Falsas políticas públicas en torno a los móviles y el wifi

Llamada por teléfono móvil

Llamada por teléfono móvil. Retrato en dominio público, cortesía de Peter Griffin (no es el de Family Guy). http://www.publicdomainpictures.net/

Ayer un autor en Gizmodo, Matt Novak llamó la atención al hecho de que Jill Stein, la candidata a la presidencia de los Estados Unid0s por el Partido Verde de los Estados Unidos, se suscribía a la hipótesis de que debe haber algún vínculo entre el wifi y las incidencias de cáncer. A su vez argumentaba que debía disponerse de una especie de principio de precaución como en Europa, por el que se sacaba el wifi de los lugares públicos, las escuelas y otras áreas para no afectar a personas “sensibles al wifi” o no cuasar cáncer. Novak incluyó un vídeo de Stein al respecto.

¡Claro! En un tema como este, es risible que había que meter a Monsanto en la discusión. ¿Qué rayos tiene que ver Monsanto con el tema del wifi? No sé, pero ella creyó pertinente incluirlo. ¡Vaya candidata!

Para mi sorpresa, en Puerto Rico no nos quedamos atrás, especialmente en relación con los teléfonos móviles. Por ejemplo, ya está circulando este meme:

wifi-cell-cancer

No son consejos malos (aunque el pensamiento del #6 está incompleto), pero la premisa del meme es muy cuestionable. Este tipo de preocupación proviene de Europa (como bien señala Stein) y es una convicción bastante popular en la izquierda política de allá. Por ejemplo, lo vemos como propuesta del grupo Podemos de “zonas libres de wifi“.

Ahora bien, un principio de precaución bien entendido es aconsejable. Si algún organismo de autoridad científica nos revela una posibilidad de daño al público, puede decretarse una moratoria para examinar si en verdad existe tal daño. Una vez la evidencia científica determina que el daño no existe o el nivel de riesgo es ínfimo, no existirá problema alguno para levantar la moratoria. Sin embargo, la manera en que muchos activistas han utilizado este principio no es ni tan siquiera para examinar nada. Es más bien para establecer una moratoria “permanente” (es decir, “por los siglos de los siglos de los siglos de los siglos”), sin importar el cúmulo de evidencia científica al respecto. Esto es lo que ha ocurrido con el tema de los transgénicos, ya que muchos países han decretado moratorias a pesar de que prácticamente todas las instituciones de prestigio de los cinco continentes del mundo han dicho de manera decisiva y contundente que son seguros.

Lo mismo parece estar ocurriendo recientemente en Estados Unidos por el lado político “verde” y parece que esta fiebre está pasando gradualmente a Puerto Rico.
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Una evaluación de la premisa del meme

Una vez más, ante nosotros observamos un meme que nos dice que la Organización Mundial de la Salud (OMS) clasificó a la radiación de los teléfonos móviles (“celulares”) como, y cito, “Categoría de Peligro de Cáncer”.  ¡Nada más lejos de la verdad!

Una vez más entra a colación, no la OMS como tal, sino una rama de esta, conocida como la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC por sus siglas en inglés). La IARC establece una serie de clasificaciones de tipos de sustancias o actividades que pueden conducir a aumentar el riesgo de cáncer. Es interesante constatar que no cuentan con una categoría llamada “de Peligro de Cáncer”. La clasificaciones utilizadas por la organización son las siguientes:

  • Categoría 1: Hay plena seguridad de vinculación con cáncer.
  • Categoría 2A: Es más probable que la sustancia o la actividad esté vinculada al cáncer, aunque no se puede establecer con seguridad.
  • Categoría 2B: Es posible, aunque no con alta probabilidad, que la sustancia o la actividad esté vinculada al cáncer.
  • Categoría 3: No hay evidencia alguna de vinculación con cáncer.

En el año 2011, la IARC estableció que la radiación electromagnética producida por los teléfonos móviles caía bajo la categoría 2B.  ¿Qué significa eso? Sencillamente que por ser radiación es “posible” que exista una relación entre dicha actividad radioactiva y ciertas incidencias de cáncer. Nótese que en varios temas, la OMS toma opiniones que pueden ser distintas a las de su rama, la IARC. Vemos aquí una posible instancia de ello cuando la OMS misma nos dice en junio del 2011, no solo del cáncer, sino de la supuesta “hipersensibilidad al wifi”:

A large number of studies have been performed over the last two decades to assess whether mobile phones pose a potential health risk. To date, no adverse health effects have been established as being caused by mobile phone use. …

A number of studies have investigated the effects of radiofrequency fields on brain electrical activity, cognitive function, sleep, heart rate and blood pressure in volunteers. To date, research does not suggest any consistent evidence of adverse health effects from exposure to radiofrequency fields at levels below those that cause tissue heating. Further, research has not been able to provide support for a causal relationship between exposure to electromagnetic fields and self-reported symptoms, or “electromagnetic hypersensitivity” (Mi énfasis).

De paso, sugiere un estudio de aquellos usuarios de móviles por un periodo de o mayor de 15 años. En el 2014, la OMS volvió hacer una declaración después de que aparecieron más estudios y nos dice:

A large number of studies have been performed over the last two decades to assess whether mobile phones pose a potential health risk. To date, no adverse health effects have been established as being caused by mobile phone use….

… y básicamente repite lo mismo que afirmaba en el 2011.

¿De dónde se saca la “información” de que la OMS categoriza al móvil como “Peligro de Cáncer”? Parece algo más bien sacado de la manga que de cualquier otro lugar.

¿Quiere esto decir que respondimos a todas las inquietudes en relación con este tema? ¡Ni pensarlo!
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Un estudio reciente: ¡Relación entre el uso del teléfono móvil y el cáncer! (¿O es así?)

Mientras que Puerto Rico ha estado bastante ocupado con el tema del zika, los puertorriqueños hemos pasado inadvertido un estudio reciente de parte del National Institutes of Health que parece vincular el uso del teléfono móvil con incidencias de cáncer (la versión borrador está bajo la licencia CC-BY 4.o y la hago disponible aquí). Aquí está la ficha:

Wyde, M., Cesta, M., Blystone, C., Elmore, S., Foster, P., Hooth, M., Kissling, G., Malarkey, D., Sills, R., Stout, M., Walker, N., Witt, K., Wolfe, M. & Bucher, J. (2016, 23 jun.). Report of Partial findings from the National Toxicology Program Carcinogenesis Studies of Cell Phone Radiofrequency Radiation in Hsd: Sprague Dawley® SD rats (Whole Body Exposure). bioRXiv. doi: 10.1101/055699.

El proceso y la publicación de este costó cerca de $25 millones. Tan pronto se publicó salió la prensa despavorida a colocar unos titulares que invitaban a la alarma del público:

  • Consumer Reports: “Game-Changing” Study Links Cellphone Radiation to Cancer
  • Wall Street Journal: Cellphone-Cancer Link Found in Government Study
  • Science: Questions abound after study links tumors to cellphone radiation
  • Scientific American: Major Cell Phone Radiation Study Reignites Cancer Questions
  • Natural News: Massive government study concludes cell phone radiation causes brain cancer (¡Qué va!  ¡Natural News va a poner un titular sosegado y no alarmista!)

Sin embargo, como dicen por ahí, “el demonio está en los detalles”. Tan pronto apareció el estudio, hubo voz de alarma por los medios de comunicación.

Rata Sprague-Dawley

Rata albina Sprague-Dawley. Foto cortesía de Jean-Etienne Minh-Duy Poirrier. CC-BY-SA 2.0 Gen.

Lo que se hizo el National Toxicology Program  fue un experimento controlado en el que sometieron a varias ratas Sprague-Dawley® a altas dosis de radiación electromagnética semejantes a las que emiten los móviles, mientras que al grupo control se les eximió de esa exposición. El experimento era de doble ciego, por lo que ninguno de los investigadores que identificaron los tumores sabían a cuál grupo pertenecían las ratas que iban a evaluar. La prensa cayó en una histeria cuando se publicaron los primeros resultados parciales.

Sin embargo, en un ámbito más calmado, los críticos del estudio apuntaron a unas serias deficiencias. En primer lugar, lo que se revelan son unos resultados parciales, no es la totalidad del experimento.

En segundo lugar, tampoco el artículo fue arbitrado sino depositado en un archivo que lo hace disponible al público en general. Aun así los autores solicitaron reseñas de este estudio parcial.

En tercer lugar, es harto sabido que las ratas Sprague-Dawley® son altamente susceptibles al cáncer con o sin ayuda de la radiación no ionizante. Véase este estudio sobre un experimento en el que murieron el 81% de las ratas Sprague-Dawley por tumores desarrollados durante un periodo de más de dos años.  Vean también este otro estudio en el que en un periodo mucho más corto, un año y seis meses, el 45% ya padecía de tumores. En un estudio específico, se advierte que su incidencia de tumores varía dependiendo de sus fuentes comerciales y debe usarse con sumo cuidado a la hora investigar áreas relacionadas al cáncer.

Esto a su vez levanta preguntas como las que hizo David Gorski en una entrada en Science-Based Medicine en relación con este tema. Por ejemplo, ¿cómo es posible que se gastaran $25 millones en un estudio con ratas? ¿Por qué se publicó parcialmente este estudio sin pasar primero por arbitraje por pares (peer review)? Esto se publicó relativamente rápido sin esperar a finalizar sus resultados en el año 2017. Gorski a su vez cuestiona por qué se expusieron a esas ratas desde el útero de sus madres a  radiación electromagnética. Finalmente, se quedó un poco perplejo ante el número de ratas involucradas en el experimento: cerca de 1,260 ratas.

Gorski también menciona que entre los escépticos hay un chiste en relación con este estudio: la prensa en general debería considerar cambiar los titulares para que dijeran que la radiación de los teléfonos móviles hace que las ratas vivan por más tiempo. El estudio mismo dice que el grupo control vivió menos que el grupo expuesto la radiación:

At the end of the 2-year study, survival was lower in the control group of males than in all groups of male rats exposed to GSM-modulated RFR. Survival was also slightly lower in control females than in females exposed to 1.5 or 6 W/kg GSM-modulated RFR. In rats exposed to CDMA-modulated RFR, survival was higher in all groups of exposed males and in the 6 W/kg females compared to controls (Mi énfasis).

Nos dice la feminista escéptica Rebecca Watson:

Por estas y otras razones los científicos no miran a este estudio con mucho aprecio. Para un desmonte completo del estudio, les invito a leer el artículo completo de Gorski. Su escrito también incluye unos breves comentarios de reseñadores del estudio que muestran los serios reparos ante el diseño del experimento.
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¿Qué nos dice el consenso científico actual?

1341307031El consenso científico en torno al tema del vínculo entre el cáncer, los móviles y el wifi es exactamente el expresado por la OMS y que citamos en este artículo. Esta es la misma posición del National Institutes of Health y de la Sociedad Americana del Cáncer.

¿Por qué es altamente improbable que la radiación de los celulares no cause cáncer? ¿No incrementa la radiación en general el riesgo de cáncer?

La respuesta es compleja. Hay dos tipos de radiación: radiación ionizante y radiación no ionizante. La radiación ionizante es aquella que tiene suficiente energía para sacar a los electrones de sus órbitas. Esto puede alterar las moléculas del ADN de nuestro organismo y aumenta considerablemente el riesgo de cáncer. Este no es el caso de la raciación no ionizante, es decir, el tipo de radiación que encontramos en nuestro horno de microondas, el wifi, el teléfono móvil y las antenas de radio. Es extremadamente improbable que la radiación no ionizante cause cáncer.

El cúmulo de la evidencia científica ha confirmado esto una y otra vez, entre los que se destacan  el caso de los países nórdicos y el del mismo Estados Unidos, donde no se ha detectado aumento alguno en incidencias de cáncer cerebral a pesar del enorme consumo y uso de móviles y tabletas.
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¿Qué significa esto para propósitos de política pública?

El principio de precaución (¡bien entendido!) ya no aplica a este caso, porque para todos los efectos no hay razón científica para impedir o restringir el uso de los teléfonos móviles ni para sacar el wifi de áreas públicas, escuelas y universidades. Debe verse con suspicacia cualquier candidato o candidata a la presidencia de Estados Unidos o a la gobernación de Puerto Rico que sugiera lo contrario.

Desde nuestra perspectiva tecnoprogresista, el sacar una parte tan importante y vital de la tecnología de las instituciones públicas, de la vida de la clase media y de los pobres, no redundará en mejorar sino en el de empeorar sus condiciones de vida. Los pobres se aprovechan de un abanico de oportunidades que les abre la red. Gracias a la apertura del ciberespacio, los trabajadores pueden producir y desempeñarse mejor al hacer sus gestiones en línea sin consumir tiempo haciendo filas en el banco, en Hacienda, en el CRIM, en la AEE o en AAA. Significa hoy día acceso a unas aplicaciones que les ahorra el consumo de gasolina, hay una mejor apertura a la información disponible en línea y una mejor manera de participar en el mercado de empleo. En algunos lugares del mundo, puede significar la diferencia entre comer cuatro buenas comidas al día y cinco.

Si se quiere favorecer a la clase media, a los trabajadores, a los pobres, mientras que se pretende estimular la economía, lo peor que se puede hacer es declarar “zonas libres de wifi”. Las falsedades promovidas por ciertos grupos que no hacen ni el mínimo para investigar la realidad de sus alegatos, debe ser rechazada por todos … a menos que ellos hagan su propia investigación bien hecha y demuestren su punto.

Hasta entonces, el desarrollo tecnológico y el acceso a la red cibernética es la mejor opción para todos.

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¿El glifosato vinculado al autismo y todas las enfermedades modernas?

Stephanie Seneff

Stephanie Seneff. Foto cortesía de Inner Eye. CC-BY 3.0 Unported.

En nuestro segundo artículo de este blog, respondí a unos planteamientos en torno a la relación de Hillary Clinton con Monsanto. Allí hice una breve referencia a los estudios de Stephanie Seneff, a la  que las agrupaciones antitransgénicos en general han abrazado acríticamente.

Aunque no pensaba escribir nada al respecto esta semana (y descansar del tema de los OGMs y concentrarme en el tema de la neurología y la Parguera), un muy querido amigo me señaló ese estudio, un artículo extenso que intentaba vincular el glifosato con toda una serie de enfermedades tales como el Parkinson, el autismo, la diabetes, el cáncer, entre otros.

Para cierto sector del público, estos estudios adoptan casi el carácter de “prueba irrefutable” de que el glifosato debe ser prohibido en Puerto Rico y en otros lugares del mundo. Esta ha sido la posición de María de Lourdes Santiago en el Senado y el PIP como partido, al igual que el de otros grupos políticos tales como el PPT, algunos en el PPD y, sospecho, que en el PNP. Todas las denuncias descansan exclusivamente en estos estudios. Hay otros artículos que “confirman” los de Seneff, aunque podrían describirse mejor como unos reciclados más elegantes que han sido publicados en revistas de pobrísima reputación.

Seneff ha escrito mucho, pero prácticamente todos sus artículos tienen exactamente los mismos defectos. No podemos analizarlos todos, así que en nuestra exposición haremos un análisis de dos de ellos y descubriremos por qué nadie (como diría el Lic. Ignacio Rivera, es “NADIE” con acento en la “N” de “ŃADIE“) en la comunidad científica le da el menor crédito (con excepción tal vez de dos o tres científicos activistas). También descubriremos por qué hasta una periodista anti Monsanto poco le faltaba para caracterizar a uno de los estudios de Seneff como “ciencia basura”. Lo siguiente que voy a presentar ha sido expuesto ya por científicos competentes (a los que citaré o enlazaré), pero intentaré exponer sus argumentos aquí lo mejor posible en “arroz y habichuelas” para beneficio del público.
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La ficha del primer artículo bajo evaluación

Comencemos con la ficha del artículo:

Samsel, A. & Seneff, S. (2013, April 18). Glyphosate’s Suppression of Cytochrome P450 Enzymes and Amino Acid Biosynthesis by the Gut Microbiome: Pathways to Modern Diseases. Entropy, 15, 1416-1463. doi: doi:10.3390/e15041416.

Se puede acceder en esta página del portal de la revista Entropy:  http://www.mdpi.com/1099-4300/15/4/1416.
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Los primeros problemas del artículo

¿Quiénes son Anthony Samsel y Stephanie Seneff? El primero se identifica como un científico independiente y consultor sobre contaminación industrial. Datos que están disponibles en el ciberespacio nos revelan que él se jubiló aparentemente en el 2012, aunque parece seguir contribuyendo con su asesoría a grupos ambientales. Seneff se identifica como académica que trabaja en el Laboratorio de Ciencias Computacionales e Inteligencia Artifical en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Seneff en particular no es especialista en toxicología.

Acto seguido, la misma editorial de la revista Entropy nos lanza esta advertencia:

Note added by the Publisher: The editors of the journal have been alerted to concerns over potential bias in opinions and bias in the choice of citation sources used in this article. We note that the authors stand by the content as published. Since the nature of the claims against the paper concern speculation and opinion, and not fraud or academic misconduct, the editors would like to issue an Expression of Concern to make readers aware that the approach to collating literature citations for this article was likely not systematic and may not reflect the spectrum of opinions on the issues covered by the article. Please refer to our policy regarding possibly controversial articles.

En otras palabras, ya de entrada la misma editorial nos dice que los “hallazgos” de Samsel y Seneff no llegan a nivel fraude, pero en el mejor de los casos son “speculation and opinion“, así que no estamos hablando del resultado de experimentación que realmente se llevó a cabo. Es más, nos dice que los lectores tienen que tener en cuenta que el estudio muestra una posición prejuiciada y que NO fue sistemático a la hora de citar la literatura científica.

Esto no es nuevo en el caso de Stephanie Seneff. En otra ocasión publicó otro artículo en Entropy donde establecía el vínculo entre ciertas vacunas y el autismo, aun cuando las mejores revisiones científicas y metaanálisis han refutado este alegato. Esto también atrajo mucha crítica de los científicos en general y la editorial MDPI puso también este mismo aviso de alerta. Para todos los efectos, la comunidad científica la ve más como una propulsora de seudociencia que otra cosa.

Y hablando de editoriales, ¿dónde se publicó este estudio? En la revista Entropyuna publicación en línea que es de libre acceso y provista por la editorial MDPI. Muchos académicos alrededor del mundo han tenido serias dudas sobre la reputación de la editorial y de la revista en particular. En un momento dado, Jeffrey Beall incluyó a esta editorial como “posible, probable o potencial editorial predatoria”, aunque se vio forzado a retirarlo por una demanda de MDPI.  Desgraciadamente, Entropy tiene la característica de ser una revista cuya temática cubre demasiados temas totalmente dispares, lo que impide un arbitraje por pares (peer-review) efectivo. Tal vez por ello, Seneff ha publicado 6 otros artículos allí además de los dos que hemos mencionado. No sorprende que este artículo de Seneff se haya utilizado como un ejemplo de cómo detectar revistas académicas fraudulentas o de pobre arbitraje por pares.

Ahora, piensen en lo siguiente: Una revista académica de muy pobre calidad dice que el artículo publicado es de muy baja calidad…  ¡Se necesita ser realmente de MUY pobre calidad para llegar a ese nivel!
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El argumento principal del artículo

Glifosato

Representación de la molécula del glifosato.

El artículo se centra en el glifosato y sus efectos inmediatos en el sistema digestivo. Se sabe que esta sustancia inhibe ciertas enzimas necesarias para el metabolismo de las plantas. Esto se conoce bien a nivel molecular y la información sobre ello está libremente disponible al público. Esto lo hace un gran herbicida con un nivel de toxicidad bien bajo en relación con otros pesticidas en el mercado (LD50 = 5,600 mg/kg en el caso de ratas de laboratorio). Algunos han ido más allá y han dicho que esta sustancia es lo más cercano a un “herbicida ideal“.

Sin embargo, lo que llama la atención es que Samsel y Seneff estipulan que las propiedades del glifosato van más allá del mero efecto del metabolismo de las plantas y que también inhibe una enzima conocida como citocromo P450 o CIP 450, una proteína que se pueden hallar en un gran número de bacterias, incluyendo a algunas que se encuentran en nuestro sistema digestivo (pp. 1417-1418, 1425-1427).

¿Llevaron a cabo algún experimento que así lo demuestre? Para sorpresa del lector, realmente no hay ninguno. Se puede buscar en vano todas las páginas del estudio por algún experimento u ofrecimiento de datos nuevos para una discusión científica. No hay ninguno. Solamente se basa en un estudio científico (del que hablaremos más tarde).

No obstante este vacío, los autores alegan que tal inhibición afecta el metabolismo xenobiótico al prevenir que la flora intestinal limpie del sistema ciertas toxinas, particularmente los xenobióticos. En general el hígado humano remueve estas sustancias tóxicas y son expulsadas vía la exhalación, el sudor, la orina y las heces. Según Samsel y Seneff, la inhibición del P450 permite la proliferación de xenobióticos y crea un efecto cascada de intoxicación del cuerpo humano.

En el resumen del texto encontramos la introducción del neologismo “entropía semiótica exógena” (exogenous semiotic entropy). Este término hizo que muchos expertos en el mundo levantaran su ceja escéptica simultáneamente. Mis queridos lectores, ¿no han escuchado ustedes ese término? ¡No se preocupen! Antes de este artículo, ningún científico lo había escuchado antes. Esto levanta en principio serios cuestionamientos en relación con la aserción de que el glifosato es un caso “textbook” de “entropía semiótica exógena”. Habría que preguntar a cuál libro de texto se refieren … antes de este estudio no ha habido libro de texto en el mundo que hablara de ese concepto. ¿De dónde sacan que es un “textbook case“? La frase en sí misma es un sin sentido y se sospecha que probablemente se pensaba utilizar el término “entropía biosemiótica exógena”, es decir, la degradación de señales biológicas por sustancias externas al sistema bioquímico del cuerpo. Sin embargo, por alguna razón, definen el término así:

… the disruption of homeostasis by environmental toxins.

No abunda más en ello y en todo el artículo no aparece elaboración alguna en torno a este concepto de “entropía semiótica exógena”, aunque sí hace varias referencias a la “biosemiótica”.
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El estudio en el que se fundamenta

Si no llevaron a cabo experimento alguno, habría que preguntarse si ha habido alguno que haya demostrado la inhibición del P450 por el glifosato. Aquí nuestros autores se basan solamente en uno (pp. 1426, 1453):

Abass, K., Turpeinen, M. & Pelkonen, O. (2009, Aug.). An evaluation of the cytochrome P450 inhibition potential of selected pesticides in human hepatic microsomes. Journal of Environmental Science and Health, Part B, 44, 6, 553-63. doi:10.1080/03601230902997766. Puede acceder el estudio aquí (no es de libre acceso).

De todas las cientos de referencias que utilizan Samsel y Seneff, esta es la única que ha puesto a prueba experimentalmente el efecto del glifosato con el P450. De acuerdo con este estudio, el glifosato no inhibió ninguna enzima CIP con excepción de la 2c9. Sin embargo, cuando se tiene en cuenta la cantidad tan extremadamente ínfima que es consumida por los seres humanos en los alimentos diariamente, sencillamente no es plausible que el glifosato llegue al nivel de inhibir sustancialmente el CIP2C9. Así lo ha dejado saber bioquímico Derek Lowe.
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El truco: La evidencia de correlación, pero no de causación

Cómo minar datos

Antes de continuar con el tema principal, creo que deberíamos discutir otro experimento que algunos investigadores llevaron a cabo para descubrir unos problemas en los que podrían caer inadvertidamente los científicos si no tienen cuidado.

Hubo un estudio bien particular de Steve Greenberg donde hace una indagación en el tema de lo que se conoce como “el prejuicio del investigador” (researcher bias). Este autor formuló una hipótesis ridícula cuya falsedad no se ha puesto en duda por nadie en la comunidad científica:

La β-amiloide es producida por y hiere a los músculos esqueletales de los pacientes con inclusión de miositis corporal.

No se preocupen por el significado de estos términos, todo lo que tienen que saber es que la comunidad médica sabe que esto es 100% falso.

A pesar de ello, Greenberg demuestra que se puede escoger prejuiciadamente estudios preliminares en revistas académicas (cuya inmensa mayoría está totalmente equivocada) y que, irónicamente, pueden servir de soporte para esta implausible hipótesis.

¿Cómo logró escoger los estudios convenientes? Se pueden identificar cuatro factores que cualquier investigador puede manipular convenientemente:

  1. Las variables a observarse
  2. La selección del momento en que se dejan de colectar los datos
  3. La selección de las comparaciones a llevarse a cabo
  4. La selección del tipo de análisis estadístico

Con la manipulación de estos factores, se pueden minar datos y estudios y con los que puede apoyarse cualquier hipótesis, por más descabellada, ridícula e implausible que sea. De hecho, Matthew Schragg y su equipo encontraron que esto era efectivamente lo que había ocurrido en muchos de los estudios de la enfermedad de Alzheimer que llegaban a manos de los investigadores. Este punto lo presenta de manera bien clara el neurólogo y escéptico Steven Novella.

Mediante esta actividad de minería de estudios y de datos, se pueden establecer una variedad de correlaciones con dudosa vinculación causal. Un gran número de estas son espúreas. De hecho, se ha publicado un libro con gráficas de correlaciones espúreas de este tipo como las siguientes:

Correlación espúrea

Gráfica por Tyler Vigen (http://www.tylervigen.com/spurious-correlations), CC-BY 4.0

Correlación espúrea

Gráfica por Tyler Vigen (http://www.tylervigen.com/spurious-correlations), CC-BY 4.0

Correlación espúrea

Gráfica por Tyler Vigen (http://www.tylervigen.com/spurious-correlations), CC-BY 4.0

Les recuerdo que la razón de por qué Samsel y Seneff recibieron un alerta de la editorial era porque precisamente ellos llevaron a cabo una minería de datos y estudios para establecer lo que ante la comunidad científica son correlaciones espúreas entre el aumento del uso del glifosato en la agricultura y varias enfermedades crónicas.

Por cierto, da la mera casualidad que todas las enfermedades crónicas mencionadas en el estudio son exactamente las que le preocupa al público contemporáneo en los países industrializados: la enfermedad de Alzheimer, obesidad, diabetes, cáncer, enfermedades del corazón, depresión, autismo, infertilidad, entre otros.

O sea que la obesidad y la diabetes no se deben al excesivo consumo de azúcar, grasa, poco ejercicio y una vida sedentaria … No. ¡Se debe al glifosato! La depresión no se debe a razones neuronales, psicológicas o sociales. ¡Se debe al glifosato! El glifosato parece ser una sustancia extraordinaria, ¡el único compuesto que da de todo! ¡¿Quién lo diría?!

Debido a que Seneff y otros hacen todo tipo de correlaciones, por falta de espacio y tiempo nos ocuparemos solo de algunas.
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Correlaciones espúreas

El glifosato y las abejas

De acuerdo con Samsel y Seneff, las abejas sufren mundialmente lo que se ha conocido como el desorden del colapso de colonias de abejas (CCD por sus siglas en inglés). Todas las fuentes están de acuerdo de que la incidencia más reciente se comenzó a reportar en el 2006. Samsel y Seneff están de acuerdo (pp. 1426-1427). Sin embargo, no hay correlación alguna entre el incremento del uso del glifosato y el CCD, aun cuando ellos dicen que la hay. Por ahora utilizaré la siguiente imagen que se basa en el estudio de Samsel y Seneff, para ilustrar mi punto.

Glifosato & autismo

Correlación entre el aumento del uso de glifosato y las incidencias de autismo. Fuente: Swanson et al., 2014, p. 27.

Para el presente caso, solo prestaremos atención a la línea roja que indica el incremento del uso de glifosato en la agricultura. (No se preocupen, hablaremos de la supuesta correlación entre el autismo y el glifosato más adelante). Noten que está constantemente aumentando. Si hay una relación causal entre el glifosato y el CCD, deberíamos ver un descenso significativo de colmenas correlacionado con el ascenso del uso del glifosato.  Veamos los datos de la Organización de Alimentos y Agricultura (FAO por sus siglas en inglés) en cuanto a la fluctuación del número de colmenas en Estados Unidos.

Colmenas en Estados Unidos

Número de colmenas en Estados Unidos. Fuente: FAOSTAT

¿Dónde está la supuesta correlación entre el aumento del glifosato y el descenso del número de colmenas? Simplemente no existe.
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El glifosato y las incidencias de los trastornos de espectro autista

¿Y qué sucede donde sí hay correlación?

Una vez más, veamos la gráfica que correlaciona el aumento del uso del glifosato con autismo. La correlación es indudable, pero ¿establece causación? Samsel y Seneff utilizan un estudio que establece una vinculación entre el autismo y los procesos metabólicos (pp. 1421-1425, 1434-1435). Sin embargo, una buena parte de la literatura científica señala que el autismo parece un fenómeno más vinculado a factores genéticos que a otros factores, como se puede apreciar en los estudios de gemelos separados al momento de nacer (por ejemplo, véase este artículo académico y la página del National Institutes of Health): si un niño sufre de algún tipo de autismo es más probable que su gemelo idéntico también lo padezca.

Además, desde hace algunos años se ha ido acumulando evidencia de que el aumento dramático de los casos de autismo parece ser una ilusión estadística. Hay una fuerte sospecha de que una parte significativa de dicho incremento se debe a la reclasificación de ciertas enfermedades mentales. Por ejemplo, un estudio descubrió que en Estados Unidos, hubo un efecto estadístico cuando los problemas de incapacidad intelectual se reclasificaron como trastornos de espectro autista (TEA).

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Imagen cortesía de la Penn State University.

Se llevó a cabo un estudio similar en Dinamarca y se descubrió que la reclasificación de otras condiciones mentales a TEA daba cuenta del 60% del incremento de incidencias de autismo en ese país. Dado estos y muchos otros factores, la correlación entre el incremento del uso del glifosato y el aumento de incidencias de autismo no pasa de ser una coincidencia estadística. No hay ninguna evidencia de relación causal entre el glifosato y el aumento de incidencias de autismo.

No obstante todos estos estudios que totalmente refutan sus aserciones, Seneff se ha hecho famosa por “calcular” que para el año 2025, la mitad de la población infantil estadounidense será autista. ¡Sublime exageración a la luz de lo que acabamos de presentar! Si fuéramos igual que ella, cosa que no somos, hubiéramos advertido al público en torno a la correlación entre el aumento de TEA y el de la venta y consumo de alimentos orgánicos.

organic_autism

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El glifosato y el cáncer

Samsel y Seneff también pretendieron vincular el glifosato con las incidencias de cáncer. No sorprende que el estudio haciera alusión al famoso artículo de Guilles-Eric Séralini que en aquel momento era recién publicado (p. 1417). En este experimento, Séralini y su equipo utilizaron ratas Sprague-Dawley para administrarles distintas cantidades  maíz  transgénico con glifosato, maíz sin glifosato y agua con distintas dosis de glifosato. No haré aquí todo el análisis, ya que lo he hecho en otro lugar.

Lo único que indicaré son los factores claves de por qué nadie (otra vez, ŃADIE) le creyó a Séralini y su artículo tuvo que ser retirado de la revista académica original donde se publicó:

  • Séralini escogió un tipo de rata albina (Sprague-Dawley) que es particularmente propensa a tumores. En un espacio de dos años,  cerca del 50% de las ratas machos y 70% de las hembras que ingirieron transgénicos y glifosato murieron debido a tumores, algunos que alcanzaban el 25% de la masa corporal de los roedores. Sin embargo, esto no dista de la tasa de incidencias que suelen obtener de este tipo de ratas sin ingerir glifosato durante ese mismo periodo de tiempo. Véase este estudio sobre un experimento en el que murieron el 81% de las ratas Sprague-Dawley por tumores desarrollados durante un periodo de más de dos años.  Vean también este otro estudio en el que en un periodo mucho más corto, un año y seis meses, el 45% ya padecía de tumores: la tasa de incidencia de tumores en las hembras era el doble de la de los machos. En un estudio específico, se advierte que su incidencia de tumores varía dependiendo de sus fuentes comerciales y debe tenerse sumo cuidado a la hora de usarse para fines de investigaciones relacionadas con cáncer.
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  • En su conferencia de prensa, a Séralini se le olvidó mencionar que ciertas ratas del grupo control (es decir, el grupo que no consumió ni transgénicos ni glifosato) también tuvieron tumores y, curiosamente, no mostró su fotografía en el artículo. (Por cierto, las fotografías no añadían ninguna información científica adicional; Séralini puso las que le convenía para impresionar a los lectores, al público y a los periodistas durante su conferencia de prensa.)
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  • Aun cuando la tasa de incidencia de tumores en el grupo control fue menor (20% machos y 30% hembras), el número de variables trabajadas por el equipo de Séralini era tan grande que, para todos los efectos, la cantidad de sus muestras de ratas era extremadamente baja para que los resultados fueran estadísticamente significativos. Es obvio que ignoró por completo las guías de la OECD al respecto.

Demás está decir que no solo hubo una tormenta de críticas al estudio, sino que la Autoridad de Seguridad Alimentaria Europea (la EFSA) condenó enérgicamente el experimento y algunos han planteado un cierto quebrantamiento de normativa ética. Séralini volvió a publicar el artículo (inexplicablemente sin arbitraje), esta vez con la conclusión correcta: que del experimento no se podía derivar ninguna conclusión en torno a los transgénicos o al glifosato.

Por cierto, a Séralini también le gusta publicar en revistas predatorias y de muy baja reputación. En uno de sus episodios más recientes, publicó en la revista Scholarly Journal of Agricultural Sciences publicada por Scholarly Journals International (considerada por Beall editorial predatoria) y desapareció justo el día después de que un artículo de Séralini fuera publicado allí. ¿Razón de ello? La revista no había pagado los costos de su dominio. Pueden leer sobre este episodio aquí.

Así que Samsel y Seneff quisieron utilizar a Séralini como indicio de que el glifosato provoca cáncer. Ellos se basaron en una variedad de estudios que hoy día se contemplan como prejuiciados a la luz de la evidencia acumulada por revisiones científicas extensas y metaanálisis. Estos mismos análisis desmienten aserciones de que el glifosato esté vinculado al cáncer, como por ejemplo, este reciente artículo publicado el mes pasado. Aunque no es independiente porque fue financiado por Monsanto, está en total acuerdo con la literatura científica más sólida en cuanto a este tema y coincide con las revisiones científicas hechas por la FAO y la Organización Mundial de la Salud. Y aunque una rama de esta última, la IARC, haya clasificado al glifosato como “probablemente cancerígeno” (2A), esto se hizo a pesar de las objeciones de muchos especialistas a nivel mundial, especialmente del Instituto Federal de Evaluación de Riesgos de Alemania. Algunos científicos han cuestionado el compromiso ideológico y la ética de algunos de sus miembros (véase también esta condena). Por lo pronto, el consenso científico en relación con el glifosato es que no es cancerígeno.

En resumen, no se ha podido establecer vínculo alguno entre el incremento de uso del glifosato y el aumento de cáncer en la población estadounidense.

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El glifosato y la enfermedad celíaca

En otro artículo que Samsel y Seneff publicaron posteriormente (y que algunos sospechan que fue autoplagiado), utilizaron la siguiente imagen para demostrar la correlación entre el incremento del uso del glifosato y el aumento de incidencias de celiaquía.

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La ficha de este nuevo artículo es la siguiente:

Samsel, A. & Seneff, S. (2013). Glyphosate, Pathways to Modern Diseases II:
Celiac Sprue and Gluten Intolerance. Interdisciplinary Toxicology, 6, 159-184. doi: 10.2478/intox-2013-0026

Antes de continuar con este artículo, quisiera preguntar, ¿dónde lo publicaron? Se hizo disponible en la revista Interdisciplinary Toxicology, considerada una revista predatoria de malísima reputación. ¡Wow! ¡Qué talento tienen Samsel y Seneff para seguir publicando en revistas de mala calidad!

En cuanto a la relación que ellos establecen entre el glifosato y la celiaquía y la intolerancia al gluten, prácticamente se apoyan en un solo estudio (Senapati et al., 2009) al que el público puede acceder aquí. La razón de por qué los científicos no toman el estudio de Senapati en serio se explica con lujo de detalles aquí, pero resumimos las objeciones en los siguientes puntos:

  • El equipo de Senapati expuso a los peces a relativamente altas dosis de glifosato (4 mg/L). Estas no son las dosis a las que un pez se expone en la realidad, ya que suelen ser mucho más bajas.
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  • El glifosato tiene la cualidad de degradación, incluso si cae en el agua. Sin embargo, en el experimento, a los peces se les cambiaba el agua con la misma dosis de glifosato.
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  • La sustancia usada por Senapati no era puro glifosato diluido en agua, sino un producto conocido como Mera-71, desarrollado en la India. No solo contiene glifosato sino también tensoactivos o sulfactantes.
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  • Los síntomas sufridos por los peces son consistentes con los tensoactivos, no con el glifosato. De hecho, el Mera-71 se usa para lidiar con malezas terrestres y se desalienta su uso en el agua, precisamente debido a que los tensoactivos perjudican la salud de los peces.
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  • A pesar de todo lo anterior, los peces sobrevivieron.

En su usual actividad de minería y selección prejuiciada de datos, Samsel y Seneff pasaron por alto el dato de los tensoactivos y decían que los síntomas sufridos por el sistema digestivo de los peces “recordaba” a la celiaquía, por lo que alegaban que los síntomas fueron producidos exclusivamente por el glifosato (p. 159).

Peter Ollins, en un artículo publicado en su ya difunto blog (UltimateGlutenFree.com), pero rescatado por GMO Answers, explica por qué el estudio no demuestra que el glifosato causa celiaquía. La gráfica de las incidencias de enfermedad celíaca que vimos hace poco es engañosa. Ollins entra en detalle sobre los diversos problemas del “estudio”, pero he aquí quiero destacar algunos de los más importantes:

  • En primer lugar, Samsel y Seneff no proveen las fuentes de sus datos para la gráfica, lo que hace prácticamente imposible verificarlos (Paul K. Strode también se queja de ello).
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  • En segundo lugar, las barras amarillas representan el número de personas con celiaquía que fueron dadas de alta en los hospitales. Ese número no representa la tasa de incidencia de esa enfermedad en los Estados Unidos (una señal más de minería de datos).
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  • En el caso de la celiaquía y de intolerancia al gluten, ellos dicen que su incidencia es del 5%, cuando en realidad la de la intolerancia es de 0.6% y la de celiaquía, el 0.71%, muy semejantes a las que encontramos en Europa.
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  • En ningún momento se trata el problema de exposición de la población al glifosato como tal y cómo eso puede correlacionarse con la incidencia de celiacos y de personas intolerantes al gluten. Dado a que la celiaquía no es un problema que se desarrolla en un instante, sino que toma años, la tasa de exposición al glifosato y la de incidencias de celiaquía no deberían ser los mismos simultáneamente. Los síntomas de celiaquía deberían aparecer años después de la exposición. Debido a esto, si la gráfica en cuestión fuera correcta, lo que precisamente implicaría es que el glifosato no es causante de la celiaquía en la población estadounidense y que la correlación es coincidencia estadística.

Ollins también expresa una cierta sorpresa por la carencia de profesionalismo científico que muestra en todo el artículo.
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Conclusión

Debido a falta de tiempo y espacio, no he podido atacar todos los alegatos de Stephanie Seneff y algunos de los académicos que han publicado con ella.  No se excluye con 100% de seguridad que el glifosato no cause estos males, pero la evidencia que ellos han mostrado hasta el día de hoy es ninguna. Sus trabajos publicados han sido ampliamente rechazados por la inmensa mayoría de los científicos a nivel mundial y muestran un prejuicio contra una sustancia.

Aunque el glifosato sí es tóxico, su nivel de toxicidad es extremadamente bajo y no es una razón de preocupación para el consumidor ni para el público en general. Esto no quiere decir que el uso excesivo de glifosato no cree problemas (como las mal llamadas “supermalezas”). Sin embargo, el no desarrollar una normativa de uso prudente de esta sustancia y proceder a prohibirla completamente utilizando los trabajos de Seneff como fundamento de política pública son medidas sumamente insensatas.
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Referencias

Swanson N. L., Leu, A., Abrahamson, J., & Wallet, B. (2014). Genetically engineered crops, glyphosate and the deterioration of health in the United States of America. Journal of Organic Systems, 9, 2.

Senapati, T., Mukerjee, A. K., & Ghosh, R. (2009). Observations on the effect of glyphosate based herbicide on ultra structure (SEM) and enzymatic activity in different regions of alimentary canal and gill of Channa plunctatus (Bloch). Journal of Crop and Weed, 5, 1, 236-245.