Comentarios al libro ¡Eureka! de Rocío Vidal (La Gata de Schrödinger)

Portada del libro ¡Eureka!
Portada de ¡Eureka! 50 descubrimientos que han revolucionado el mundo escrito por Rocío Vidal (La Gata de Schrödinger).

En este año, una divulgadora de las ciencias bastante conocida, Rocío Vidal, acaba de publicar el libro ¡Eureka! 50 descubrimientos que han revolucionado el mundo. Vidal, que se apoda “La Gata de Schrödinger” tiene un canal de YouTube exitoso de divulgación científica y que no dejo de recomendarle al público. En el pasado, ella estuvo bastante sumergida en algunas de las seudociencias que hoy ataca en su canal, pero desde hace algunos años, es una apasionada comunicadora de las ciencias. Sus denuncias a ciertas religiones, estafas y fraudes —que van desde discutir el multinivel Herbalife hasta entrevistar a los terraplanistas— le ha representado en ocasiones un riesgo de seguridad. Gracias a su labor, está sembrando semillas de curiosidad y atracción al conocimiento genuino que se alcanza apreciando milenios de esfuerzos de distintos pensadores y científicos que nos han acercado a la Realidad. Este libro no es una excepción a esa regla.

Con este comentario, quisiera destacar algunas cosas muy positivas que encuentro de su libro, pero también algunas otras cosas que espero que mejoren, sean en una nueva edición o en otro libro de divulgación.

Lo precioso que Vidal nos ofrece

Los pitagóricos celebran el amanecer (1869). Una pintura rusa en óleo hecha por Feodor Andrejewitsch Bronnikoff y que se exhibe en la Galería Tretyakov, en Moscú (Rusia).

El libro en sí es un tesoro que debe ser apreciado por el público público en general, especialmente si se tiene ese deseo de descubrir las diferentes aportaciones de eminentes buscadores del conocimiento a través de la historia. La introducción nos da una teoría bastante sencilla de lo que es la ciencia. Como filósofo de las ciencias, noté con mucho agrado unos puntos en torno a la dinámica del conocimiento científico: que de alguna manera los científicos enfrentaron adversidades por defender sus descubrimientos; sus obras no las hicieron en la pura soledad sino como producto del trabajo colectivo y que algunos descubrimientos son a su vez innovaciones tecnológicas. Vidal nos aclara que no se puede ofrecer una lista completa de los científicos que ha habido en la historia, algo muy comprensible en un texto de divulgación popular.

El libro se organiza en tres partes: Antigüedad y Edad Media, Edad Moderna y la Contemporánea. Cada parte contiene un número de capítulos que, aunque usualmente aparecen con nombres de científicos, en realidad son temáticos. Los tipos de temas varían, exponiendo asuntos sw matemáticas, medicina, química, biología y física. Como sugiere la portada, la autora nos invita a leer cada capítulo como si fuera la primera plana de un periódico, la noticia de último momento.

No obstante la introducción, lo que sienta el motif que recorrerá la obra es precisamente el capítulo 1. En cada capítulo se habla de un científico o más de uno pertinente al tema, dándonos breves detalles biográficos y un pequeño relato de sus descubrimientos. Al final de cada capítulo, hay una sección titulada “Viaje en el tiempo” donde abunda más sobre unos detalles y nos brinda unas breves aclaraciones.

El primer capítulo nos habla de Pitágoras y de los descubrimientos matemáticos atribuidos a él, aunque probablemente sean de sus discípulos. La selección del cuadro de los pitagóricos celebrando el amanecer le da un toque de inspiración que como religioso naturalista no puedo evitar valorar. Da una impresión de la contemplación mística naturalista de ver la belleza del mundo como una expresión cósmica de las matemáticas.

Lo que más me gusta de esa parte del libro es su “Viaje en el tiempo” en donde nos dice “le hemos dado a la imaginación y hemos ubicado de forma ficticia el descubrimiento en el tiempo en el que los pitagóricos se mudaron a Crotona”. Espero que Vidal nunca subestime esa cualidad, porque la imaginación juega un rol extremadamente importante, no solo en la construcción de la narración histórica del pasado, sino también en la creatividad a la hora de proponer teorías científicas. Por supuesto, requirió una capacidad de la fantasía enfocada en la resolución de problemas para que Arquímedes descubriera su famoso principio —o el montón de descubrimientos e inventos que hizo durante su vida— o para que Einstein se imaginara un espacio-tiempo cuatridimensional que se deformaba ante la presencia de masa y energía.

Aquí no entraré propiamente en el contenido del primer capítulo, eso se los dejo eso a su lectura. Sin embargo, si les gusta ese capítulo, también gozarán del resto del libro, escrito con la misma pasión de divulgación del pasado histórico. Cuando lo leía, regresé a una época en mi niñez y juventud —más o menos para era jurásica en mi caso— que yo compraba este tipo de libros de ciencias con la expectativa de aprender más de este tipo de personas que son relevantes hoy día. Entre los que discute se encuentran la medicina experimental, la teoría heliocéntrica del universo, el descubrimiento de las células, la teoría gravitacional, las vacunas, la programación, la tabla periódica, la herencia genética, el electromagnetismo, la neurología, los rayos X, la relatividad especial y general, la insulina, la penicilina, los virus, la teoría del Big Bang, las vacunas, la fisión nuclear, la inteligencia artificial, entre muchas otras cuestiones de interés.

También quisiera añadir que durante todo esta discusión, Vidal no se olvida de mujeres que también se destacaron en el saber científico, entre las que incluye a Hipatia de Alejandría, Ada Lovelace, Eunice Newton Foote, Marie Curie, Lise Meitner, Rosalind Franklin, Helen Michel, Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna. Sé que ella solo pudo discutir tantos científicos como podía en un libro de divulgación, pero espero que, si ella desea, expandir la lista, que incluya en un futuro a las grandes Émilie du Châtelet, Vera Rubin y Lynn Margulis, soy muy fanático de ellas por ser científicas que se salían de la norma de pensamiento de la comunidad científica.

Por esto nada más, recomiendo el libro a todo aquel que quiera asomarse al mundo de las ciencias.

Lo que hay que mejorar

Galileo ante la Inquisición
Galileo ante la Inquisición (1857) por Cristiano Banti

En muchas ocasiones, cuando exponemos ciertos temas —me incluyo en esta crítica— frecuentemente lo hacemos desde un paradigma heredado de nuestros maestros que enmarca nuestra visión del pasado, a veces inadvertidamente. Este marco se nos presenta ya desde la introducción cuando nos dice que hubo batallas científicas como “la guerra de las corrientes”, “científicos enfrentados a la Inquisición”, “debates históricos entre religión y ciencia por la evolución”, “mujeres que desafían la discriminación de su tiempo”. No hay lugar a dudas de que han habido instancias de conflictos entre la “religión y las ciencias”, aunque tal caracterización requiere una debida matización —y este no es el lugar para elaborarla—, siempre invito a muchos divulgadores a repensar la famosa aproximación del llamado “antagonismo entre ciencia y religión”, que en muchas ocasiones distorsiona los hechos del pasado y ha servido para perpetuar varias falsedades que ya la mayoría de los académicos no aceptan.

Quiero ser cauteloso y decir que la autora es sistemática en torno a este punto de vista y no es claro si a veces lo utiliza. Por ejemplo, ella menciona a científicos y matemáticos que sin duda fueron religiosos, tales como Pitágoras, Al-Juarismi, Kepler, Newton. Sin embargo, el grueso de la primera parte —que se supone que es de la Antigüedad y del Medioevo— está repleta de nombres de la Antigüedad y solo uno de la Edad Media, a saber Al-Juarismi (825 e.c.). A lo mejor no es la intención de Vidal, pero da la impresión de que no hubo científicos (i.e. filósofos naturales) cristianos en el Medioevo que aportaron a las ciencias. Repito, no estoy diciendo que ella alegue esto explícita o implícitamente, lo que digo es que a la luz de la introducción, más el contexto del prejuicio social generalizado ante todo lo que se llame “medieval”, da la impresión de que el libro es consecuente con esa perspectiva de que consistía de una “edad oscura”.

Siempre invito a los divulgadores en general a revisar esa posición. Bastante de las ciencias que se hicieron en el llamado “Renacimiento” y la “Modernidad” tienen su base o sus raíces en la misma Edad Media. Para dar un ejemplo, una de las científicas —¡una mujer en el Medioevo!— que se destacó en ese periodo fue la abadesa y mística Hildegarda de Bingen, quien fue canonizada por la Iglesia Católica y nombrada “Doctora de la Iglesia” con mucha razón. Ella no solo escribió sobre sus experiencias espirituales, sino también fue naturalista, médica y física (al menos en cuanto a la visión cosmológica de la época), además de ser escritora, poetisa y compositora. Otros pensadores importantes fueron Robert Grosseteste, Guillermo de Occam (quien formuló la famosa “navaja” que lleva su nombre) y Roger Bacon (no confundir con Francis Bacon). Este último, aunque alquimista, llevó a cabo unas profundas reconceptuaciones de la ciencia experimental, además de haber hecho valiosos trabajos en óptica. De hecho, cada uno de ellos aportó a las ciencias en el ámbito medieval, especialmente cuando discutían de procedimientos metodológicos de la “filosofía experimental”. Las discusiones en torno a la óptica no solo fueron fundamento del arte renacentista que tanto admiramos, sino también de inventos tales como los espejuelos o los telescopios.

El capítulo sobre Hipatia de Alejandría también abona a la perspectiva de “ciencia vs. religión”. Al mencionar que varios monjes cristianos la asesinaron, inadvertidamente se cuela el prejuicio generalizado de que supuestamente ella fue una científica que pereció por razones religiosas. Dado que en nuestra sociedad hay un notable prejuicio contra el cristianismo por la muerte de Hipatia, se debe aclarar que ella no fue asesinada por haber sido científica, ni tan siquiera por ser pagana, sino por tensiones socioeconómicas y políticas del momento. Correctamente nos dice Vidal que no se sabe a ciencia cierta si Cirilo de Alejandría estuvo involucrado al respecto, puede sospecharse que sí, aunque no puede negarse de que tuvo un rol en denigrarla públicamente y fomentar una fiebre de violencia.

Cabe decir también que la posición de Hipatia como sabia filósofa y política era ciertamente rara y sin duda, según testimonio de la época, era brillantísima, aunque parece no haber sido la única mujer en ser admirada en esa época. De hecho, para esa época tenemos noticia de Pandrosion de Alejandría, que muchos sospechan fue una mujer neoplatónica y una matemática eminente. Tampoco el padre de Hipatia, Teón de Alejandría, fue director de la Biblioteca de Alejandría, de cuyo nombre tenemos constatación solo hasta el siglo III e.c.. No sabemos exactamente lo que sucedió, pero sí sabemos que bajo el poder de Roma, la famosa Biblioteca fue perdiendo importancia como centro intelectual debido al establecimiento de más bibliotecas en el Mediterráneo y en la misma Alejandría, además de por una serie de sucesos que le ocurrieron, comenzando por el incendio provocado por el mismo Julio César durante la época de Cleopatra. Para el tiempo de Teón, ya la Biblioteca de Alejandría no existía. El padre de Hipatia solo administraba un centro intelectual llamado “Museion” en honor a lo que originalmente era el Museion Helenístico que antes formaba parte de la Biblioteca. Posteriormente, Hipatia le sucedió en ese rol. Aunque Vidal no dice lo siguiente, vale la pena también indicar que el prejuicio altamente popular de que los cristianos fueron los que destruyeron la Biblioteca de Alejandría es históricamente falso.

En cuanto a Galileo, es innegable que hubo un elemento religioso que se opuso al heliocentrismo y que eso aparece en los documentos de la Inquisición como una razón para que la Iglesia condenara su obra. Sin embargo, a veces la perspectiva “ciencia vs. religión” encubre inadvertidamente otras dimensiones del suceso. Por ejemplo, una de las cosas que también afirmaban dichos documentos contra Galileo era que su propuesta heliocéntrica se oponía a la filosofía —en este caso, a lo que se refiere es a la filosofía natural, el equivalente a lo que hoy llamamos “ciencias naturales”—. En otras palabras, hubiera sido también interesante mencionar en el libro que no solo el heliocentrismo chocaba contra las nociones afines a la cosmología bíblica, sino también con la ciencia aceptada en ese tiempo. Aquí podemos hablar de un choque entre una teoría fundada empíricamente con un paradigma científico aceptado ampliamente por la sociedad renacentista y moderna temprana. Esto iría hablar más allá del aspecto del “dogma”, que menciona nuestra autora al final del capítulo, sea dicho término tomado en su significado religioso o en el sentido figurado para referirse a actitudes tomadas acríticamente como verdaderas aun por la comunidad científica.

También hay otra instancia de discusión donde aparece implícitamente el supuesto enfrentamiento entre religión vs. ciencia: la confrontación de Thomas Huxley contra el obispo Wilberforce. Este incidente lo discutí en otro lugar, pero para decir brevemente, realmente no sabemos qué fue lo que realmente ocurrió. Como muchos episodios que parecen dramáticos y memorables, podemos sospechar de que la versión como suele recibirse parece más bien una leyenda urbana.

Otras críticas que tengo son menores, pero vale mencionarlas. Volviendo al tema de Galileo, también se habla en su capítulo del caso de Johannes Kepler, uno de los grandes genios de esa época. Hubiera sido interesante elaborar aunque fuera brevemente las maneras en que Galileo y Kepler no coincidían el uno con el otro. Galileo no aceptaba el aristotelismo y, con base en esa crítica y la labor de algunos físicos del pasado, desarrolló una teoría cinemática como ciencia exacta. De hecho, él fue el primero en formular una teoría de la relatividad, cuyas bases se conocen hoy como las transformaciones galileanas. Sin embargo, aunque Kepler rechazó la visión geocéntrica del universo, sí sostenía una perspectiva más aristotélica. Aunque Kepler hizo una descripción más exacta del geocentrismo, él continuaba abrazando gran parte del paradigma aristotélico. Galileo no coincidiría con su cosmología en absoluto. Vemos, en este caso, el choque entre genios de la época. Ambas visiones del heliocentrismo no se resolverían hasta Newton.

En otro capítulo, en el de la mecánica cuántica y Schrödinger, brevemente Vidal nos dice Einstein propuso su teoría corpuscular de la luz a raíz de su teoría especial de la relatividad. A lo mejor algún físico me puede corregir, pero tengo la impresión de que Einstein realmente propuso su teoría en torno al efecto fotoeléctrico inspirándose en la propuesta —sacada de la manga y puramente ad hoc— de Max Planck en 1900 que describía la distribución del espectro de la radiación del cuerpo negro suponiendo una radiación compuesta por osciladores armónicos en equilibrio termal. De esa manera, propuso por primera vez en la historia la cuantización de la energía para dar cuenta de un fenómeno específico. Por supuesto, la propuesta de la relatividad especial, específicamente lo que concierne a la ecuación de energía E=√(m²c⁴ + p²c²) y otras consecuencias de esta teoría, tenía implicaciones en relación con la fórmula de Planck, a saber E=. Sin embargo, la concepción de la luz como compuesta por fotones no fue predicha —al menos por su cuenta— por la teoría especial de la relatividad.

Otros comentarios

No obstante estas críticas, que ninguna pretende quitarle méritos a la obra y que pueden tomarse como recomendaciones y observaciones constructivas, el libro en sí me ha encantado.

Como religioso naturalista, su lectura despierta en mí el sentimiento de lo que denomino magia del descubrimiento —siguiendo lo que Richard Dawkins llamaba “la magia de la realidad”—. Vidal nos invita a familiarizarnos aunque sea con una pequeña sección de la vía que caminaron varios de los grandes pensadores y científicos. Además, tiene el potencial de despertar en el público el deseo de participar de esos grandes logros y forjar unos nuevos. Como filósofo de las ciencias, también valoro este libro porque le permite al público tener un panorama de cómo las ciencias se fueron forjando a través de la historia y los problemas que muchas mentes quisieron resolver. Finalmente, todos los temas que tocados por el texto son relevantes para hoy día. Comprender cómo es que se descubrieron los virus, cómo operan las vacunas, entre otras discusiones, no dejan de ilustrarle al público la importancia de las ciencias en una sociedad plagada de negacionismo científico.

Solo me queda darle las gracias a la Gata de Schrödinger por este libro que evidentemente ha sido producto de una pasión que comunica el pensar de muchos científicos en la historia de una manera sencilla para el público hispano hablante.

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