores de nuestra naturaleza humana, la mejor medida es la redistribución de riquezas como el mejor mecanismo solidario dentro de un sistema capitalista o de libre mercado en que la competencia entre empresas (es decir, entre grupos de trabajos) es la norma. Como veremos en el próximo artículo de esta serie, dicha redistribución ocurre dentro de las empresas. Sin embargo, a nivel estatal también ocurre dado que la competencia entre empresas puede externalizar de maneras detrimentales a la sociedad. Vía los impuestos y la reglamentación estatal, se utilizan distintos mecanismos de redistribución para reducir lo mejor posibles dichas externalidades y fomentar la solidaridad entre distintos sectores económicos y sociales.

Francisco Catalá Oliveras

Francisco Catalá Oliveras. (Tomado por mí en el Comité del Partido Independentista Puertorriqueño en el 2011 y disponible para el dominio público).

El resultado es que a diferentes niveles tenemos algún grado de economía mixta y muy compleja. Ir a los extremos de hacer una economía perfectamente competitiva o perfectamente justa, sería a la postre disfuncional.  Esta es una de las consecuencias necesarias de los puntos más importantes de una brillante obra del economista Francisco Catalá Oliveras titulada Elogio de la imperfección. Allí, el distinguido académico nos recuerda el cuento de Jorge Luis Borges, “Funes el memorioso” donde nos relata cómo Funes no podía pensar debido a que tenía una memoria perfecta: al no poder olvidar, no podía conceptuar (olvidar diferencias), por lo que no podía pensar. La imperfección del olvido es requisito fundamental para pensar. De ahí, Catalá Oliveras (2007) acuña la expresión “Síndrome de Funes” que consiste en dos cosas:

  • Creer que la perfección es posible
  • Creer que de ser posible, sería funcional (pp. 10-14).

Usualmente, los extremos del espectro político o económico suelen padecer del Síndrome de Funes. Catalá nos aclara que debemos buscar mejorar situaciones imperfectas en la medida de lo posible (p. 12), pero esto no debe confundirse con la búsqueda de la perfección. Por eso, he postulado lo que llamo “el Principio Catalá Oliveras“:  para que un sistema funcione, debe ser imperfecto.

Ahora bien, no toda imperfección funciona y no debe inferirse por ello que no se remedien ciertas imperfecciones que crean males sociales.  Por ejemplo, el tener polizones sociales es un problema, siempre los tendremos en un sistema de libre mercado. Sin embargo, el buscar reducir este problema lo mejor posible no debe equivaler a, por ejemplo, eliminar por completo cualquier asistencia del estado.  Un exceso de bienestar del estado o un programa mal ejecutado puede ser un problema, especialmente si fomenta el ocio, la marginación y la criminalidad.

Por otro lado, aun para gobiernos conservadores de cualquier parte del mundo, ha sido extremadamente difícil desmantelar todo el aparato estado benefactor, no solo porque parte de su base política persiste gracias a ello, sino porque así se podrían evitar males sociales mayores: miseria de aquellos que no consiguen empleo, mayor mercado informal, niños sin hogar, mayor prostitución, esclavitud sexual, restricciones a servicios de salud para los necesitados, mayor criminalidad, falta de circulación de capital en los mercados, entre otros. Gran parte de la reducción de la pobreza en diversos países ha sido gracias al aparato de asistencia social gubernamental. El incremento de la pobreza debido a la reducción gubernamental se pueden observar prístinamente en lugares donde se han llevado a cabo políticas de austeridad sin medidas sensatas para salvaguardar a la población y muy especialmente los más pobres. Tales políticas también han impedido una pronta recuperación de dichas regiones, tal como lo han reconocido economistas del Fondo Monetario Internacional en el 2011 y en el 2013.

Como diría Aristóteles (1985), toda virtud es el justo medio entre dos extremos (pp. 160-175). Para alcanzar dicha moderación, tenemos que abandonar el vicio de pensar en términos de extremos: sea un neoliberalismo puro o un socialismo puro. La mejor aproximación suele ser un acercamiento casuístico: es decir, ver cada situación por caso y presentar las mejores soluciones que se conciban dentro de un programa solidario de país. Ese es el mejor criterio para ponderar en cuanto a decisiones a tomarse colectivamente.

Referencias

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Catalá, F. (2007). Elogio de la imperfección. PR: Ediciones Callejón.

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El experimento Miller-Urey y nuevas claves para el origen de la vida

La abiogénesis y la teoría de la generación espontánea

Francesco Redi

Francesco Redi

La teoría de la abiogénesis, que dice que la vida puede proceder de lo que no está vivo, es una muy antigua. Sin embargo, por milenios solamente se favoreció una variante de esta:  la teoría de la generación espontánea. Desde la época de Aristóteles se pensaba que la vida podía brotar espontáneamente de lo que cosas inertes. Durante el Renacimiento, obtuvo un nuevo auge ante evidencia que parecía indicar que esta teoría era correcta. Por ejemplo, si se colocaba carne podrida a la interperie, en un momento dado saldrían larvas de moscas de su interior.

Un científico italiano llamado Francesco Redi puso esa aserción en duda porque pensaba que probablemente la carne podrida atraía a las moscas para dejar huevecillos. Posteriormente, las larvas saldrían de los huevos creando la impresión de que de la carne podrida se originaban las moscas. Así que diseñó un experimento para poner su hipótesis a prueba. Colocó pedazos de carne podrida en una serie de frascos abiertos y otros en frascos cerrados. Efectivamente, los de los cerrados no llegaron a tener larvas de moscas.

El experimento de generación espontéanea

El experimento de generación espontánea. Imagen de Daniele Pugliesi. CC-BY-SA 3.0 Unported.

Aun con ello, Redi todavía mantenía abierta la posibilidad de que los microorganismos se originaran espontáneamente de materia inerte.

Esta convicción mantenida por siglos, fue finalmente refutada por el gran biólogo del siglo XIX, Louis Pasteur. Este reconocido autor del proceso de la pasteurización de la leche creó un tipo de frasco peculiar llamado “frasco del cuello de cisne”.

Frasco de cuello de cisne

Frasco de cuello de cisne – por Yassine Mrabet y disponible bajo la GNU FDL 1.2+.

La idea es que tras hervir la sustancia que se encontraba en el interior, esta no podría entrar en contacto con microorganismos que estarían atascados en el cuello del frasco. Se pudo demostrar que efectivamente que la sopa inerte no producía microorganismos, por lo que dejó refutada de una vez la teoría de la generación espontánea aun a niveles microscópicos. Así que Pasteur propuso la siguiente ley para la biología: los organismos vivos solo pueden proceder de otros organismos vivos.

Retrato de Charles Darwin

Retrato de Charles Darwin

Sin embargo, eso no significa que la noción de abiogénesis desapareció. Al contrario, Charles Darwin y Alfred Russell Wallace) descubrieron cómo evolucionaban los seres vivos mediante selección natural, en un proceso al que se describe no por el término “evolución” sino más apropiadamente por el de “descendencia con modificación“. Esta propuesta apareció en un abstracto extenso llamado El origen de las especies (1859) por Darwin y en un ensayo de Wallace titulado “Sobre la tendencia de variedades de apartarse indefinidamente de su tipo original”. Ambos pudieron explicar parcialmente el hecho de que las especies se originaran de grupos previos que eventualmente sufrieron unas modificaciones que le llevaban a su supervivencia. Dado a factores ambientales, variantes fenotípicas, migración, entre otros, de un grupo salen dos o más especies. Muchos de los cambios fenotípicos que tienen los organismos pueden producir unas nuevas funciones dadas bajo unas circunstancias específicas: un proceso que hoy se conoce con el término “exaptación”. Es decir, todas nuestras características físicas fueron desarrollándose paso a paso de órganos que combinados asumen funciones nuevas, dentro de un proceso que tomó miles de millones de años.

Dado este fenómeno, se puede explicar perfectamente bien cómo unos seres vivos proceden de otros, algo consistente con la ley propuesta por Pasteur. Sin embargo, Darwin especulaba si era posible la existencia de alguna serie de combinaciones químicas que paso a paso hicieron que emergieran los primeros organismos, de manera muy similar al de descendencia con modificación (Miller & Lazcano, 2002, p. 78).

Aleksandr Oparin, J. B. S. Haldane, Stanley Miller y Harold C. Urey

En la Unión Soviética, durante los años 20, un científico llamado Aleksandr Oparin formuló la famosa teoría de la “sopa primordial”. Por cierto, él no fue el único en hacerlo, porque J. B. S. Haldane también la formuló de manera más refinada y aparte de Oparin y basándose en la observación de Darwin. De acuerdo con su visión, no hay tal cosa como una “división” tajante entre los procesos químicos y los seres vivos. Ambos investigadores postulaban que en el pasado hubo un a combinación de sustancias químicas que hicieron posible la gradual (no espontánea) aparición de la vida por primera vez en el planeta Tierra. Esta combinación de químicos primordiales incluían el agua, diversas formas de energía (la radiactiva, la eléctrica, entre otras) y cuya dinámica posibilitaba que se formaran moléculas cada vez más complejas, hasta que hubiera un sistema químico que, paso por paso, originaría el primer ser vivo simple. A esto se le conoció como la hipótesis Oparin-Haldane.

Durante los años 50, fueron Stanley Miller y Harold C. Urey (su profesor) los primeros que llevaron a cabo un experimento para poner a prueba esta hipótesis.

Experimento Miller-Urey

Experimento Miller-Urey. (c) 2017, Pedro M. Rosario Barbosa. Derivado del dibujo de Carny de Wikimedia Commons. CC-BY-SA 2.5.

Crearon un aparato que simulaba, dentro de sus obvios límites, la dinámica que se presumiblemente se daba en la Tierra para forjar las moléculas dadoras de vida. En un frasco se simulaba el agua (H2O) del océano primordial, cuyo vapor circularía y se combinaría con hidrógeno (H2), amoníaco (NH3) y metano (CH4). Se aplicaba energía mediante electricidad y calor para simular la radiación y la electricidad que muy probablemente tuvieron lugar durante ese proceso. Lo que buscaban Stanley y Urey era poner a prueba la primera etapa de la hipótesis Oparin-Heldane, a saber, que de estas moléculas simples del océano primordial surgirían moléculas más complejas.

Stanley Miller (1999)

Stanley Miller (1999)

Al pasar una semana solamente, ya se habían producido moléculas más complejas, muchas de ellas aminoácidos, que son los componentes de las proteínas, los bloques de construcción de la vida como la conocemos. Los resultados sorprendieron a los bioquímicos, dado el hecho de que se solía pensar que los aminoácidos solo podían formarse en los seres vivos. Ahora se podía constatar que tal proceso es perfectamente posible por procesos que involucran sustancias que actúan por la mera interacción energética y molecular.

No obstante este gran paso para la historia de la ciencia, los componentes químicos no parecían ser lo suficiente para generar la vida en un periodo de tiempo.  Aun así, mayores estudios de nuestro sistema solar han provisto algunas pistas que señalan con optimismo otros elementos que pudieron haber contribuido a la formación de moléculas orgánicas más complejas, tal vez a una rapidez mucho mayor que las previstas por la hipótesis Oparin-Haldane.

Por ejemplo, la manera en que los planetas orbitan alrededor del sol y que giran sobre su propio eje parecen indicar que las primeras etapas de la formación de nuestro Sistema Solar eran bastante violentas. Una Tierra primitiva debió haber recibido constantes bombardeos de meteoros y cometas por todos lados, además de erupciones volcánicas de su interior que pudieron hacer que emergieran moléculas orgánicas, entre varios otros acontecimientos. Un ejemplo de la violencia que sufrio nuestro planeta son las indicaciones de que la luna se pudo haber formado debido a la colisión de la Tierra con otro planeta del tamaño de Marte (Canup, 2012).

Jennifer Blank

Jennifer Blank (Foto cortesía de la NASA)

Ahora bien, intuitivamente veríamos todo el proceso violento como puramente destructivo. Uno podría decir que a tal nivel, parecería que de la sopa orgánica producida por el experimento Miller-Urey no se habrían producido moléculas más complejas. Sabemos mediante varios descubrimientos a partir de los estudios de meteoros, cometas y polvo cósmico, que nuestro Sistema Solar está repleto de azúcares, lípidos y muchos tipos de materia orgánica, algunas que pudieron haber aparecido en la Tierra gracias a dichas colisiones. Pues, la científica, Jennifer G. Blank, diseñó un experimento que puso esa hipótesis a prueba. Tomó exactamente un producto orgánico que mezclaba a cinco de los aminoácidos más comunes que pueden encontrarse en cualquier ser viviente y lo mantuvo bajo continua colisión con una especie de rifle cuyas “balas” contenían unos químicos orgánicos que podemos encontrar en cometas. Dicho químico chocaba violentamente con los aminoácidos. ¿El resultado? Aminoácidos, moléculas orgánicas sencillas y unas mucho más complejas, los péptidos (algunos de los cuales juegan un rol importante para la vida en la Tierra). Pueden conocer más sobre los experimentos con este folleto.

Obviamente, experimentos como los que hemos mencionado son un una ínfima parte de todos aquellos dirigidos al tema de la abiogénesis. La búsqueda por esa “sopa primordial” y las condiciones que posibilitaron el origen de la vida continúan. Todavía no hemos llegado al final de nuestro relato.

El mundo ARN

ARN

Molécula de ARN

Más allá de lo que hemos expuesto, los científicos en general especulan sobre cuál tipo de mundo pudo haber originado la vida. Sin embargo, la siguiente pregunta es cómo comenzó la vida. Según una hipótesis altamente favorecida, se piensa que lo que la pudo haber iniciado fue la formación del primer replicante. Sin algo que se replique, es imposible que se comenzara el proceso evolutivo. El mejor candidato a ello es lo que se conoce como el ácido ribonucleico (ARN). Su molécula se halla en nuestras células y es la principal responsable de enviar la información determinada por el ácido desoxirribonucleico (ADN) para la síntesis de proteínas en los ribosomas. A esta molécula emisaria se le conoce como ARN-mensajero o ARNm. También persiste el ARN en otros lugares, no solo en organismos vivos, sino también en virus, cuya inserción en nuestras células puede causar estragos.

¿Pudo la sopa primordial producir este primer replicante?

Descubrimiento reciente

Hace unas semanas atrás, la Proceedings for the National Academy of Sciences (PNAS) dio a conocer con antelación a la publicación del estudio, un artículo en el que se reporta que algunos científicos checkos examinaron los resultados químicos del experimento Miller-Urey y, para su sorpresa incluye también las moléculas nucleobases del ARN: uracil, citocina, adenina y guanina (Ferus et al, 2017). Este descubrimiento es uno de los más grandes pasos en cuanto a la comprensión del origen de la vida en la Tierra.

Todo parece indicar que no es tan difícil que emergiera la vida terrestre como mucha gente se imagina.

Bibliografía

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Canup, R. M. (17 de octubre de 2012). Forming a moon with an Earth-like composition via a giant impact. Science, 1226073. doi: 10.1126/science.1226073.

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Ferus, M., et al. (10 de abril de 2017). Formation of nucleobases in a Miller–Urey reducing atmosphere. Proceedings in the National Academy of Science (PNAS). Recuperado de  http://www.pnas.org/content/early/2017/04/04/1700010114. doi:  10.1073/pnas.1700010114/-/DCSupplemental.

Miller, S. (15 de mayo de 1953). A production of amino acids under possible primitive Earth conditions. Science, 117, 3046, 528-529. doi: 10.1126/science.117.3046.528. PMID: 13056598.

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Ligon, B. L. (2002). Biography: Louis Pasteur: A controversial figure in a debate on scientific ethics. Seminars in Pediatric Infectious Diseases, 13, 2, 134–141. doi:  10.1053/spid.2002.125138.

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Oparin, A. I. (1953). The origin of life. Mineola, NY: Dover.

Redi, F. (1909). Experiments on the generation of insects. IL: Open Court.

 

Descendencia con modificación (o ¡matemos a los simios caminantes!)

evolucion_dejen_seguirme

En el curso de Principios de Ética que imparto, discuto en un momento dado la teoría de la evolución neodarwiniana con el propósito de que mis estudiantes comprendan las razones del comportamiento humano en varias esferas sociales a partir de la herencia institiva y neuronal de nuestros ancestros. Aunque la discusión es relativamente breve (no puedo dedicarle todo el curso a Darwin), quiero que se familiaricen con sus conceptos fundamentales. A pesar de ello, me enfrento constantemente a un obstáculo para que ellos entiendan los puntos básicos de la teoría.

Denme una peseta por cada ocasión que se ha utilizado esta imagen para ilustrar la evolución humana ¡y sería millonario!

Human-evolution-man

Para sorpresa de muchos, lo que voy a señalar es que esta imagen está totalmente equivocada y que está muy lejos de representar la propuesta de Charles Darwin y los evolucionistas contemporáneos. Mis pobres estudiantes tienen que tomar una prueba corta al respecto y marco la contestación mala si osan escoger esta imagen como la mejor representación de la evolución del ser humano. A fin de cuentas, es evidencia de que no leyeron el material asignado. Lo sé. ¡Soy terrible!
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Lo que realmente sostenía Darwin

Contrario a lo que mucha gente esperaría, Darwin no fue el primero en idear la noción de “evolución”. Al contrario, para principios del siglo XIX, ya varios naturalistas y clérigos del Imperio Británico habían llegado a la conclusión de que la Tierra era mucho más antigua que los 8,000 años postulados por la información bíblica. Todo parecía indicar más allá de toda duda una edad terrestre mayor a la de cien mil años, tal vez millones de años. Dado este problema, los naturalistas pudieron ver con claridad que la Tierra “evolucionaba”. Los estratos geológicos mostraban claras señales de cambios geomorfológicos a través de un lento, pero larguísimo periodo de tiempo.

¿Qué hay entonces del origen de la vida? Otro problema al que se enfrentaban los naturalistas no era meramente señales de cambio geomorfológicos, sino también de diversas especies extintas que correspondían a las capas geológicas en cuestión. Claramente, los organismos evolucionaron, pero –y aquí está el detalle– nadie conocía el mecanismo de cambio gradual a través del tiempo. Además, el estudio taxonómico de dichos animales extintos llevaron poco a poco a la conclusión de que los seres vivos del presente provenían de los que existieron en el pasado. Este tema era obviamente un tabú en el ámbito cristiano y victoriano del Imperio Británico. No obstante ello, los naturalistas no se desalentaron al buscar las causas de dicho cambio.

Uno de los investigadores más destacados y brillantes del siglo XIX fue Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) quien desarrolló una teoría de herencia de características adquiridas a la que hoy conocemos como “lamarckismo”.  Esta proponía que ciertas características se heredaban en la medida que fueran más útiles para la vida de un organismo en un ambiente dado y que la próxima generación podía heredar. La visión lamarckiana se parece al ícono de la evolución humana (la “marcha” del mono al humano).

Árbol de especiación

Árbol de especiación por selección natural, con las palabras “I think” escritas por Darwin en su libreta (1837).

Charles Darwin no estaba convencido por esta propuesta, en gran medida porque dejaba muchos cabos sueltos. Primero, no se explicaba cómo en el proceso evolutivo se “escogían” aquellas características que fueran “útiles” para un organismo y aquellas que no. Segundo –y más al grano–, no se explicaba en lo absoluto la presencia de características inútiles en los organismos en general (insectos que tienen alas de más, el apéndice humano, entre otros). Finalmente, tampoco explicaba en absoluto la abundancia de especies relacionadas entre sí. Ya para 1837, Darwin había puesto por escrito lo que se conocería en términos técnicos como “la hipótesis de la filogénesis”. De acuerdo con su propuesta, los organismos evolucionan vía selección natural y mediante especiación: este último concepto significa el evento por el cual de una especie de organismos vivos –por razones geográficas, ambientales o de diversa índole–, a través de los años se bifurca en otras especies. Así que la propuesta de evolución no es como la de una serie “lineal” de primates que “culmina” en el ser humano. La imagen más exacta es la de un arbusto en la que el ser humano no ocupa un lugar “supremo” del proceso evolutivo, sino una ramita de ese frondosísimo arbusto. Por esta misma razón, no es preciso llamar a la teoría darwiniana “teoría de la evolución”, sino más bien “teoría de descendencia con modificación“, que es un tipo de teoría de evolución.

Charles Darwin y Alfred Russell Wallace

A la izquierda, Charles Darwin; a la derecha, Alfred Russell Wallace. Ambos son considerados los padres de la teoría de descendencia con modificación.

A pesar, de su formulación, nunca llegó a publicar su propuesta hasta que en 1858 ocurrió un incidente. Otro naturalista llamado Alfred Russell Wallace envió a Darwin un artículo con el propósito de publicación titulado “On the Tendency of Varieties to
Depart Indefinitely From the Original Type” (“Sobre la tendencia de variedades [de organismos] a divergir indefinidamente de su tipo original”), en donde proponía exactamente la teoría de descendencia con modificación. Darwin se comunicó con Wallace para dejarle saber que había llegado a la misma propuesta anteriormente y por separado. Debido a ello, Wallace invitó a Darwin a dar a conocer su perspectiva científica, lo que llevó a la publicación de un abstracto que hoy conocemos como El origen de las especies mediante la selección natural (1859).

Árbol filogenético

Árbol filogenético como aparece en El origen de las especies (1859).

Desde esta perspectiva, es erróneo lo que usualmente se dice en la calle: “Darwin propuso que el hombre desciende del chimpancé”, “Los evolucionistas creen que los hombres descienden del mono”. De hecho no. Ningún ser humano proviene del chimpancé. Lo que estipulamos los que favorecemos la teoría de descendencia por modificación es que el chimpancé y el ser humano tienen un ancestro común. Los monos actuales y los seres humanos también compartimos un ancestro común –mucho más lejano que el que compartimos con los chimpancés–.
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¿De dónde provino la famosa imagen de la evolución del hombre?

El usual ícono de la transformación del mono o simio menor al ser humano proviene de una mala comprensión de esta imagen publicada por un texto titulado The Evolution of Man publicado por Ernst Haeckel (1879).

Comparación taxonómica

Comparación taxonómica que aparece en el libro de Ernst Haeckel, The Evolution of Man (1879).

Esta ilustración de Haeckel no muestra la evolución del hombre a partir del gibbon, el orangután, el chimpancé o el gorila, sino que él la utiliza para comparar las estructuras esqueléticas entre el ser humano y el resto de los simios mayores. Esto lo utilizaba como un dato para justificar la convicción de que todos los simios mayores compartimos un ancestro en común.

Desgraciadamente, a nivel popular, esto no se comprendió bien y se tomó esta imagen como la ilustración de la evolución del ser humano a través de los años. No ayudó mucho el cabezote de la página que hace alusión al título del libro y no a la evolución del hombre per se.

Así que matemos a los simios caminantes … Lo que realmente hace la imagen es confundir al público en cuanto a la propuesta de Darwin y no permite un diálogo fructífero con aquellos que no comprenden la teoría de descendencia con modificación.

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